Hecha de polvo: un fanfic de Demon Slayer

Sinopsis

Al ser rescatada por un cazador retirado Miyako decide cambiar el rumbo de la vida tranquila que siempre creyó que tendría; criada en un ambiente extraño para ella encuentra a su nueva familia, hasta que un día su camino se cruza con uno de los pilares. La felicidad que sus padres deseaban para ella, ¿Será capaz de encontrarla? ¿Qué oportunidades tendría de sobrevivir una cazadora sin respiración? Quizá Miyako es una pieza no prevista en la danza del destino. Disclaimer: esta historia no pretende apegarse todo el tiempo al canon del universo de Demon Slayer, las líneas temporales y eventos del canon podrían ser modificados conforme transcurre la historia.

Genero:
Romance
Autor/a:
Mar
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
16+

Preludio no.1

—Por favor. No tengo a nadie ya, usted lo ha visto.— pidió ella mientras se esforzaba por suprimir de su mente las imágenes de los cuerpos inertes de sus padres.

—No tengo nada para ti aquí, niña.—contestó el cazador retirado mientras le daba la espalda.

—¡Sé que si! Sé que puede enseñarme a derrotar a los demonios ¡Yo lo ví!— Miyako permanecía postrada en el piso, las puntas de su cabello oscuro rozaban el suelo, se asemejaba a la delicada seda negra de los trajes de luto. Su piel blanca estaba manchada con la tierra y marcada por las lágrimas que habían quemado sus mejillas, su voz se quebraba en cada oración. —Se lo ruego...— la frente de la niña tocaba, sin reparo, el polvoriento piso de la casa del señor Kurosugawa.

Él hubiera querido gritarle que se largara, que lo dejara en paz y fuera a darle problemas a alguien más. Pero la culpa ablandó su carácter, como si la sangre que se había derramado esa noche fuera un ungüento para lo recalcitrante que Kurosugawa acostumbraba a ser con cada persona que se cruzaba desde hacía años. La verdad era que él había sentido la presencia de los demonios mucho antes de que atacaran, pero estaba demasiado ebrio en el momento para responder al instinto que le gritaba que había peligro cerca. Miyako se mantuvo sollozante en el piso, las lágrimas desbordaban de sus párpados cerrados con fuerza, su cuerpo entero temblaba, como reconociendo que de aquel hombre dependía el resto de su vida. Kurosugawa se aferró a la empuñadura de su catana para pensar en lo que haría, casi pidiendo guía. Era una costumbre que había adquirido en sus años de cazador activo, una a la que no recurría desde hacía años.

—Te quedarás un par de días. Después te llevaré al distrito rojo.— Declaró tras unos minutos. Miyako se incorporó lentamente, de algún modo el veredicto la hacía sentir calma. Era una niña de tan solo siete años, no sabía de la vida en el distrito rojo, y tampoco entendía que el plan incluía dejarla ahí; Kurosugawa, por su parte, no era tan despiadado como para abandonarla a su suerte, sino que conocía a una de las familias que poseían una casa de té en el distrito; planeaba pedirles que la acogieran, de todas formas le debían un favor.

El hombre giró la cabeza apenas lo suficiente para que sus ojos se encontraran con la vulnerabilidad y esperanza que reflejaba la mirada de la niña, que se limpiaba las lágrimas con las mangas de su yukata maltrecho y ensangrentado. Suspiró. Era de no creerse que después de la vida que había llevado se encontrara haciendo de niñera.

«De haber hecho lo que debías...» le recordó su consciencia. Él apartó el pensamiento con un trago de sake que había dejado a medias.

El tiempo que pasó preparandose mentalmente para el viaje al distrito rojo fue inquietantemente cómodo; Miyako era una niña independiente, al amanecer del primer día ella ya tenía listo un desayuno completo que le ofreció a su anfitrión como agradecimiento por dejar que se quedara.

—¿De dónde sacaste los ingredientes?— cuestionó a la niña sin ocultar la desconfianza en su voz.

