Lecciones del pelirrojo (Shanks x Lectora)

Sinopsis

Eres una aventurera rescatada por los Piratas del Pelirrojo tras un naufragio brutal. Shanks, el Emperador de cabello carmesí, te acoge en su tripulación con una sonrisa juguetona... pero sus ojos prometen algo mucho más oscuro. Lo que empieza como flirteos inocentes en cubierta se convierte rápidamente en algo mucho más ardiente. Y pronto descubrirás lo bien que siente decirle papi a tu nuevo capitán. 🏴‍☠️Todos los personajes son mayores de edad. 🏴‍☠️Contenido explicito.

Genero:
Erotica
Autor/a:
LilithKali
Estado:
Completado
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: El encuentro en el mar

El mar estaba furioso esa noche.

Las olas golpeaban el casco del pequeño bergantín como si quisieran partirlo en dos. El viento aullaba entre las jarcias, arrancando lonas y maldiciones por igual. Tú estabas aferrada a la barandilla de proa, con el cabello pegado a la cara por la sal y la lluvia, los nudillos blancos de tanto apretar. No eras marinera de nacimiento, pero habías aprendido rápido lo que significaba estar en el Grand Line: o te adaptabas, o te tragaba el océano.

El capitán de tu barco —un mercader avaro que había prometido llevarte hasta Sabaody a cambio de que trabajaras el doble— gritaba órdenes que nadie podía oír. El timón giraba solo. Una ola monstruosa levantó la proa y la dejó caer con un crujido que te heló la sangre. Sentiste cómo el casco se abría en algún lugar bajo la línea de flotación. El agua empezó a subir por la cubierta.

“¡Todos a los botes!” gritó alguien.

Pero no había botes suficientes. Y el que había, ya estaba lleno de hombres que se empujaban entre sí como ratas.

Tú no ibas a morir así.

Corriste hacia la popa, buscando algo —cualquier cosa— que pudiera flotar. Encontraste un barril vacío atado a la borda. Lo soltaste de un tirón, lo empujaste al agua y saltaste detrás sin pensarlo dos veces. El impacto te robó el aire. El frío te apretó el pecho como una garra. El barril giró, te golpeó en el hombro y casi te ahoga, pero lograste agarrarte.

Flotaste. O más bien, fuiste arrastrada.

Las luces del bergantín se alejaron, se volvieron borrosas, se apagaron. El mar te mecía como si quisiera arrullarte antes de devorarte.

No supiste cuánto tiempo pasó. Horas. Tal vez toda la noche. El cansancio te vencía, pero cada vez que cerrabas los ojos sentías que el agua te reclamaba. Así que seguías aferrada. Seguías respirando.

Hasta que escuchaste voces.

No eran gritos de pánico. Eran risas. Risas graves, roncas, borrachas de victoria. Y luego una voz que cortó el viento como un cuchillo caliente:

“¡Ahí hay alguien en el agua! ¡Traedla!”

Un cabo cayó a tu lado, grueso y áspero. Lo agarraste con las últimas fuerzas que te quedaban. Tiraron de ti. El barril se soltó y se perdió en la oscuridad. Tus rodillas chocaron contra madera sólida. Alguien te levantó por los brazos y te dejó de pie —o más bien, tambaleante— en la cubierta de un barco mucho más grande, mucho más limpio, mucho más... vivo.

El Red Force.

Lo supiste antes de verlo bien. El mascarón con la cabra sonriente. Las velas rojas. Y sobre todo, él.

Shanks estaba apoyado en la barandilla del castillo de popa, con una jarra de sake en la mano izquierda y una sonrisa torcida que parecía iluminar la tormenta. Su capa negra ondeaba como alas rotas. El cabello carmesí le caía empapado sobre la frente, pero no parecía importarle. Sus ojos —oscuros, divertidos, peligrosos— te recorrieron de arriba abajo sin disimulo.

