Capítulo 35: Reencuentro
El 8 de enero marcó el fin de las vacaciones. A las 7:15 de la mañana escuché un golpe familiar en la puerta. Toc, Toc… Toc, Toc, Toc.
Era Marleen. Una sonrisa se dibujó en mi rostro. Agarré mi antiguo teléfono que estaba en la mesa y abrí.
—Hola Zeven, ¿listo para empezar el año? —preguntó con entusiasmo.
—Hola Marleen, estoy listo.
—Excelente, ¿pero por qué traes tu celular en la mano?
Me di cuenta de que, sin pensarlo, había agarrado mi viejo celular. Lo dejé en la mesa y cerré la puerta.
—¿No vas a llevar tu celular?
—Sí, pero será mejor que lo veas por ti misma —respondí con emoción. Saqué mi nuevo celular del bolsillo. Vi cómo sus ojos empezaron a brillar.
—¿Acaso es el celular naranja que vimos en la plaza?
—Sí, así es Marleen.
—¿No me digas que es tuyo? ¿De dónde lo sacaste?
—Me lo regaló un familiar a quien estimo mucho, pero aún me siento algo incómodo con él. Siento que es mucho para mí.
—¿¡De qué estás hablando!? Es uno de los mejores celulares que existen, deberías sentirte agradecido.
—Bueno, sí estoy muy emocionado, me encantó.
—Y dime, ¿qué música tienes?
—¿Música? —repetí, confundido.
—Por supuesto, ese celular es popular porque tiene una de las mejores bocinas.
—¿En serio?
—Claro… ¿no me digas que no lo sabías? —preguntó, soltando una risita.
—La verdad, yo solo lo quería para jugar videojuegos…
—A veces eres tan tonto… —respondió Marleen con una suave diversión.
—Además, no sabía que en un celular podías escuchar música, y no es como que me interese.
—¿Estás seguro? Yo podría ayudarte a poner tu música favorita.
—Bueno… la verdad es que yo no escucho música.
Ella parpadeó, esperando el remate de un chiste que nunca llegó. —Buen chiste… Ahora dime qué música escuchas.
—En verdad no escucho música.
Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una incredulidad genuina. —Vale… sabía que eras raro, pero no a ese grado.
—Nunca le he visto el sentido. Es solo... ruido organizado.
—La música es algo muy bello, Zeven. Puede ayudarte a concentrarte, a sentirte feliz, a ponerte triste.
—Puede que sí, pero nunca he tenido la necesidad de escucharla.
—En ese caso, será mi obligación enseñarte buena música —declaró, como si acabara de descubrir una misión sagrada.
—Tal vez en otra ocasión, vayamos a la escuela.
—Por supuesto, ya extrañaba caminar contigo.
Guardé el celular y le di la mano. En la entrada, Paulina nos esperaba.
—Hola, chicos —respondió con calidez.
—Feliz Año Nuevo —deseó Marleen.
—Feliz año, ¿qué tal se la pasaron?
—En mi caso, excelente —respondió Marleen.
—Me alegra, ¿y tú, Zeven?
Pensé en la revelación de mi hermana, en el regalo de mi tía, en el torbellino de emociones. Demasiado complejo para un saludo casual. —Bueno, hubo una que otra noticia importante, pero nada que afecte al rendimiento de la escuela.
—Supongo que es tu forma de decir que te divertiste —respondió Paulina.
—Yo no diría divertir, pero sí fue un descanso.
—Me alegro, bueno, entremos.
En el salón, varios compañeros habían traído sus regalos de navidad. Marleen, con su habitual entusiasmo, subió la apuesta. La vi ponerse de pie, con esa chispa peligrosa en los ojos, y mi sistema de alerta se disparó. Con voz muy alta, anunció: —¡Oigan todos, Zeven también trajo un regalo increíble, tienen que venir a verlo!
—¿Qué haces? —pregunté entre dientes, sintiendo cómo todas las miradas del salón se clavaban en mí.
—Como vi que todos se divertían, pensé que tú también merecías un poco de diversión.
—Sabes que no me gustan las multitudes —repliqué, mi voz un siseo de pánico.
—Vamos, Zeven, es solo por hoy. Enséñales lo que te compraron.
Mis compañeros se acercaron como abejas a la miel. —Anda, Zeven, enséñanos.
Atrapado. Sin más opción, saqué el celular. Al verlo, se quedaron asombrados. Era el más nuevo del mercado. Las preguntas me bombardearon. Por suerte, como Marleen ya me había preparado, me sentí menos incómodo. Para evitar más interrogatorios, les dije que aún no tenía música. De repente, todos empezaron a decir que me enviarían canciones. Acepté para que me dejaran de molestar.
Al llegar el recreo, decidí salir a buscar un chocolate. Varios compañeros me siguieron. Abrumado por la atención, me di media vuelta y regresé al salón.
Observé cómo Marleen y Paulina platicaban. No quería ser una molestia, así que me senté en mi banca. Sonó la campana. A la salida, Marleen sugirió que fuéramos los tres a casa de Paulina a divertirnos un rato.
—¿Te gustaría acompañarnos, Zeven?
—¿Quieres que invitemos a Zeven? —preguntó Paulina, sorprendida.
—Claro, es mi novio y me gustaría estar más tiempo con él.
