Soy Aarón. En mis tempranos cuarentas, cuando se cree estar al medio de la vida, es maravilloso darse cuenta que la vida no tiene mitades, sino que hay un solo camino que no distingue tiempos ni principios ni finales. Simplemente es. Porque estamos vivos, incluso cuando dejamos de estarlo. Mi experiencia da cuenta de ello…
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Les costó convencerme que asistiera a la boda, fiestas que de por sí me pesan. La carga de la pulcritud es algo que no me cabe en mi mente desordenada, sin noción de madurez ni juventud. Pero era la boda de Gonzalo y Leonardo. Gonzalo era mi amigo hace años. No podía decir que no. Silvana, otra amiga en común, me insistió y me hostigó. No tenía opción. Para colmo, tuve que comprar un nuevo traje. La escasez absoluta de eventos de ese tipo en mi vida me había dejado sólo con algunos trastes negros viejos y opacos que no tenían el resalte que debería para tal magna ocasión. Gonzalo era un buen amigo y merecía que todos fuéramos impecables en uno de sus días más felices en su vida. Con Leonardo hacían una pareja de envidia: eran amigos y cómplices. Eran uno y no se separaban. Tanto era su mimetismo que la gente confundía sus nombres. ¡Qué linda era esa pareja! Ambos quisieron organizar algo elegante y sencillo: una recepción en el patio de un restaurante con unas fuentes de agua que daban un toque sutil y ensoñador a la reunión. Me costó todo: elegir el traje, los zapatos, la corbata, el peinado, el perfume. La asesoría de Silvana y otros amigos fue clave. Incluso algo molestos por mi desidia, definían punto a punto cómo lucir en tal importante evento.
El otro problema - que para mí no lo era - fue que no iba acompañado de una pareja. Estaba sin compromiso ya casi dos años y solía tener relaciones que nunca pasaban los tres años. A mis cuarenta y tres, ya me encontraba desencantado con tales proyectos de vida en común.
Llegó el día. Todo elegante. Algunos desconocidos lucían sobresalientes. Otros me intimidaban con sus físicos trabajados frente al mío que era de un simple cuarentón que no enfatiza el culto al físico. Asomos de una leve panza que traté de bajar antes de la boda sin éxito. La ceremonia fue emotiva, muchos lloraron. La pareja se veía radiante, su amor nos contagiaba. ¡Qué linda era esa pareja! A las nueve y media por la noche de un verano caluroso, las luces del lugar estaban ya encendidas. Estábamos en el patio del restaurante, acondicionado especialmente para los novios y sus invitados. Por un momento olvidé los pulcros comportamientos y el cuidado de mi traje impecable, recién estrenado. Reía, conversaba. Abracé a los novios que iluminaban más que las luces mismas del lugar. Estaban hermosos, tan felices que conmovía. ¡Eran de envidia! Sus sonrisas no eran de rostros, sino de alma. El lugar no era tan grande y todo era de una atmósfera tenue que resalta la elegancia y un buen gusto en la simpleza. Había fuentes de agua que interrumpían los espacios y cercaban el perímetro. De sus aguas brotaba un nítido azul brillante. Las luces y las alfombras destellaban el mismo azulado refulgente con tintes de blancos que se entrelazan para aumentar su fulgor.
