Brasas que no mueren

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Sinopsis

En un mundo donde los clones no tienen nombre, solo números de serie, Derre ha vivido toda su vida trabajando en silencio, convencido de que la obediencia es la única forma de existir. Pero una caja oxidada, un manuscrito prohibido y la mirada vacía de una chica marcada como propiedad lo empujan a cometer el primer error de su vida: pensar por sí mismo. Cuando es arrancado de su distrito y llevado a las sombras del continente, descubre que la libertad no es una puerta, sino otra jaula. Allí, un médico lo observa como mercancía, un equipo clandestino lo usa como pieza útil… y una voz dentro de su cabeza empieza a preguntarle lo único que nadie puede permitirle responder: ¿Quién eres cuando dejas de ser un número? Brasas que no mueren es una historia de deshumanización, control y ruptura interna. De aquellos que arden por dentro… incluso cuando el mundo les exige apagarse.

Genero:
Scifi
Autor/a:
SantiagoNL
Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prologo - El congreso

Londres, 24 de noviembre. Palacio de Westminster.

El frío en la Cámara de los Comunes era una presencia física. No era solo el clima; era el silencio de los radiadores inertes, un recordatorio de que las máquinas que antes servían a la humanidad se habían convertido en chatarra inservible. Albert Latorre, representante del Distrito Europeo, se ajustó las solapas de su abrigo de lana. A sus cuarenta y cinco años, su figura seguía siendo imponente, aunque sus ojos reflejaban el cansancio de quien ha visto a un mundo quedarse sin energía.

Las cámaras de televisión emitían un ligero zumbido, alimentadas por generadores de emergencia que rugían en el sótano. No era una votación cualquiera; era el juicio final de la especie humana.

—Señor Latorre, tiene la palabra —anunció el Presidente del Congreso Global.

Albert se acercó al atril. El silencio que se hizo en la sala fue de un respeto reverencial. Incluso sus adversarios sabían que estaban ante el último gran orador de una era.

—Ciudadanos del mundo —comenzó Albert, y su voz, profunda y firme, llenó la sala—. Estamos aquí porque nos hemos quedado sin excusas. Miramos al cielo y solo vemos el Campo Metálico que nosotros mismos pusimos allí, esa mortaja de chatarra que nos impide buscar recursos en las estrellas. Pero la solución que hoy proponen las grandes corporaciones no es un avance. Es un suicidio moral. Nos proponen fabricar hombres para que nosotros dejemos de serlo. Si hoy aprobamos esto, la humanidad dejará de ser una condición para convertirse en un producto de laboratorio.

El debate duró catorce horas. Fue un duelo encarnizado entre el miedo al hambre y la dignidad. A las tres de la mañana, se pulsaron los botones. El panel gigante mostró el resultado: A FAVOR: 51,8% / EN CONTRA: 48,2%.

—Según el Artículo 1 de la Carta Global, la ley queda RECHAZADA por no alcanzar la mayoría cualificada —anunció el Presidente con voz temblorosa.

Albert suspiró, pero al abrir los ojos, vio la sonrisa gélida del representante de los grupos biotecnológicos. No había derrota en su rostro. Solo una paciencia aterradora.

—El Congreso es una reliquia, Latorre —dijo el delegado mientras se levantaba—. Las ciudades se congelan mientras ustedes recitan poemas éticos. Si la ley no pasa aquí, la impondremos sobre el terreno.

En ese instante, una explosión lejana sacudió los cimientos de Westminster. Las luces parpadearon y murieron. Fuera, en la penumbra de las calles londinenses, se oyeron los primeros disparos. Los batallones de seguridad privada ya estaban desembarcando. La guerra no necesitó una declaración; solo necesitó que alguien apagara la luz.


PARTE 2: El Manuscrito (7 meses después)

Londres. Un búnker bajo los restos de Whitehall.

Hacía meses que Albert no veía la luz del sol. El búnker olía a papel húmedo y a aceite de motor. Sobre la mesa, una pantalla mostraba una imagen granulada y azulada: Elena y sus hijos. La conexión con la India era un milagro técnico que fallaba cada pocos segundos.

—No vuelvas, Elena —susurró Albert, acariciando el cristal de la pantalla—. Que los niños olviden el olor de la pólvora. Que aprendan que hubo un tiempo en que los hombres nacían del amor y no de un tanque de nutrientes.

Cuando la señal se cortó definitivamente, el silencio del búnker se volvió insoportable. Albert volvió a su tarea. No era un diario, era un testamento. En las hojas de papel reciclado —ásperas al tacto—, Albert unía sus discursos de Londres con sus nuevas y amargas reflexiones sobre la “carne sin alma” que ahora marchaba por las calles.

“Estamos creando seres que tendrán nuestras manos, pero que no heredarán nuestros recuerdos” —escribió en la primera página—. “Este libro es para que, cuando el sistema falle, alguien recuerde que no todos fuimos cómplices de la oscuridad”.

Tituló el fajo “Humanos con manos de papel y mentes oscuras”. Lo selló en una caja de acero y la ocultó entre los archivos de mantenimiento del Ministerio, confiando en que la burocracia fuera más fuerte que las bombas.


PARTE 3: El Paso de Andorra (Albert: 55 años)

Pirineos. Frontera de Andorra.

Diez años después, Albert era una sombra de sí mismo. A sus cincuenta y cinco años, sus pulmones pitaban con cada aliento de aire gélido. El convoy que intentaba cruzar hacia Madrid había sido despedazado en un desfiladero por una unidad de clones de asalto.

Junto a él, arrodillado en la nieve, estaba el General Vance, el último mando de la ONU que no se había pasado al bando de los Distritos. Vance tenía un trozo de metralla en el hombro y sostenía una medalla abollada en su mano sana, dándole vueltas con el pulgar en un gesto nervioso y humano.

—Ha sido un honor, Latorre —dijo Vance, con una voz rota que apenas se oía sobre el viento—. Al menos moriremos siendo los últimos ejemplares de una especie obsoleta.

Un oficial de seguridad de la corporación se acercó. Detrás de él, diez clones de Rango 1 permanecían inmóviles, como estatuas de carne. El oficial señaló una cámara portátil. —Hagan una declaración. Acepten que la unificación biológica es el único camino. Si lo hacen, el General recibirá atención médica y usted será enviado a un centro de reeducación en el Distrito 1.

Vance miró al oficial y luego a Albert. Cerró la mano sobre su medalla y cerró los ojos, negándose a mirar a la lente. Albert se puso derecho, ignorando el dolor de sus costillas rotas. —La humanidad no se mide por la eficiencia de sus máquinas, sino por la integridad de sus hombres. Pueden ahorcarnos, pero no pueden obligarnos a darles la razón.

Fueron colgados al amanecer en un puente de piedra sobre el río Valira. Dos figuras oscuras contra el blanco de los Pirineos. Albert murió con la mirada fija en el sur, imaginando a sus hijos en la India, mientras su libro esperaba, enterrado bajo el peso de una civilización que acababa de nacer.