Prólogo
-Siempre tuve hambre. Pero no esa que se calma con comida caliente o postres. No era una hambre del cuerpo. Era más... primitiva. Un hueco en el alma, si es que tengo una.
─La primera vez que soñé con esto fue cuando tenía ocho años. Era el cumpleaños de mi hermana melliza y mío. Ella jugaba con sus amigas, y yo con los míos. Decidimos escondernos en una casa del árbol que mi padre y yo habíamos construido el verano anterior. Uno de mis amigos sacó una revista Playboy y el móvil que le había robado a su padre de la mochila. Nos habló de cómo su padre leía eso a escondidas de su madre.
La sala, llena de periodistas y fanáticos. Flashes de cámara se disparaban de vez en cuando en dirección al joven de veinte años que recientemente había publicado su historia sobre aquellos horribles meses en el infierno.
-Uno de ellos sugirió que buscáramos porno, que ahí también había muchas mujeres desnudas. Lo hicimos. Había de todo: soft, MILF, gang bang, entre otros -el joven no pudo evitar reír-. Pero hubo dos que me llamaron la atención. Uno trataba sobre la tortura, y el otro era BDSM. Los demás solo se espantaron y lo dejaron pasar, pero yo no.
Negó con la cabeza, pasando una mano por su cabello rubio. Parecía preocupado o... ¿Asustado?
-Esa misma noche, cuando todos se fueron y yo me quedé solo en mi habitación, tomé mi tablet y busqué lo mismo. Pasé casi toda la noche viendo videos de tortura. Luego la curiosidad me ganó, y busqué más videos de gente sufriendo. Lo que vi era horrible, atroz... pero, por alguna razón que aún no logro explicar, me llamó la atención. Yo también quería sufrir. Quería suplicar como lo hacía ese hombre. Vi más y más videos, como una droga. Hasta que llegué a ese video. ¡ESE JODIDO VIDEO! -elevó la voz con enojo y tristeza.
─Ese deseo creció conmigo. Mientras otros niños soñaban con ser astronautas o futbolistas, yo soñaba con carne. Soñaba con el acto. Con los colores, la textura, el crujido y sobre todo... soñaba con el sabor. Y no lo entendía. No lo quería. Pero tampoco se iba.
-¿Lo cuenta todo en el libro?
-No. En las páginas hay partes que edité. Palabras que escribí y luego borré... porque temía que me miraran como yo me miraba en aquel espejo del hospital. Con asco. Con miedo.
-Yo me hice daño. Lo confieso. Cortes pequeños, al principio. Solo para ver. Solo para entender. Luego, más profundos, porque la curiosidad se convierte en necesidad. Porque el dolor deja de doler cuando se vuelve ritual.
─Me dijeron que estaba enfermo. Pero a mí no me importaba. Lo único que me importaba era entender por qué. Y durante años no obtuve respuesta.
─Hasta que la conocí a ella. No diré su nombre aquí. No todavía. Pero ella sí me entendió. O supo fingirlo muy bien.
─Ella fue quien me enseñó que tal vez no estaba solo. Ni loco. Que tal vez mi hambre tenía sentido. Propósito. Que tal vez... era hermosa.
─ Me sacó de donde estaba. Me prometió todo lo que deseé.
-¿Es este libro una confesión?
-No lo sé. Solo sé que, mientras lo escribía, volví a sentirlo. Esa hambre. Ese temblor en los dedos. Esa sensación detrás de los ojos... como si algo me mirara desde adentro.
Una fanática se levantó de su asiento. Los micrófonos y cámaras giraron hacia ella, al igual que el joven.
-Zack...
-¿Sí?
-¿Estás saciado?