Despierta, corazón

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Sinopsis

No debería estar aquí después del horario de visita. Lo sé. No debería conocer el ritmo de su respiración, ese leve espasmo antes de que el monitor se estabilice, ni cómo su corazón se ralentiza cuando la habitación queda en silencio. Pero lo conozco. Algunas noches me digo a mí mismo que solo estoy revisando sus signos vitales una última vez. Pero es una mentira que dejé de creer hace semanas. Mi mano busca la suya antes de que mi mente pueda cuestionarlo. Sus dedos están cálidos, suaves, inmóviles... y, sin embargo, de alguna manera, calman el caos dentro de mí. Trazo la curva de sus nudillos con el pulgar, memorizando un contacto que no debería significar nada. Pero lo significa. Cada mañana, me suelto antes de que la culpa tenga tiempo de instalarse, susurrando promesas silenciosas que ella no puede oír. Soy su neurocirujano. Se supone que debo salvarla, no enamorarme de ella. Y, aun así, aquí estoy… sentado en la luz tenue de su habitación de hospital, dándome cuenta de lo impensable: Me estoy enamorando de mi paciente. ___________ El día de su boda, Anna Mathews queda en coma tras un devastador accidente automovilístico, mientras su recién estrenado marido se recupera y sigue con su vida. Con las facturas médicas acumulándose, todo apunta a que le retirarán el soporte vital... hasta que el Dr. Collins, su reservado neurocirujano, interviene para convertirse en su tutor temporal. A medida que descubre quién era Anna a través de las historias de quienes la amaban, empieza a enamorarse de una mujer que no puede hablar, moverse ni responder. Decidido a salvarla, arriesga todo para encontrar la manera de traerla de vuelta. Despierta, corazón es una historia de esperanza, sacrificio y un amor que se niega a rendirse, incluso cuando el resto del mundo ya lo ha hecho.

Estado:
Completado
Capítulos:
7
Rating
5.0 6 reseñas
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

Anna

La casa estaba en silencio. Caminé despacio sobre el suelo de madera y cada paso hacía que las habitaciones vacías se sintieran más pesadas. Dejé mi bolso junto a la puerta y me detuve a escuchar. Nada. No se oía el típico murmullo de frustración de mi papá calificando exámenes, ni risas en la sala.

Un olor a sábanas limpias y un perfume suave llegaba desde el fondo de la casa. Lo seguí, caminando de puntitas para no romper la paz del momento.

Nancy estaba sentada ante su máquina de coser. El sol se reflejaba en su cabello rubio rojizo, haciendo que cada onda pareciera un hilo de oro. Tenía pecas en la nariz y las mejillas, suaves como la canela. Sus ojos verdes, tranquilos y fijos, seguían el movimiento de la aguja sobre la tela. Al notar que yo estaba detrás, me dedicó una sonrisa tímida.

El cuarto olía ligeramente a tela y alfileres, con ese toque metálico de las tijeras. Se detuvo un segundo para acomodarse un mechón detrás de la oreja y siguió con el vestido. Cada costura y cada pliegue demostraban el amor que le ponía. Parecía que la tela misma contaba una historia.

—Hola, hermanita —le dije, inclinándome para darle un beso rápido en la mejilla. Me miró con un brillo en los ojos que decía más que mil palabras.

Miré la silla que estaba a su lado. Ahí estaba mi vestido de novia, con el corpiño de encaje reluciendo. Tragué saliva con fuerza.

Nancy levantó las manos despacio y me preguntó por señas: «¿Quieres probártelo?».

—Sí —respondí, arrodillándome para levantar el vestido. La seda se resbalaba entre mis dedos. El encaje caería con delicadeza sobre mis hombros y la falda de seda tenía una caída hermosa. —Está perfecto —dije.

Ella se echó un poco hacia atrás con los ojos brillantes, mordiéndose el labio inferior mientras me miraba. No hacía ningún ruido, pero de alguna forma, yo podía escucharla.

—Te has lucido —le dije.