“Vaya, vaya... ¿qué tenemos aquí?” murmuró, bajando los escalones con una lentitud deliberada. “Una gatita mojada que decidió nadar hasta nosotros.”

La tripulación estalló en carcajadas. Alguien silbó. Otro gritó algo sobre “¡la cena llegó nadando!”

Tú intentaste enderezarte. Estabas temblando, empapada, con el vestido pegado al cuerpo y el orgullo hecho trizas, pero no ibas a dejar que te vieran como una víctima.

“Gracias por el rescate,” dijiste, con la voz ronca por el salitre. “No pretendía interrumpir la fiesta.”

Shanks se detuvo frente a ti. Era más alto de lo que parecía desde lejos. Mucho más alto. Y olía a sake, a sal y a algo más... algo cálido y masculino que te hizo apretar los muslos sin querer.

“No interrumpes nada, pequeña,” respondió él, inclinando la cabeza. “De hecho, acabas de hacerla más interesante.”

Te tendió la jarra. Tú la miraste como si fuera una serpiente.

“Bebe. Te va a calentar.”

No era una petición.

Tomaste la jarra con manos temblorosas. El sake quemó tu garganta como fuego líquido. Tosiste. La tripulación volvió a reír. Shanks solo sonrió más.

“Buena chica,” dijo en voz baja, casi solo para ti. “Ahora ven. No te voy a dejar congelarte en cubierta.”

Te guió hacia el interior del barco. Pasillos estrechos, lámparas de aceite, risas que se filtraban desde la sala común. Te llevó directamente a su camarote. No pidió permiso. Simplemente abrió la puerta y te empujó suavemente dentro.

Era más grande de lo que esperabas. Una cama amplia con sábanas desordenadas. Un escritorio lleno de mapas y botellas vacías. Una silla grande de madera oscura. Y un armario abierto donde colgaban varias capas rojas idénticas.

Cerró la puerta. El sonido del pestillo fue ensordecedor.

“Quítate esa ropa mojada,” ordenó, dándote la espalda mientras buscaba algo en un cajón. “No quiero que mueras de pulmonía en mi barco. Sería una pena.”

El tono era firme, pero no cruel. Había en él una naturalidad que hacía que las órdenes sonaran casi razonables, como si fuera lo más lógico del mundo que un desconocido te dijera qué hacer con tu ropa empapada. Te quedaste quieta un segundo, evaluando. El frío te calaba los huesos, la tela pegada a la piel era insoportable y, sobre todo, estabas en el camarote del mismísimo Shanks. El Emperador. El hombre cuya mera presencia hacía que los marines sudaran frío y los piratas levantaran la jarra en brindis silenciosos.

No era momento de hacerse la valiente por orgullo. Era momento de sobrevivir.

Con dedos torpes empezaste a desabrochar el vestido roto. El agua salada había hecho que la tela se adhiriera como una segunda piel. Lo dejaste caer al suelo con un sonido húmedo y pesado. Quedaste en ropa interior, temblando, los brazos cruzados instintivamente sobre el pecho. El aire del camarote era cálido comparado con el exterior, pero seguías sintiendo cada gota que resbalaba por tu espalda.

Shanks no se giró de inmediato. Siguió rebuscando. Sacó una camisa blanca de lino, amplia, con las mangas remangadas de forma permanente por el uso. Luego unos pantalones negros de tela gruesa, de esos que usaban los marineros para trabajar en cubierta. Los arrojó sobre la cama sin mirarte.

“Ponte esto. La camisa te va a quedar como vestido, pero es mejor que nada. Los pantalones... ajústatelos como puedas. No tengo ropa de mujer a bordo.”

Su voz era casual, casi distraída, como si estuviera hablando del clima. Te acercaste a la cama y tomaste la camisa primero. Olía a él: a sal, a madera vieja de barco, a sake tibio y a algo más profundo, algo que te hizo apretar los muslos sin darte cuenta. Te la pusiste. Le sobraba por todos lados. Las mangas te cubrían las manos, el dobladillo te llegaba casi a medio muslo. Parecías una niña jugando a disfrazarse con la ropa de su padre.

