Chapter 1
—¿Te das cuenta de que mañana tendrás una resaca espantosa y que debes levantarte temprano para ir a trabajar? —pregunté con un tono acusador.
—Por favor, Astrid, no exageres tanto —respondió Leila, poniendo los ojos en blanco.
—No es exageración, es sentido común. Me anticipo a lo que va a pasar y que después vas a fingir que no podías prever... como tu posible despido.
—¿Siempre tienes que ser tan fastidiosa?
Sé que no lo dice con maldad. Si la situación fuera al revés, ella haría exactamente lo mismo. Aun así, lo único que quiero es desaparecer de aquí y escabullirme de esta escena tan incómoda.
Nota mental para el futuro: evita las fiestas con tu mejor amiga.
Especialmente si aquella está lidiando con un corazón recién roto.
Y aún más si su ex también está ahí... acompañado de quien podría ser su nueva conquista.
Leila parece a punto de echar fuego por los ojos. Estoy segura de que, en su mente, ya los ha eliminado más de una vez. Sujeta el vaso con tanta fuerza que me pone los nervios de punta. Lleva encima un montón de tragos y, aunque insisto en que debería parar, me ignora por completo.
—Ninguno lo vale, Lei —repito, sin saber ya cuántas veces lo he dicho esta noche.
Ella me ignora, como ha hecho todas las veces anteriores.
—Me pregunto si ella sabe que estuve con el estupido de Ryan ayer —comenta, con un dejo de desazón en la voz.
—¿Ayer? No me habías mencionado eso —respondo, enarcando una ceja mientras la observo con atención, esperando que añada algo más a su reciente confesión. No lo hace.
En lugar de eso, fija la mirada en su vaso y lo gira entre las manos, como si en ese gesto pudiera encontrar alguna respuesta. Escucharla así duele. Es mi mejor amiga, y verla quebrarse por culpa de un idiota como Ryan debería dolerle a cualquiera que de verdad la quiera.
—Tal vez solo sean amigos, Lei —digo tratando de hacerla sentir mejor aunque ni yo misma logro convencerme de eso.
Leila abre la boca para responder, pero se queda en silencio de golpe. Su expresión cambia y su mirada se desvía apenas hacia un costado. Sigo ese gesto y entonces lo veo: a solo unos pasos de nosotras, Ryan toma a su acompañante de la cintura y la besa sin ningún pudor.
Leila deja escapar una risa breve y amarga. El sonido brota involuntario, áspero, tan fugaz que parece más un suspiro mal ubicado que una verdadera carcajada.
—Ah —dice—. Ya veo. Amigos.
No alza la voz. No hay escándalo ni lágrimas. El comentario sale seco, cargado de una ironía que no intenta disimular nada.
Aprieta el vaso entre los dedos y luego lo deja sobre la mesa con un golpe sordo.
—Supongo que así se saludan ahora —añade, sin apartar la vista de ellos.
No espero más. Le tomo el brazo.
—Vamos —le digo, firme, más de lo que me siento—. No vale la pena.
Ella no responde. Se deja arrastrar sin oponer resistencia, pero su mirada permanece clavada en ese punto del bar, como si todavía esperara un error, un retroceso, cualquier cosa que desmienta lo que acaba de ver.
Nos movemos entre la multitud. El bar está abarrotado, la música retumba, las luces intermitentes crean destellos y las voces se mezclan en un murmullo desordenado. Alguien me golpea ligeramente y apenas murmura una disculpa; otro eleva su vaso para evitar derramarlo. El ambiente está cargado con el olor de alcohol combinado con perfume barato y sudor. Nos abrimos paso hacia la salida sin que nadie se detenga a mirarnos.
Cuando por fin cruzamos la puerta, el aire de la calle nos golpea de frente. Leila se suelta de mi brazo y se detiene en seco. Permanece inmóvil, respirando hondo, como si necesitara convencerse de que sigue entera. Su mirada vuelve, inevitable, hacia el lugar del que acabamos de salir.
—Llamaré un taxi —digo.
No espero respuesta. Saco el celular y busco el número de la compañía mientras Leila sigue ahí, quieta, con la mirada perdida. Marco. Tono. Uno que se alarga demasiado. Luego otro. Nada.
Las líneas están ocupadas. Claro que lo están. Porque esta noche ya ha decidido ir cuesta abajo y sin frenos.
Vuelvo a intentarlo. Mismo resultado. Exhalo con frustración, sintiendo cómo la impaciencia me aprieta el pecho. Necesito llevarme a Leila de este lugar.
