El Trono de Cristal. -La profecía nos condena.

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Sinopsis

Dejé a mi familia, perdí a mis amigos y me escapé de mi hogar. Yo era la elegida, pero no quería serlo. Él lo sabía y no me iba a dejar escapar. Era capaz de destruirlo todo por mí. En un mundo al borde del colapso, donde la oscuridad avanza y las profecías dictan destinos, la vida de Lyzzander cambia por completo y descubre que sobrevivir no siempre es suficiente. Entre clanes olvidados, criaturas ancestrales y verdades ocultas, deberá decidir si huir de la oscuridad... o entregarse a ella para sobrevivir.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
inmorality
Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

El sonido de la tormenta me distrajo de mis pensamientos. Había estado escribiendo toda la mañana sobre místicas criaturas y aventuras heroicas y, sin darme cuenta, el sol brillante fue reemplazado por una neblina oscura. Cada vez que el mar se agitaba y el cielo temblaba, mi corazón volvía a latir desbocado y mi cuerpo reaccionaba antes que mi mente.

La primera vez que lo sentí fue a los ocho años, fui de viaje con mis padres a la costa de Wilburg en donde disfruté del aroma salado y el sol de media tarde sobre la piel bronceada por algunos días. Sin pensarlo, esos días se transformaron en años cuando decidimos mudarnos al pequeño pueblo costero al Sur del país.

La inmensidad del mar siempre me pareció fascinante y a la vez atemorizante. A pesar de la insistencia de mis padres, nunca pude enfrentar mi gran miedo al agua.

Después de cientos de revolcadas en la arena, intentando nadar en aguas poco profundas, decidí darme por vencida al sentir cómo me temblaban las piernas y la respiración se me entrecortaba cada vez que lo intentaba. Fue entonces cuando comprendí que lo que realmente me atemorizaba no era el agua en sí, sino la posibilidad de perderme en el mar.

Esos pequeños segundos en los que flotas y no depende de ti hacía dónde vayas, todo es producto de la inmensa materia que te arrastra consigo.

Mi madre solía decir que siempre vuelves a los lugares en donde una parte de tu alma queda con ellos, que no sólo nos llaman, sino que nos sentimos obligados a visitarlos a pesar de no querer hacerlo, como un ancla. Nunca le creí, hasta ahora.

Wilburg no era un lugar popular por su encanto. Más bien parecía un pueblo fantasma en el que despertabas por accidente dentro de una película de terror. Las calles siempre estaban vacías; al contar con solo diez manzanas, los habitantes preferían moverse a pie antes que depender de la gasolina y del ruido de los autos.

Mi lugar favorito definitivamente era Su’s, un pequeño restaurante en donde servían una gloriosa hamburguesa con doble queso. El lugar es sumamente acogedor, dominado por una estantería llena de libros y una mesa de pool que atraía a los jóvenes del lugar después de clases.

Algo que sí se veía anticuado y estancado en el tiempo era la escuela secundaria, con sus aulas cubiertas de pintura descascarada a causa de la humedad del mar. El patio contaba con una solitaria cancha de básquet, y los jardines se extendían hasta la costa, visible desde las aulas.

Las clases empezaban a las siete y terminaban justo después del almuerzo. Al llegar a casa solía encontrar a mi madre trabajando en alguna de sus sesiones como instructora de yoga y a mi padre en su oficina clasificando papeles de la empresa para la que trabaja. Ellos son polos completamente opuestos, mi madre es un espíritu libre de melena despeinada y aretes coloridos, mi padre, orden y control puro.

Aquella tarde no tan típica de martes, Cashmiere llamó a mi puerta con noticias importantes sobre la fiesta de inicio de verano. Mi mejor amiga formaba parte del comité organizador, por más de que ella fuera sumamente desorganizada. La fiesta se celebraba cada fin de primavera para dar pie al verano, por la tarde las familias de Wilburg se reunían en la playa y compartían una merienda mientras alguna banda local tocaba música en vivo. Los pueblos aledaños solían asistir y por la noche, nos quedábamos para beber a escondidas y disfrutar de la playa hasta el amanecer.

—Este año piensan cancelar el festival por amenaza de tormentas, ¡Estoy al borde de un colapso mental! — exclamó la rubia, paseándose nerviosa por mi habitación. Siempre se ponía paranoica cuando las cosas escapaban de su control.

Los últimos días traían consigo tormentas amenazadoras, que comenzaban a durar más de lo normal. El pueblo estaba bastante cansado, acostumbrado a las lluvias pasajeras. Los destrozos eran evidentes, desde cables rotos hasta postes de luz caídos, los negocios debían cerrar ya que nadie se animaba a salir de sus hogares.

—No puede ser tan malo ¿o sí? — dije, ofreciéndole una taza de chocolate caliente—Lo solucionarás, siempre sabes cómo hacerlo…

A pesar del descontento general, no podíamos hacer nada al respecto, sólo prepararnos para lo peor. El aire estaba pesado desde hacía días, como si el pueblo contuviera la respiración, agotado de las amenazas constantes del cielo.

—Si esta tormenta es tan intimidante como parece, espero que me lleve consigo —dijo con una sonrisa nerviosa—. Así no tengo que planear este evento imposible.

