ALEGRÍAS DE AYER Y HOY

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Sinopsis

En el valle de Los Almendros, donde el polvo de los caminos guarda el eco de risas ancestrales, la llegada de una sequía sin precedentes despierta los fantasmas de las 'Alegrias de ayer'. Don Telesforo, el patriarca de la memoria, custodia un cofre de madera de conacaste que contiene no solo tesoros materiales, sino la esencia de un pacto místico con la tierra. Mientras el sol calcina los maizales, la comunidad debe decidir si aferrarse a las tradiciones que les otorgaron prosperidad o sucumbir al progreso gélido que ignora los susurros del monte. La narrativa entrelaza el habla coloquial y vibrante del campo con una atmósfera donde lo cotidiano se roza con lo numinoso, revelando que la verdadera alegría no es un recuerdo, sino un sacrificio que late bajo el barro.

Genero:
Drama
Autor/a:
Alexander_Vent
Estado:
Completado
Capítulos:
20
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

CAPÍTULO 1: EL POLVO QUE SOMOS Y EN POLVO NOS CONVERTIMOS

El sol no calentaba; castigaba. No era aquel astro bondadoso, padre del maíz y compadre de las mañanas frescas que antaño saludaba a los madrugadores con un guiño de oro sobre los cerros; no, este era un ojo furioso, inyectado en sangre y fuego, clavado en el centro mismo de un cielo que había olvidado el color azul para vestirse de un blanco calizo, enfermo y ciego. En el Valle de Los Almendros, el aire se había vuelto una cosa sólida, una masa invisible que se pegaba a la piel y entraba a los pulmones rascando como si uno respirara vidrios molidos.


Don Telesforo estaba sentado en el corredor de su casa, una estructura de adobe que había aguantado terremotos y vendavales, pero que ahora parecía encogerse, reseca, bajo la tiranía de la canícula. El viejo tenía las manos quietas sobre las rodillas, unas manos que eran un mapa geográfico de ochenta años de trabajo duro; los nudillos abultados como nudos de raíz de amate, la piel apergaminada con manchas oscuras como monedas viejas y las uñas gruesas, curvas, siempre con un filo de tierra negra que ni el agua ni el jabón de pelota lograban sacar del todo. Desde su silla de cuero de vaca, tensa y rechinante, Telesforo miraba hacia el camino real, o lo que quedaba de él.


Lo que sus ojos legañosos veían no era el valle fértil de sus recuerdos, sino un esqueleto. Los maizales, que por estas fechas debían estar alzando sus varas verdes como lanzas de un ejército esperanzado, yacían doblegados, amarillentos, crujiendo con el menor soplo de viento caliente. Las hojas, tostadas hasta parecer tabaco de mala muerte, se deshacían al tacto. No había "alegrías" en los surcos, ni chilipucas, ni ayotes engordando entre la maleza. Solo había polvo. Un polvo fino, traicionero, que se levantaba con el paso de las iguanas y que cubría los techos de teja con un manto grisáceo, como si el valle entero estuviera en un velorio anticipado.


—Maldita sea la estampa de este tiempo —masculló Telesforo, y su voz sonó como cuando uno pisa hojas secas en noviembre. No hablaba con nadie, o tal vez hablaba con todos los muertos que cargaba en la espalda.


Un perro flaco, puro costillar y sarna, pasó trotanto con la lengua de fuera, buscando una sombra que no quemara. El animal se detuvo, miró al viejo con ojos lechosos y siguió de largo, como entendiendo que en esa casa no sobraba ni una tortilla tiesa. Telesforo cerró los ojos un momento. El zumbido de las chicharras era ensordecedor, un grito metálico y constante que taladraba las sienes. Decían los abuelos que las chicharras cantaban para llamar al agua, pero estas de ahora parecían cantar para burlarse de la sed de los cristianos.


El anciano se levantó con dificultad. Las coyunturas le traquearon como bisagras sin aceite. Arrastró los caites hacia el interior de la casa, buscando la penumbra de la sala principal. Allí, en un rincón donde la luz del sol entraba filtrada y mansa por las rendijas de la puerta, estaba el cofre.


Era una caja de madera de conacaste, pesada, oscura, pulida por el roce de generaciones. No tenía adornos extravagantes, solo la nobleza de la madera y un cerrojo de hierro forjado que parecía una boca cerrada a la fuerza. Telesforo se acercó con una reverencia casi religiosa. El olor que despedía el mueble era distinto al olor a rancio y a polvo que dominaba el resto de la casa; el cofre olía a tiempo guardado, a incienso, a cera de abeja y a algo más... algo que olía a tierra mojada, a pesar de que afuera no había llovido en meses.


