La Ciudad Ahogada

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Sinopsis

Cuando el Cataclismo comenzó, nadie sabía cómo sería la nueva vida. La humanidad fue condenada a vivir en inmensas plataformas sobre el mar y a dividirse poco a poco mientras decidían qué vidas eran menos importantes. Poco a poco, lo único que quedó fue intentar recuperar el Antiguo Mundo de su prisión submarina. James, un hombre normal, tendrá que vivir en carne propia el sistema donde vive; pero aún peor, los secretos macabros que llevaron a la humanidad a donde estaba. ¿Qué esconde el océano en las profundidades más oscuras y remotas? ¿Y qué llevó al mundo hacia el Cataclismo? Una historia que combina ciencia ficción con terror.

Genero:
Scifi/Horror
Autor/a:
MickelH
Estado:
En proceso
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Prólogo.

Las paredes se movían como si estuviesen vivas; y solo en una efímera parte, lo estaban. La oscuridad no dejaba ver nada, pero por el sonido que producían, él prefería no saber de qué se trataba; por lo menos no esta vez. Intentó cerrar los ojos, ignorando el sonido viscoso. No tenía sueño. Solo quería evitar las Reminiscencias de esa ocasión.

Poco a poco las paredes recuperaron su tono poco amigable y destartalado. El frío no era el adecuado para esas épocas, pero no se podía permitir algo mejor. No en esa plataforma. Mucho menos en el lugar donde se encontraba.

La luz artificial se encendió, emitiendo un brillo insoportable de color azulado. A lo lejos, el circuito de alarmas de la plataforma de los Condenados comenzó su llamado. Algo en esa oportunidad se sentía distinto. El llamado inició. Escuchó con el mismo miedo de siempre. No quería ir a las Profundidades. Un solo mes más, y volvería a ser libre. Quizás la plataforma en la que vivía antes no era la más alta, pero parte del cielo era visible en las periferias. Eso era suficiente para él. Con algo de suerte, mucha de ella en realidad, podría recuperar parte de su vida.

El conteo fue sin vida y sin empatía alguna. La voz llamó a los integrantes. Esperó en silencio. El nombre final era el suyo. Cerró los ojos. Su corazón no latió con más fuerza. Su alma abandonó su cuerpo cuando fue enviado hasta allí.

Un golpe en su puerta lo avivó. Con poco entusiasmo se puso el overol anaranjado con botas negras. Cuando salió de su habitación, un guardia lo esperaba con su arma en mano y luces rojizas detrás. Las balas escaseaban desde el Cataclismo, pero no por ello no las iban a usar. En el peor de los casos, le iban a dar una golpiza hasta la muerte. El prisionero D-11, alguien con quien logró entablar una amistad pasajera, incluso sin llegar a conocer su nombre verdadero, murió de esa forma.

Avanzó entre las paredes metálicas intentando proteger sus ojos. La plataforma marina no era el lugar para nadie. Solitario, horrible e inhumano era quedarse corto. El lugar donde la gente era enviada a morir cuando no tenían motivos para ellos. ¿Un mal día? No importaba. ¿Una deuda atrasada? Era el lugar donde terminaban. Incluso las balas tenían más importancia que ellos. Pero no por eso los que habitaban el lugar debajo del océano eran inútiles. No para el resto.

Las puertas de las compuertas se abrieron. Ahí estaban. Los submarinos. Viejos, oxidados y llenos de tragedia. Los Designados estaban reunidos frente al Viejo Tuerto, un submarino que tenía una sola ventana en la parte delantera. Él lo conocía, y no apartó la vista de su nueva cárcel. Sus únicas dos expediciones fueron en ese cacharro.

Observó la parte alta. Los guardias esperaban junto a varios científicos que reían con bocas abiertas de par en par. Ellos sí eran importantes. Quedaban pocos en el mundo. El resto murieron ahogados cuando el nivel del agua comenzó a subir; como casi todos. Ahora eran una especie de mesías. Pero los mesías no envían a otros a morir por ellos. La alarma comenzó, irradiando una luz oscura y amarillenta que giraba alrededor de la sala.

La parte superior del submarino se abrió. Todos bajaron por la escalera. Si había algo que se cuidaba, como si estuviese vivo, eran los submarinos. Ya no había otra forma de recoger recursos de otra forma. El interior crujía entre las tuberías. Pero resistiría. Lo hacían siempre. Solo hubo uno que falló, hace años. Obviamente, nadie sobrevivió. Nadie fue extrañado. Eran recursos, no más valiosos que los que se encontraban debajo.

El sonido de las amarras llegó como una bala. Comenzaron el descenso. Algunos se pegaron a la pared. Debían ser nuevos. El resto solo esperó con sus manos pegadas a las paredes. Una mujer de pelo desaliñado y seco avanzó hasta la computadora a bordo Leyó en silencio.

—Nos toca registrar el sector norte… —dijo con ambas manos, aunque nadie le replicó—. Uno de los sonares detectó algo.

Se alegró. Estaba cerca. Era un sector poco profundo y tranquilo. Unas ruinas un tanto peculiares, solo eso. No había nada que pudiese hacerles daño. O eso quería creer. Era mejor que el sector sur, de todas formas. Y era mucho mejor que seguir descendiendo en la oscuridad. Aquellos nunca volvían con su sanidad intacta.

