Vínculos Ocultos 1: El guardián de Moonclaw

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Sinopsis

Erin está huyendo. Tras un año devastador que la dejó sin nada, se refugia en una cabaña aislada en las remotas Tierras Altas de Escocia, un santuario prometido por su amiga Maeve. Lo que busca es soledad y silencio. Lo que encuentra es a Callum. Él es el silencioso e imponente líder del clan local, un hombre tan antiguo y arraigado en el paisaje como los secretos que mantiene ocultos. Cuando el destino los pone en el mismo camino, Erin se ve arrastrada a un mundo de misterios antiguos y lealtades peligrosas. Ella llegó para esconderse, pero el Alpha ha notado su llegada, y su presencia amenaza con romper la frágil paz que él juró proteger.

Genero:
Romance
Autor/a:
Aria Saint
Estado:
Completado
Capítulos:
80
Rating
4.4 7 reseñas
Clasificación por edades:
16+

Capítulo uno - Bergamota y verdades frágiles

El suave murmullo de la cafetería envolvió a Erin como una manta conocida. El aire era una mezcla espesa y reconfortante de granos de café tostados y lana húmeda. Era esa clase de aroma que se queda pegado a los abrigos en las mañanas de lluvia. Afuera, el agua golpeaba con un ritmo inquieto contra los grandes ventanales. La calle parecía una acuarela de tonos plateados y carbón.

El vapor subía perezosamente desde su taza. Sostuvo la cerámica entre sus palmas para dejar que el calor le empapara la piel. Sin embargo, aquel calor no servía de nada contra el frío vacío que sentía en lo más profundo de sus huesos.

Frente a ella, Maeve se recostó en la silla con un tobillo apoyado sobre el otro con naturalidad. Su cabello pelirrojo caía en ondas sueltas sobre sus hombros, brillando bajo la luz ámbar del local. Sus ojos verdes eran agudos y observadores. Siempre iba un paso por delante de los demás. En ese momento, brillaban con una mezcla de preocupación real y picardía de la suya.

—A ver... —empezó Maeve, ladeando la cabeza mientras una leve sonrisa asomaba a sus labios—. Cuéntame otra vez cómo fue exactamente que el universo decidió usarte de saco de boxeo esta vez.

Erin soltó una risa corta y amarga. Sonó fuera de lugar en un sitio tan acogedor. Era un sonido demasiado cortante para el suave tintineo de la porcelana y las confesiones en voz baja que las rodeaban.

—Bueno... veamos. —Sus dedos trazaron círculos distraídos en el borde de la taza—. En los últimos doce meses, perdí a mi madre, mi trabajo y... —Vaciló un momento, y el nombre le supo a ceniza—. A Sebastian Grey.

Maeve soltó un largo suspiro dramático y puso los ojos en blanco. —Ah, Sebastian Grey. El encantador desastre inglés. Sinceramente, Erin, ¿qué esperabas de un hombre que usa más productos para el pelo que tú?

Erin apretó los labios. —Pensé que le importaba —susurró casi sin voz—. De verdad lo creía. —Había algo roto bajo su aparente calma. Era un cansancio que iba más allá de no haber dormido bien—. Pero él siempre estaba... en otro lado. Incluso cuando lo tenía justo delante de mí.

Maeve se inclinó hacia delante y apoyó los codos en la desgastada mesa de madera. Cubrió la mano de Erin con la suya, mostrándose firme y cálida. —Sé que lo creías. Y eso no es un defecto, Erin. Dice mucho de lo buena persona que eres. —Apretó un poco más su mano—. Pero él es Sebastian. Una sonrisa perfecta, mucha labia y la profundidad emocional de un charco. Te mereces a un hombre que se quede a tu lado, y lo sabes.

Los hombros de Erin se desplomaron y por fin soltó toda la tensión. No retiró la mano.

—Es que... solo ha pasado un año, Maeve. Todo lo que construí, todo en lo que me apoyaba... simplemente se derrumbó. —Bajó la mirada hacia los restos de su té—. Y ahora lo de la empresa. Un correo electrónico. Eso fue todo lo que hizo falta para borrar tres años de noches en vela y fines de semana perdidos. Todos esos proyectos que me dije que valdrían la pena... se han ido. Así de fácil.

La máscara bromista de Maeve desapareció para mostrar algo sincero y tierno. —Lo sé —dijo con suavidad—. Perder un trabajo en el que te dejaste el alma no es solo un cambio de carrera. Es un proceso de duelo. Pero, Erin... tú no eres un puesto de trabajo. Eres brillante. Eres la persona que hace que las cosas rotas vuelvan a ser hermosas. Eso no desaparece porque un jefe no supiera cuadrar las cuentas.

Erin cerró los ojos y respiró el rastro cítrico de la bergamota que subía con el vapor. No se había dado cuenta de lo frágil que se sentía hasta que escuchó la verdad en voz alta.

—No sé cómo empezar de nuevo —admitió con la voz temblorosa—. Estoy agotada. Siento como si el suelo bajo mis pies se hubiera... vuelto agua. Mi madre. Mi trabajo. Mi confianza en que la gente dice la verdad.

El rostro de Sebastian pasó por su mente. Recordó sus excusas fáciles y cómo la hacía sentir que ella era la difícil por querer sinceridad. Maeve notó el leve gesto de dolor en la cara de Erin, pero no quiso hurgar en la herida.

En su lugar, asintió con firmeza. —Tú sobrevives, Erin. Siempre lo has hecho. Pero quizás es hora de dejar de sobrevivir y empezar a esconderse. Solo por un tiempo. En algún lugar donde el aire sea lo bastante frío para recordarte que sigues respirando.

Erin arqueó una ceja y una sombra de sonrisa apareció por fin en su rostro. —¿Esconderme? ¿Te refieres a... desaparecer en medio de la nada?

Maeve se rió. Fue un sonido alegre y claro mientras levantaba su café. —En medio de la nada, no. Mi tío, Alistair MacGregor, tiene una casa de campo en Escocia. Es un pueblito llamado Glenmorven. Está escondido entre un bosque y un lago. Es tan tranquilo que puedes oír los latidos de tu propio corazón. —Observó a Erin con atención mientras la propuesta quedaba en el aire—. Él casi nunca va por allí. Pensé que... quizá te vendría bien la llave.

Erin se le quedó mirando. —¿De verdad crees que una casa con corrientes de aire en las Tierras Altas es la cura para una vida arruinada?

Maeve se encogió de hombros sin perder la sonrisa. —No. No creo que arregle el pasado. Pero podría darte el espacio que necesitas para existir sin que nadie te mire. A veces, un nuevo comienzo no tiene por qué ser un gran gesto. Solo tiene que ser un cambio de aires.

Erin apretó los dedos alrededor de su taza. Afuera, la lluvia seguía emborronando el mundo con rayas grises. Sin embargo, allí dentro, por primera vez en meses, sintió que podía respirar un poco mejor.

Era una oportunidad. Pequeña. Frágil. Pero estaba allí.