Navidad, sidra y caos asturiano

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Sinopsis

Clara vuelve a Asturias por Navidad y, entre su familia caótica, una perra con vocación de terremoto y un pueblo entero dispuesto a meterse en su vida, pensaba que nada podría sorprenderla. Hasta que aparece él. Y de pronto, entre sidra, noches de risas y un aire que huele a hogar, Clara descubre que esta Navidad puede cambiarlo todo... aunque ella no estuviera buscando nada.

Genero:
Humor
Autor/a:
Mónica
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
13+

Spinf-off Clara, en Madrid

El tren entró en la estación de Oviedo con ese frenazo que siempre me recuerda a los días de colegio en los que llegábamos tarde y había que correr sin dignidad. Nube temblaba como si fuera un móvil en modo "vibración". Literalmente.

-Relájate, pequeña -susurré mientras la abrazaba-. Tu abuela ya sabe que llegamos. No te va a quitar la herencia.

Nada más bajar, los vi. Ahí estaban: mis padres, Olivia y Javier.

El reencuentro fue como lo esperaba: Papá agitando el brazo como si fuera a aterrizar un avión y mamá con las manos en la cintura y una sonrisa que prometía comida y drama a partes iguales.

-¡Mi niña! -exclamó mi madre, estrujándome mientras yo intentaba no perder un riñón en el proceso.

-¡Pero qué delgada estás! -añadió.

-Mamá, estoy perfectamente.

-El amor no alimenta -dijo mientras me soltaba-, y ya te digo yo que la ansiedad tampoco.

Javier se agachó para saludar a Nube.

-Pero bueno... -¿Quién es esta señora tan elegante? -le dijo, recibiendo un lametón directo en la nariz-. Vale, vale, ya sé que me has echado de menos.

Mientras papá insistía en llevarme la maleta "porque tú no sabes maniobrar con ruedas, hija", me giré hacia mamá y levanté una bolsa de tela llena hasta arriba.

-Por cierto, toma. Te devuelvo los tuppers -dije, entregándole la bolsa-. Los que me diste en verano. Los he lavado, ¿eh? Que los metí hasta en el lavavajillas industrial de la oficina.

Mamá llevaba la bolsa colgada del brazo como si fuera un bolso de fiesta cuando, de repente, se detuvo en seco y me miró con suspicacia.

-Por cierto, Clara... ¿Me los has devuelto todos?

-Todos -respondí, demasiado rápido.

Papá soltó una carcajada.

-Ese "todos" ha sonado a "la mitad desapareció en misteriosas circunstancias".

-¡Papá! -protesté-. Que los tengo controladísimos.

-Ajá -dijo mamá, levantando una ceja-. Entonces explícame por qué me falta el redondo grande. Ese no vuelve desde el verano.

Me quedé callada. Olivia cruzó los brazos, divertida. Javier ya estaba sonriendo como si esperara un plot twist.

-A ver... -tragué saliva-. Es posible, posible, que el redondo grande... hmm... haya fallecido en combate.

Hubo un segundo de silencio.

Y luego, todos a la vez, estallaron en risas.

***

Caminamos hacia el coche entre bromas, mientras Nube trotaba delante como si fuera la única que no tenía cuentas pendientes con ningún tupper.

La carretera hacia Cadavedo estaba igual que siempre: verde, familiar, olor a leña y humedad.

Al llegar, ni deshice la maleta: Nube y yo teníamos un lugar que deseábamos ver.

-¿Ya os vais? -preguntó mamá, aunque ya sabía la respuesta.

-Si, vamos de paseo.

-Llévate guantes, que luego vienes quejándote.

-Que sí, mamá...

Quince minutos después estábamos en La Regalina, respirando ese aire que no existe en ninguna otra parte del planeta.

Nube correteaba por el prado olfateando todo por si algo hubiera cambiado desde la última vez. Yo me senté en el banco de madera, junto al acantilado contemplando el mar.

La vista era la de siempre: el verde intenso de los prados, el azul profundo del mar.

