Café para dos

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Sinopsis

Café para dos cuenta la historia de Estela, una empleada doméstica que, con los años, desarrolla una profunda amistad con doña Carmen, una mujer atrapada en un matrimonio sin amor. Tras la muerte de don Alonso, doña Carmen cae en una soledad que la lleva a alejarse, dejando a Estela también vacía y sin rumbo. Tiempo después, ambas se reencuentran en una cafetería, donde, a la hora del café, comparten nuevamente una taza juntas. Ese encuentro simboliza la posibilidad de sanar, de reconectar y de encontrar compañía tras la pérdida.

Genero:
Drama
Autor/a:
Thony26
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Chapter 1

Doña Carmen tenía 60 años cuando la mano de su esposo dejó de apretar la suya y su respiración se detuvo para siempre. Hasta ese día llevaban 42 años casados y a ella no le quedaba sentido ni gracia quedarse de este lado del mundo. En ese momento su vida cambió para siempre, dijo una voz que esparció esas palabras por el interior del bus como si fuera el periódico avisando a los oyentes o, en otras palabras, a los metiches, la tan terrible noticia.

- ¿Y qué vas a hacer con tu trabajo Estelita?

- Lo que es lógico Sara, quedarme con doña Carmen hasta que mi servicio sea indispensable para ella.

- ¿Pero si no tienes a uno de tus jefes, no es lógico para ti buscar un nuevo lugar de trabajo para sostener a tu familia?

- Sarita, tanto tiempo llevas de conocerme y no te has dado cuenta que para mí doña Carmen es más una amiga que jefa.

- Sí, pero no creo que ella sola pueda pagar tu sueldo.

- Vanidades mujer, me quedaré con doña Carmen como compañera que he sido para ella durante 15 años. Y no me repliques más porque se te va a pasar la parada.

Dicho eso Sara se apresuró a bajar del bus y a caminar rápido a casa antes que oscureciera. Estela Fernández tenía 30 años cuando empezó a trabajar para doña Carmen y para su esposo don Alonso. La forma en la que los conoció fue a causa de la necesidad al ser despedida de una escuela por esparcir rumores sobre un profesor que espiaba a sus alumnas durante el recreo cuando ella trabajaba de conserje. Hecho indignante que la obligó a buscar un nuevo trabajo ya que 2 criaturas la esperaban en casa y al ser ella su único sustento no había tiempo que perder. Buscó en todos lados, pero no encontraba lugar que le diera una oportunidad. Su situación cambió cuando su tío le llegó de visita una tarde justo a la hora de la merienda.

- Buenas tardes tío a qué se debe su visita? Sabe que ahora estoy sin trabajo y no tengo dinero- dijo Estela algo irritada ya que cuando su tío llegaba no era más que para pedir algún favor.

- No te preocupes Estelita, no vengo a pedirte un favor, si no a devolvértelo. Mejor invítame a una tacita de café y te lo explico todo.

- Está bien tío, pero esa tacita de café contará como un favor más porque no estoy ni para dar café en las tardes.

Ambos se sentaron para tomar su taza de café sobre baldes que Estela utilizaba para recoger agua, porque uno nunca sabe cuándo se irá. Don Carlos era el tío de Estela, trabajaba como contador en una empresa de textiles. Su jefe era el hijo del dueño de la 1 empresa, y justo esta persona cambiará la situación de su sobrina.

- Estelita vieras que mi jefe necesita de una empleada doméstica y, debido a que estás sin trabajo, yo de una pensé en ti y se lo dije a él para que te pusiera a trabajar.

- Tío no sabes cuanto se lo agradezco-dijo su sobrina con lágrimas en los ojos, ella quería abalanzarse contra él y abrazarlo tan fuerte como pudiera, pero su tío no era de recibir cariños.

- No es nada Estelita, mañana empiezas y tendrás que ir conmigo al trabajo. Trabajarás de empleada doméstica. - ¿Híjole, tan necesitados están?

- ¿No pienses eso, te recuerdo quién es la que necesita trabajo?

- Está bien tío, mañana empiezo con todas las ganas- Tantas ganas sintió que se quemó con el café provocando risillas entre los dos haciendo olvidar los problemas de necesidad que enfrentaban.

