Prólogo: El Silencio Del Cielo
El campo de batalla se había vaciado de todo sonido posible. cada facción, confusa, habían detenido sus combates. Solo el aire resonaba entre los campos repletos de muerte y batalla.
Miguel sintió cómo sus rodillas tocaban la tierra empapada de sangre. No por una herida. Sino porque algo dentro de él se había desvanecido... Algo fundamental. Algo que siempre había estado ahí, constante como los latidos de su corazón, acababa de... detenerse, esa conexión, ese enlace se había apagado.
Padre... —La palabra escapó de sus labios como un susurro ahogado.
A su alrededor, los demás serafines se posaron junto a él, rodeándolo Gabriel sollozaba, con sus doce alas blancas temblando en una muestra de sus emociones descontroladas. Rafael mantenía sus ojos cerrados con fuerza, olvidando en ese momento todo dolor físico que pudo haber sentido, enfocado completamente en soportar esta ausencia que sentía. Uriel mantenía enfocada su mirada en el cielo, perdido en sus pensamientos, buscando fervientemente algo que ya no está.
El resto de los ángeles comenzaron a descender del cielo, algunos heridos, otros simplemente con sangre ajena, pero todos con el mismo sentimiento de confusión, con algunos llorando sin saber realmente el motivo de su llanto.
A lo lejos, los demonios lograban divisar los cuerpos de sus líderes, cada uno en mejor o peor estado que otro, pero sin vida.
Miguel los vio igual, las consecuencias del combate que su padre había librado con el grupo de maous luego de haber sellado al trihexa, luego de haberse debilitado al sellarlo.
¡Gabriel, espera! —Vio como su hermana, aun con la mirada inundada de lágrimas, volaba hacia el enorme cráter que se formó durante la batalla de dios.
Debe estar por aquí... —Susurró con agonía la serafín, buscando por toda la zona destruida, tumbándose en la tierra, escarbando con sus manos, desesperada por hallar a su creador, a su padre. —¿Dónde...? —Se sentía perdida, vacía, deseaba que su padre estuviese ahí, cansado de la batalla. Pero no había encontrado nada. Y fue entonces que finalmente, dio un grito lleno de tristeza, cargada con tal desgarro que todas las facciones la sintieron.
Por otro lado, Rafael, Uriel y sobre todo Miguel vieron a su hermana con pesar, verla en tal estado les dolía ya que estaban presenciando al ángel más bello del cielo romperse en llanto.
Padre se ha ido, ya no lo siento... —Rafael lanzó un susurró al aire, realmente no quería decir tales palabras, no quería aceptarlo, pero debía de afrontar los hechos, tal como el resto de los serafines.
Fue entonces cuando un temblor sacudió el mundo.
Miguel sintió cómo el Sistema Sagrado, la estructura fundamental que su Padre había creado para mantener los milagros, los Sacred Gears, las bendiciones, comenzaba a desestabilizarse.
El sistema... —Uriel extendió sus manos, sintiendo las fluctuaciones.— Está colapsando. Sin Padre manteniéndolo activamente...
Miguel cerró los ojos, tratando de conectarse con el Sistema. Lo que sintió lo llenó de horror.
El Sistema Sagrado no estaba destruido. Seguía ahí, vasto y complejo como siempre. Pero era como... como una máquina funcionando sin operador. Los Sacred Gears seguían distribuyéndose, los milagros menores seguían ejecutándose, pero era mecánico. Automático.
Sin la voluntad consciente de su Padre guiándolo
Está funcionando solo —murmuró Miguel, abriendo los ojos.— El sistema que Padre creó... continúa. Pero sin él...
Se degradará —completó Rafael con voz sombría.— Con el tiempo, sin mantenimiento, sin su poder alimentándolo directamente...
¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Uriel.
No lo sé. Siglos, quizás. Milenios si somos afortunados. Pero eventualmente... el sistema colapsará por completo —Rafael respondió
Gabriel seguía llorando dentro del cráter, sus dedos seguían cavando en la tierra mojada por sus lágrimas, desesperada, intentando hallar algo que simplemente no está.
Miguel sintió su propio corazón quebrarse al verla. Gabriel había sido siempre la más cercana a su Padre. La que Él había creado con más cuidado, más amor. La conexión entre ellos había sido... única.
Gabriel... —dijo suavemente una vez cerca de ella, arrodillándose a su lado.— Él se ha ido. Tenemos que...
¡No, él no está muerto! —Ella lo interrumpió, girando hacia él con su rostro cubierto de tristeza y sus ojos derramando llanto constante.— ¡Yo, yo lo sentiría!
Rafael se acercó a ambos, con Uriel siguiéndole detrás.— La conexión se cortó. Todos la sentimos romperse. Padre dio todo de sí sellando a Trihexa, y luego enfrentó a los Cuatro Satanes en su estado más débil. Él...
