Dime mi puto nombre

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

🔥 Un romance dark, adictivo y de odio con segundas oportunidades 🔥 Hace cinco años, Carter O’Connor me destrozó. No fue suave. No fue lento. Me arruinó con cada beso, cada mentira, cada promesa sucia susurrada con su mano alrededor de mi garganta y su polla dentro de mí. No éramos amantes. Éramos obsesión. Hambre. Adicción. Y cuando me traicionó, le corté de raíz. Sin advertencia. Sin despedidas. Enterré el pasado tan profundo que nadie sabía que siquiera existió. Ahora ha vuelto. La misma ciudad. Los mismos círculos. Y nadie sabe nada. Ni mis amigos. Ni mis vecinos. Ni el hombre que acaba de meterlo en nuestras vidas, como si el destino no fuera ya una perra vengativa. Carter se hace el duro. Finge que lo ha superado. Pero cuando nuestras miradas se cruzan al otro lado de la sala, lo siento: El fuego. La furia. La promesa de que, si vuelve a tocarme, esta vez no me iré caminando... me iré arrastrándome. No somos ex. Somos una cuenta pendiente. Y hay una línea muy fina entre el odio y la obsesión... Él acaba de cruzarla con la lengua.

Estado:
Completado
Capítulos:
62
Rating
5.0 49 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1 - Fantasmas del pasado

Edi.

No le vi la cara.

Ni falta que hacía.

En cuanto mi espalda golpeó la pared y esa boca aplastó la mía como si tuviera una cuenta pendiente, lo supe.

El puto Carter O’Connor.

Tenía que ser él.

Porque el destino es una zorra vengativa.

Su lengua se abrió paso en mi boca como si fuera el dueño del lugar. No dudó ni un segundo. Por lo visto, yo tampoco, porque mis piernas se abrieron por instinto; pura memoria muscular y masoquismo.

Una imagen me cruzó la mente. Era una amenaza que no pedí.

Carter vendándome los ojos, con la mano en mi cuello, susurrando mi nombre como si fuera un pecado que volvería a cometer.

Cinco años.

Cinco putos años.

Y lo primero que hago al verlo es dejar que me estampe contra la pared. Me besa como si fuera una amenaza.

Porque eso era.

No era amor.

Ni ganas.

Era una advertencia.

Sus manos se metieron bajo mi falda con la confianza de siempre. Tenía las yemas ásperas y las palmas rudas. Subía el pasado por mis muslos como si nunca se hubiera ido.

Odiaba cómo mi cuerpo se arqueaba hacia él.

No, se arqueaba por su fantasma.

Por el Carter que me rompió en pedazos.

Por la versión que me juré no volver a desear.

Al final, es la misma mierda.

Soltó un gemido contra mi boca, como si mi sabor le diera asco pero quisiera repetir.

Bien.

Que se atragante.

Le clavé las uñas en la camisa, furiosa conmigo misma por estar tocándolo.

Esto era memoria del cuerpo bajo una máscara.

Era pena disfrazada de deseo.

Sus labios bajaron a mi cuello y se lo permití. Qué idiota.

Le di un tirón fuerte de pelo.

Él gruñó.

Pero no paró.

¿Por qué iba a hacerlo? Siempre supo qué parte de mí se quebraría primero. Y nunca apuntaba a otro lado.

Otro año distinto. El mismo infierno.

—¿Todavía usas encaje? —preguntó, como si estuviéramos tomando un café.

—¿Todavía eres un cabrón engreído? —siseé.

No respondió. Metió su muslo entre los míos y empujó hacia arriba, directo a ese dolor humillante que no debería sentir todavía.

Mi cabeza golpeó la pared.

Él la sostuvo con su mano.

Qué detallista.

Arruíname, pero cuida el momento.

Me bajó el escote como si tuviera derecho a hacerlo.

—¿Todavía piensas en mí?

Su voz era baja. Familiar. Una asquerosidad.

No dije nada.

No me fiaba de lo que pudiera salir de mi boca.

En vez de eso, le abrí el cinturón como si eso fuera a salvarme.

Spoiler: no iba a servir de nada.

Sus dedos se deslizaron bajo mi ropa interior.

Soltó una palabrota por lo bajo.

Entonces volvió a besarme. Era un beso hambriento, de esos que das a algo que fue tuyo y que piensas recuperar a la fuerza.

Le desabroché los pantalones.

Él apartó mis bragas de un tirón.

Sin avisos. Sin juegos.

Puro calor.

Piel contra piel.

Es ese momento donde te das cuenta de que tus reglas no valen una mierda. El pasado te abre de piernas y tu futuro ni siquiera se defiende.

Apoyó la punta de su cock contra mí. Se detuvo un instante.

—Dime que pare —dijo.

Le sostuve la mirada.

—No te atrevas, joder.

Y entonces entró en mí.

Fue una embestida dura, brutal.

No hubo romance ni perdón. Solo ruina.

Todo lo que no dijimos se convirtió en ritmo, sudor y violencia.

Me fucked como si le diera rabia que yo todavía lo dejara.

Me aferré a él como si intentara ganar una guerra que ya habíamos perdido.

Mis gemidos estaban ahogados. Los suyos no.

La habitación retumbaba con todo lo que no debíamos ser.

Me agarró de la cadera con posesión. Me dejaría moratones. Parecía un hombre reclamando algo que nunca mereció.

Su aliento me rozó el oído.

—¿Sigo siendo el mejor que has tenido?

No le contesté.

Así que me fucked más fuerte.

—Dilo.

Le clavé las uñas en la espalda como si quisiera despellejarlo.

—Todavía no te lo has ganado.

Él gruñó.

Embestida.

Y me vine.

Fue fuerte. Silencioso. Violento.

Lo odié por eso.

Me odié más a mí misma por cómo busqué su cuerpo con mis caderas. Como si mi cuerpo todavía fuera suyo. Como si mi dolor supiera hablar su puto nombre.

Él se vino segundos después. Escondió la cara en mi cuello para ahogar el ruido, como un cobarde.

Luego se hizo el silencio.

Casi.

Porque lo dije.

La única verdad que me quedaba.

—Te sigo odiando, joder.

Él se rio.

Fue una risa baja, rota y llena de gusto.

—Perfecto —dijo subiéndose la cremallera. Miraba a la pared en vez de a mi cara.

—Me habría decepcionado si fuera de otra forma.

Me subí la blusa en silencio, me alisé la falda y me largué de allí sin decir ni una palabra.

El sonido de su cremallera todavía resonaba como un insulto.