Historia 1-Rockstar
—¿Está grabando esta mierda?
—Hola. Soy Facundo Ricci. Seguramente me conozcas. Todos me conocen. Quizá me ubiques por Fatiga, mi último hit mundial. Pero no viene al caso. Quiero contar, por primera vez frente a una cámara, una verdad que vengo ocultando. Jamás podría revelarla públicamente: arruinaría mi carrera. Pero… —toma aire, mira hacia abajo, se pasa la mano por la cara— necesito sacarlo.
Empecé mi carrera alrededor de 2015. Cantaba con un amigo muy querido: Tito Alejandro. Era talentoso con la guitarra y tenía una gran voz. Yo hacía los coros y tocaba el bajo. Nos llevábamos bien. Él componía y yo, bueno, cada tanto aportaba algún tema, pero él se encargaba de casi todo.
Empezamos como todos: tocando en bares y fiestas. Lugares chicos, llenos de humo, con parlantes rotos y micrófonos que se cortaban a la mitad de la canción. La gente apenas nos escuchaba, algunos ni prestaban atención, pero nosotros igual nos sentíamos estrellas. Siempre nos faltó un baterista. Por suerte yo tenía algo de conocimiento y lo reemplazaba con una batería virtual, así que zafamos hasta juntar un poco más de plata. Recuerdo noches enteras editando esos beats en mi computadora vieja, con los auriculares rotos, mientras Tito se quedaba dormido en el sillón con la guitarra en las piernas.
Nos estaba yendo bien. Empezamos a hacernos conocidos. Tocábamos temas propios y también covers de bandas grandes. Hasta que un día… llegó una discográfica con una propuesta interesante. Habían escuchado la voz de Tito y quedaron sorprendidos. También mencionaron mis coros, pero se notaba que no les importaban demasiado.
Tito confió en mí y me lo dijo de frente: —Che, sobre la propuesta… no sé cómo decírtelo, pero solo me quieren a mí, como solista. Igual voy a mostrarles el álbum que hicimos los dos. Voy a intentar convencerlos.
Me cayó como una patada en el pecho. Sentí envidia. Yo, en mi opinión, cantaba mejor que él. Hacía los coros, sí, pero siempre se llevaba el protagonismo. Era algo que discutíamos seguido. Nunca me dejaba cantar un tema solo. Recuerdo una noche en un bar de San Telmo: yo le pedí que me dejara cantar Monton De Nada entero, y él me dijo que no, que la gente venía a escucharlo a él. Esa bronca me quedó clavada.
Llegó el día. Él tenía el pendrive con todas las canciones en la mano. Yo sabía lo que iba a pasar. Para la discográfica yo era reemplazable: el bajista, el corista. Aun así, lo acompañé.
Recién nos bajábamos del remis cuando el pendrive se le cayó. Yo lo vi. Me agaché y lo agarré. El sol reflejaba en el metal del llavero que tenía enganchado, y por un segundo me quedé mirándolo como si fuera un tesoro. Al principio pensé en hacerle una broma. Después pensé: ¿qué voy a hacer sin él? Entonces, en lugar de devolvérselo, lo escondí en el bolsillo de mi campera. Sentí el peso ahí, como si me quemara.
Pero se dio cuenta al toque. —Eh, Facu… ¿y el pendrive? —No sé, ¿lo tenés vos, boludo? Fijate en los bolsillos. —No lo tengo, amigo. —Nooo, sos un boludo. Capaz quedó en el remis. Fijate por la app, llamalo.
Vio el auto alejándose y salió corriendo como nunca. Yo lo seguí para que no sospechara.
Pero pasó algo que me va a perseguir toda la vida.
Cruzó la calle con el semáforo en verde. Yo vi cómo los autos arrancaban, cómo las luces se encendían. Intenté gritárselo, pero avancé tarde, ciego, paralizado.
No me gusta recordar la escena… El ruido del golpe todavía me suena en la cabeza. El chirrido de las ruedas, los gritos de la gente, el cuerpo de Tito cayendo contra el asfalto. Todo pasó muy rápido, pero para mí fue eterno.
No murió de casualidad. Pero el golpe le dejó secuelas terribles. No pudo volver a hacer música. Así, sin vueltas.
Quizá si no hubiera agarrado ese pendrive… quizá hoy él estaría tocando y yo no.
En el hospital, cuando me vio, me dijo que si encontraba las canciones, que fuera y cantara yo. Que probara suerte. Que me iba a ir bien. Lo dijo con la voz quebrada, con los ojos llenos de lágrimas, y yo no pude ni mirarlo fijo.
Cuando volví a casa ese día, lloré como nunca. Me encerré en mi pieza, apagué las luces y escuché sus demos una y otra vez. Cada riff, cada letra, cada acorde. Era como tenerlo ahí conmigo, pero también como escuchar un fantasma.
Probé suerte. Con el mismo pendrive que casi mata a mi amigo. Y bueno… el resto es historia. Siempre uso su método para crear riffs. Es muy bueno. Una vez tuve que improvisar en un show y todos quedaron impresionados diciendo: “wow! qué gran técnica”. Si supieran de dónde la saqué…
Quizá este video nunca se lo muestre a nadie. Al menos no hasta jubilarme y desaparecer a alguna islita lejos del mundo.
Necesitaba decirlo. Me siento un poco más libre. Aunque cuanto más lo pienso, más culpable me siento.
En treinta minutos salgo a tocar por primera vez en River. Casi cien mil personas. Una noche cargada de rock. El estadio tiembla, se escucha el murmullo de la gente desde el camarín. Y creo que es un buen momento para recordarlo a él.
No tengo mucho más que decir. Ojalá algún día este video vea la luz y entiendan lo hijo de puta que fui.
Ya me están llamando para prepararme. El asistente golpea la puerta, me dice que el público está listo.
Gracias por escucharme.
Nos vemos.