Méredith

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Sinopsis

Méredith es un libro de frontera: un viaje entre la mente, la palabra y la memoria. No cuenta una historia, sino que piensa el acto de existir. A través de una voz que oscila entre la lucidez y el delirio, el texto explora el amor, la libertad y el lenguaje como espejos rotos de una misma conciencia. Abigaíl y Méredith no son personajes en sentido clásico, sino reflejos de lo humano: la nostalgia del pasado y la necesidad de comprender. Entre ellas, el narrador busca el límite de lo real, el lugar donde la ficción deja de ser mentira y se vuelve pensamiento. En una época saturada de relatos y certezas, Méredith propone una experiencia distinta: una prosa que medita, un poema que razona, un pensamiento que se hace cuerpo en la palabra. Es una obra para lectores que encuentran belleza en la duda y verdad en lo inacabado. Ideal para público interesado en literatura existencial, poesía filosófica y experimentación formal.

Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Chapter 1


"¿Acaso existía un anhelo humano más triste – o intenso – que desear una segunda oportunidad en algo?"

Haruki Murakami | 1Q84


"Cuantas palabras, sólo para decir que no quiero parecer patético"


Mario Benedetti | La tregua

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_ Estoy vestida tal como tú lo quieres, soy también tal como tú

quieres que sea _.


— ¿Sabes lo que significa? —preguntó Méredith.

—No sé para ti qué significa —dije, con tono culpable.

—No importa —dijo Méredith—. Solo se puso de pie y se fue.


Méredith siempre se iba.


Me quedé sentado intentando descifrar el significado, pero terminé recordando mi propósito de estar fuera y también me fui.


Casi nunca hablábamos de cosas personales, mejor dicho, de las cosas de costumbre. Por ejemplo, nunca le pregunté su edad; solo suponía cuál era y, por ese entonces, era suficiente.

Parecía tener once años, pensaba, pero también parecía no tenerlos. En realidad, eran limitadas las veces que pensaba en ella no estando con ella, o al menos no en su cercanía. Pensaba en ella frente a ella, o junto a ella.

Méredith es tan complicada e indescifrable que pensar en ella era como, de niño, pensar en estudiar mientras no estás en la escuela: como si no existiera.


El único argumento válido para descartar la idea de estar saliendo con alguien que parecía apenas entrando a la pubertad, era que alguien de once, doce o incluso dieciocho no tenía esa mentalidad.

Pero Méredith y yo no estamos saliendo, reforzaba el argumento anterior y me hacía sentir menos degenerado, aunque también menos afortunado. No salimos, solo hablamos, y a veces, solo existimos: uno frente al otro, uno junto al otro, uno cerca del otro.


Hasta ese momento, el único contacto físico entre nosotros fue un accidente, podría decirse. Méredith inclinó su cabeza haciendo contacto con mi hombro izquierdo por unos cinco segundos; después volvió a incorporarse. Una abeja se aproximó demasiado a ella, provocando así su reacción de evitación. Nada interesante pasó después, ¡vaya!


Méredith se estiró un poco levantando los brazos al aire, entrelazando sus dedos de manera inversa. Se puso de pie,

no dijo nada más y se fue. Miré cómo su figura desaparecía entre formas y personas, mientras mi cabeza convencía a mi cuerpo de que su olor, su voz y el calor que aún sentía ya no estaban.


—Quizá era un abejorro —dije, mientras imitaba la coreografía de Méredith antes de dejar mi asiento y marcharme.


A veces, cuestionaba **cuál** era su verdadero nombre. El día que nos conocimos, solo dijo:


—¡Hola! Parece que piensas mucho, ¡me agradas!


Ni siquiera le di una respuesta. Ella se fue con la misma sonrisa con la que me saludó, y yo me quedé pensando, procesando lo que había pasado. Después de ese breve pero significativo acontecimiento, mi cabeza empezó a cuestionarse acerca del pensamiento, la realidad, y sobre todo, de ella.


A las tres de la mañana, me encontré intentando recrear ese día, o el día anterior, como sea. Mi primer encuentro con Méredith fue un martes. ¡Qué coincidencia!, pensé. Un martes común y corriente, donde nada interesante debía pasar, y sin embargo, algo pasó. El día de ayer, una desconocida dijo que le agradaba, o quizá quiso decir que le agradaba suponer que yo pensaba y tenía

un cerebro. Por tanto, suponía también que no solo tenía un órgano funcional en mi cabeza, sino que, además, podía usarlo a voluntad para pensar.