—Del bosque y el arroyo. Aquí solo pude encontrar arroz.— contestó ella tomando un bocado del pescado frito que había cocinado. No era que él pensara que una pequeña de siete años trataría de envenenarlo, sino que le era extraño confiar en que alguien más podía encargarse de realizar bien una tarea, por simple que ésta fuera. Eso le había enseñado la vida.

—¿Y cómo sabes qué hierbas se pueden comer? Hay plantas venenosas por todas-

—Mis padres me enseñaron.— interrumpió Miyako. —Ellos cultivan... Cultivaban plantas medicinales.— terminó de decir sintiendo como un nudo se formaba en su garganta. Apretó los labios y bajó los palillos chuecos que había improvisado; ya no tenía hambre. Kurosugawa sintió culpa, otra vez.

—Entiendo...— se limitó a decir. Pensó en como aliviar la tensión que él mismo había provocado, y solo se le ocurrió una pregunta, una que le pareció casi infantil cuando escapó de sus labios —¿Cómo te llamas?— los ojos miel de la pequeña se iluminaron por encima de las ojeras, sentía que estaba haciendo un nuevo amigo.

—Miyako.— Respondió casi de inmediato. —Miyako Kasei. ¿y usted? tampoco sé su nombre…—

«Claro. No ha habido lugar para presentaciones» pensó él, se aclaró la garganta y bajó inconscientemente los muros de frialdad que lo rodeaban siempre.

—Daichi Kurosugawa. Ese es mi nombre.—

—Señor Kurosugawa. Gracias por salvarme la vida.— El agradecimiento de Miyako lo tomó por sorpresa, los ojos cristalinos de la niña hicieron que su corazón diera un vuelco.

—Maldición…— murmuró —Deja de agradecerme, ¿quieres? De haber hecho lo correcto tus padres no hubieran muerto. No soy un héroe, solo soy un desgraciado arrogante que sabe blandir la catana.— no pudo evitar reír con ironía —Aunque eso es solo estando medianamente sobrio.— Los ojos de Kurosugawa bajaron al plato despostillado que contenia el arroz que había hecho Miyako.

—Aun si dice eso…— comenzó a decir ella. —Estoy realmente agradecida por seguir viva.— había convicción en sus palabras, siempre había temido ser poco agradecida con lo que tenía, y aun en ese momento le aterraba fallarle a lo que le habían enseñado sus padres; a lo que ellos siempre desearon para su hija: vivir una vida feliz.

—Tal vez hubieras preferido morir con ellos.— dijo el hombre recordando su propia historia. —Después de todo, ¿Qué clase de vida te espera sin tu familia?—

La mandibula de Miyako se tensó.

«¿Puedo vivir una vida feliz sin ellos?» se preguntó.

El pesimismo de Daichi la sumergió en un estado contemplativo que persistió el resto del día. Tras recoger y limpiar un poco ella se sentó en las afueras de la casa, observando el cielo frente a ella bajo la protección de un árbol de glicinias, no muy alto, que Kurosugawa había plantado hacía diez años aproximadamente. La niña se dejó llevar por la pena que la embargaba y comenzó a llorar, porque entendía que su vida había cambiado para siempre, que no volvería a ver a sus padres con vida, que algo de ella también había muerto con ellos y que lo único que le quedaba era seguir su camino mientras abrazaba su dolor. Pero ahora se iba a permitir llorar, tomar la tierra en sus puños y gritar por su madre y su padre. Cuando cayó la noche Miyako estaba exhausta y sus ojos estaban hinchados, entró a la casa y encontró a Daichi durmiendo junto a varias jarras de sake vacías. Suspiró y se acurrucó para dormir en el mismo futón que se le había otorgado la noche anterior.

«Todo va a estar bien» repitió la frase en su cabeza hasta quedarse dormida. No era una frase vacía, era una promesa para si misma.

Al día siguiente Kurosugawa se despertó por el destello del sol atravesando sus párpados. Se quejó mientras trataba de incorporarse entre las jarras de sake.