Entre mis amigos, había brisas de un comentario - clásico de reuniones de este tipo, una de las razones de por qué las evitaba - acerca de un hombre presente en la elegante fiesta, también solitario, que sonriente rechazó varias ofertas de compañía. El rumor de su afable apatía comenzaba a cubrir el momento. Quise ser curioso. Quizás el peor error… o quizá el mejor acierto que nunca cometí o tuve. Fingiendo cambiar mi copa de champaña, acercándome a una torre de ellas, traté de acercarme a tal misterioso centro de atención. Otra silueta lo eclipsaba, quizá tratando también de serle amable. Aunque esperé, no podía divisar bien. Me fui, pero un llamado de nadie, del viento, del destino, de algo que no sé qué fue, me hizo volver y retroceder dos pasos. Fue sobrecogedor ver a esa silueta masculina sentada. Su figura adornaba las fuentes de agua que tenía frente a él. Tímido, con las manos cruzadas, observaba con reflexión poética el danzar de las fontanas. Parecía ser mucho más alto que yo. Tenía cabello desordenado y brillante. Su traje negro y la camisa azul jugaba con el mismo entorno, pero no podía mimetizarse con tal brillo informal: estaba sin corbata, proyectando una sencillez que desentonaba con su belleza de ese cuerpo delgado, manos grandes y filosas, labios finos que sostenían una constante sonrisa solitaria, muestra de la madurez graciosa que proyectaba. Aunque no quise, me quedé mirando tal elegancia armónica, cuya paz sonriente y perdida en las azules fuentes, me dejaban estático, incluso esbozando una torpe e inevitable sonrisa. Fueron segundos que no pertenecían a mí. La fuerza de esa figura que escrutaba el azul de las aguas, me obligó a quedarme observando sin entender tanta distinción. Era un desconocido, un ser que apareció entre el fino caos. Nadie lo conocía, nadie sabía su nombre. Nadie lo acompañaba. La incredulidad de tanta afinidad frente a mi realidad cotidiana de un cuarentón más, me cautivó, me retuvo, me hizo soñar y me despertó. Las emociones eran tan veloces que el tiempo no las pudo atrapar. En la fase de declive de ese fugaz espejismo, en el preciso segundo que desperté y me dispuse a volver a la realidad de esa noche - mis amigos, la risa, la soledad - él me miró. Sentado, sin moverse al lado de las azules aguas cuyo sonido parecía ir en aumento por sobre el ruido leve de la pequeña masa, con manos entrelazadas y jugando con sus dedos, me sonrió. Fuera de mi voluntad, respondí su sonrisa. Nuevamente eran segundos con velocidad vertiginosa e inexplicable. Me faltó el aire, y una extraña invasión de felicidad me cubrió. No nos dejamos de mirar. Esa fugaz conexión se interrumpió cuando tres siluetas me quitaron su visión y nuevamente la ilusión cayó en fase de declive. Como si fuese un conjuro, cuando otras siluetas se apartaron de mí y nuevamente regresaba a la realidad, vi de reojo su imponente figura a centímetros de mí.
-¡Hola! - me dijo sonriendo. Debí haber caído en un abismo adimensional. Sonriente, me tocó el hombro derecho:
-¡Hola! - me repitió.
-¡Hola! - respondí en dos etapas. Yo seguía sosteniendo dos copas de champaña, una en cada mano, mi postura jocosa la recorrió con sus ojos pequeños y oscuros, perfectos y sonrientes.
-¡Gracias! - me dijo quitándome la copa de mi mano izquierda. Bebió un sorbo mientras sonreía. Su vista estaba sobre mí, acusando algo que no sabía qué. No pestañeó ni habló. Su leve sorbo lo terminó aumentando su sonrisa en sus delgados labios armoniosos. Debí ser su reflejo, porque estaba en sincronía con él. No pestañee ni hablé. Nos comunicamos con miradas que nos subieron a un estrado solitario, donde los azules se intensificaron y el ruido enmudeció.
