No fue un error conocerte

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Sinopsis

“Tú no eres tan diferente a mí.” Ella es una psiquiatra reconocida, respetada por su mente brillante y su ética intachable. Él es un paciente que la sociedad prefiere no nombrar: un psicópata, un monstruo disfrazado de ser humano. Lo que comienza como una evaluación clínica se transforma lentamente en un juego peligroso de miradas, silencios y verdades incómodas. Mientras ella intenta analizarlo, él empieza a desarmarla pieza por pieza. Entre la razón y el deseo, la línea profesional se vuelve borrosa. Porque algunos pacientes no buscan ser curados… buscan ser elegidos. Y conocerlo no fue un error. Fue el inicio de algo irreversible

Estado:
En proceso
Capítulos:
10
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

—Lily, ¿estás lista para esta nueva etapa de tu vida? —soltó su hermano Martín, recostándose con aire despreocupado contra el marco de la puerta mientras la observaba fijamente.

—Creo… —susurró ella, presionando sus manos contra su pecho, tratando de obligar a sus pulmones a inhalar aire con calma.

—Hermanita, no dejes que el pasado manche tu presente. Esto es un comienzo para ti, para tu carrera —le insistió él, acercándose con paso firme para tomar las puntas de su collar y ajustarlas con cuidado, asegurándose de que quedara perfecto.

—Lo sé —le cortó ella, apartando la mirada con un gesto de impaciencia—. Pero siento que me asfixio. Gabriel es el hombre que tiene todas las cualidades que mi padre busca, el hombre que quiere para mí... pero esas cualidades no son las que yo busco.

Lily se giró hacia el espejo, estudiando su propio reflejo con una frialdad clínica.

—Como psiquiatra, sé que detrás de esa perfección hay una máscara —sentenció ella, señalando el vacío con un gesto cortante, como si estuviera diseccionando a Gabriel en una mesa de autopsia—. He analizado cada uno de sus movimientos y nada encaja.

—Pues, como digo siempre: ojo de loca, no se equivoca —respondió su hermano soltando una carcajada seca, mientras la tomaba por los hombros para obligarla a ponerse de pie—. Pero espero que esta vez estés fallando. Así que, ¡arriba! Levántate y vamos a esa fiesta.

—Está bien —suspiró ella con pesadez, enderezando la espalda como si se preparara para una batalla.

Cruzó el umbral del cuarto y, al poner un pie en el Gran Salón, el estruendo de los aplausos la golpeó de frente. Decenas de personas la devoraban con la mirada. De pronto, su padre apareció de entre la multitud, atrapándola en un abrazo forzado que la dejó casi sin aliento.

—¡Felicidades, hija! —exclamó el hombre con una sonrisa triunfal, alzando una copa hacia los invitados—. ¡Este es otro logro para nosotros, la familia Montero!

Gabriel, al estar ya frente a mí, me sonreía con una suficiencia insoportable, como si hubiera obtenido una victoria en una guerra que solo él conocía. El padre empezó a hablar y, con cada palabra que salía de su boca, mis dudas sobre Gabriel aumentaban hasta quemarme.

—¡Esperen! —solté de golpe, dando un paso hacia el frente para encarar al padre—. Esta unión queda suspendida. Aunque no sea una boda legal aún, ¡no voy a seguir con esto! —sentencié, respirando profundamente, sintiendo por un segundo el sabor de la libertad.

Pero eso solo fue el grito que mi mente dio en silencio. Lo que en realidad salió de mis labios, con una voz mecánica y carente de vida, fue un hilo de voz:

—Acepto amar a Gabriel Velázquez —dije, dejando caer la pluma tras terminar de firmar aquel documento.

En ese preciso instante, mi mundo como psiquiatra reconocida se derrumbó. Sentí una presión brutal en el pecho, como si al firmar no hubiera aceptado un matrimonio, sino que hubiera empezado a contar mis últimos días de vida.

—Puedes besar a la novia —comentó el padre con una sonrisa ensayada.

Todos los presentes estallaron en aplausos que me taladraban los oídos. Gabriel se acercó, cerrando el espacio entre nosotros, pero antes de que sus labios tocaran los míos, mi cuerpo se rindió. El conocimiento se me escapó, la vista se volvió negra y me desplomé en sus brazos.

Al despertar, la luz blanca del hospital me cegó. Giré la cabeza y ahí estaba él: mi esposo. En ese momento, mi padre entró en la habitación con paso firme.

—Cariño, despertaste... es algo genial —mencionó Gabriel, fingiendo una preocupación que no le llegaba a los ojos, mientras intentaba tocar mi mano.

—Gabriel... —le corté, retirando la mano con un movimiento brusco y sentándome en la cama con esfuerzo—. Déjame a solas con mi padre. Ahora.

—Está bien, amor, como desees —comentó Gabriel, lanzándome una última mirada cargada de una amabilidad fingida antes de cruzar la puerta.

En cuanto la cerradura encajó, el aire en la habitación del hospital se volvió pesado. Mi padre se cruzó de brazos, impasible.

—¿Qué te pasa? ¿Para qué quieres hablar conmigo? —soltó él con un tono gélido, sin siquiera acercarse a mi camilla.

—Papá... ya no quiero estar con él. Es asfixiante tenerlo a mi lado —le solté, sintiendo cómo las lágrimas de impotencia me quemaban la garganta.

—Lily, no volvamos a tener esta conversación —me cortó él, haciendo un gesto de desprecio con la mano.

Me tomé un momento, apretando las sábanas blancas con mis puños, buscando las palabras exactas para hacerlo entender.

—Papá, ¿crees que realmente estoy haciendo lo correcto? —le pregunté, clavando mi mirada en la suya.

—Lily, ya no eres una niña pequeña, no debo decirte lo que tienes que hacer —respondió él, caminando con paso firme por la habitación como si estuviera en una junta de negocios—. Gabriel es un buen partido. Viene de una buena familia, tiene una carrera sólida. ¿Qué podría no ser correcto?

—¡Pero no es lo que busco! —exclamé, incorporándome en la cama a pesar del mareo—. No es eso, papá. Es que... no estoy segura de que esto sea lo que yo quiero. Siento que me falta algo. No es la conexión que esperaba sentir con la persona con la que pasaré el resto de mi vida.

La honestidad me costó, pero la necesidad de gritar mi verdad era más fuerte que mi miedo. Mi padre suspiró, ese sonido que yo conocía tan bien: el preludio de su discurso sobre la lógica por encima del corazón.

—Lily, el amor, en el sentido que lo ves en las películas, es una fantasía —sentenció, mirándome desde arriba con superioridad—. El matrimonio es una sociedad, una unión de intereses, de familias. Tú y Gabriel son perfectos juntos. Complementan sus vidas, sus carreras. A veces, la felicidad se construye, no llega de forma espontánea como una explosión.

—¿Pero mi felicidad...? ¿Mi felicidad no es importante? —susurré con la voz rota.

—Se terminó la conversación —comentó él dándose la vuelta, dándome la espalda de forma definitiva mientras se dirigía a la salida.

Por otro lado...

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