—Buen día, señor.— saludó Miyako. —Que bueno que ya despertó, solo me falta limpiar esa área pero no quería despertarlo, ya hice el desayuno.

—Niña, es muy temprano.— Gruñó en respuesta.

—¿Qué dice? pero amaneció hace ya un rato.— La menor sostenía casi apenada entre sus manos una escoba que se había usado a penas un par de veces en el pasado. Daichi enfocó la vista, dio un vistazo a su casa y pareció no reconocerla por un instante.

—¿Qué pasó con el luto?— la voz del hombre era algo hiriente, proyectaba su mal humor matutino y, muy dentro de él, esperaba que el humor de Miyako decayera para que lo dejara dormir otro rato.

—Se los prometí.— Respondió ella. —Prometí que no les lloraría más de un día.— su voz entrecortada la delataba; estaba luchando con todas sus fuerzas por no romperse. Kurosugawa era un hombre de tacto nulo, un antisocial que rara vez se interesaba en aportar algún comentario agradable a la conversación. pero respetaba la fuerza y la voluntad que veía en los ojos de aquella niña de siete años.

—¿Tuviste tiempo de prometerles algo así?— inquirió él mientras se dirigía a tomar el desayuno que Miyako le había dejado en la cocineta.

—Alguna vez hablamos de eso. Creí que sería una adulta para cuando ellos...—En vez de continuar explicando se apresuró a recojer las jarras de sake vacías. Daichi la miraba esmerarse, se había sentado con pesadez frente a su desayuno y masticaba lentamente un trozo de verdura hervida, volvió la mirada al plato de arroz con verdura y al té de hierbas. Estaba pensando en cómo trataría el asunto al llegar al distrito rojo cuando un dolor punzante lo hizo soltar un quejido. La niña estaba recogiendo las jarras vacías del suelo.

—¿Se encuentra bien?— cuestionó preocupada viendo cómo Kurosugawa se cubría el ojo izquierdo con una mano. Él soltó un gruñido mientras se servía agua directo de su depósito en un cuenco de madera.

—Estoy bien.— Contestó antes de beber el agua con un animo casi ansioso. —Si ya terminaste de limpiar hay que ponernos en marcha para llegar al distrito rojo.— Daichi abrió los ojos lentamente, cuidando que se adaptaran a la luz peoco a poco para evitar sentir ese dolor punzante de nuevo. Se puso de pie y miró a la niña de pies a cabeza; su piel estaba sucia, su cabello estaba enmarañado y tieso por la tierra, y su yukata estaba impresentable, por decir lo menos. —Aseate. Haremos una parada antes de llegar al distrito, así que date prisa.— Ordenó. Después la proveyó (con poca delicadeza) de lo necesario para darse un baño.

Unos minutos después Miyako salió del diminuto cuarto de baño solo con su tunica interior, antes de que pudiera preguntar por su yukata, Kurosugawa le extendió, sin verla a los ojos, un viejo haori de color azul marino con ondas de un azul ligeramente más tenue.

—Pontelo. No puedo llevarte a todas partes con un yukata ensangrentado.— dijo cortante. La menor tomó el haori con cuidado, despacio, observando la tensión en el gesto de Daichi, quien, sin decirlo, estaba deshaciéndose de la única posesión que le había dejado el cuerpo de cazadores de demonios, además de su catana nichirin.

—Muchas gracias.— dijo la pequeña con una reverencia hacia su benefactor. Se puso el haori antes de que la regañaran por agradecer nuevamente, acomodando la prenda lo mejor que pudo para hacerla lucir como un yukata común. El hombre asintió con la cabeza, su expresión era neutra, seria.

—Bien. Vámonos ya.— Miyako soltó una afirmación enérgica antes de salir detrás de él sonriendo a medias, sintiendo que caminaba sobre hielo delgado sin saber el porqué.