Miro alrededor. Ni un taxi libre. Ni uno solo. Solo autos pasando a toda velocidad y grupos de personas que reían despreocupadamente, ajenos a todo lo demás.
Y entonces me queda la única opción que había evitado considerar.
Bajo la vista al teléfono, al nombre que aparece demasiado arriba en mis contactos. Dudo. No porque no pueda ayudarme, sino porque no debería estar marcándolo. No cuando ni siquiera sabe que estoy aquí.
Le dije que haría una pijamada con Leila y Dalilah. Jamás mencioné que terminaríamos en un bar de mala muerte, siendo testigos de cómo le rompen el corazón a mi mejor amiga justo frente a mí.
Cierro los ojos un momento, intentando reunir el valor necesario mientras una culpa incómoda y pesada se instala en mi pecho, completamente fuera de lugar.
Genial, Astrid. Sin duda este es el momento perfecto para ponerte moralista.
Guardo el celular por unos instantes, tratando de encontrar alguna alternativa que no conlleve una conversación incómoda, pero no existe ninguna.
Leila se abraza a sí misma, los brazos firmes alrededor del torso, como si su propio cuerpo fuera lo único que aún puede sostenerla. No dice nada. No me mira. Ese gesto, pequeño y devastador, termina de decidir por mí.
Respiro hondo, saco el teléfono una vez más.
Y llamo.
El celular timbra. Una vez. Dos. En el tercer tono, por fin, contestan.
—¿Astrid? —La voz de Freddy llega adormecida, aunque cargada de una preocupación inmediata.
—Amor... esto es extraño, pe-pero necesito tu ayuda —respondo con la voz quebrada y nerviosa, sin poder evitar tartamudear.
Del otro lado se cuela un silencio breve, no incómodo, pero sí lleno de atención. Puedo imaginarlo incorporándose de la cama, pasándose las manos por el rostro mientras intenta despejarse.
—¿Estás bien? —pregunta al fin, ya completamente despierto.
Trago saliva con dificultad
—Sí... bueno, yo sí. Es Leila.
No doy más detalles. No hace falta. Freddy siempre ha sabido leer entre líneas.
—¿Dónde están?
—Afuera de un bar —respondo, lanzando una mirada fugaz a Leila, que se empeña en no cruzar los ojos conmigo—. No hay taxis y... necesito que vengas.
No hay vacilación en su respuesta, y eso es lo único que consigue calmarme.
—Envíame la ubicación. Voy en camino.
Siento cómo el nudo en mi pecho se afloja, apenas un poco.
—Gracias —digo en un susurro, sin intentar esconder el alivio que me invade.
—Quédense ahí. No tardo.
La llamada termina con esas palabras. Sin perder un segundo, le envío la ubicación a Freddy por WhatsApp, para después bloquear la pantalla y guardar el celular en el bolsillo.
Leila sigue en silencio, rígida.
—Ya viene —le digo con voz suave mientras poso una mano en su hombro—. Todo va a estar bien.
Ella no responde. Se limita a asentir brevemente, como si el simple movimiento le costara todo el esfuerzo del mundo. Bajo mi mano alcanzo a sentir cómo su cuerpo tiembla ligeramente.
Nos sentamos juntas en la acera, aguardando a Freddy. Me mantengo cerca de ella, sin decir nada más; aprendí hace tiempo que hay heridas para las que las palabras no sirven, solo hace falta el peso tibio de una presencia cercana.
Al cabo de un rato, es Leila quien rompe el silencio.
—No creí que me dolería tanto —dice, con la voz quebrada y arrastrada por los rastros evidentes del alcohol en su sangre—. Pero a mí sí me importaba, Astrid. Mucho.
No intenta limpiarse las lágrimas que resbalan por su rostro; las deja caer libres, como si estuviera demasiado agotada para fingir otra cosa que no fuera lo que siente.
—Lo siento, Lei —digo al fin, tan bajo que casi no me escucho a mí misma. Es lo único sincero que puedo ofrecerle en este momento.
Ella asiente lentamente, con el rostro cargado de una amargura silenciosa que pesa más que cualquier palabra.
—Yo también.
Pasaron unos quince minutos que se sintieron más largos de lo que deberían. El frío de la acera empezó a calarse en la piel y la música del bar, amortiguada por la distancia, seguía latiendo como un eco desagradable de lo que acabábamos de dejar atrás.
Leila permanecía en silencio, con la cabeza apoyada en mis hombros, respirando de forma irregular. Yo miraba el celular cada pocos segundos, aunque sabía que no aparecería más rápido por hacerlo.