¡No! —Gabriel se puso de pie bruscamente, sus alas extendiéndose.— ¡Escúchenme! La conexión no se rompió. Se... se cerró. Es diferente. Como si... —sus manos fueron a su pecho, tocando donde siempre había sentido el vínculo con su padre.— Como si él hubiera cerrado una puerta. Como si estuviera... dormido.
Los tres serafines intercambiaron miradas.
Gabriel —Miguel habló con cuidado.— El dolor puede hacer que sintamos...
¡No estoy delirando! —La voz de Gabriel resonó con poder, haciendo que el aire mismo vibrara.— Durante eones he estado conectada a Padre más que cualquiera de ustedes. Conozco su presencia. Conozco su esencia. —Sus lágrimas caían libremente pero su voz era firme.— Y les digo que esto no se siente como muerte. Se siente como... como si se hubiera retirado, dormido. Profundamente. Tan profundamente que ni siquiera yo puedo alcanzarlo.
Miguel quería creerle. Desesperadamente quería creerle.
Pero la evidencia era clara. Su padre había desaparecido. La conexión estaba cortada.
El Sistema funcionaba en automático.
Y si había, aunque fuera una posibilidad de que Gabriel tuviera razón... No podían arriesgarse a que las otras facciones lo supieran.
Escúchenme —Miguel habló con la voz de comando que rara vez usaba.— Sin importar si Padre vive o ha caído... el resultado es el mismo. Él no está aquí. No puede guiarnos. No puede protegernos.
Se puso de pie, mirando hacia donde los Caídos se reagrupaban en la distancia, y donde los demonios supervivientes lloraban a sus Satanes caídos.
Si alguna de las otras facciones descubre que nuestro Padre ya no está, que somos huérfanos sin su protección, nos atacarán. La guerra continuará. Y esta vez... —su voz se endureció.— Esta vez, no sobreviviremos.
El silencio que siguió fue absoluto.
¿Qué propones? —preguntó Uriel finalmente.
Mentir —Miguel dijo simplemente.— Al mundo. A las otras facciones. Incluso a nuestros propios hermanos si es necesario. —Miró a cada uno de los serafines a los ojos.— Padre "sobrevivió" la guerra. Está "recuperándose" en el Cielo. El Sistema Sagrado sigue funcionando normalmente.
¿Y cuándo pregunten por Él? —Rafael cuestionó.
Diremos que está demasiado debilitado para audiencias. Que necesita siglos para recuperarse de sellar a Trihexa y derrotar a los Satanes. —Miguel cerró sus puños.— Nosotros... nosotros actuaremos en su nombre. Mantendremos su legado. Protegeremos su creación y al cielo.
Es una mentira que no podremos mantener para siempre —Uriel señaló.
No para siempre —Miguel admitió.— Solo... el tiempo suficiente. Para que nos recuperemos. Para que encontremos una forma de estabilizar el Sistema sin Él. Para que...
Para que tal vez, solo tal vez, Gabriel tuviera razón y su Padre regresará.
Pero no dijo eso en voz alta.
Yo... —Gabriel finalmente limpió sus lágrimas, su expresión se llenó de una determinación que contrastaba con el dolor en sus ojos.— Buscaré a Padre. Aunque tome milenios. Aunque tenga que revisar cada rincón del Cielo, cada pliegue del mundo. Si hay aunque sea una posibilidad de que esté dormido en algún lugar...
El trío de ángeles la miró con pena.
Se discreta —Miguel advirtió.
Si bien él tenía una pizca de esperanza, también sabía que el permitir que Gabriel buscará a padre le ayudaría a sobrellevar el duelo... si esa esperanza imposible le daba una razón para seguir adelante...
Entonces Miguel no se la quitaría.
Siglos después...
Los Cielos habían sobrevivido. Apenas.
La mentira se había mantenido. Las otras facciones eventualmente firmaron una tregua incómoda, cada una demasiado devastada para continuar la guerra. Los humanos seguían orando, sin saber que su Dios no respondía.
Y el Sistema Sagrado continuaba funcionando. Distribuyendo Sacred Gears. Ejecutando milagros menores. Sosteniendo las bendiciones.
Pero Miguel podía sentir las grietas. Los fallos que se hacían más frecuentes con cada siglo que pasaba.
Sacred Gears que mutaban de formas no intencionadas. Bendiciones que fallaban inexplicablemente. El sistema desarrollando... anormalidades.
Y Gabriel nunca dejó de buscar.
Cada noche, cuando sus deberes como uno de los Cuatro Grandes Serafines terminaban, ella extendía sus sentidos hacia todas partes. Buscando. Esperando. Orando a un Padre que tal vez no podía escucharla.
Miguel a veces la encontraba en la sala del trono vacía, mirando el lugar donde su Padre solía manifestarse, una forma etérea de luz pura, solo presencia abrumadora envuelta en toga blanca.
¿Aún nada? —preguntaba, aunque conocía la respuesta.
Nada —Gabriel respondía cada vez, su voz hueca.— Pero sé que está ahí. En algún lugar. Puedo sentirlo...
Miguel con cada día que pasaba iba perdiendo la fe.
Hasta la noche en que todo cambió.