PREFACIO
Dicen los cielos antiguos que hubo una vez dos deidades nacidas del primer suspiro del universo: una de fuego errante, y otra de hielo quieto. Uno trazaba caminos y el otro los sostenía; uno traía luz, el otro sombra. No eran enemigos. No eran opuestos. Eran equilibrio.
Cuando el cosmos aún danzaba en armonía, el dios del impulso y el dios del juicio descendían a los mundos de los hombres en forma de mortales, para restaurar el orden cada vez que el eje del alma colectiva temblaba.
Pero hubo una era en la que, encarnados como mortales, se encontraron en un campo devastado por la guerra, con las manos ensangrentadas y los corazones al descubierto.Y lo que nació entonces no era orden, ni deber, ni destino. Era amor.
Un amor que no estaba permitido.
No porque fuera profano, sino porque era demasiado real. Y el universo, al saberlo, tembló.
El gran equilibrio, al presenciar lo imposible, cambió sus leyes. Selló sus almas en una promesa que era condena:
“Volveréis a caer al mundo cada vez que el eje del caos se incline. Pero jamás recordaréis por completo. Solo cuando el mundo esté a punto de quebrarse… Uno de ustedes despertará. Y el otro, aún dormido, lo mirará sin saber por qué duele.”
Y así, cada milenio, cada ciclo, uno despierta entre sueños rotos mientras el otro duerme con los ojos abiertos.
A veces nacen como reyes. Otras, como huérfanos. A veces luchan en bandos opuestos. Otras, caminan lado a lado sin tocarse.
Pero siempre llega el momento.
A veces, un cielo que tiembla. Otra, una palabra vuelve, sin que sepan por qué. Y siempre, hay un puente que se intenta cruzar... y se rompe.
Y entre llamas o cenizas, entre templos o estaciones de tren, el fuego reconoce al hielo. Y el hielo siente que por un instante parece vacilar en su quietud eterna.