un poco torpe
Si tuviera que describir mi día, diría una sola cosa. Predecible.
A mi alrededor sucedía lo mismo que cada mañana. Los chicos peleando por una coca cola frente a la máquina expendedora; los nerds al fondo jugando ajedrez; el grupo de Good John riéndose a carcajadas de algun mal chiste.
Sip. Lo mismo de siempre.
— ¿Y a ti qué te pasa? — habló Leah al mismo tiempo que se llevaba un pedazo de su sándwich a la boca. — llevas toda la mañana como ida.
Hice una mueca ante su acción. — no hables mientras masticas. Es asqueroso. — le reproche antes de suspirar. — ¿no te parece que todo es muy... normal? — hable.
Di otra mirada al comedor. No importaba cuántas veces lo viera, todo era demasiado rutinario, demasiado repetitivo.
— ¿A qué te refieres? — dejó su sándwich sobre la bandeja, observándome como quien observa a su presa.
— solo digo que... no sé, todo es muy repetitivo. — miré la uva sobre mi bandeja. Hasta eso parecía típico. — Quisiera que me pasara algo loco.
— La última vez que dijiste eso terminamos perdidas entre las montañas. — señaló con ese tono de advertencia que usaba cuando me quería detener de hacer algo tonto. — no fue nada lindo.
— Fue increíble.
— Casi te mueres.
— Pero fue increíble. — repetí.
Leah negó divertida, aunque sus ojos parecían más como de miedo. — Lizzy, la vida no es una película.
— ¿Y si lo fuera? — le pregunté, mirándola con esa pizca de humor y tdah que solo yo lograba darle a veces.
— Sería una comedia muy mala. — se llevó otro bocado del sándwich a la boca.
Abrí la boca para responder, pero en vez de palabras sólidas me salió un grito al sentir un líquido frío caerme sobre el pantalón— ¡Ay!
Fue inesperado, el silencio que se formó alrededor y la forma en que el sonido del vaso contra el piso pareció ser más fuerte de lo que era generalmente.
O el hecho que Leah tuviera esa cara de pánico, como si acabaran de asesinar a su perro frente a su cara.
Mire mi pantalón, justo en el lugar en el que se sentía más frío, húmedo, luego a Leah, luego el piso, por último terminé en el causante del accidente.
Era un chico como de mi edad, no lucía para nada de esos típicos nerds que se ponen nerviosos por una mosca, tenía el pelo rubio y rizado, muy guapo, era parecido a ricitos de oro en versión masculina.
Cuando dije que quería que me pasara una locura no me refería a esto. ¿Sabes?
— Lo siento... — dejó su bandeja mal equilibrada sobre la mesa, tomando una servilletas para ayudarme a limpiar, pero el sonido de algo que cayó al piso casi al instante lo detuvo.
Mire como la comida básicamente flotaba en el aire levemente, antes de que la bandeja diera vuelta por completo, dejando el piso hecho un desastre de puré de papa y frijoles.
Aunque el piso no parecía haber sido el único afectado. Leah soltó un pequeño bufido, casi en queja mientras se pasaba un dedo por la cara.
— Lo siento... lo siento. — la torpeza con la que formulaba aquello, como si alguien lo fuera ha asesinar por haber manchando mi pantalón.
Aunque Leah si quería medio matarlo, o por lo menos eso mostraba su mirada bajo esa capa sutil de frijoles que la cubría.
Me reí. — está bien, no te preocupes. — hable, aunque Leah parecía, no, quería ahorcarlo por ser tan torpe. — Mejor deberías buscar con que limpiar este desastre.
El rubio asintió, levantándose mientras murmuraba varios "lo siento." torpemente. Me pareció tierno, aunque debía admitir que también lo estrangularía por ser tan torpe.
— Luces encantada. — habló Leah limpiándose la cara, que tenía pequeñas gotas de frijoles apenas notables.
— Estas loca. — le dije mientras me paraba de la banquita. — mejor acompáñame a limpiarme el pantalón. Y de paso limpias tu cara.
Leah se levantó enseguida de mi, con una cara de querer matar a quien se le atravesara. — Solo digo. Un chico como él, ¿nervioso?
— Quizás es nuevo. — mencioné mientras salíamos de la cafetería rumbo al baño. — Los nuevos siempre son un desastre andante.
Mientras caminaba trataba de no pensar en la sensación incómoda que se creaba en mi pierna ante el líquido frío y pegajoso.
Cuando llegamos lo primero que hice fue revisar mi pantalón, justo en el área en la que parecía haber recibido una apuñalada grave. La mancha era demasiado evidente.
— Genial. — mascullé. — parece que acabó de ser víctima de Jack el destripador.
Leah soltó una pequeña risa. — Pudo ser peor.