Luego los pantalones. Tuviste que enrollar la cintura varias veces y atar el cordón con fuerza para que no se te cayeran. Eran enormes, pero al menos te cubrían. Te sentiste un poco más protegida. Un poco.

Shanks por fin se giró. Te miró de arriba abajo, evaluando. No había lujuria en su expresión, solo una curiosidad tranquila, como si estuviera viendo un mapa nuevo.

“Te queda... interesante,” dijo con una media sonrisa. “Siéntate ahí.”

Señaló la silla frente al escritorio. Era una silla alta, de respaldo recto, con asiento de cuero gastado. Te acercaste y te sentaste con cuidado, las manos en el regazo. La camisa se arrugó y dejó al descubierto un poco más de muslo de lo que te hubiera gustado, pero no hiciste nada por arreglarlo. No querías parecer nerviosa.

Shanks se apoyó en el borde del escritorio, cruzando los brazos. La luz de la lámpara de aceite le pintaba sombras en la cara, hacía que su cicatriz resaltara más, que su cabello mojado pareciera sangre fresca. Era guapo. No de esa forma pulida y perfecta de los nobles de Mariejois. Era guapo como un arma: peligroso, vivido, con bordes afilados.

“¿Cómo te llamas?” preguntó.

Le dijiste tu nombre. Simple. Sin adornos.

Él lo repitió una vez, despacio, como probándolo en la lengua.

“[Tu nombre]. Bonito.” Hizo una pausa. “Mírame.”

Lo hiciste. Sus ojos eran oscuros, profundos, con un brillo de diversión que no llegaba a ser burlón.

“Al parecer te vas a quedar en el barco por un tiempo,” dijo. No era una pregunta.

Tú asentiste despacio.

“Provisionalmente,” respondiste. “Hasta que atraque en la siguiente isla. No quiero ser una carga.”

Shanks soltó una risa baja, ronca, que te recorrió la columna.

“¿Una carga? Pequeña, acabas de nadar en medio de una tormenta agarrada a un barril y no te has puesto a llorar ni a suplicar. Eso ya es más de lo que hacen la mayoría de los que rescato.” Se inclinó un poco hacia ti. “Además, me gustan las personas curiosas. Y tú lo eres. Se te nota en los ojos. Quieres saber cómo funciona todo esto.”

No lo negaste. Era verdad. Desde niña habías soñado con el Grand Line, con las historias de piratas, con la libertad que prometían. Y ahora estabas aquí, en el barco de uno de los hombres más poderosos del mundo. El miedo seguía allí, pero también la emoción. Una emoción peligrosa.

“Solo quiero llegar a salvo a algún sitio,” dijiste, aunque sabías que sonaba a excusa.

Shanks se enderezó.

“Claro. Y mientras tanto, vas a comer, vas a dormir y vas a aprender a no morir en mi barco. Eso es todo lo que te pido.” Hizo una pausa. “¿Puedes con eso?”

“Puedo,” respondiste sin dudar.

“Bien.” Se apartó del escritorio y caminó hacia la puerta. “Entonces ven. La fiesta todavía no ha terminado, y mis hombres van a querer verte la cara a la chica que llegó nadando.”

Abrió la puerta y te hizo un gesto con la cabeza para que lo siguieras.

Saliste detrás de él.

El pasillo estaba iluminado por lámparas que se balanceaban con el vaivén del barco. El ruido llegaba desde la cubierta principal: risas, música de violín desafinado, el golpe rítmico de botas contra madera, el tintineo de jarras. Olía a humo de tabaco, a ron derramado, a sudor y a sal.

Cuando subiste la escalera y saliste a cubierta, el aire fresco te golpeó la cara. La tormenta había amainado lo suficiente como para que los hombres pudieran estar fuera sin riesgo de ser barridos por una ola. Habían encendido antorchas y faroles, y la luz anaranjada bailaba sobre las caras curtidas de la tripulación.