Hasta que finalmente lo vi.
El auto de Freddy se detuvo junto a la acera con un frenazo corto. Apenas apagó el motor, ya estaba abriendo la puerta. Salió con rapidez, como si el cuerpo le hubiera ganado a cualquier intento de calma.
—¿Qué pasó? —preguntó, recorriéndonos con la mirada mientras se acercaba.
Se agachó frente a nosotras sin esperar respuesta, primero ante Leila. Le habló con suavidad, preguntándole si estaba bien, si podía ponerse de pie. Ella asintió apenas, sin levantar la vista. Freddy le ofreció una mano y la ayudó a incorporarse con cuidado
Luego sus ojos se posaron en mí.
—¿Estás bien?
Asentí, aunque la pregunta me cayó pesada. No por lo que decía, sino por lo que no. Su voz era tranquila, pero había algo rígido en su postura, una tensión contenida en los hombros que no solía estar ahí.
—Sí —respondí—. Gracias por venir tan rápido.
No comentó nada. No hizo ninguna pregunta más. Pero tampoco me sonrió.
Ayudó a Leila a acomodarse en el asiento trasero y cerró la puerta con cuidado antes de rodear el auto. Al pasar junto a mí, su mano rozó la mía apenas un segundo; un gesto automático que, esta vez, no logró tranquilizarme.
Me subí al asiento del copiloto. El silencio se instaló entre nosotros en cuanto cerré la puerta. Freddy arrancó y se incorporó al tráfico sin decir una palabra.
—Freddy... —empecé, insegura.
—Después —cortó él sin siquiera girar el rostro, solo con un tono bajo y controlado que se deslizó por el espacio.
No parecía una reprimenda, ni siquiera sonaba rudo. Pero sentí el golpe como si lo fuera.
Asentí sin decir nada y me recosté en el asiento, con la mirada fija en la ventana. Las luces de la ciudad pasaban borrosas, estiradas en manchas de color. En el pecho, la culpa seguía ahí, densa e implacable, apretándome un poco más con cada segundo que pasaba.
Nadie articuló palabra alguna durante el resto del camino. El silencio, denso e incómodo, se extendió hasta que finalmente llegamos a casa de Leila.
Freddy se bajó primero para ayudarla a salir del auto. La sostuvo con cuidado y, al ver que apenas podía mantenerse en pie, terminó cargándola en brazos. Yo tomé su bolso y rebusqué en él hasta encontrar las llaves.
Caminamos en silencio hasta llegar a la entrada. Abrí la puerta con cautela y entramos con cuidado, como si cualquier sonido pudiera desmoronar algo más. La casa estaba sumida en la oscuridad. Subimos las escaleras lentamente, procurando no hacer ningún ruido.
Le indiqué cuál era su habitación. Freddy la recostó despacio sobre la cama, acomodándola, temiendo despertarla. Leila murmuró algo ininteligible antes de quedarse completamente quieta.
Salimos del cuarto sin hacer ruido.
Lo acompañé hasta la salida, con las palabras atoradas en la garganta. Dudaba entre decir algo o callar, temiendo que cualquier intento de explicación solo empeorara las cosas, mentirle sobre mis planes de esta noche había sido un error, y ahora lo sentía en cada paso.
Nos detuvimos junto a la puerta.
—¿Vendrás mañana por mí? —pregunté al fin, con un hilo de voz.
Negó con la cabeza, sin que su expresión cambiara.
—Tengo cosas que hacer. Pídele a Leila que lo haga.
El rechazo fue suave, casi educado. Y por eso dolió más.
—¿Qué cosas? —insistí—. No me contaste nada.
Fue la primera vez que sus ojos se clavaron en los míos desde que habíamos llegado. No había ira en su mirada, pero sí una distancia extraña, cargada de incomodidad.
—Cosas, Astrid —contestó—. Ya ves, no eres la única que no lo cuenta todo.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire entre ambos, pesadas y difíciles de contradecir.
Sin añadir palabra alguna y sin mirar atrás, continuó su camino. Yo, por mi parte, me giré lentamente y cerré la puerta tras de mí.
Al día siguiente intentaría arreglar las cosas con él. En ese instante, no tenía energías para afrontarlo; el dolor de cabeza era insoportable, y mi única necesidad era descansar.
Mañana hablaría con Freddy para aclarar todo y evitar que esto se transformara en un conflicto para nosotros. No quería que las mentiras de esta noche pusieran en peligro algo tan importante como lo que teníamos juntos.