— Lo dices porque tú solo tenías unos pocos frijoles. — hable mientras tomaba un trozo de papel y trataba de quitar lo más que podía la mancha. — Pedí algo loco, eso me dio el universo.
— Bueno, pudo haber caído sobre tu blusa. — observe mi blusa del Eras tour y negué.
— no me ayudes. — seguí intentando sacar la mancha, sin mucho éxito. — maldita sea. No quiero más locuras hoy.
— Oye. — habló Leah, ladeando la cabeza. — básicamente pediste algo diferente, fuera de lo común. Y paso.
— Si, pero no era esto lo que deseaba. Quería algo más, no se... no sé qué quería, pero esto no era. — bufé mientras me recargaba en el lavabo. — Esperaba algo que pudiera contar con más humor.
— Quizás lo es.
La miré.
— No exageres.
— No exagero. — sonrió, de esa manera que solía hacerlo cuando algo se le cruzaba por la cabeza. — ¿viste como te miro?
— No. — dije obvia. — Me tiró su bebida encima, Leah.
— Y aún así te pidió perdón como si hubiera cometido algún tipo de crimen federal. — abrí la boca para discutirle, pero los toques en la puerta fuera del baño me detuvieron.
Ambas nos miramos antes de abrir la puerta y asomar la cabeza.
Ahí estaba otra vez.
El ricitos de oro, llevaba un trapo en una mano, mirándome con vergüenza. — Se que esto es rarísimo, ¿estás bien?
Lo observé unos segundos. Se veía demasiado bien para alguien que acaba de cometer el accidente más ridículo de cafetería.
— Yo estoy bien. — abrí la puerta por completo, saliendo del baño con Leah detrás. — Mi pantalón no tanto, pero creo que sobrevivirá.
— Puedo... — tardó unos segundos en hablar, como si dudara de lo que iba a decir. — Puedo comprarte otro, o compensártelo.
Leah me miró. Con esa sonrisa de nuevo.
¿Alguna vez han tenido la sensación de que algo está apunto de pasar, que las cosas de pronto se van a descontrolar?
— Bien, me debes un helado. — sus ojos se iluminaron, como si yo acabara de decir que había ganado la lotería. — Ya causaste el desastre, puedes enmendarlo así.
Leah soltó una risita, de esas que gritan victoria.
El rubio frunció el ceño, cuestionando mis palabras con su mirada. — ¿Un helado? ¿Eso es todo? — inquirió.
— Si. No suelo cobrar intereses por este tipo de accidentes. — me encogí de hombros, dándole una pequeña sonrisa.
— Si, claro... — Soltó Leah con la voz cargada de ironía, a lo que le solté un codazo en las costillas.
— Bien, un helado será entonces. — soltó una pequeña risa, más por nervios que por otras razones. — cuando quieras.
— Claro. — juro que podía seguir esa conversación, si no fuera por el timbre que sonaba fuertemente por toda la escuela.
— perfecto. — soltó Leah. — el caos tiene horario escolar.
Ambos reímos ante eso. — Matemáticas en el salón 204.
Parpadee.
— Nosotras también. — nos quedamos en silencio, antes de por fin comprender la situación. — supongo que somos compañeros.
Caminamos juntos por el pasillo, sin hablar demasiado. No era incómodo, pero tampoco natural. Era más bien... raro. Como si todos fuéramos conscientes de que esto no formaba parte del plan habitual.
—Por cierto —dijo él—. Soy Walker.
—Lizzy —respondí, con una sonrisa de lado, luego señalé a mi amiga—. Y ella es Leah.
—Encantado —Walker extendió su mano con una pequeña sonrisa nerviosa. Yo la acepté.
—Ajá —contestó Leah—. Mucho.
Entramos al salón justo antes de que el maestro cerrara la puerta. Walker se sentó dos filas delante de mí. Leah, a mi lado.
Intenté concentrarme lo más que pude en la clase, pero la verdad es que me costaba un poco entender todos esos números y letras escritas por todo el pizarrón.
— Te está mirando. — habló Leah de repente.
— No. — respondí apenas voltee, notando que el rubio ni siquiera me observaba. No había rastro de alguna mirada.
— No ahora. — mencionó con obviedad, dándome un golpe en la nuca con su pluma. — antes. Te miraba.
— No digas tonterías. — la miré mal, volviendo mi vista al pizarrón.
— Lizzy.
— Leah.
— Lizzy.
— Tengo una idea. — soltó y yo bufé. Normalmente era yo la de las ideas, pero justo hoy Leah parecía tener un foco sobre su cabeza. — Es muy buena.
— Olvídalo.
— Al menos escúchala. — murmuró.
Le di una mirada, de muy mala gana. — bien. Habla. — use un tono pesado, cansado. Si universo, esto está fuera de lo común, pero ya me cansé. ¿Puedes parar?
me miró fijamente—. Lizzy, este chico es perfecto.