Benn Beckman estaba apoyado en el mástil, fumando su cigarrillo eterno, observando todo con esa calma que parecía inmune al caos. Yasopp jugaba a las cartas con Lucky Roux, que comía un trozo enorme de carne asada mientras reía a carcajadas. Otros bailaban, otros cantaban, otros simplemente bebían mirando el mar como si fuera un viejo amigo.

Shanks se detuvo en el centro de la cubierta. La tripulación lo vio y el ruido bajó un poco, no por miedo, sino por respeto. Él levantó una mano y señaló hacia ti.

“¡Mirad quién decidió unirse a la fiesta!” gritó. “La chica del barril. Denle un aplauso, que se lo ganó.”

Los vítores estallaron. Algunos silbaron. Alguien gritó “¡Bienvenida, sirenita!“. Lucky Roux te tendió un trozo de carne en un tenedor enorme.

“¡Come, que estás en los huesos!” rugió.

Tomaste el tenedor con torpeza, todavía envuelta en la camisa gigante de Shanks. Mordiste. Estaba deliciosa. Caliente, jugosa, con especias que quemaban la lengua. El hambre que no sabías que tenías te golpeó de golpe.

Shanks se acercó a una mesa improvisada, tomó dos jarras de sake y te tendió una.

“Bebe conmigo,” dijo. No era una orden esta vez. Era una invitación.

Chocaste tu jarra contra la suya. El líquido bajó como fuego. Tosiste un poco. Él rio.

“No te preocupes. Al tercer trago ya no quema.”

Se sentó en un barril grande y te hizo un gesto para que te sentaras a su lado, en otro barril más pequeño. Lo hiciste. Desde allí podías ver todo: la tripulación celebrando, el mar negro brillando bajo la luna que empezaba a asomarse entre las nubes, las velas rojas hinchadas por el viento.

Y a él.

Shanks estaba relajado, con una pierna doblada sobre el barril, el codo apoyado en la rodilla, la jarra colgando de los dedos. Hablaba con sus hombres, bromeaba, reía con esa risa profunda que hacía vibrar el aire. Pero cada tanto giraba la cabeza y te miraba. No mucho. Solo un segundo. Lo suficiente para que sintieras que te había visto de verdad.

No podías negarlo.

Era atractivo. Más que atractivo. Era magnético.

Tenía que rondar los treinta y tantos, quizás cerca de los cuarenta. Las arrugas en las comisuras de los ojos, la cicatriz que le cruzaba el ojo izquierdo, el cabello carmesí desordenado por el viento y la sal... todo en él hablaba de una vida vivida al límite. Experiencia. Poder. Control. Cosas que un chico de tu edad no podía tener, por mucho que lo intentara.

Y eso significaba una cosa: sabía exactamente lo que hacía. Sabía cómo tocar, cómo hablar, cómo mirar para que una mujer se olvidara de su propio nombre. Sabía cómo hacer que el cuerpo respondiera antes que la mente.

Te sorprendiste a ti misma pensando en eso. En cómo se sentirían esas manos grandes y callosas en tu piel. En cómo sonaría su voz baja diciéndote cosas que nadie más se atrevería a decir. En cómo sería rendirte a alguien que no necesitaba gritar para mandar.

Sacudiste la cabeza internamente. No. No ibas a fantasear con el capitán que acababa de rescatarte. Eso era ridículo. Peligroso. Estúpido.

Pero no podías dejar de mirarlo.

La fiesta siguió. Alguien empezó a tocar una canción antigua de piratas en un acordeón viejo. La tripulación cantaba a gritos, desafinando horriblemente. Shanks se unió, con una voz grave y sorprendentemente buena. Te miró mientras cantaba, guiñándote un ojo en medio del estribillo.

Tú sonreíste sin poder evitarlo.

Bebiste más sake. El alcohol te calentó el estómago, te soltó los hombros. Empezaste a relajarte de verdad por primera vez desde que el bergantín empezó a hundirse.