Caminaron hasta el pueblo más cercano, donde Daichi consiguió que un viajero los llevara a un pueblo que quedaba a pocas horas del distrito, no sin ofrecer un precio atractivo pero justo. Miyako miraba fascinada el camino, nunca había ido más allá de la diminuta aldea junto al pie de montaña donde vivía con sus padres. El paisaje, tan colorido y nuevo para ella, la hacían distraerse un rato.

—Señor Kurosugawa, ¿cómo se llama este lugar? ¡Tienen muchos caballos! ¿Usted sabe montar a caballo?—

—No.— contestó él con cara de fastidio, pero mentía; él sabía montar, solo queria ahorrarse la conversación.

—Hay mucha gente, ¿conoce a alguien de por aquí? ¿tiene amigos, señor?— Las pisadas del caballo y el traqueteo de la carreta acompañaba el sonido de la tierna y entusiasta voz de Miyako.

—¿No crees que haces demasiadas preguntas, niña?— Respondió Daichi con hartazgo.

—Entonces no tiene amigos...— Dijo la niña contestando su propia pregunta con una expresión compasiva para con Kurosugawa.

—¿Quisieras dejar de molestarme? El viaje apenas comienza y estoy considerando dejarte en uno de estos pueblos áridos donde nadie te conozca a ver cómo te las arreglas, ¿eso quieres?— Miyako guardó silencio unos segundos antes de contestar.

—Si me enseña todo lo que sabe prometo no hacer más preguntas que lo molesten.— Daichi suspiró, resignado.

—No te serviría de nada aprender eso, créeme.— dijo él acostándose en la madera de la carreta.

—¿Porqué no?—

—Porque viene con responsabilidades y desdicha, ¿bien? Deja de insistir y déjame dormir.— Sentenció el mayor.

«Responsabilidades y desdicha» repitió Miyako mentalmente. Ella era responsable, si. Y lo más desdichado que le podía pasar había sucedido hacía a penas unas noches.

—Puedo hacerlo.— declaró la niña —Solo deme una oportunidad.— terminó de pedir sin esperar contestación. Kurosugawa tenía los ojos cerrados y cubiertos por su antebrazo para evitar que el sol lo molestara al dormir. Planeaba ignorar a la niña el resto del viaje, cuando la escuchó decir: —Alguien le dio una oportunidad a usted, ¿no?— el cuerpo de Kurosugawa se tensó por un segundo, las palabras de la niña lo despertaron temporalmente del trance amargo y oscuro en el que había sumergido su alma, pero se obligó a si mismo a reprimir emociones y varios recuerdos de cuando él era un aprendiz de cazador. Miyako rompió el silencio con otra pregunta.

—¿Qué edad tiene, señor?— Daichi optó por aprovechar y burlarse un poco.

—¿Qué edad crees que tengo?— preguntó él con una sonrisa socarrona en su rostro.

—¡Ochenta!— contestó la niña orgullosamente. El plan de el hombre era asentir y darle poca importancia a lo que le siguiera preguntando, pero no pudo evitar incorporarse de golpe ante el intento honesto de la niña por adivinar su edad.

—¿¡Ochenta años, niña?!— preguntó indignado.

—Bueno… no tiene ninguna cana. entonces… ¡sesenta!— Error de nuevo.

—¡Oye, eso es grosero! Tengo treinta y cuatro.—

—¿Enserio?— cuestionó la menor con un desconcierto imposible de ocultar. Kurosugawa siguió peleando por lo descortés que había sentido la declaración de Miyako.

—Tal vez se vería más joven sin la barba...— dijo la niña contemplando la espesa maraña de vello en la mitad inferior del rostro de Daichi. —Y si sonriera más seguido.— añadió —y tampoco le vendría mal-

Y asi el resto del viaje se trató de mejoras para hacer al carácter del ex-cazador, quien se maldijo por no ignorar a la niña antes de que tomara confianza para hablar sin parar sobre sus defectos más superficiales. Cuando llegaron al pueblo el sol anunciaba que pronto oscurecería. Bajaron del carruaje. Miyako miraba fascinada la variedad de cosas que vendían y lo amplias que eran las calles. Al ser un pueblo cercano al distrito rojo el comercio del lugar era algo que nadie de provincia habría visto antes.

