Un mundo sin ti

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Sinopsis

¿Sabes como decir adiós a quien no puedes decir adiós? Las despedidas duelen, pero nunca es tarde para continuar. Dos historias, dos mundos e historias similares.

Genero:
Drama
Autor/a:
A.B.J
Estado:
Completado
Capítulos:
14
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Chapter 1

EL DOLOR DEL AMANECER

“Todo empieza con un momento, uno que no puedes olvidar ni dejar atrás”

A mis 10 años me enteré de que Papá Noel no existe, que los cuentos de hadas son solo cuentos, que el Ratón Pérez jamás vino a darme dinero y que la muerte es caprichosa, se lleva a quien más quieres y que el tiempo es agobiante. Mi pequeño mundo siempre estuvo rodeado de felicidad. Una familia donde la madre era cariñosa como estricta, un padre amable y divertido, unos hermanos terribles pero increíbles; todo era perfecto hasta que llegó ese día. Tal vez no creas en personajes salidos de los cuentos de hadas o de los que dicen tus padres para hacer feliz tu infancia, pero sí creo en los dioses; ellos te pueden dar segundas oportunidades y aunque no sea creíble. Esta es mi historia.

El sonido de una llamada, el grito ahogado de una madre y el tictac del reloj marcaron la hora en la que mi hermano dijo adiós a este mundo, en donde sus latidos dejaron de latir y su piel se puso pálida. La muerte le había estado esperando y no dio tiempo para una despedida.

Al despertar no entendía lo que estaba pasando, ni mucho menos noté las señales de alerta; sólo vi cómo se lo llevaban y que el tiempo había sido el peor enemigo en ese momento. Estuve en casa sola por horas, esperando cada minuto la llegada de mi familia, de mi hermano, pero no había nadie; el cielo se estaba aclarando y las luces de los postes se apagaban una por una.

Tenía que alistarme para ir al colegio; no lo dudé mucho, tenía la certeza de que ellos regresarían, pero la única que regresó fue mi hermana; sus ojos estaban hinchados, su cuerpo temblaba y aun así sonreía ante mi mirada. Como todas las mañanas, ella me llevó al colegio. Todavía no entendía lo que pasaba; mi voz se congeló. No pude preguntar el porqué de esos ojos tristes, ni el porqué de esa voz cortada y llena de dolor. Lo único que pude preguntar fue si mi hermano ya estaría en casa cuando llegara. Mi hermana, aun con las manos temblorosas y el dolor en la garganta, no pudo responder a mi pregunta.

Ella tomó la movilidad que me enviaba al colegio y me despidió; aunque su risa estaba rota, me despidió con un beso y un “cuídate”. En el transcurso del viaje me puse a pensar en mi hermano, tal vez hasta el momento en que nací. Yo no recordaba nada en ese entonces, pero mis papás siempre se alardeaban y mencionaban mi nacimiento.

Una niña que nació de cinco meses, era una sorpresa inesperada para la madre, para el padre y para sus hermanos; porque no se dio cuenta que estaba embarazada hasta ese momento, uno de ellos no lo creyó, pensó que la madre le había recogido de algún lado, la niña que nació de cinco meses estaba destinada a morir por no tener las fuerzas necesarias para vivir, y aunque los médicos le dijeron un millón de veces que no sobreviviría la madre no lo aceptó y decidió cuidarla sin importar nada, los médicos querían meterla a una incubadora, pero la madre sabía que no sobrevivirá en ese lugar y que si moría sería mejor en un hogar cálido cerca de su familia, al aceptar esto, los médicos le dijeron que era bajo su responsabilidad, ella aceptó la responsabilidad y se llevó a su niña a su hogar. Esa decisión tomada no provocó conflictos en su esposo ni en su hija, pero sí en su hijo mayor; él no creía que la niña fuera de su madre. Él creía que la habían recogido e insistió para que la devolvieran; ya que, la familia no contaba con una economía estable. La madre, aunque le dijo mil veces que era su hija, él no la creyó.

La niña, al pasar las horas, lloró de hambre; la madre no pudo consolar a su niña porque no tenía leche. El esposo estaba trabajando y su hija pequeña estaba durmiendo a su lado. El hijo mayor, al escuchar que la niña no paraba de llorar, se salió de la casa. La madre no sabía qué hacer. Al pasar media hora, el hijo mayor apareció con un biberón pequeño y un poco de anís; lo preparó él mismo y, aunque disgustado, le dio a la niña para que no llore y, desde ese día, se convirtió en su pequeña hermana, alguien que amó por el resto de su vida.

Al pasar los años, la niña creció fuertemente; no había rastros de que hubiera nacido de cinco meses, y su hermano siempre estuvo a su lado. Desde el momento en que gateó, dijo sus primeras palabras, dio sus primeros pasos, fue a cada uno de sus festivales, la llevó el primer día al kinder, le explicó la suma, le compraba lo que quería y no quería que nunca llorara. Esa niña a quien no quería ver desde que nació se había convertido en su vida.

Recordar por alguna razón dolió; las lágrimas no paraban de salir y ya había llegado a mi destino. Quise que las horas pasaran lo más rápido que podían, y aun así el tiempo se me hizo largo. Intenté jugar y hacer lo que solía hacer en el recreo. Muchas veces no quería volver a casa por jugar, pero ese día quise regresar sin mirar atrás. El tiempo había pasado y faltaban 10 minutos para que saliera. Vi a mi hermana por la puerta y, aunque quise correr hacia donde estaba, ella se quedó hablando con mi maestra. Vi cómo su voz se entrecortaba y la mirada de mi maestra mostró tristeza. Me llamó para que me fuera y se despidió con un abrazo fuerte.

En el camino, mi hermana no mencionó nada; yo solo hablaba de cómo me había ido en el colegio. Quería preguntar, pero no pude. Tomamos la movilidad de regreso y, a pocos pasos de mi casa, le pregunté por qué tenía los ojos así y, aunque ella me mintió diciendo que había picado cebolla, decidí creerle. Al bajar de la movilidad, teníamos que entrar en un callejón para llegar a la puerta azul que era mi casa. Mientras más me acercaba, más se notaba el listón negro en el garaje. Intenté bromear diciendo que era basura para que mi hermana se riera, y aunque me dio una sonrisa, sabía que era fingida.