—Leah, ¿te has vuelto loca? — le toque la frente preocupada, minutos antes casi lo mataba con la mirada y ahora le parecía perfecto. — dijiste que era torpe.
—Exacto. Torpe, lindo, nuevo. Material de comedia romántica. — rodee lo ojos, a veces no sabía quién estaba más loca.
—No empieces.
—Oh, ya empecé —sonrió con malicia, colgándose de mi brazo—. Hagamos una apuesta.
—¿Qué tipo de apuesta? — la curiosidad me invadió. — ¿Desde cuándo haces apuestas?
—Tipo How to Lose a Guy in 10 Days. Ya sabes, como en la película. — sonrió viendo al objetivo y luego a mi.
—No.
—Sí.
—Eso siempre termina mal Leah. — me la quité de encima, mientras intentaba volver mi concentración al frente, donde el maestro explicaba problemas que causaban jaqueca.
—O termina increíble. — murmuró. Dejando al aire el comentario.
—Bien ¿Qué propones? — regrese mi mirada a Leah, casi odiándome en cuanto una sonrisa se formó en sus labios. Leah bajó la voz.
— Diez días —dijo—. Te acercas a él. Nada exagerado. Nada obvio. Solo... ver qué pasa.
—¿Y luego?
—Luego lo arruinas. Como en How to Lose a Guy in 10 Days. — sonrió, esperando mi respuesta.
— Eso es horrible. — le respondí, mirando de a momentos al rubio, unas filas delante mío. — Muy horrible.
— Pero es divertido.
— ¿Y si no funciona? — la mire. Realmente estaba loca por seguirle el juego a mi mejor amiga.
— No lo hará. — habló segura. — Nadie se enamora en 10 días.
— ¿Y entonces cuál es el punto de todo esto? — hable, se supone que le divertiría, pero desde ya sabía que no funcionaría.
— Vivir algo diferente. — señaló. — una locura.
— Estas loca. — me reí por primera vez desde que soltó su idea, pero entonces le acerqué la mano. — trato. Si logro alejarlo de mí en 10 días me compras entradas para el concierto de Taylor.
— Hecho. — extendió su mano, estrechándola en un trato, un secreto que solo nosotras sabríamos.
— esta es una pésima idea. — murmure.
—Las mejores siempre lo son —respondió Leah, satisfecha.
El resto de las clases transcurrió sin mayor emoción. Historia, literatura, biología. Todo volvió a sentirse peligrosamente normal... hasta que el timbre final sonó y el murmullo del pasillo volvió a llenarlo todo.
Guardé mis cosas con calma, saliendo del salón junto al resto. Estaba a punto de girar hacia mi casillero cuando una voz me detuvo.
—Lizzy.
Me giré.
Walker se acercó a mí, con la mochila colgada de ambos hombros esta vez, como si intentara verse menos torpe de lo que realmente era.
—Hola —murmure.
—Oye... —dudó un segundo—. Sobre lo del helado.
Ahí estaba otra vez.
—¿Qué pasa con eso? —pregunté, con ese tono de neutralidad que siempre me acompañaba.
—Solo quería aclarar que no me estaba haciendo el tonto —habló, con temor—. En serio pienso compensártelo, pero hoy tengo entrenamiento y... bueno, no quería quedar mal.
Asentí despacio.
—No pensé que te estuvieras escapando. — le dije, de hecho estaba segura que ni siquiera habíamos acordado una fecha.
— Bien —respondió, visiblemente aliviado—. Entonces... ¿otro día?
—Otro día está bien.
No hubo entusiasmo exagerado. Solo una conversación sencilla, casi casual.
—Te parece si... no sé —añadió—. ¿La próxima semana?
Asentí —Entonces... quedamos así.
—Quedamos así.
Nos quedamos en silencio un segundo más. No incómodo. Solo breve.
—Bueno —dijo finalmente—. Nos vemos, Lizzy.
—Nos vemos, Walker.— Se fue en dirección contraria, perdiéndose entre la gente. Leah apareció a mi lado casi de inmediato.
—¿Ya tenemos fecha?
—No.
—¿Intención?
—Tampoco.
—Perfecto —sonrió—. Nada sospechoso.
—No empieces.
—Lizzy —se cruzó de brazos—. No es una cita. Es solo un helado pendiente. Eso lo hace todavía mejor.
Suspiré, mirando el pasillo por donde Walker había desaparecido.
—Esto sigue siendo una apuesta —me recordé más a mí que a ella.
—Claro que sí —respondió Leah—. Y tú siempre ganas.
No estaba tan segura de eso.
Pero una cosa sí era clara: el día ya no se sentía para nada predecible. En absoluto.