—Con un carajo.— musitó Daichi para si mismo mientras se percataba de lo tarde que era. Aun les faltaba por lo menos medio día de viaje a pie, y una carreta, caballos o carruaje que los llevara directo era tan caro que lo hubiese dejado sin la mitad del dinero que llevaba (que estaba destinado para comprar sake de regreso a casa). Miró hacia el pueblo con resignación. No formar parte del cuerpo de cazadores si que tenía sus desventajas, ahora debía pagar hospedaje. —Ven, niña. No te alejes de mi y no toques nada.— Miyako se aferró a su haori negro como si fuera la mano de su madre y miró hacia adelante con la decision de obedecer lo que se le habia pedido. Kurosugawa se percató y no pudo evitar soltar un bufido, algo cercano a una risa que alzó apenas las comisuras de sus labios, aprobando la actitud de la niña.

Caminó con cuidado entre la gente y carretas, volteando ocasionalmente para asegurarse de que Miyako seguía agarrada a él; en esos instantes veía los ojos de la pequeña concentrados en familias paseando alegremente o en alguna que otra curiosidad brillante en los puestos ambulantes. Después de algunos minutos de recorrido reconoció que el haori que le había dado no era del todo funcional o convincente, y que se sentía incómoda usándolo; no era que ella se quejara, sino que la había visto acomodandolo varias veces cada decena de pasos. Entonces decidió desviar el camino un poco.

Entraron a un taller de confección en el que las diferentes telas y texturas parecían hipnotizar a la niña. Daichi se acercó a la encargada, una señora mayor con mejillas infladas y rosadas y un porte elegante, y le solicitó un yukata para la niña. La mujer asintió y lo atendió con gran cortesía. Kurosugawa eligió una tela discreta y suave, era color índigo con pequeñas flores bordadas en un hilo blanco que bailaba entre tonos amarillos y violetas al darles la luz.

Miyako se dio cuenta de lo que sucedía hasta que dos jovencitas se acercaron a tomar sus medidas. Los ojos de Daichi estaban clavados en ella, sin ninguna expresión, pero con una atención que la hacía sentir a salvo en todo momento. Las jóvenes empleadas seguían tomando medidas, anotando y planeando la maniobra para confeccionar el yukata; la encargada se acercó al hombre para ver de lejos a Miyako.

—Su hija se verá muy linda, escogió una tela muy hermosa, señor.—

—Si.— Contestó él. No tenía porque darle explicaciones. Sin embargo no pudo evitar dar vueltas a la frase «Su hija se verá muy linda». Después de algunos segundos soltó una risa burlona y negó con la cabeza. —¿cuando estará listo?— preguntó a la encargada.

—Es un trabajo sencillo, así que puede venir por él en tres días.— Respondió la mujer.

—Necesito que esté listo para mañana temprano, ¿cuanto va a costar?— inquirió él. Los ojos de la encargada brillaron y con una actitud servicial le cobró el cargo extra por la premura. Ahí pagó con el fondo para sake.

Cuando salieron del taller, la niña volvió a aferrarse al haori negro que llevaba puesto Kurosugawa, pero está vez dio un pequeño tirón para llamar su atención. El hombre, un tanto arrepentido por la compra, volteó a verla con una ceja levantada.

—Muchas gracias, señor Kurosugawa.— dijo la pequeña antes de colocar su mejilla en la pierna del hombre en un acto afectuoso. La acción enterneció a Daichi, logró hacerlo sentir una calidez en el pecho que no reconoció. Trató de no pasar desapercibida la gratitud de la niña y colocó con delicadeza la palma de su mano en la cabeza de la niña.

—Si, si.— dijo él. —Vámonos, aún debemos encontrar donde pasar la noche.— Comenzaron a caminar cuando ambos se percataron de una presencia imponente, aunque no amenazante. Miyako logró ver de reojo, camuflado en la caída de la noche, un haori blanco y un cabello que parecía encendido en fuego, como el atardecer que se apagaba tras las montañas en ese instante. Daichi no conocía el nombre de aquella persona, pero si su apellido, su legado familia, y prefirió hacer caso omiso cuando la niña le preguntó si había visto a aquella figura. El pueblo se encendía poco a poco entre faroles.