-¡Ven! - me dijo estirando su mano, apretando la mía quitándome la copa que sostenía y dejándola suspendida en el aire. La suya se había desvanecido. Fui su reflejo motor. Había sintonía en los movimientos y en la respiración. Quise hablarle, pero mis palabras fueron el tacto cuando cerré sus manos enlazándolas con las mías. Tenía una calidez palpable que guardan años de madurez y sabiduría. Mis manos parecían congeladas ante las suyas. Su calor era suave, contagioso y acogedor. Su tacto ya era un hogar en sí, con candidez que entibia el alma, un refugio de agotamientos. Uno era la sombra del otro. Jamás tuve tanta sincronía en tan poco tiempo con nadie ni en ningún otro lugar. No pestañeaba ni hablaba. Sus manos rozaban mis brazos lentamente, sintiendo la calidez de su tacto y la fuerza de su roce. Lentamente subían hacia la cima de mis hombros donde se detuvieron. La sincronía perfecta me hizo abrazar su cintura, aún congelado ante tal viaje al azul místico de la noche. Nos acercamos mutuamente y no quedó espacio entre nuestros cuerpos. Mi rostro quedo a la altura de su hombro en el que me sumergí. Pude sentir su aroma dentro de mí. Rozaba la textura de su chaqueta negra pero su aroma grácil y fino me hizo ingresar mucho más allá de esa solapa. Sentí su mentón descansando sobre mi cabello. “Rhapsody in blue” se escuchaba a lo lejos,
La belleza de esos tactos se impuso sobre cualquiera imaginable. Fue la primera vez que supe que la belleza se palpa, no se mira. Habían pasado minutos, horas, siglos… no lo sé. Sus manos rozaban mi cabello con una fragilidad conmovedora. El mundo había desaparecido hace rato. Su piel reflejaba el azul del momento. Levante mi vista para buscar la suya. Nos miramos sin hablar. El único lenguaje eran nuestras sonrisas sin final. Sus dedos frotaban con gracia mi frente. Su respiración de aires suaves y puros, empañaron los cristales de mis anteojos. Ese gesto cotidiano nos hizo regresar por algunos instantes. Él rio, me los quitó, los limpió y los devolvió a mis ojos embelesados de su gracia inasible. Fue la primera vez que nos separábamos. No había nadie. No había ruido, no había ni piso ni cielo. Era un ambiente azul que estaba hecho sólo para nosotros, dos desconocidos que hablaban sin sílabas. Dos desconocidos que sin diálogos juntaban días, años, siglos de compañía. Dos desconocidos que por milenios estuvieron juntos y que lo sabían con sólo tocarse. Mis manos bajaron tibias por sus brazos y volví a tomar las suyas para entrelazarlas con las mías. No pestañeaba ni hablaba. Simplemente sonreía.
-¿Cuál es tu nombre? – me dijo con una voz susurrante, apenas para entender el mensaje sin romper la eternidad.
-Aarón – dije.
Él me tomó el rostro, recorriendo con su pulgar mis ojeras y el rastro de mis años.
-Te habría reconocido incluso sin esos cristales ante tus ojos - sonrió - aunque hoy te llames distinto, tu mirada sigue intacta – la forma de sus ojos esbozaba la misma sonrisa de sus labios que delataban una incrédula felicidad - Aarón... - repitió él, probando el sonido como quien reconoce una vieja melodía - Me gusta. Yo soy Jairo, por si necesitas una palabra para buscarme mañana.
Jairo me llevó de la mano por sinuosos caminos oscuros. Había árboles alrededor, pero no ruido. Hablaba poco, pero su aura la sentía desde siempre en mí. Caminábamos sin rumbo, en pasajes y caminos sin salidas ni entradas. A veces había tierra, cemento y humedad. A veces había paredes y otras veces más árboles. Caminamos sin espacio físico. No había necesidad de que lo hubiese.
Nos sentamos en algún lugar tangible o etéreo, no lo sé. Su camisa azul y su traje negro realzaban esa figura madura jovial, llena de juicio y firmeza al hablar. Su voz era suave y se imponía a mi espacio y a mi propia voz. Nunca soltamos nuestras manos. No era posible siquiera imaginarlo. Me quito los anteojos nuevamente y se acercó aún más. Pude nuevamente oler ese aroma fino y envolvente.
-Sí, eres tú. ¡Te conozco tanto! – susurró en mi oído. Eso no era un juego. No era pasión ni ardor. Eso no iba a acabar en una noche de ardiente alcoba ¡No! Esas nimiedades no tenían espacio para ese infinito.
- Tú no me imaginas el tiempo que ya nos conocemos. Trasciende espacios y lugares. Hoy tú eres Aarón y yo Jairo, pero nos conocemos hace ¡tanto, tanto tiempo!
La conexión era desquiciada. Y probablemente yo, Aarón, hubiera salido corriendo, burlándome o con miedo. Pero no. Es que… ¡yo también lo conocía! Su aura trascendía horizontes de tiempo y siempre me hubiera sido reconocible. Debía acercarme despacio, con delicadeza extrema. Él se podía quebrar como cuál cristal que se rompe con agudo sonidos. Apenas podía tocarlo. Jairo, era una luz tangible. Por momentos, inerte.