Ella sonrió ladeando la cabeza, y sentí como si la habitación entera suspirara con ella.

Nancy movió las manos con rapidez y con esa elegancia que siempre le envidié. «Logré cambiar el salón por uno donde aceptan niños. Tiene espacio para veinte pequeños con sus papás», me dijo por señas con los ojos iluminados.

—¿De verdad? —pregunté.

Ella asintió con una sonrisita de orgullo. «Y tiene un área de juegos para ellos».

—Eso es maravilloso —dije, y me acerqué a darle un abrazo.

Unos golpes en la puerta me obligaron a separarme.

Al abrir, me encontré con tres sonrisas conocidas: Veronica, Tatum y Chloe, mis damas de honor.

—¡Hola, chicas! Qué sorpresa —les dije, abrazándolas una por una.

—Vinimos a ver cómo está la novia —dijo Chloe con entusiasmo—. ¿Ya tienes todo listo?

—Sí, pasen. Quiero enseñarles algo —les dije, llevándolas por el pasillo. El sol hacía brillar las lentejuelas del vestido que colgaba en la silla de Nancy. Lo levanté con mucho cuidado.

—¡Guau! —exclamaron Chloe y Tatum al mismo tiempo—. ¿De dónde lo sacaste?

Nancy me miró y se encogió de hombros. «Yo lo hice», dijo por señas.

—¿Tu hermana? —Chloe levantó las cejas—. ¡No sabía que sabía coser!

—Tiene algunos clientes —dije, alisando una arruga de la tela—. Le ha costado hacerse un lugar, pero hace poco consiguió trabajo en una empresa grande de planificación de bodas.

Chloe se acercó para ver las puntadas. —Vaya... tiene mucho talento.

—¡Por favor, póntelo, queremos verlo! —añadió Tatum.

Me puse el vestido y, en cuanto la tela se ajustó a mi cuerpo, se quedaron con la boca abierta.

—Vas a ser la novia más hermosa que he visto en mi vida —susurró Chloe. Tatum asentía con la cabeza con muchas ganas.

Pero Veronica se quedó callada, de brazos cruzados y con la cara seria. No había dicho ni una palabra desde que llegó. Me miraba de arriba abajo con una vista afilada y algo fría.

—Bueno —dijo Veronica al fin, con tono cortante—, si yo no hubiera buscado a Michael primero... sería yo la que llevaría ese vestido.

Me quedé helada. Mis manos se quedaron quietas sobre el vestido, sin saber a dónde mirar.

—¿Es en serio? —Chloe dio un paso al frente—. Puede que te gustara primero, pero Michael eligió a Anna. ¿A qué viene eso ahora? No es como si ella te hubiera robado el novio.

Veronica apretó la mandíbula. —Pero Anna sabía que él me gustaba.

—A Anna también le gustaba. Tú solo eras la que más lo decía. Al final, Michael se fijó en Anna —añadió Tatum, cruzándose de brazos pero dándome una sonrisa de apoyo.

—Exacto —dijo Chloe con firmeza—. Ya dejen de pelear. Ha pasado mucho tiempo, pensé que ya lo habías superado.

—No estoy peleando —dijo Veronica—. Solo digo las cosas como son.

Yo no dije nada, sentía el pecho apretado por la incomodidad. Con cuidado, me quité el vestido y se lo devolví a Nancy. Ella observaba todo en silencio, con sus ojos verdes tranquilos, analizando cada palabra y gesto sin juzgar a nadie.

La puerta principal rechinó al abrirse y escuché voces conocidas que bromeaban entre sí. Eran mi papá y Michael, riendo como si se conocieran de toda la vida. Me pudo la curiosidad y salí al pasillo.

—Hola, pa —dije sonriendo. Se veía cansado pero contento, con los hombros relajados a pesar del trabajo.

Luego miré a Michael. Se quedó quieto un segundo al verme, como si el aire hubiera cambiado. —¿Qué haces aquí? —pregunté, aunque ya lo imaginaba.