Pero, ¿qué tanta voluntad tenía al momento de pensar? A decir verdad, ahora me cuestiono también si lo que hago es realmente pensar, pues ella lo había supuesto. ¿Cuál es la señal que le di?

Cuestionaba, sí, su nombre, porque en realidad no me lo dijo, y yo tampoco se lo pregunté.


Cuando volví a ver a Méredith, me saludó como si fuéramos

viejos amigos. Ese día, noté que usaba un collar con un dije de un **círculo** rosa que encerraba una letra **eme** cursiva. Lo vi en su pecho, un pechoque no era de una niña, o quizá sí lo era; no estaba seguro, como tampoco estaba seguro si Méredith me atraía —bueno, me atraía—.


Pero no lograba definir qué tipo de atracción. Quizá ahora solo debía estar cerca de ella cuando ella lo requiriera. Era una sensación apenas contraria a la repulsión; atracción sin apellido,

atracción hacia Méredith.


Los ojos de Méredith son grandes, claros. Muy verdes para ser azules o muy azules para ser verdes, no estoy seguro. En una **ocasión** Hablamos sobre sus ojos.


—Tienes unos ojos muy grandes —dije en lugar de un hola. Evidenciando mi absurda cercanía.

—Ya lo sé —dijo, sonriendo. Después de unos segundos mirándonos, ella dijo:


—Quien haya dicho que los ojos son las **ventanas** del alma estaba equivocado. En realidad, no se conoce el alma a través de los ojos. En todo caso, sería, al contrario: el alma conoce al exterior a través de los ojos, pero esta afirmación es también equivocada. Son nuestros sentidos, incluida la vista, los que le dan sentido al mundo. Los ojos son, entonces, ventanas que otorgan sentido a nuestro entorno y suman a nuestra conciencia de ser y estar. A diferencia de la imaginaria alma, el conocimiento

solo se puede obtener por medio de nuestra interpretación y raciocinio —


Claro que no hablamos sobre cuán grandes eran, ni tampoco sobre su complicada mezcla de colores; fue **más** bien una comparación con ventanas.


—Dos ventanas que se cierran al morir; se cierran al dejar la conciencia de ser y estar; que se cierran para no abrir más —agregué.


—Para no abrirse más, hasta llegar al infierno, según los creyentes del alma. Pero no un infierno de emoción y aventura representado por niveles, sino un infierno simple en donde se pagan los pecados y tu alma vaga por la eternidad —dijo Méredith, mientras parecía contar una historia de terror a

un niño de tres años.


—No me queda clara la percepción que tienes entonces de un supuesto infierno —pregunté.


—Yo no creo que exista algo peor que la vida misma. Vivir ya es bastante desgastante como para que exista **aún** un **más allá** en donde pagar por haber vivido. Es más, ¿por qué tendríamos que deber algo?

En realidad, nada es gratis; nada de lo que hacemos pasa por alto. Todo conlleva sus afortunadas o desafortunadas consecuencias. No somos libres, o al menos pienso que no somos algo que merezca dos mundos, dos planos o dos

vidas —


—¿Cómo que dos vidas? —pregunté. —


Bueno, si es que a todo esto o todo aquello se le puede llamar vida. Es decir, mira ese árbol. Sus ramas parecen débiles, sus hojas cada vez son menos y su sombra es cada vez más inútil. Quizá no para el árbol; es inútil para los desamparados tordos que

intentan anidar en esas frágiles y poco pobladas ramas. No sé **cuántos** años tiene, ni mucho menos **cuántos** le quedan. Quizá un rayo lo haga caer, o un jardinero con una sierra lo haga

caer; o imagina la peor catástrofe: el mismo jardinero con una sierra que corta con un rayo láser. Sería el fin para ese pobre árbol. Imagina ahora el camino que recorrió **solo** para llegar a florecer y crecer, para adaptarse a las adversidades, los años que tuvo que luchar por no morir.