Puso la mano sobre la tapa fría. Sintió el latido. No era su propio pulso, de eso estaba seguro. Era una vibración sutil, un murmullo que subía desde la madera hasta sus dedos, recordándole el pacto.


—Ya va siendo hora, ¿verdad? —susurró Telesforo al cofre—. Ya te estás cobrando el hambre de mis hijos con el hambre de la tierra.


Un recuerdo lo asaltó, traicionero y dulce. Se vio a sí mismo de niño, con los pantalones remangados hasta las rodillas, corriendo entre surcos que reventaban de vida. Recordó a su tata llegando del monte con canastos llenos de "alegrías", esos dulces de semilla de ayote y atado de dulce que eran la moneda de la felicidad en el valle. La melcocha se pegaba en los dientes y el sabor a panela y a sol llenaba la boca. Eran tiempos donde el "Dueño del Cerro" estaba contento, donde se dejaba el primer elote en la piedra alta y se respetaban los viernes de vigilia. La prosperidad no era dinero en el banco; era la certeza de que el frijol no faltaría y de que la lluvia caería mansa, sin tormentas que lavaran la semilla.


Pero el recuerdo se disolvió cuando un golpe seco en la puerta de la calle lo trajo de vuelta a la realidad polvorienta.


—¡Don Telesforo! ¡Ave María Purísima!


La voz era inconfundible. Era la Niña Chon. El viejo suspiró, alisándose la camisa de manta que ya le quedaba grande, y salió de nuevo al corredor.


Allí estaba ella, la partera, la sobadora, la que conocía el nombre secreto de cada hierba del monte. Pero la Niña Chon que veía ahora distaba mucho de la mujer robusta que paraba el tráfico de las carretas con un grito. Venía con el rebozo negro echado sobre la cabeza para protegerse del solazo, el rostro bañado en sudor y los ojos, esos ojos negros y vivaces, nublados por una angustia que no sabía dónde poner. Traía un canasto vacío colgado del brazo, que oscilaba triste con cada paso que daba.


—Sin pecado concebida, Niña Chon. Pase adelante, aunque sea a tragar polvo, que es lo único que ofrecemos hoy —contestó Telesforo, señalando otra silla de cuero.


La mujer se dejó caer en el asiento, abanicándose frenéticamente con la punta del rebozo.


—¡Ay, don Tele! Esto se acaba. Le digo que esto se acaba —gimió ella, con ese tono fatalista de quien ha visto demasiadas cosas malas en una sola vida—. Vengo de donde la Jacinta. El cipote menor está hirviendo en calentura. Le puse paños de agua de ruda, le rece a San Antonio, le hice la cruz de ceniza en la frente... y nada. El muchachito arde como tizón.


Telesforo asintió, mirando hacia el cerro que se alzaba al fondo del valle, una mole grisácea y pelada.


—La tierra está enojada, Chon. Y cuando la tierra se enoja, las hierbas pierden la fuerza. Ya no hay virtud en la ruda, ni en el apazote. El espíritu se les ha ido.


—¡No diga eso, por el amor de Dios! —se persignó la mujer, escandalizada, aunque en el fondo sabía que el viejo tenía razón—. Es que ya no hay fe, don Tele. Los muchachos de ahora solo creen en esas pastillas blancas que da el doctor del pueblo, y mire, ni con eso se curan. El doctor dice que es "deshidratación severa", ¡pura paja! Lo que tienen es mal de ojo, pero mal de ojo del cielo mismo. Nos han ojeado las nubes.


Hubo un silencio largo entre los dos, solo roto por el crujir de la madera de la casa contrayéndose por el calor. Niña Chon miró al anciano con intensidad.


—Usted sabe algo, ¿verdad? —preguntó, bajando la voz—. Usted siempre ha sabido más de lo que cuenta. Ese cofre suyo... la gente murmura. Dicen que anoche se oían ruidos aquí, como si alguien estuviera contando monedas de oro, o como si arrastraran cadenas.


Telesforo soltó una risa seca, sin alegría.


—La gente tiene la lengua muy larga y la memoria muy corta, Chon. Lo que oyen es el viento colándose por las tejas rotas. O quizás es el hambre que les hace oír cosas.