Esa noche Estela no pudo dormir, no por la emoción, sino porque le dolía el estómago a causa del hambre, pues solo tenía una taza de café en el estómago. Eso a ella no le importaba, su única preocupación era darle de comer a sus dos hijos y con eso estaba bien. Sin embargo, se le presentaba un pensamiento en la cabeza, no le agradaba la idea de volver a ser la encargada de limpiar el desorden de los demás, le parecía injusto y algo caprichoso, porque conserje y empleada doméstica, aunque sean diferentes palabras, hacían la misma función. Además, tener que conocer a sus nuevos jefes le aterraba, le asustaba el hecho de no parecerles confiable, ni que les cayera bien para estar casi todos los días viéndolos cuando limpiara, pero el rugir de tripas hizo que esos pensamientos desaparecieran y le ayudó a recordar por qué lo hacía, tenía que hacerlo bien sí o sí para poder alimentar a sus hijitos, les cayera bien o no a sus jefes.

Doña Carmen no amaba a su esposo. Al menos eso le decía ella cuando lo tenía en vida. Las mañanas junto a él se tornaban en un torbellino de discusiones sin sentido ni gracia cuando el pleito lo originaba qué tan fuerte estaba el café. Don Alonso si era posible lo tomaba sin azúcar, pero no lo hacía porque le producía acidez estomacal. A Doña Carmen no le gustaba el café fuerte, le gustaba el término medio si es que se puede aplicar también en cafés, o directamente no lo tomaba. El matrimonio de los dos fue hecho por conveniencia, los padres de doña Carmen pasaban por necesidades hasta el punto de aceptar el dinero dado por el padre de don Alonso, su suegro, a cambio de la mano de su hija. Razón por la cual doña Carmen no sentía amor por su esposo, quien fue el principal culpable de su desdicha. Y Estelita sentía toda la tensión en el ambiente hasta el día en que murió don Alonso. Cuando los conoció se portaron muy amables con ella, parecían muy felices, aunque Estelita vio una que otra mirada despectiva entre ellos “Naturaleza del matrimonio” decía Estelita para sí misma.

Cuando su tío se fue luego de dejarla en la casa de su nuevo trabajo, Estela preparó su mente y corazón para saludar a sus nuevos patrones. La casa era preciosa, con una fachada blanca y detalles en tonos marrones que realzaban su elegancia. El techo inclinado y los ventanales arqueados le daban un aire distinguido. En el garaje techado, una camioneta 2 Toyota descansaba impecable, reflejando el cuidado de sus dueños. Alrededor, un jardín bien mantenido con plantas y arbustos añadía un toque de frescura y armonía, era de dos pisos lo que le llamaba más la atención a Estelita, que cuando la vio respiró hondo, lista para comenzar esta nueva etapa. El instante cuando los vio toda imagen de amenaza e intimidación que se había imaginado se esfumó. Parecían ser buenos, ambos tenían una mirada que delataba amabilidad, a Estela le gustó esto.

Cada uno se presentó como es debido, con el jefe un apretón de manos y con la señora un abrazo y palmadas en la espalda. Ella olía a canela despertando el hambre de Estelita, él en cambio, olía a cigarros deshaciendo todo encantamiento que dejó el aroma de doña Carmen. Sus primeras impresiones hacia Estelita fue que parecía una mujer luchadora y comprometida con su trabajo, por lo que no fue difícil establecer confianza en ella. Al finalizar el día Estela ya sabía qué tareas debía de realizar. Lavar y secar la ropa, barrer y luego pasar el palo piso por todo el suelo de la casa, ordenar los trastos que se encuentren en la pila, en general cuidar de la casa y limpiarla como si fuera la de ella. Al parecer sus jefes estaban muy ocupados como para encargarse de esas tareas vanas y necesitaban a alguien quien pudiera hacerlo por ellos. Estela sin duda aceptó ya que le pareció un trabajo cómodo y compuesto por actividades que ella sabe realizar, por lo que no tendría problemas de hacer las cosas bien.