Yo no sé si una sierra láser sea su mejor destino. El árbol no lo sabe e incluso el jardinero tampoco lo sabe. Pero siendo de la manera que fuese, morir es morir. Al cabo de algunos años, nadie recordará ni la muerte del árbol, ni siquiera al árbol. Su recuerdo

también morirá. El fin de su vida representará, pues, lo mismo que

representa para todos aquellos que nos clasificamos como vivos. ¿Qué sentido entonces tiene morir e irnos a un supuesto cielo o un supuesto infierno? Y digo morir, porque, en teoría, esto representará el final de la vida y no como si la palabra "morir" abarcara una secuela a la vida, a otra oportunidad.


Solo así tendría sentido un infierno, donde todo mal imaginable fuera superado por mucho en aquella segunda fase. Y si fuese así, y solo así, entonces habría más personas ardiendo en el infierno intentando regresar a la miseria de su vida, pero vida.

Porque si **fuéramos** justos, allá, en el **más allá**, deberíamos tener también una ligera conciencia de lo que aconteció antes, o cómo se pagaría lo que fue. Se convertiría en un

sinsentido.


Para mí, los lamentos serían aquello por lo que estando allá, en el más allá, me harían intentar regresar, pero no a la vida. Regresar a épocas, a días, a momentos específicos de mi vida. A veces pienso que, si pudiera cambiar el pasado, me faltaría el valor para

hacerlo —dijo ella.


—Yo **sí** cambiaría algo, un día, unas palabras, un silencio, cambiaría solo haberlo hecho sin preguntar—


Desperté, y un nombre **aún** rondaba en mi habitación, como un eco; una sensación de haberse pronunciado acariciaba mis oídos.


—Abigaíl —repetí lo que mi cabeza no dejaba de decir.


Estaba soñando.


Méredith también lamentaba algo, pero ¿qué?


—No somos libres —dijo Méredith—. Y quizá nunca lo seremos. Quizá como especie no hemos alcanzado la libertad como capacidad en nuestro proceso evolutivo.


—No somos libres —repitió Méredith—.


Quizá no somos capaces siquiera de conocer su significado, el significado de la palabra libertad. Creo conocer algunas cosas que son no libertad: es decir, no somos libres de nuestro cuerpo, de nuestras creencias, de nuestros pensamientos, ni siquiera

somos libres de nuestro pasado. Todo en absoluto se volverá pasado, tengo esa certeza. El pasado es como los números:

siempre habrá algo más que contar. El pasado es un lugar donde absolutamente todo puede haber sido y acontecido, y entonces, si en teoría todo puede ser y acontecer, ¿será que seremos libres, o que probablemente ya lo fuimos?


Si una manzana se compone de **partículas** que un día fueron

cualquier otro objeto, cosa o ser vivo, es posible, entonces, que en algún lugar de lo posible esa misma manzana ya ha sido libre, o bien, alguna de sus formas anteriores o futuras. Quizá la libertad le pertenece a todo y a nadie al mismo tiempo. Quizá somos libres, pero también esclavos eternos de una maldición llamada evolución o cambio.


Sería así el cambio la única libertad a la que se podría acceder, pero los años, como los conocemos, no representan ni

son relevantes para esta supuesta libertad. Vivimos tan poco que somos solo diminutas piezas en una complicada red de probabilidades y posibilidades; piezas muy pequeñas y poco duraderas. Así, nuestra muerte es más un bien necesario que una tragedia. Solo para nosotros es una tragedia. Somos solo números por contar o que ya se contaron, y cifras necesarias para seguir una elaborada secuencia y no perder su orden natural. Un orden que ya fue escrito para aquellos que ya no existen —


—Claro que no somos libres —reafirmé lo que Méredith parloteaba.


—Esta mañana me sentía prisionera de todo. Mientras apagaba mi ruidosa alarma, pensaba en los horarios establecidos por **algún** fulano; mientras tomaba un baño, pensaba en la desigualdad de distribución de servicios como el agua; mientras

observaba mi cuerpo en el espejo, pensaba en los estereotipos y la belleza; mientras me vestía, pensaba en modas, tendencias y temporadas —


—El otoño es una temporada naranja — interrumpí a Méredith.

—¿También te sientes prisionera del naranja? —pregunté.


—Claro que sí. ¿Quién le puso el nombre a ese color, a todos y cada uno de ellos? ¿Quién asoció el naranja con la nostalgia? ¿Quién asoció la nostalgia con el naranja otoño que ahora vuelve

inútiles a los árboles cada vez que pierden sus hojas? —