Mientras ellas hablaban, sentí una creciente ansiedad. Ir a casa de Paulina era una incursión en territorio desconocido, un sistema nuevo sin reglas claras.
—Bueno, entiendo que son pareja, pero dejar pasar a Zeven a mi casa…
—De hecho, suena bastante extraño —confirmé, más para mí que para ellas.
—Anda, Paulina, jugaremos un juego de mesa y entre más, más divertido será.
—Puede que tengas razón, pero no me imagino a Zeven en mi casa.
—Todos somos amigos.
—Bueno, sí somos amigas, en teoría debo ser amiga de Zeven —dijo Paulina, cediendo.
—Entonces, decidido, vayamos a tu casa.
Habían llegado a una conclusión sin siquiera consultarme. La frustración burbujeó en mi interior. —¿Esperen, mi opinión no importa?
—¿Qué sucede, Zeven? ¿No querías que estuviéramos juntos?
—Claro, pero no me imaginé que tendría que ir a casa de Paulina.
—No empieces tú también, somos amigos, no hay nada de malo.
Suspiré, derrotado. Discutir solo crearía una escena más grande. Era una decisión táctica. —Está bien, vamos a casa de Paulina —dije con resignación.
Al entrar, nos recibió su madre con galletas. Su habitación era un mundo ajeno. Un caos de color rosa brillante, lleno de juguetes y peluches. Mi cuarto era un sistema de grises; este era un universo con reglas que yo no entendía. Paulina sacó un juego de mesa. En cuanto empezamos, mi actitud y la de Marleen cambiaron. Éramos muy competitivos y parecía que jugábamos solos, mientras Paulina nos miraba asustada.
Después de unas horas, el juego terminó, no porque hubiera un ganador, sino porque Paulina estaba harta. Ya había oscurecido.
—Uff… ese juego fue intenso —dijo Marleen mientras nos dirigíamos a casa, soltando un suspiro satisfecho—. Aunque hubiera sido más justo para Paulina si hubiera más jugadores.
—Tienes razón. Fue divertido, pero veo difícil encontrar a alguien más que quiera jugar con nosotros.
—Tal vez eso se debe a que no tenemos más amigos, ¿no crees? —Su pregunta era casual, pero aterrizó con una verdad incómoda.
—Tienes razón, pero ¿qué podemos hacer?
—Podrías conseguir un nuevo amigo, ¿no crees?
La sugerencia me detuvo en seco. Mi mente, que buscaba sistemas y patrones, se encontró con una variable para la que no tenía protocolo: la socialización voluntaria. —Vamos Marleen, sabes que no me agradan nuestros compañeros.
—¿Y sabes que no son los únicos adolescentes que existen, cierto?
—¿A qué te refieres?
—Creo que ya va siendo hora de que empieces a conocer más gente. No te vendría mal un nuevo amigo.
—No lo creo —repliqué, mi instinto de reclusión activándose por completo.
—Anda, Zeven, en serio. —Se detuvo y se giró para mirarme, su tono volviéndose más serio—. En especial porque a veces, quiero estar sola con Paulina.
La frase fue un golpe sordo. Mi primera reacción fue un pánico frío. El sistema se desestabilizaba. —¿Acaso ya te aburriste de mí?
—No es eso —dijo, suavizando su expresión al ver mi cara—. Es solo que a veces quiero hablar de cosas de chicas.
—Pueden hablarlo conmigo.
Ella soltó una pequeña risa. —¿Ah sí?
—Por supuesto, tal vez no entienda, pero si estoy contigo no creo sentirme tan mal.
—El punto es que no estés conmigo todo el tiempo, Zeven. Hay cosas que no me siento cómoda hablando cuando estás tú.
—¿Cosas como qué?
—Por ejemplo, no puedo hablar de ti. Sí, Zeven, soy una chica, y a veces quiero hablar de mi novio con alguien más.
—Bueno, eso sí, sería un poco incómodo —admití con una risa nerviosa.
—¿Lo ves? —dijo, su punto claramente ganado—.
—¿Y entonces qué propones?
—¿Qué te parece si a partir de mañana intentas hacer un nuevo amigo?
—¿Así de la nada? Lo veo difícil.
—Bueno, al principio sí. Solo encuentra a una persona que no te parezca tan desagradable y trata de hacerle la plática.
La idea seguía pareciéndome una tarea imposible. Pero entonces, recordé los silencios en los que Marleen y Paulina hablaban de cosas que yo no entendía, la facilidad con la que conectaban. Por primera vez, la soledad no se sentía como un refugio, sino como una limitación.
—He de admitir que también me gustaría platicar con alguien más.
La sorpresa en el rostro de Marleen fue genuina, reemplazada rápidamente por una sonrisa triunfante. —Entonces, decidido, mañana intentarás hacer un nuevo amigo.
—Lo intentaré, pero no te prometo nada.
—Con intentar sería un gran paso.
Llegamos a mi departamento. Marleen se despidió, dejándome solo con mis pensamientos. Pensé en lo difícil que sería. Aunque antes veía imposible socializar, pensé que, si me había hecho bien tener una amiga como ella, con la que no tenía nada en común, tal vez sería más fácil si encontraba a alguien que tuviera los mismos gustos que yo.