El submarino comenzó a moverse con algo de pasividad. Él se movió hasta la parte delantera mientras el resto se agrupaba en el suelo metálico en grupos. La mayoría evadía esas vistas. Las penumbras aterraban a cualquiera; incluso a los más valientes. Pero Él quería ver. No importaba que delante no se pudiese percibir algo. Esas zonas eran pacíficas. La mayoría era para conseguir recursos básicos. Se lamentó mientras intentaba vislumbrar un rayo de luz. Extrañaba ver el cielo. En especial los días cuando estaba con su familia en los barrios alejados, cerca de los ascensores que subían hasta la plataforma superior. Había pasado tanto tiempo allí abajo que ya no recordaba los nombres de sus familiares y amigos, ni tampoco el suyo. De todas formas, cuando alguien era enviado a la civilización, a la poca que quedaba, se le daba un nuevo nombre… O eso decían. Nadie lo había logrado.

—Oye…

La mujer que habló para decirles su destino estaba a su lado. Su mirada no quería ver hacia delante. En cambio, movía sus ojos en todos los sentidos. Le resultó curioso que hablara su idioma.

—Así que tú eres el Elegido.

—Sí… Si tengo algo de suerte.

—Tal vez. Digo… Solo un mes más.

Los rumores se movían entre oídos como entretenimiento. Era la única diversión; bueno, además de las Píldoras. Y en esa Plataforma había miles. Los rumores iban y venían como si fuesen moscas. A veces pasaban hablando de ellos por horas. Las historias también ayudaban a mantener la sanidad. Arriba, la civilización seguía intentando prosperar. Nuevas tecnologías, nueva música e incluso programas de televisión. Quedaba poco del antiguo mundo, pero lo que permanecía quería seguir ahí. Y para las personas que lograron permanecer en tierra, el mundo seguía siendo algo… esperanzador. Claro, a costa de que miles y miles morían debajo de las aguas.

—Un mes aquí abajo es…

—Improbable… Sí. Eterno. —La mujer se acercó—. La Democracia no fallará…

—Ni siquiera sabemos cómo funciona.

—Si has tenido suerte hasta ahora es porque no hay nadie que decida en verdad.

—Eso quiero creer…

—De todas formas, si llegas a salir, ¿puedes hacerme un favor?

Él observó con intriga. Ya sabía cuál era.

—¿Para quién?

—Para mi esposo.

—¿Cuánto tiempo te falta? —La pregunta que nadie quería hacer.

—15 años…

La observó con compasión. Su crimen le costó un solo año. La mayoría no salía vivo luego de un mes. Esa cantidad de tiempo para ella era la muerte. Una condena disfrazada de algo más. Los científicos y los políticos decían que era lo más humanitario. Pero era una mentira de las buenas. De las que uno jamás se recupera.

Asintió. La mujer le tomó la mano. Estaba fría, como todo lo demás.

Una luz se encendió delante del cristal.

Habían llegado.

Algunas estructuras derruidas comenzaron a aparecer a medida que se acercaban. Los peces se alejaron, huyendo. Las deformidades eran evidentes en esa parte tan profunda. Él se pegó al vidrio mientras otros solo esperaban con una distancia cauta. Tenían que captar cada detalle. Si algo pasó por esos lugares… todos ellos debían dar testimonio.

El submarino descendió hacia unos pilares. Ambos daban acceso a una torre. ¿Era una torre? No lo supo. Alguna vez había escuchado que los millonarios de las plataformas más altas vivían en lugares así. Mientras el resto seguía sufriendo, ellos observaban las nubes con alcohol refinado y soberbia molesta. Bueno, antes del Cataclismo, todo era idéntico.

Rodearon con poca prisa las cercanías. Algunas secciones ya no tenían nada que mereciese la pena. El resto aún debía contener chatarra y objetos de valor. Pero no era la misión, por suerte. A lo lejos, una de las Serpientes se movía. Lenta. Era enorme, más que cualquier otra. Reptaba entre tiendas antiguas. Debió ser ella quien destruyó algunas fachadas en su paso. Por suerte, aquellas eran casi inofensivas. Ataques de ellas se registraban pocas veces cada ciertos años. Aun así, guardaron la posición mientras el cuerpo alargado se desvanecía más allá de los focos de poca intensidad.

Nadie dijo nada. Solo dos de ellos podían entenderse. La conclusión conjunta fue lógica de todas formas: esa cosa tuvo que ser lo que el sonar detectó.

Se movieron sin ánimos, intentando buscar otro rastro de vida en las cercanías. Llegaron hasta una plaza. Una estatua permanecía de pie. Y eso era lo único que quedaba de ella. La placa estaba sin ninguna letra reconocible, solo un color cobre arruinado. Vagaron un poco más en el viejo mundo una media hora más. Decidieron marcharse al comprobar que ya no quedaba nada vivo.

Cuando las luces se apagaron. Algo fue detectado. El sonar de la computadora emitió el pitido característico junto a una luz estrepitosa. No encendieron los focos. Algo se movió cerca. El submarino se balanceó con gentileza, pero no sin provocar miedo. La mano de Él comenzó a temblar. Algunos se abrazaron buscando contacto. En esas situaciones había dos opciones: huir o tener suerte. Y al final, ambas estaban relacionadas.

Algo los rozó una vez más, como una caricia. Lo suficiente como para que varios cayeran al piso. El vapor comenzó a salir de algunas fugas. Corrieron para poder arreglarlas antes de que todo explotara. Alguien revisó los medidores sin poder ponerse de pie. Limpió el sudor de su frente. La presión seguía intacta. Pero… algo estaba afuera.

—¿Encendemos las luces? —preguntó Él en voz alta y con sus manos en alto.

Nadie respondió.

El submarino quedó inmóvil unos segundos casi eternos. Se acercó al panel. Se lo preguntó de nuevo. Detrás, todos lo observaban. Dos opciones… Alejó la mano. Pero se dio cuenta. Ellos sabrían que algo estuvo allí. Para eso eran los sonares. No tenían opciones. Como siempre fue.

La luz se hizo con una debilidad tenue.

El contacto con el submarino se perdió poco después.