—No se haga el de los panes, don Tele. Usted es el patriarca. Si hay algo que hacer, hágalo. La Jacinta me miró con unos ojos... como si yo tuviera la culpa de que sus remedios ya no sirvan. Me sentí inútil, don Tele. Yo, que he traído a medio pueblo al mundo, me sentí como una vieja loca con un manojo de monte seco en la mano.


La confesión de la mujer quedó flotando en el aire caliente. Telesforo sintió una punzada de compasión. Niña Chon era la guardiana de la vida en el valle, y verla derrotada era peor que ver los maizales secos. Pero él no podía explicarle que el remedio no estaba en el monte, sino en el sacrificio. Y el sacrificio que pedía el Dueño del Cerro esta vez no era un canasto de frutas ni una gallina negra.


En ese momento, una figura apareció en la distancia, recortada contra el resplandor cegador del camino. Caminaba distinto a los lugareños. No arrastraba los pies, sino que marchaba con pasos firmes, levantando nubes de polvo con unos zapatos de cuero lustrado que ya estaban perdiendo el brillo.


—Ahí viene el Samuel —dijo Telesforo, entornando los ojos—. El "licenciado".


Niña Chon se arregló el rebozo y se enderezó en la silla, recuperando un poco de su compostura habitual.


—Dicen que trajo unos aparatos raros de la capital. Que va a medir el agua. ¡Ja! Como si el agua se dejara medir. El agua se siente, no se mide.


Samuel entró al patio de la casa de Don Telesforo. Era un hombre joven, de unos treinta años, con la piel morena de su gente pero con la mirada esquiva de quien ha visto demasiadas luces de neón. Llevaba una camisa blanca, impecable al salir de casa, pero ahora con cercos de sudor en las axilas y el cuello. Se quitó los lentes para limpiarlos con un pañuelo, revelando unos ojos cansados, atrapados entre dos mundos.


—Buenas tardes, Don Telesforo. Niña Chon —saludó Samuel. Su voz era educada, correcta, despojada del cantadito arrastrado del valle, aunque a veces se le escapaba una vocal abierta que delataba su origen.


—Buenas, hijo. Si es que se le puede llamar buenas a este infierno —respondió Telesforo.


Samuel se quedó de pie, mirando el horizonte seco. Sentía una incomodidad física y espiritual. Esos cerros eran su cuna, pero ahora los sentía ajenos, hostiles. En la universidad le habían enseñado sobre ciclos climáticos, sobre El Niño, sobre erosión y mantos freáticos. Tenía las explicaciones científicas en la punta de la lengua, listas para ser disparadas como balas de lógica contra la superstición de sus vecinos. Pero cuando estaba aquí, frente a la mirada insondable de Don Telesforo y la presencia acusadora de Niña Chon, sus títulos parecían papel mojado.


—He estado revisando los pozos del sector norte —dijo Samuel, tratando de sonar profesional—. El nivel freático ha descendido drásticamente. Si no implementamos un sistema de riego por goteo y traemos agua desde la quebrada alta con bombas, perderemos toda la cosecha. Y la próxima también.


—Bombas... —repitió Niña Chon con desdén—. Esas máquinas hacen un ruido del demonio y espantan a los duendes. Por eso se seca el agua, muchacho. Porque no la dejan dormir tranquila.


Samuel apretó la mandíbula. Allí estaba de nuevo. La lógica mística contra la que chocaba cada vez que intentaba ayudar.


—Niña Chon, con todo respeto, los duendes no tienen nada que ver con esto. Es el cambio climático y la deforestación. Necesitamos técnica, no rezos. Necesitamos actuar con la cabeza fría.


—La cabeza fría no sirve de nada cuando el corazón está seco, Samuel —intervino Don Telesforo, con una voz suave pero que resonó como un trueno lejano—. Vos venís con tus números y tus máquinas, y está bien. El mundo cambia. Pero decime una cosa, cipote: ¿cuándo fue la última vez que le pediste permiso a la tierra para clavarle una de esas varillas de metal?


Samuel se quedó callado. Se sintió ridículo por un segundo. ¿Pedir permiso a la tierra? Era absurdo. Geológicamente absurdo. Pero una parte de él, esa parte que recordaba el sabor de las *alegrías* de su infancia y los cuentos de miedo junto al fogón, sintió un escalofrío.


—Don Telesforo, la gente se está muriendo de hambre —insistió Samuel, cambiando de táctica—. Usted es el líder de esta comunidad. Si usted me apoya, podemos pedir fondos a la alcaldía, traer ingenieros...