Así pasaron 15 años, Estela contenta haciendo su trabajo y sus jefes felices de tener una persona de tanta confianza para entregarle su casa. Y no solo eso, en el corre y corre de la vida la relación con sus jefes se estrechó, más aún con doña Carmen, quien la consideró su amiga luego de tantas horas, palabras y recuerdos compartidos entre ellas en las tardes que tanto le gustaban a Estelita, porque sentía la calidez de un buen trato, de un hogar. Su trabajo era un escape de las dificultades de su vida, en esos momentos deseaba detener el tiempo para apreciar los pequeños instantes de felicidad. “Entre mujeres se entienden” decía don Alonso esas mismas tardes sin que le faltara su buena tacita de café cuando encontraba a las dos mujeres charlando en la cocina. Estelita no pudo evitar soltar una risita, no por lo que dijo don Alonso, sino por la mueca que hizo doña Carmen al desaprobar la presencia de su esposo, acción que realizaba cada vez que don Alonso se acercaba a ella. “Yo no lo amo, no siento nada por él. Soy su esposa porque fui obligada a serlo” dijo una vez cuando Estelita la encontró ebria en su cuarto con intenciones de lanzarse al suelo por medio del balcón. Acto que sin duda habría echo si Estela no estaba ahí. Doña Carmen no era feliz con su vida, se notaba mucho. Su cara larga, ojeras y mal caminar delataba su mal sentir. Muchas veces no era comprendida por sus conocidos porque teniendo mucho dinero, un marido que la adora y una vida bastante acomodada es muy sencillo encontrar la felicidad, pero para Doña Carmen esto no era así y Estelita lo sabía cada vez que la escuchaba pelear con su esposo tratándose como desconocidos en vez de marido y mujer. “No sabes el mal que me hace Estelita, no quiero esta vida, yo no estoy viviendo. Deseo que un día encuentre otra mujer y me deje, no me importa, quiero ser libre. Eso me cambiaría la vida por siempre”. Y su vida cambió, pero no de la forma que esperaba. Cuando las tardes cálidas se volvieron tormentosas y frías, como si todo lo malo del mundo se acumulara en las nubes, desbordándose en forma de lluvia.

En una de esas mismas tardes que tan horribles le parecían a Estelita, don Alonso cayó inconsciente en la mesa de la cocina cuando discutía nuevamente con su esposa. Los médicos llegaron tan rápido como pudieron, y Estela presenciando toda la escena desde la discusión hasta el desvanecimiento de su jefe, notó que su café estaba frío. Ni un sorbo, ni un grano de azúcar y ningún soplo pudo disfrutar don Alonso.

La visita al hospital fue de las peores experiencias del trabajo para Estelita. No le gustaba ir ahí, porque al ver a esas personas cansadas y en su mayoría desgraciadas, le hacía pensar que cualquier día ella o algún familiar podría estar en el lugar de alguno de los hospitalizados. Y su pensamiento se cumplió. Su jefe estaba por morir, ella lo sabía, doña Carmen lo sabía, los doctores los sabían, hasta él mismo. No cabía la esperanza dentro de aquel lugar. “Carmen perdóname” dijo don Alonso entre lágrimas, tocándose su pecho y tomando la mano de su esposa en el cuarto que sería testigo de su último aliento. “Te hice infeliz, te até a mí y no tenía derecho. Eres una buena mujer y me consume el hecho que desgracié completamente toda tu vida”. En la habitación hacía frío, aquel que se penetra en los huesos y hace que los músculos duelan. La soledad se palpaba en el aire y la desesperanza hizo llorar a Estela. Al fin y al cabo, fue un buen jefe, siempre se portó bien con ella y hasta cierto punto se arrepintió de haber dicho y pensado tantas cosas malas hacia su persona cuando doña Carmen se desahogaba con ella. “Me hiciste feliz Carmencita, le diste sentido a mi vida, pero me arrepiento de haber sido tan egoísta y no dejar que fueras libre. Merecías una vida mejor. Soy un mal hombre, mal esposo, mala persona”. El reloj apuntaba las 4 de la tarde, hora del café, tantos años con la misma rutina hacía presente hasta el olor sin que lo estuvieran preparando, en ese momento se podía notar que doña Carmen también lloraba. Pero solo un susurro silencioso y unas cuantas lágrimas caídas, la forma de llorar más fría ante una situación así, pero Estelita comprendió que era porque ella no lo amaba. “Gracias amor por hacer que mi vida valiera la pena”. Dijo con esfuerzo don Alonso. “Perdón por no haberte hecho la vida igual”. Y en ese momento su mano dejó de apretar la de su esposa. Una despedida fría, sin corazón. “Al menos doña Carmen será feliz” dijo la voz interior de Estela castigándose en silencio por ese pensamiento tan anticlimático. Lo irónico es que las cosas no sucederían así.

La vida es extraña, te quiebra o te cambia. Se dijo a sí misma Estelita una mañana de octubre cuando vio a doña Carmen hecha una mar de lágrimas.

- ¿Por qué Estelita, por qué me dijo esas cosas y simplemente se fue? ¿Acaso no valgo nada?

- Señora no comprendo, pensé que si se iba usted al fin sería feliz.