En un momento, Shanks se inclinó hacia ti.

“¿Estás bien?” preguntó en voz baja, solo para ti.

Asentiste.

“Mejor que bien.”

“Bien.” Su mano rozó tu hombro un segundo, un toque casual, casi accidental. Pero no lo fue. Lo sentiste en la piel como una marca. “Si necesitas algo, me lo dices. ¿Entendido?”

“Entendido,” respondiste.

Él sonrió. Esa sonrisa torcida que prometía problemas.

“Buena chica.”

Las palabras fueron dichas en tono juguetón, sin peso. Pero algo en su forma de decirlas te hizo apretar los muslos otra vez.

La noche avanzó. Bailaste un poco —o más bien, te dejaron arrastrar por Yasopp y Lucky Roux en un círculo ridículo que terminaba en risas y tropiezos—. Bebiste más. Comiste más. Escuchaste historias imposibles: cómo Shanks perdió el brazo, cómo conoció a un mocoso con sombrero de paja que ahora era el pirata más buscado del East Blue, cómo una vez ganó una apuesta contra un almirante bebiendo sake con él hasta el amanecer.

Cada historia era contada con risas, sin alardear. Como si todo aquello fuera lo más normal del mundo.

Y en medio de todo, Shanks siempre estaba cerca. No te agobiaba. No te acosaba. Solo estaba. Observando. Sonriendo cuando te veía reír. Asegurándose de que tu jarra nunca estuviera vacía.

Cuando la fiesta empezó a calmarse —algunos se habían quedado dormidos en cubierta, otros seguían bebiendo en pequeños grupos—, Shanks se levantó y te tendió la mano.

“Ven. Te llevo de vuelta al camarote. Mañana hay que madrugar. El Grand Line no espera resacas.”

Tomaste su mano. Era grande. Cálida. Fuerte. Te ayudó a levantarte y te guió de nuevo hacia el interior del barco.

El pasillo parecía más estrecho ahora. El balanceo del barco más pronunciado. O quizás eras tú, con el sake zumbando en las venas.

Llegaron al camarote. Él abrió la puerta.

“Duerme aquí esta noche,” dijo. “Yo me quedo en el sofá del salón común. No es la primera vez.”

“Puedo dormir en cualquier sitio,” protestaste.

“No en mi barco.” Su tono no admitía discusión. “Duerme. Descansa. Mañana hablamos de lo que viene.”

Asentiste.

Él se quedó en el umbral un segundo más, mirándote.

“Buenas noches, [tu nombre].”

“Buenas noches... capitán.”

Él sonrió.

“No me llames capitán. Llámame Shanks.” Hizo una pausa. “O lo que quieras. Pero no capitán. Aquí no hay rangos cuando estamos solos.”

Cerró la puerta suavemente.

Te quedaste allí, en medio del camarote, envuelta en su camisa y sus pantalones, oliendo a él por todos lados, con el corazón latiendo demasiado rápido.

Te metiste en la cama. Las sábanas olían a Shanks. Te acurrucaste, todavía con la ropa puesta.

El barco se mecía.

El sake te pesaba en los párpados.

Y mientras te dormías, una sola idea se repetía en tu cabeza, clara y peligrosa: Esto no iba a ser provisional. No si él no quería que lo fuera.

***

El sol se filtraba a través de las nubes dispersas, pintando el mar de un azul brillante que contrastaba con la tormenta de la noche anterior. El Red Force navegaba con calma, las velas hinchadas por una brisa suave que llevaba el olor a sal y libertad. Te despertaste en la cama de Shanks, envuelta en sus sábanas que aún conservaban un leve aroma a sake y aventura. Por un momento, te quedaste quieta, procesando. El naufragio. El rescate. La fiesta. Y él. Ese hombre que parecía salido de las leyendas que contaban los marineros en las tabernas.