Le di un empujón suave. Cashmiere hizo una pausa; el tintinear de sus anillos contra la taza acalló el silencio.

—La situación es complicada, Lyzz. La guardia nacional llegó esta mañana y cerró los límites de la ciudad.

Sus padres trabajaban en seguridad junto al gobierno local. Ella, en cambio, adoraba surfear y practicar deportes extremos, una ventaja de vivir cerca del mar. La conocí el primer día de clases, cuando transfirieron a mi padre a una oficina cercana a Wilburg. A los ocho años, ella ya parecía fuerte y segura; yo apenas podía acercarme a otros niños.

Nos sentamos en el sillón, compartiendo el calor de la estufa mientras la humedad se filtraba por las paredes de la casa, que envejecía un poco más con cada verano. De pronto, un sentimiento me estremeció. No era miedo exactamente. Era como si el mar recordara algo que yo había olvidado.

—Encontraremos la forma de hacer el festival —dije—. ¿Hablaron con los encargados de Dickinson?

—¿Y cederles el control a esas brujas? No, gracias. Además, dijeron por la radio que el desastre se extenderá hasta el sur. No tenemos solución alguna.

Según las noticias, nadie se salvaría del huracán en al menos cien kilómetros a la redonda. Muchas familias ya comenzaban a irse del pueblo, desplazadas por el miedo a perderlo todo. Wilburg, el lugar más tranquilo del país, se había convertido en el menos indicado para pasar el verano.

—Aún hay tiempo —concluyó Cashmiere, llevándose la taza a los labios— Ahora solo queda ver qué ocurre esta noche.

El equipo de básquet de la ciudad había ganado el último campeonato del año por lo que todos los jóvenes de la secundaria de Wilburg asistiríamos a la celebración que se llevaba a cabo en la casa de uno de los jugadores. Aunque no éramos fanáticas del deporte, Demitri, nuestro mejor amigo, era el capitán del equipo y merecía nuestro apoyo.

—¿Qué vas a ponerte? —dijo Cashmiere—. El vestido azul te queda precioso.

—Ni siquiera lo había pensado —respondí—. Pero está bien… si me prestas uno de tus bolsos.

—Trato hecho.

Además de Cashmiere, Demitri es la otra persona que siempre ha estado para mí. Desde que él nos arrojó la pelota de básquet en el torneo local hace diez años, provocando que me sangrara la nariz, nunca nos hemos distanciado. Aún recuerdo sus ojos verdes enormes, un poco cristalizados por el miedo a la sangre, pidiéndome perdón cuando en realidad no lo hizo a propósito.

Desde entonces fuimos inseparables. Sabíamos que, tras la muerte de su madre, Demitri soñaba con visitar su pueblo natal, adonde viajaría ese verano con su padre. El señor Gartzal, dueño de una tienda de botánica heredada de su abuelo, amaba tanto las plantas que a veces Demitri se preguntaba si no ocupaban el primer lugar en su vida.

Esa noche partimos en el auto rojo de Cashmiere hacia una de las zonas más prestigiosas a las afueras de Wilburg. El cielo lucía sereno, aunque algunas nubes comenzaban a amontonarse nuevamente.

La casa era impresionante, mucho más moderna que las del pueblo. Varias personas se agrupaban en la entrada, celebrando la victoria. Demitri estaba rodeado por su equipo; nos acercamos y lo abrazamos por la espalda. Nos devolvió el gesto con fuerza, como si no quisiera soltarnos.

—Así que al fin llegaron mis dos personas favoritas, ya empezaba a desesperarme en medio de tantos extraños.

La música era abrumadora, todos bailaban en medio de la sala, invadida por luces de colores. Perdí a mis amigos entre tantas personas, por lo que decidí salir hacia el jardín trasero a respirar.

Todos celebraban, pero yo sentía que algo se despedía de mí. No sabía si era la tristeza por la partida de Demitri o algo más profundo. Todo estaba cambiando demasiado rápido. Las clases terminaban, los demás elegían universidades, comenzaban sus vidas adultas. ¿Y yo? Seguía siendo la misma… pero distinta.

Con demasiadas historias en la cabeza y un lápiz siempre entre los dedos, me pregunté si las historias debían vivirse para ser contadas o llegar a ser experimentadas para que tengan un peso real.

El cielo brillaba sobre mí, hace días que debía haber entregado mi carta de admisión, pero no lo hice. Cada vez que lo intentaba, nuevas ideas me arrastraban hacia mundos irreales, casi como visiones.

Quería ser escritora desde siempre, pero algo nuevo crecía en mí: la duda. Dudaba de mi potencial, de mi camino, de mí misma. Temía descubrir quién era realmente. Temía que ese descubrimiento me rompiera por completo y me obligara a reconstruirme en pedazos.

Pero que, al hacerlo, no me guste lo que tanto perseguí.

Temo a mi propia oscuridad.

Temo a mi verdadero yo.

El rocío comenzó a caer sobre el césped como una escarcha suave. Me senté en los escalones del patio trasero y exhalé el aire que retenía sin notarlo. La luna me observaba a lo lejos.

El viento se apagó de golpe, el frío me recorrió la piel.

Fue entonces cuando alguien se sentó a mi lado.