-¡Acá estamos de nuevo! - expresé con una voz que no sonaba a la mía.
Sentí la fineza de sus labios en los míos, deslizándose con suavidad.
Nos abrazamos por minutos, quizá horas.
-Estás distintos ahora - expresé con una intención oscura de romper la antigravedad - Estás bello, ¡hermoso!
-Así yo siempre te he visto - me dijo juntando su frente con la mía a ojos cerrados y dejando nuevamente que ese momento nos llevara a nuestros más recónditos espacios del alma presente.
-¿Y tu edad actual? - me preguntó tenuemente con sus ojos cerrados, su frente entibiando la mía. Titubeé, pero respondí:
-Cuarenta y tres… por ahora… - dije riendo - ¿Y tú?
-¿Es necesario saberla? - respondió sonriendo entre una leve carcajada mientras me acariciaba la nuca - No importa eso… cuanto sea, estaremos juntos. Pero por si quieres saber, ¡agrega nueve! - dijo sellando nuevamente su respuesta con un beso cálido y suave.
Seguimos por estrechas rutas sin rumbo, hablando, en silencio. Él acariciaba mi cabello repetidamente, me apretaba. Yo jugaba con sus manos, tocaba su rostro y su frente, arrobado en tanto esplendor. Nuestros pasos sonaban en las rutas como si pisáramos hojas, piedras, vidrios, los aromas se mezclaban.
Cuando abrimos los ojos estábamos nuevamente al lado de las fuentes de agua azules, juntos, sin centímetro entre nosotros. Él me acariciaba el rostro y yo sus brazos. Me apretaba la cara en gestos de bromas desesperadas en esa tormenta. Nos juntábamos en esquirlas de besos que compensaban el tiempo sin vernos.
-¡Ya estamos de nuevo juntos! - me decía sonriente, sus dedos rozando mi rostro.
Nuestros aromas y tibieza se intercambiaban.
-Tú fuiste mi único gran amor - le confesé verbalizando algo que sentía tan real.
-Tú fuiste y lo sigues siendo - respondió susurrando - Y lo serás donde quiera que nos juntemos. Otro día, en otro lugar. Hoy o mañana… O en tres milenios más - selló su testimonio con un beso que no terminó nunca.
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El sonido de bala del portazo del auto me desvaneció la dimensión en la que aún estaba. Las voces, todavía eufóricas, se entrelazaban con las risas que me sonaban lejanas. Veníamos de regreso y el cansancio era lo que menos se notaba. A lo lejos una música que salía de los parlantes, sonaba tan fuerte como las carcajadas de mis amigos y la conducción a trompicones de Silvana nos empujaba en forma obligada de los asientos. Yo estaba al medio, en el asiento trasero. Todo el ruido lo tenía a mis costados, pero no me rebotaba. Los ánimos estaban lejos de apagarse, aunque la fiesta ya había terminado.
-¡Te quedaste con el galán de la fiesta, Aarón! ¿Cómo lo hiciste? – me preguntaban de diferentes formas y en diferentes voces. Y no podía dar una explicación porque eso no tenía descripción. Tenía que poner letras y tono físico al misticismo.
-Ustedes no saben que nosotros ya nos conocíamos de hace mucho tiempo – fue la realidad que pude verbalizar. Hubo bromas, risas. Nadie me creía.
Traté de contralo, pero al relatar las palabras se alejaban cada vez más de las verdaderas experiencias sensoriales que vivimos. La historia se deformaba en cada palabra física que se deshacía en el aire y que a todos que causaba risa. Demasiado nimio para lo que nos fue inefable.
No hubo intercambio de contactos ni número. No sabemos dónde nos volveremos a encontrar. Lo que sí tenemos es la certeza que, a pesar de ello, el reencuentro es inevitable. Porque así pasó esa noche y así nos ha pasado tantas veces. No es necesario fijar números para volvernos a ver. Eso, es una certeza absoluta.