Te estiraste, sintiendo los músculos doloridos por el esfuerzo de la noche anterior. La camisa y los pantalones prestados seguían puestos, arrugados pero cómodos. Te levantaste, te lavaste la cara con el agua de una jarra en el escritorio y peinaste tu cabello con los dedos lo mejor que pudiste. No tenías espejo, pero no importaba. No estabas aquí para impresionar a nadie. O al menos eso te decías a ti misma.

Saliste del camarote con cuidado, el pasillo iluminado por la luz del día que se colaba por las escotillas. El barco estaba vivo: voces lejanas, el crujido de la madera, el chapoteo de las olas contra el casco. Seguiste el olor a comida —huevos fritos, pan recién horneado, quizás algo de pescado— hasta la sala común, que servía como comedor improvisado.

La tripulación ya estaba allí, sentada en bancos largos alrededor de una mesa enorme cargada de platos. Lucky Roux, el cocinero gigantón, presidía el caos con una sonrisa eterna, sirviendo porciones generosas. Benn Beckman fumaba en una esquina, con un plato a medio comer. Yasopp charlaba animadamente con un grupo de marineros más jóvenes, gesticulando con un tenedor. Y en el centro, como el eje de todo, Shanks. Sentado con las piernas abiertas, una taza de algo humeante en la mano, riendo por algún chiste que acababa de contar.

Sus ojos te encontraron en cuanto entraste. Una mirada rápida, pero intensa. Como si hubiera estado esperando.

“¡Ah, la sirenita despierta!” gritó Yasopp, levantando su taza en un brindis. “¡Ven, siéntate! Lucky hizo su especialidad: huevos con tocino de mar. No preguntes qué es el tocino de mar.”

La tripulación rio. Tú sonreíste, un poco cohibida pero agradecida por el recibimiento. Avanzaste hacia la mesa, buscando un sitio libre. Había un espacio al final, lejos de todos, que parecía perfecto para no llamar mucho la atención.

Pero Shanks habló entonces, con esa voz casual que no admitía réplica.

“Ven aquí, [tu nombre]. Siéntate a mi lado. Quiero asegurarme de que comas bien después de tu baño nocturno.”

No fue una orden gritada. Fue sutil, envuelta en una sonrisa juguetona, pero el tono subyacente era claro: hazlo. La tripulación no pareció notarlo, o si lo hicieron, no les importó. Simplemente siguieron comiendo y charlando.

Te detuviste un segundo, sintiendo un cosquilleo en el estómago. ¿Por qué a su lado? ¿Por qué no dejar que eligieras? Pero no protestaste. Caminaste hacia él y te sentaste en el banco, a su derecha. Su muslo rozó el tuyo accidentalmente —o no— cuando se movió para hacerte espacio. El calor de su cuerpo era palpable, incluso a través de la ropa.

“Buen provecho,” murmuró él, pasándote un plato ya servido. “Come. Te ves como si necesitaras fuerzas.”

Tomaste el tenedor y empezaste a comer. Los huevos estaban perfectos, crujientes por fuera y suaves por dentro. El “tocino de mar” resultó ser tiras de pescado ahumado con especias que explotaban en la boca. La conversación fluía alrededor: planes para el día, chistes sobre la tormenta, apuestas sobre cuánto tardarían en llegar a la próxima isla.

Shanks no te habló mucho durante el desayuno. Solo comentarios casuales: “Prueba el pan, es fresco.” O “¿Dormiste bien en mi cama?” con un guiño que hizo que te sonrojaras ligeramente. Pero su presencia era constante. Cada vez que te movías, sentías su mirada. Cada vez que reías por algo que decía Yasopp, él sonreía como si aprobara.

Cuando terminaste, te levantaste para ayudar a limpiar —un gesto instintivo, aprendido en barcos anteriores—. Lucky Roux te detuvo con una mano enorme en el hombro.

“¡No, no! Tú eres invitada. Ve a vagar, explora el barco. Nosotros nos ocupamos.”