- Yo también lo pensé Estelita, pero ahora me siento completamente sola. Tantos años de saber que estaba ahí, de entregarme su amor, de una forma que yo jamás lo hice y ahora solo me da su ausencia. Después de tanto tiempo él me ha dejado, me dejó sola y lo único que tengo de él es su recuerdo. Me arde, me quema, me duele. A veces veo sus fotos para sentir que aún está aquí, para sentir su presencia una vez más, pero solo me lastimo más, porque me recuerda que ya no está aquí. Mi cabeza grita, pero ya nadie la escucha. Nadie me acompaña.

Estela intentó consolarla, pero las palabras fueron en vano. “Todo estará bien doña Carmen. Usted puede seguir adelante”. Se atrevió a decir sintiendo un nudo en la garganta que no pudo soltar hasta luego de terminar su horario laboral. Su trabajo ya no era un hogar, era simplemente su obligación, como siempre debió ser. Porque ya no sentía la misma emoción de ir a ese lugar, a esa casa que albergaba tantos dolores y resentimientos que jamás se podrán soltar. Doña Carmen ya no hablaba, se encerraba en su habitación y lloraba hasta quedarse dormida. Sin darse cuenta estaba dejando sola también a Estelita quien siempre le preparaba el café de las 4 de la tarde, con la esperanza de que su amiga saliera y volviera a compartir con ella las tan deliciosas charlas que tanto le animaba el espíritu. Pero ese día nunca llegó, y el café de doña Carmen siempre estaba frío al final del día. Nunca más hubo un instante de calidez en ese lugar y a Estelita no le quedaban fuerzas para continuar, su amiga no era la misma y se culpaba siempre por no ser capaz de ayudarla ni comprenderla.

- Estela, eres una gran mujer, fuiste mi mejor amiga, la única persona que me ha hecho feliz. Pero ahora debo irme, no estoy bien y deseo estar sola. Puedes seguir viniendo a la casa para seguir trabajando si deseas, solo que no volveré aquí por un tiempo. Espero que comprendas. – Fueron las palabras de doña Carmen la tarde que dejó a Estela sola, con dos tazas de café en la mesa, testigos mudos de aquella despedida. Estela con ganas de llorar tomó una de ellas y dio un sorbo. El café estaba completamente frío, como la ausencia que ahora habitaba en la casa.

Los días solo pasaban, carecían de toda la emoción y chispa que mantenía vivo el optimismo que antes caracterizaba a Estelita. Cada mañana, tarde y noche la volcaba en cama el sentimiento de vacío en su interior, estaba y se sentía completamente sola, porque hasta sus hijos habían abandonado a la persona que les dio cobijo. Con 45 años su existencia ha dejado de tener sentido, ni siquiera era la mitad de su vida y se sentía perdida, sin fuerzas para continuar. Sin embargo, sabía que no se podía quedar así y debía de seguir adelante, ahora no por otras personas, si no por ella.

Nunca más volvió a la casa de doña Carmen ya que para ella ese lugar tenía un aura de melancolía y tristeza que la envolvía en un ciclo de profunda depresión. Así que se consiguió otros trabajos, primero pasó por una clínica, pero ese trabajo no le gustó porque le hacía recordar malos momentos. Así que optó por ir a ser camarera en una cafetería, no sabía por qué, pero le transmitía de nuevo un poco de la calidez que una vez sintió, aunque ya tenía en mente renunciar después de diciembre, mínimo para comprar algunos regalos de navidad.

Cuando estaba tomando pedidos una tarde de noviembre, agotada después de una semana de arduo trabajo, el estómago se le hundió y el corazón saltó a su mano. Ahí estaba ella, doña Carmen, tan espléndida, tan elegante, tan hermosa. No parecía que tenía 60 años encima, de alguna forma logró que su juventud volviera a ella, juventud que nunca pudo disfrutar por la responsabilidad que tomó a tan temprana edad. Cuando los ojos de ambas coincidieron para verse, el tiempo se detuvo, la voz de las personas al exterior dejó de importar, ambas deseaban escucharse una vez más. “¿Te encontré o me encontraste?, no importa, solo quiero volver a estar a tu lado”. Ese pensamiento cruzó de manera diferente en la mente de las dos, pero tenían la misma intensidad. El reloj marcaba las 4 de la tarde, el olor a canela y café aromatizaron el ambiente, que mucho tiempo se mantuvo frío, y esa 5 tarde junto a dos tazas de café atestiguaron la conversación de dos corazones solitarios reencontrándose después de tanto tiempo, que contra todo pronóstico volvieron a estar juntos.