Un lienzo que Madrid jamás podría igualar.

Que falta me hacías Regalina -murmuré al aire.

Nube se acercó, se tumbó en mis pies y nos quedamos en silencio.

El Cantábrico rugía.

Y yo sentí ese pellizquito en el pecho que me hacía sentir que estaba donde debía estar.

A lo lejos, dos figuras venían caminando:.

-¡Hombre, Clara! -dijo Maruja, con su abrigo de estampado imposible-. ¿Has venido por Navidad?

-¿Y Madrid qué tal? ¿Mucho lío? -preguntó su marido, como si Madrid fuera un chisme del pueblo.

-Un poco de caos -respondí-. Pero se sobrevive.

-Aquí mejor, ¿eh? Más tranquilo. Más sano. -Maruja bajó la voz-. Y menos hombres raros.

Sonreí. Echaba más de menos el pueblo de lo que yo misma creía.

Nos despedimos y seguí contemplando el mar hasta que los dedos dejaron de obedecerme.

Nube ladró.

Hora de volver.

Hora de reunirse con los de siempre.

***

Al llegar, la casa estaba en modo caos navideño en su máximo esplendor: el salón lleno de cajas con adornos, figuritas y casitas del Belén, y la estampa de siempre: papá intentando desenredar las luces mientras mamá lo regañaba desde la distancia.

-¡No tires tanto, Javier, que rompes el belén!

-¡Si está roto desde 1998, mujer! El pastor ese no tiene brazo desde la comunión de Clara.

-¡Se cayó solo! -defendí mi honor histórico.

Nube vigilaba el roscón como si fuera guardia de seguridad. Yo me senté a ayudar a poner luces y, de repente, lo soltó:

-Por cierto... podrías invitar a ese chico a venir en Nochevieja.

-¿Qué chico? -tosí.

-Ese. Carlos. El del tren.

Me atraganté con mi propio oxígeno.

-Mamá... que no es...

-Ay, Clara -interrumpió-. Vosotros usar la etiqueta que queráis pero lleváis unos meses quedando. ¡Que venga! Y dile que puede quedarse a dormir, tengo la cama de la salita libre.

-¡Mamá!

-Y Nube seguro que se alegra de verle -continuó sin hacer caso a mi protesta-. Y nosotros también, que ya va siendo hora de conocerlo.

Nube ladró como si hubiera entendido demasiado bien.

Me rendí.

Cogí aire y mandé el mensaje.

YO: ¿Sería una locura muy loca que vengas a pasar la Nochevieja a Cadavedo? Mi madre te puede matar a comida y a sidra, pero para bien.

Carlos respondió tan rápido que me asusté.

CARLOS: No se me ocurre mejor plan. Hora y ubicación y voy volando.

***

Mi padre estaba en la puerta cuando el coche de Carlos entró en la finca.

-¡Ahí viene! -anunció como si fuera la cabalgata.

Carlos salió del coche con esa sonrisa tranquila que me pone los nervios del revés.

Nube se lanzó a él como si llevara diez años sin verle.

-¡Vaya recibimiento! -rió él, agachándose para acariciarla.

Javier cruzó los brazos, evaluando.

-Bueno, bueno... si has pasado el filtro de Nube, ya eres de los nuestros.

Olivia salió con un delantal de renos.

-Pasa, hijo, pasa. ¿Qué tal el viaje? ¿Has comido?

-Sí, gracias. Muy amable.

-¡Javier, abre la sidra! Que hay que calentar motores.

Yo solo pensaba: tierra, trágame. Pero con cariño. Y, aun así, había algo cálido en ver a mis padres... encantados con él.

Cuando entramos en casa, el golpe de calor fue inmediato. La casa olía a leña y a algo que llevaba horas cocinándose. Mamá ya le estaba dando conversación a Carlos antes incluso de que se quitara el abrigo.

-¿De qué parte de Oviedo eres? -preguntó mamá, como si Asturias tuviera solo tres calles y ella se las supiera de memoria.

Carlos sonrió.

-De la Argañosa, ¿lo conoces?