Asentiste, agradecida. Saliste a cubierta, el sol calentándote la piel. El Red Force era impresionante de día: mástiles altos, cañones pulidos, redes y cuerdas en perfecto orden. Empezaste a caminar sin rumbo, curiosa. Quería conocer a la tripulación, entender cómo funcionaba este mundo de piratas legendarios.

Primero te topaste con un grupo de marineros jóvenes reparando una vela rasgada por la tormenta. Uno de ellos, un chico de cabello rubio y pecas llamado Hongo, te vio y sonrió.

“¡Ey, la nueva! ¿Quieres ayudar? No mordemos... mucho.”

Te uniste a ellos, cosiendo torpemente al principio, pero aprendiendo rápido. Charlaron de todo: de cómo se unieron a Shanks, de aventuras pasadas. Inevitablemente, el tema derivó al capitán.

“El jefe es el mejor,” dijo Hongo, anudando un hilo. “Nos sacó de un apuro con los marines hace dos meses. Solo con una mirada, los hizo retroceder.”

Otro, un tipo fornido llamado Limejuice, rio.

“Y con las mujeres... uf. El capitán tiene un imán. En cada puerto, hay una fila. Pero no es de los que se atan. Libertad ante todo, dice.”

Te reíste, fingiendo desinterés, pero notaste el detalle.

“¿Y cómo es con ellas? ¿Romántico? ¿O solo... diversión?”

Hongo se encogió de hombros.

“Un poco de todo. Es caballero, pero dominante. Sabe lo que quiere y lo toma. Las deja sonriendo, eso sí. Nunca oí quejas.”

Limejuice añadió, guiñando un ojo: “Y experiencia tiene para regalar. Ha visto más mundo que todos nosotros juntos. Si alguna vez te interesa, pregúntale por sus ‘lecciones’. Ja.”

Siguieron bromeando, pero tú sentiste un calor subiendo por el cuello. ¿Lecciones? ¿Dominante? Sacudiste la cabeza y cambiaste el tema a algo más inocuo, como el clima en el Grand Line.

Después, vagaste hacia la proa, donde Benn Beckman estaba solo, fumando y mirando el horizonte. Te acercaste con cautela —parecía el tipo serio de la tripulación—.

“¿Puedo unirme?” preguntaste.

Él te miró, exhaló humo y asintió.

“Si no hablas mucho.”

Te apoyaste en la baranda a su lado. El mar se extendía infinito, con delfines saltando a lo lejos. Beckman no era de muchas palabras, pero cuando hablaste de navegación, se abrió un poco.

“El capitán te rescató anoche,” dijo de pronto. “No lo hace con cualquiera. Debes tener algo especial.”

“Solo suerte,” respondiste.

Él soltó una risa seca.

“Suerte y agallas. A Shanks le gustan las que tienen fuego. Pero cuidado: quema si te acercas demasiado.”

“¿Cómo es él... en serio? Con la gente cercana, quiero decir.”

Beckman pensó un momento.

“Justo. Leal. Pero con las mujeres... es un juego para él. Divertido, intenso, pero temporal. Como todo en esta vida pirata.”

Asentiste, archivando la información. Temporal. Como tu estancia aquí. Seguiste vagando. En la cocina, ayudaste a Lucky Roux a limpiar, y él te contó anécdotas hilarantes sobre banquetes en islas exóticas.

“El jefe ama la comida tanto como el sake. Y las compañías agradables,” añadió con un guiño. “Ha tenido sus romances, pero nada serio desde... bueno, hace tiempo.”

Cada charla parecía girar alrededor de Shanks. Era como si él fuera el sol y la tripulación los planetas. Dominante con las mujeres. Experiencia. Intenso. Las palabras se acumulaban en tu mente, creando una imagen que te intrigaba más de lo que querías admitir.

Al mediodía, el sol estaba alto y el barco zumbaba de actividad. Te apoyaste en la baranda de estribor, mirando el agua pasar. El viento jugaba con tu cabello, y por un momento, te sentiste en paz. Adaptada. Como si pertenecieras.