—Vine por ti —dijo con una sonrisa pícara. Antes de que pudiera decir nada, se acercó y me dio un beso tierno en los labios—. Vamos a cenar. Solo nosotros dos.

Miré a las chicas que seguían por ahí. —Tengo visitas —dije, tratando de sonar natural.

Chloe se acercó con una sonrisa burlona. —Hola, Mike.

—Hola —añadió Tatum, saludando con timidez.

A Michael le brillaron los ojos y levantó la mano. —Chicas, ¿me dejan robarme a mi prometida un rato?

—Deja que me ponga algo mejor —dije, dándome la vuelta hacia las escaleras. Pero Michael fue más rápido. Me tomó de la mano antes de que pudiera protestar.

—No tan rápido, preciosa —murmuró, rodeándome con sus brazos. Sus labios rozaron los míos otra vez, con calma. —Te amo —susurró con voz grave.

Me apoyé en él un momento. —Yo también te amo —pero mi mente no paraba—. Me tengo que ir ya...

Desde atrás, un bufido cortó el momento. —Ustedes dos me dan náuseas —dijo Veronica secamente, poniendo los ojos en blanco.

Me reí y negué con la cabeza, intentando no darle importancia, aunque por dentro estaba un poco molesta. Michael me apretó la mano y me jaló hacia él. No pude evitar sonreír a pesar del comentario de Veronica.

*****

Después de cenar, Michael sugirió ir a dar una vuelta. Conducimos por calles tranquilas hasta llegar a una zona privada con casas modernas y lujosas.

—¿Quién vive aquí? —pregunté, muerta de curiosidad.

Él me dedicó una sonrisa traviesa pero no respondió.

—¿En serio no me vas a decir? —insistí, fingiendo estar enojada.

—Te respondo en unos minutos —bromeó él, estacionando el coche cerca de una de las casas. Bajó primero, dio la vuelta para abrirme la puerta y me tomó de la mano con dulzura. —Es una sorpresa —susurró.

Cuando llegamos a la puerta, puso la llave y entramos. Por dentro era preciosa y muy amplia; una casa de dos recámaras que brillaba con la luz suave de la tarde.

—Guau... —susurré, dando una vuelta para verlo todo.

—Es nuestra —dijo él, mirándome con ojos brillantes.

—¿Qué... nuestra?

—Sí, mi amor. Dos recámaras: una para nosotros y la otra para el bebé que tengamos en el futuro.

Se me llenaron los ojos de lágrimas y me colgué de su cuello, abrazándolo fuerte. —Es hermosa —le susurré al oído.

—Deberíamos empezar a traer tus cosas —dijo él, con las manos en mi cintura—. Nuestra boda es en solo dos semanas. ¿Qué te parece?

—Claro que sí —respondí, todavía asombrada con el lugar.

Me fijé en su escritorio, que estaba lleno de papeles. —¿Estás con algún caso? —pregunté curiosa.

—Sí —dijo con una sonrisa de lado—. Represento a un cliente millonario que se está divorciando de su esposa interesada. No te preocupes, ella se va a quedar sin nada.

Ladeé la cabeza, bromeando un poco. —¿Yo también tengo que firmar un acuerdo prenupcial?

Antes de que pudiera decir más, se acercó por detrás y me rodeó la cintura. Me recosté contra él mientras seguía mirando los papeles, y entonces sus labios empezaron a recorrer mi cuello.

—Tú no tienes que firmar nada —dijo con voz baja y cariñosa—. Lo mío es tuyo, preciosa.

Luego, con una sonrisa juguetona, me dio la vuelta. Nuestros labios se juntaron en un beso profundo que me hizo olvidar el mundo. Me llevó hacia la habitación, con sus manos calientes sobre mi piel.

Me recostó con suavidad en la cama matrimonial y se puso sobre mí, con los ojos oscuros de deseo. Lentamente, me volvió a besar con dulzura.

—Te amo, Anna —susurró entre besos, con una voz cargada de ganas.