-¡Claro que lo conozco! Si allí vivió mi prima Marité antes de irse pa' Gijón -dijo mamá, encantada-. Buen barrio. Muy prestosu.

-¿Y a qué te dedicas, Carlos?

-Trabajo en tecnología. Desarrollo de producto.

-Ah, como mi sobrino. Todo el día con ordenadores, pero muy buen chico -dijo mamá, como si estuviera evaluando compatibilidades genéticas.

Yo solo quería hundirme en el sofá.

Papá intervino, dándole un leve codazo a Carlos.

-Te aviso... aquí jugamos al parchís como si fuera deporte olímpico. Si te toca con nosotros, hay que preparar la estrategia.

Carlos me miró y sonrió.

-Creo que puedo sobrevivir.

Y ahí, por primera vez desde que llegó, sentí que encajaba. Natural. Como si los conociera de toda la vida.

***

La cena fue el típico maratón asturiano: la mesa repleta de langostinos, nécoras, centollo, y mamá sacando fuentes como si no hubiera un mañana. En el centro de la mesa, la tabla de quesos asturianos: afuega'l pitu, cabrales, casín, gamonéu... Mamá los había colocado con orgullo, como si fueran joyas de la corona.

-Olivia, menuda cena -dijo Carlos, probando un langostino.

-Ay, hijo, si esto es lo de siempre -respondió mamá, radiante-. Pero tú repite, que estás muy delgado.

Papá le echó sidra directamente, sin preguntar.

-A ver, Carlos. Aquí hay tres reglas: se bebe sidra, se come hasta reventar, y si Olivia te ofrece algo, no se rechaza. ¿Entendido?

-Entendido -asintió él, divertido.

Nube estaba tumbada bajo la mesa, estratégicamente posicionada entre todos nosotros, esperando que cayera algo.

Y siempre caía algo.

Cuando terminamos con el marisco y los quesos, mamá y yo nos levantamos para recoger los platos.

En la cocina, mientras yo apilaba fuentes, mamá se acercó y me susurró:

-Me gusta ese chico, Clara.

-¿Sí? -dije, intentando sonar casual.

-Es muy educado. Y muy guapo, hija -añadió con una sonrisa pícara.

Me reí, sin poder evitarlo.

-Mamá...

-¿Qué? Si es verdad. Y se le ve buena gente.

Cogimos la bandeja con la merluza a la sidra, humeante y perfecta, y volvimos a la mesa.

-Y ahora -anunció mamá, colocando el plato en el centro-, el plato estrella de la casa.

-Que buena pinta, Olivia -dijo Carlos mientras mamá le servía.

Papá, continuó con la conversación:

-Clarina me contó que antes trabajabas en la construcción -dijo, apoyándose en la mesa-. ¿Y qué tal el cambio a la tecnología?

-Diferente -admitió Carlos-. Pero necesario. La construcción te enseña a resolver problemas con las manos. La tecnología, con la cabeza. Al final, las dos tienen su propia lógica.

Papá asintió, aprobador.

-Así me gusta. Gente que no le tiene miedo a cambiar.

Mamá aprovechó para sacar el postre: tarta de la abuela, esa que solo aparece en ocasiones especiales.

-Carlos, esto no lo vas a probar en ningún lado-anunció, cortando un trozo generoso-. Receta secreta. Ni Clara la tiene.

-¡Porque no me la quieres dar! -protesté.

-Cuando te cases, te la doy -dijo mamá, guiñándome un ojo.

Quise morirme ahí mismo.

Carlos tosió, disimulando una risa.

***

Después de la cena, papá sacó el parchís. Y cuando digo que lo sacó, quiero decir que lo puso en el centro de la mesa como si fuera un contrato notarial.

-Venga, a ver qué tal se te da esto -dijo, repartiendo fichas.

-Javier, no seas trampa -advirtió mamá.

-¡Yo nunca hago trampas!

-Papá, literalmente el año pasado moviste mi ficha cuando fui al baño.

-Eso fue un error técnico.

Carlos me miró, divertido.