Entonces lo sentiste antes de oírlo: una presencia detrás de ti. Pasos suaves, pero seguros.

“¿Te estás adaptando bien a la tripulación?” preguntó Shanks, apoyándose a tu lado en la baranda. Su brazo rozó el tuyo, casual pero intencional.

Giraste la cabeza. Estaba cerca. Demasiado cerca. Su sonrisa era esa de siempre: torcida, confiada.

“Sí,” respondiste. “Son geniales. Me han contado historias interesantes.”

“¿Ah, sí? ¿Como cuáles?”

Dudaste, pero decidiste ser honesta.

“Sobre ti, mayormente. Cómo eres con... todo.”

Él rio, bajo y ronco.

“Mis hombres hablan demasiado. Pero dime, ¿qué te han dicho? ¿Que soy un monstruo? ¿Un santo?”

“Ni lo uno ni lo otro. Que eres... experimentado. Especialmente con las mujeres.”

Sus ojos se entrecerraron, divertidos.

“Experimentado, eh? Suena a eufemismo.” Se inclinó un poco más hacia ti. “¿Y eso te molesta, niña? ¿O te intriga?”

El “niña” fue dicho con un tono juguetón, pero había un filo. Una leve humillación en cómo lo pronunció, como si te recordara tu juventud comparada con él.

“No me molesta,” respondiste, enderezándote. “Solo es temporal, de todos modos. Bajaré en la próxima isla.”

Shanks no se movió. Su mirada te clavó en el sitio.

“Temporal,” repitió, como saboreando la palabra. “Dices eso como si tuvieras elección.” Su voz bajó un tono. “Pero mírate: vestida con mi ropa, comiendo mi comida, charlando con mis hombres. Ya pareces parte del barco.”

Tragaste saliva, pero no retrocediste.

“Puedo manejar esto. No soy una niña ingenua.”

Él soltó una carcajada genuina.

“¿Ah, no? ¿Crees que puedes manejar a un pirata como yo, niña?” La palabra “niña” esta vez fue enfatizada, burlona, humillante en su dulzura. “Con tu carita fresca y tus ojos curiosos. Has visto un par de tormentas, quizás, pero yo he vivido océanos enteros. ¿Qué harías si te muestro lo que realmente significa ser parte de esto?”

El tonteo era evidente ahora. Sus palabras sugerentes, cargadas de doble sentido. Sentiste el calor subiendo por tu cuello, pero respondiste con un desafío en la voz.

“Quizás te sorprenda. No todos los ‘niños’ son tan inexpertos como crees.”

Shanks se acercó más, su aliento cálido contra tu oído.

“Oh, me encantaría que me sorprendieras. Pero cuidado: juego sucio cuando quiero algo.” Su mano rozó tu cintura, un toque fugaz que te hizo temblar. “Y tú, pequeña, ya me tienes curioso.”

Retrocedió entonces, con esa sonrisa que prometía más. Te dejó allí, apoyada en la baranda, con el corazón latiendo fuerte y la mente girando.

El resto del día pasó en un borrón. Ayudaste en cubierta, charlaste con más tripulantes —cada uno añadiendo piezas al rompecabezas de Shanks: “Es protector con las suyas,” dijo uno. “Pero le gusta el control,” añadió otro—. Y cada vez que lo veías de lejos, dirigiendo el barco con esa facilidad natural, sentías esa atracción creciendo. Experiencia. Dominio. Cosas que te asustaban y atraían a partes iguales.

Al atardecer, el sol se hundía en el horizonte, tiñendo el cielo de rojo. Te sentaste en un barril, exhausta pero satisfecha. La tripulación empezaba a preparar la cena, y el olor a asado flotaba en el aire.

Shanks pasó cerca, deteniéndose un segundo.

“Buen trabajo hoy,” dijo. “Quizás no seas tan temporal después de todo.”

Te guiñó un ojo y siguió.

Tú solo sonreíste, sabiendo que el juego acababa de empezar.