—¿Ingenieros? —Telesforo soltó una carcajada amarga—. Los ingenieros saben de cemento, no de vida. Mirá, Samuel. Vení.


El anciano hizo un gesto para que se acercaran al borde del corredor. Señaló un árbol de almendro que estaba en el centro del patio. Estaba pelón, con las ramas extendidas como brazos suplicantes hacia el cielo blanco.


—Ese almendro lo sembró mi abuelo el día que nací. Ha dado sombra a tres generaciones. Nunca, oíme bien, nunca había botado todas las hojas en mayo. Esto no es cosa de bombas ni de mangueras. Esto es una deuda.


—¿Una deuda? —preguntó Samuel, intrigado a su pesar.


—Una deuda vieja. De cuando el valle era monte cerrado y los hombres tenían que pactar para poder sembrar. —Telesforo miró a Niña Chon, y luego a Samuel—. Ustedes creen que las alegrías de ayer, esa abundancia que tuvimos, fue de gratis. Creen que la tierra da porque sí. Pero la tierra es como un banco, Samuel, ya que te gustan las cosas modernas. La tierra presta, pero cobra intereses. Y cuando uno se olvida de pagar, la tierra embarga.


Niña Chon se santiguó rápidamente.


—Don Tele, no hable así que se me pone la piel de gallina. ¿Qué es lo que hay que pagar? Si es rezar, yo rezo tres rosarios diarios.


Telesforo no contestó de inmediato. Se dio la vuelta y miró hacia la puerta oscura de su casa, hacia donde el cofre de conacaste esperaba en la penumbra. Sentía el peso de la llave colgada a su cuello, bajo la camisa, un peso que le quemaba el pecho más que el sol de afuera.


El anciano sabía que la ciencia de Samuel era necesaria, tal vez, para el futuro. Pero para el presente, para detener esa sequía bíblica que amenazaba con borrar al Valle de Los Almendros del mapa, se necesitaba algo más antiguo. Se necesitaba sangre, o algo que valiera tanto como ella.


—Samuel —dijo Telesforo, volviéndose hacia el joven—. Vos querés salvar al pueblo con tu ciencia. Hacé lo que tengás que hacer. Medí tus pozos, traé tus bombas. Pero no estorbés lo que yo tengo que hacer. Porque hay cosas que tus libros no explican, y hay sed que no se quita con agua.


—¿Qué va a hacer, Don Telesforo? —preguntó Samuel, sintiendo una mezcla de escepticismo y temor. La figura del anciano parecía haber crecido, llenando el corredor con una autoridad ancestral.


—Voy a abrir el cofre —sentenció el viejo.


Niña Chon ahogó un grito y se llevó las manos a la boca. Samuel frunció el ceño, sin entender la gravedad del asunto, pero percibiendo la electricidad estática que de repente erizó los vellos de sus brazos. El viento caliente sopló una bocanada de polvo dentro del corredor, cegándolos por un instante. Cuando el polvo se asentó, Don Telesforo ya estaba caminando hacia el interior de la casa, desapareciendo en la oscuridad como un fantasma que regresa a su tumba, dejando a la partera y al científico solos frente al resplandor inclemente de una tarde que se negaba a morir.


Samuel miró a Niña Chon. La mujer temblaba.


—Es solo un cofre viejo, Niña Chon. Seguro tiene escrituras antiguas o dinero guardado —dijo él, tratando de convencerse a sí mismo.


—Cállese, boca de chivo —le espetó la mujer, con los ojos desorbitados—. Usted no sabe. Usted se fue. Usted no oye lo que ruge debajo del suelo cuando Don Telesforo camina. Ese cofre no guarda dinero, Samuel. Ese cofre guarda el aliento del valle. Y si él lo va a abrir... es porque el Dueño del Cerro ha venido a cobrar.


Samuel quiso reírse, quiso sacar su libreta de apuntes y anotar "histeria colectiva inducida por estrés térmico". Pero no pudo. Porque en el silencio repentino que siguió a las palabras de la mujer, juraría haber escuchado, proveniente de la oscura sala de la casa, el sonido de un cerrojo oxidado cediendo, y tras él, un suspiro profundo, cavernoso, que no pertenecía a ningún ser humano, sino a la tierra misma despertando de un sueño hambriento.


El sol comenzó a descender, tiñendo el polvo de un rojo violento, como si el cielo estuviera sangrando sobre los maizales muertos. Y en el Valle de Los Almendros, la noche se preparaba para llegar no con frescura, sino con el peso de los secretos que ya no podían guardarse más.