-¿En qué me he metido?

-En el caos -respondí-. Pero tranquilo, yo te protejo.

No le protegí. Papá lo eliminó en la segunda ronda. Mamá ganó con una sonrisa de villana de telenovela.

Eran casi las once cuando mamá se levantó y empezó a preparar bolsas con tuppers.

-Clara, esto es para Ana. Esto para Carmen. Y esto para Fer, que el pobre con tantas guardias no le da tiempo ni a cocinar.

-Mamá, vamos a un bar, no a una evacuación de emergencia.

-Da igual. Nunca se sabe.

Carlos cargó con dos bolsas sin rechistar. Yo con tres. Nube iba delante, moviendo la cola como si supiera que la noche apenas empezaba.

-¿Lista? -me preguntó Carlos en la puerta.

-Lista.

-Pues venga -dijo papá desde el salón-. ¡Y volved antes de que amanezca, que si no Olivia sale a buscaros con el coche!

-¡Y con la escopeta del abuelo! -gritó mamá.

Cerramos la puerta entre risas.

***

La noche estaba fría, pero clara. Las estrellas brillaban como nunca lo hacen en Madrid.

-Tu familia es... intensa -dijo Carlos mientras caminábamos.

-¿Intensa bien o intensa mal?

-Intensa perfecta.

Sonreí.

Y entonces, a lo lejos, empezamos a escuchar la música.

El bar de Ana estaba lleno de vida: luces, música, gente con gorros absurdos, sidra volando y Fer bailando como si hubiese nacido para ser viral.

-¡Clarina! -gritó Ana, abrazándome con purpurina incluida-. ¡Ya era hora!

-Fer, no me eches confeti en el pelo que luego parezco un árbol de Navidad humano -me quejé.

Carlos miraba todo con fascinación.

-Este bar es...

-Un ecosistema propio -completé.

Ana apareció con una bandeja desde la cocina, orgullosa como si hubiera cocinado ella misma.

-¡Croquetas! Las de mi madre. Que para impresionar hay que venir preparadas -anunció.

Carmen llegó un segundo después con vasos y servilletas.

-Las mejores croquetas caseras de la historia-dijo. Después miró hacia Carlos-. ¿Te gusta la fiesta o eres de los que se sientan a hablar del precio de la luz?

-Creo que me gusta todo esto -respondió él, mirando alrededor.

Adrián llegó por detrás, dándole un golpecito amistoso en el hombro.

-Bienvenido al pueblo, hombre. Si sobrevives a Fer, ya puedes quedarte.

A Carlos se le escapó la risa.

Ana lo observó con esa mirada suya que observa demasiado.

-Pues te digo una cosa, Carlos -empezó-, a esta mujer la conozco desde que se comía las plastilinas en preescolar.

-¡Ana! -protesté.

-¿Qué? Era nutritiva, seguro. El caso es que, si algún día se enfada, tú respiras hondo y cuenta hasta diez. O hasta cien. O hasta el año que viene.

Carlos rió.

-Apuntado.

Adrián apareció detrás con dos vasos y un brillo de hermano mayor postizo.

-Clara es de las buenas -dijo-. Pero si te portas mal, saco al toro a pasear. Ya sabes, el de fiestas. El inflable, pero impone igual.

-No pienso portarme mal -respondió Carlos, divertido.

-Bien hablado -dijo Adrián-. Si sobrevives a Ana y a Fer, que es nuestro encanto silencioso, ya puedes quedarte.

Fer asomó la cabeza, elegante, calmado como siempre.

-Yo solo digo que... si te gusta el karaoke, tienes mi respeto.

-¿Aunque cante mal? -preguntó Carlos.

-Sobre todo si cantas mal -sentenció Fer.

Ana llegó con más bebida. Carmen le ayudaba, observándonos como si estuviera calculando una media emocional.

-Yo solo observo -dijo, encogiéndose de hombros-. Pero el chico transmite buenas vibras.

-¿Buenas vibras? -pregunté.