—Apresurate, ya es noche.— ordenó con un tono tenso que no dejaba espacio para más preguntas.

Kurosugawa eligió una posada sencilla, muy básica. Dejó que Miyako se quedara dormida antes. La mirada de el hombre se había perdido pensando en la personalidad que se habían cruzado; implicaba que había demonios cerca, demonios muy peligrosos. Recordó la razón por la que dejó el cuerpo de demonios y sintió su cuerpo entero tensarse en vergüenza y frustración. Su reflexión se vio interrumpida cuando la pequeña se giró bruscamente, destapando su espalda y exponiéndola al frío de la noche. Tomó la manta con cuidado y la acomodó para cubrir bien a Miyako. Algo en ella que removía la anestesia que la impotencia y decepción habían inyectado en su sistema a través de los años. Quizá era la responsabilidad que sentía por haber permitido que quedara huérfana, o quizá los años de soledad y aislamiento lo habían ablandado. Daichi se había sentado en el interior del futón para observar el cielo a través de la ventana de la modesta habitación, como si fuera a encontrar escrito en él una lista de pasos para limpiar su alma y los errores del pasado.

«Fallaste. Otra vez.» Se dijo mentalmente antes de sentir una punzada intensa de dolor en la cabeza, a nivel de los ojos. Solo pudo soltar un quejido bajo mientras cerraba los ojos con fuerza, implorando que acabara el sufrimiento, pero fue tan fuerte que lo dejó inconsciente después de unos minutos; un insoportable arrullo para dormir.

Cuando consiguió despertar aún no había amanecido, Miyako yacía encogida en el futón junto a él. Sentía que la cabeza le daba vueltas. Se sentó como pudo y masajeó sus sienes tratando de deshacerse de la presión que sentía oprimirle el cráneo. Cuando la sensación pasó tuvo la intención de volver a dormir un rato, esta vez por voluntad propia, así que cerró los ojos, pero sería en vano. En ese momento percibió como la niña se incorporaba y estiraba para iniciar un nuevo día.

«Si no me muevo quizá no me moleste.» Pensó y fingió seguir dormido.

Escuchó como la pequeña se se acercó con pasos suaves a la ventana de la habitación.

—Querido Dios— Comenzó a decir la niña con voz queda, muy bajito. «¿Plegarias matutinas?» se burló él mentalmente. —Si mis padres están contigo... Diles que los amo, que haré todo lo posible por vivir feliz. Perdóname por molestarme contigo por llevártelos.— la voz de la niña sonaba calmada pero cargada de emociones —Te agradezco por poner en mi camino al señor Kurosugawa. Sé bien que mis padres también están agradecidos con él. Prometo serle de ayuda y no darle problemas.— Los labios de Daichi temblaban ligeramente; no sabía cómo reaccionar. ¿alguna vez alguien había agradecido el conocerlo?

Fingió que su sueño se veía perturbado y se removió “incómodo” sin abrir los ojos, provocando que Miyako volviera en silencio al futón frente a él. Abrió un ojo despacio y se encontró con la figura de la niña envolviéndose como una pequeña oruga en la manta, lo que lo obligó a reprimir una sonrisa y a ignorar el cosquilleo en sus mejillas. ¿será que este hombre recién conocía la ternura?

Daichi se estiró como si recién hubiera despertado y se levantó. Se puso su haori negro y su sombrero de paja.

—¿Estás despierta?— preguntó fingiendo no conocer la respuesta. Miyako un tanto apenada asomó su cabeza de la manta y asintió. —Bien. Quédate aquí, no tardaré.— anunció él. Tomó su catana y se colocó las sandalias con cuidado antes de salir. Miyako se quedó mirando hacia la puerta, sentada en el futón temía que Kurosugawa no volviera por ella.