Prólogo / Lucía
Te estarás preguntando qué hago en este avión, sola, enlatada entre dos desconocidos, justo en el asiento que menos me gusta.
El del centro.
Pues bien, puede que tengamos que rebobinar algunos años. Unos quince más o menos. Pero oye, te puedo asegurar que aburrirte conmigo no lo vas a hacer.
¿Te juegas algo?
Tengo un amigo —ya os hablaré de él más adelante— que hace ya algún tiempo me dijo que podría escribir varios libros sobre mis relaciones más desastrosas.
Sobre las red flags[1] con patas que me he cruzado desde mi despertar amoroso. No todos aparentaban ser el capullo que habita en su interior. Demasiados lobos con piel de cordero hay repartidos por el planeta.
Ya me irás conociendo, pero soy lo que ves. O, en este caso, lo que lees.
Si algo no me gusta, lo digo.
Si alguien me la hace, no me la paga directamente, pero puedo ser bastante capulla cuando me lo propongo.
Aunque suelo optar por cortar toda relación por lo sano y pasas a ser un cero a la izquierda… ¿o era a la derecha?
Da igual.
Todo lo que multipliques por cero seguirá siendo un cero…
Uy. Ya me estoy yendo por las ramas…
Como verás, también soy muy dicharachera y habladora cuando estoy de buen humor. Lo intento a diario, pero la gente NO CO-LA-BO-RA.
No cuesta nada ser amable.
Créeme, después de tantísimos años trabajando cara al público, te puedo asegurar que eso de que el cliente siempre tiene la razón puede que lo vendan así y tal.
Pero en mi turno de trabajo, no.
Si tienes un problema y necesitas ayuda, yo encantada de ayudarte. Para eso me pagan y, además, es algo que me gusta.
Ahora bien, si vienes con cara de culo, no te voy a sonreír por tu cara bonita. Y cuando pierden los papeles es hasta divertido. Los dejas que se desahoguen y luego, cuando te piden la hoja de reclamaciones, sonríes cual gato de Cheshire[2]. Porque el 95 % de las veces las podemos usar para limpiarnos nuestras partes íntimas después de hacer nuestras necesidades.
Tú ya me entiendes…
Creo que te haces una idea del nivel de estrés que tengo, ¿verdad?
Ahora empiezas quizá a entender por qué me he cogido mis vacaciones no disfrutadas de todo el año en el puñetero mes de noviembre y he decidido irme a Suiza.
He de aclarar que no las he disfrutado porque… bueno, parece que la mala suerte me persigue año tras año y siempre pasan cositas que impiden que me vaya cuando quiero.
Pero por mis ovarios que no me va a pasar más.
Una de buena es tonta, pero tiene su límite.
Te advierto que tengo un humor bastante negro y que suelto comentarios a veces algo desafortunados, pero ¿quién es perfecto?
Nadie.
Bueno… Henry Cavill.
Ese hombre es un dios griego. Hasta los hombres heterosexuales se lo harían con él. Y no lo digo yo, lo dice la ciencia de internet y sus comentarios jocosos, que me gusta leer en mis ratos libres.
Pero ese hombre ya está pillado y con babear a través de los reels de las redes me conformo.
Si te quedas a leer mi historia tendrás tanto de cal como de arena, pero te contaré anécdotas bastante divertidas.
Por cierto, no me he presentado.
Soy Lucía.
[1] Bandera roja, se refiere a gente tóxica.
[2] El Gato de Cheshire en “Alicia en el País de las Maravillas”.