-A ver, ya me entiendes. No es ciencia, pero mi ojo suele acertar -sonrió con esa media burla suya.

Carlos sonrió, mirándolos a todos.

-Entiendo por qué la queréis tanto.

Y de pronto mis amigos lo tenían abducido por unanimidad. Mis extraterrestres de confianza: ven a un tío majo y activan la misión "Analicemos al humano".

***

La noche avanzó entre brindis, abrazos, historias del pueblo, bailes torpes y un calorcito en el pecho que no venía solo de la sidra.

La barra estaba llena de bandejas con cosas para picar, todas peligrosamente al alcance de Nube. Ana repartía cotillón, Fer preparaba una playlist imposible y Carmen cronometraba todo como si fueran los Juegos Olímpicos de la sidra.

-Clara, controla a tu perra -dijo Carmen, sin mover una ceja.

-La tengo controladísima -mentí.

En ese exacto segundo Nube desapareció.

-¿Dónde está? -preguntó Carlos.

-Definiendo nuestro destino -respondí.

La encontramos bajo la mesa larga donde estaban las bebidas, rodeada de su botín: dos trozos de empanada, medio roscón de reyes anticipado y un chorizo que nadie reclamó pero que no debería estar allí.

-¡Nube! -susurré, horrorizada.

Ella me miró como diciendo "yo solo cumplo con mi trabajo".

Me agaché para cogerla... y entonces se dio a la fuga.

Se enganchó con el mantel, tiró de él con la fuerza de un buey diminuto, y tres botellas cayeron al suelo con un estruendo de película.

Todos se giraron.

Todos.

Yo no sabía si reír, llorar o mudarme de país.

Ana aplaudió.

-¡ASÍ SE EMPIEZA EL AÑO, JODER!

Carlos estaba doblado de la risa. Adrián grabándolo todo. Carmen apuntando mentalmente "nivel de caos aceptable".

Y yo... pues recogiendo botellas mientras Nube se paseaba orgullosa, como si aquello fuera parte de una tradición ancestral.

-Venga, preparad las uvas -gritó Fer-. Y que alguien quite a Nube de al lado del turrón.

Nos agrupamos. Uvas en mano. Cotillón. Champán. Caos.

Las campanadas sonaron torcidas, como siempre, porque en ese bar nunca sincronizan nada. Algunos comieron trece uvas, otros once, Carmen se atragantó con dos y Ana juró que una estaba podrida.

Aún así, brindamos.

Nos abrazamos.

Reímos.

Y en medio de todo ese ruido hermoso, noté a Carlos rozándome la mano. Un toque tímido, casi torpe, como si no quisiera interrumpir la magia.

A las doce, entre el ruido, las risas y el confeti casero, me encontré mirando alrededor.

Mi gente.

Mi lugar.

Mi caos.

Y a mi lado, Carlos, mirándome como si entenderme fuera lo más natural del mundo..

No hubo beso. No hacía falta.

Su mano encontró la mía esta vez sin torpeza, con esa calma segura que dice estoy aquí.

Un gesto sencillo.

Suave.

Cálido.

Inevitable..

Y a veces, eso dice más que cualquier otra cosa.

***

Cuando salimos del bar, la noche estaba tranquila.

Se escuchaba el mar desde lejos.

Nube caminaba delante, orgullosa de todo el caos que había dejado a su paso para cerrar el año.

Carlos se acercó un poquito más a mí.

Lo justo.

Lo necesario.

-Gracias por invitarme -dijo en voz baja.

-Gracias por venir.

-Clara...

-¿Sí?

-Aquí... entiendo mucho mejor quién eres.

Y me besó. Un beso como nunca antes lo había sentido. No sé si por el sabor a hogar. Por el olor a sal. O por la magia de las fiestas. Pero sentí que la Navidad, por primera vez en mucho tiempo, tenía sentido completo.

Porque mi caos, al final, siempre sabe volver a casa.


Espero que os haya gustado...

Vuestros comentarios me ayudan a crecer, así que contadme: ¿a quién queréis ver más en el próximo spin-off? 💛