Prisión [ 국민 ] - O.S

Sinopsis

En la prisión más peligrosa de Corea del Sur, se encuentra el asesino en serie más conocido del país. Un hermoso chico sería el blanco de todos en ese lugar. → jk top ♡ jm bottom → drama, angst, prisión, tragedia, dark romance, contenido explícito y lenguaje vulgar. → portada: © → año 2019 → si no soportas ciertas cosas de la historia, no leas. → historia 100% original. prohibida su copia o plagio. no acepto adaptaciones. ©_lovelykm_

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18+

. Prisión.

Cuatro paredes.

Todas combinadas en dos colores: blanco y negro, resaltando un contraste casi perfecto… si no fuera por el olor a sufrimiento y pánico que impregnaba el ambiente.

Era como un verdadero bosque, enramada de muchas personas y un contraluz casi tétrico, todos en sus trinos como verdaderas bestias, esperando devorar en cualquier momento a su presa.

El silencio era casi audible en aquella sala. Todos aguardaban ansiosos el golpe final, mientras solo una persona anhelaba el inicio de una nueva esperanza.

Su libertad.

Todo aquello le resultaba desesperante, como intentar encontrar agua en pleno desierto.

Buscaba una salida, pero ya no existía ninguna.

Solo quedaba esperar.

—Atención, todos los presentes. El juez Choi dará el veredicto del caso.

Aquello llegó a los oídos de todos los presentes, haciéndolos detener cualquier actividad que estuvieran realizando. En sí, el chisme; todos apretaron sus manos en un puño mientras cerraban los ojos, dándose fuerza entre sí, como si ellos fueran los del verdadero problema.

Quienes apoyaban al acusado eran una minoría, en comparación con los que deseaban verlo hundirse.

—Antes de dar a conocer el veredicto final, el acusado tiene algo más que agregar para defender su inocencia.

El chico solo pudo suspirar con cansancio. Sentía cómo las miradas acusatorias se le clavaban en la piel, obligándolo a encogerse en su asiento, incapaz de pronunciar palabra alguna.

—¿Nada? —insistió el juez—. Bien. Dado que el acusado no desea agregar nada más, procederé a exponer la conclusión del caso.

El juez acomodó su fina toga, ajustó su postura en el asiento y tomó el martillo con solemnidad.

—El acusado Park Jimin, de veinte años de edad, es declarado culpable por la muerte de su progenitora, Park Sung Min, y condenado a un máximo de veintiséis años de prisión.

El golpe del martillo resonó con fuerza contra la madera, produciendo un sonido casi ensordecedor en la sala.

El instinto de inocencia de Park Jimin estalló. Lloró a mares, gritó con todas sus fuerzas que era inocente.

Pero ya era tarde.

Nadie lo escuchaba.

Su delgado cuerpo parecía derretirse, queriendo fundirse con el frío suelo. Se sentía débil, indefenso.

Dos oficiales, mucho más altos que él, lo sujetaron sin delicadeza y lo escoltaron hacia la prisión de máxima seguridad de Corea del Sur, donde se encontraban los criminales más peligrosos del país.

La sensación de irrealidad, de que todo era una pesadilla, invadió su mente. Pero los tirones bruscos lo obligaban a enfrentar la realidad.

Nada volvería a ser igual.

Su luz… había sido apagada.

Su garganta ardía por los gritos de súplica y desesperación. Ya no tenía fuerzas para hablar.

Tras varias horas, logró soltar un suspiro cargado de resignación.

Estaba destrozado por la muerte de su madre, pero, irónicamente, aquello también significaba el fin de su cautiverio emocional.

Ya no tendría que sentirse acorralado. Ya no tendría que soportar los constantes maltratos de su padrastro. Aquel hombre no era alcohólico ni un abusador sexual, pero sí profundamente machista. Siempre lo reprochaba por ser demasiado femenino, juzgándolo por su apariencia. Para él, un hombre debía verse como tal, no como una mujer. Y aunque Jimin nunca dio indicios de ser gay, eso jamás fue suficiente.

Su madre lo defendió toda su vida como una verdadera guerrera.

Jimin tuvo que soportar ver, a cualquier hora del día, cómo su padrastro golpeaba a su madre por intentar protegerlo. Y ella siempre lo hacía. Siempre lo defendía… hasta su último aliento. Hasta el día en que ese hombre la empujó desde el balcón, sacrificándose para que no fuera Jimin quien terminara cayendo.

La muerte de Sung Min fue instantánea.

Eso lo llenaba de tristeza, pero también de una extraña calma; ya no habría más sufrimiento. Ni para ella, ni para él.

Como creyente, pensaba que su madre ahora se encontraba en un lugar mejor.

Un lugar lleno de luz, sin dolor.

Y aunque estaba siendo encerrado injustamente por aquel incidente, al menos estaría lejos de la violencia.

O eso creía.

Porque su destino no parecía tener preparada esa misericordia.


Ya llevaba tres semanas encerrado injustamente y el miedo se había apoderado poco a poco de cada rincón de su ser.

Allí donde estuviera, siempre había hombres de apariencia mucho más robusta que él. Tipos sin ninguna vergüenza, que se creían dueños del mundo cuando ni siquiera eran dueños de sí mismos.

Esos sujetos, que no parecían tener perdón de Dios ni de nadie, ni siquiera disimulaban al mirarlo. Y lo peor; lo hacían con un morbo descarado dibujado en sus rostros repugnantes. A Jimin le daban arcadas solo de cruzarse con sus miradas.

Más de uno había intentado aprovecharse de él durante esas semanas. En la hora de los trabajos forzados, en los momentos de descanso, en la fila de la comida… Cada instante era un calvario. Pero ninguno se comparaba con la hora de aseo. Esa era la peor.

Todos reunidos en las duchas. Muchas pollas ya erectas, expuestas sin pudor, sedientas. Se tocaban obscenamente delante de él, sin ningún tipo de recato, mientras soltaban risas bajas y comentarios obscenos.

Jimin había aprendido a bañarse mirando al techo o a la pared, imaginando cualquier cosa que lo desconectara de las palabras obscenas que le dedicaban, de los gritos desgarradores de otros presos que, en cuestión de segundos, eran rodeados por diez o más. Los repartían como si fueran un objeto, una pelota de índor en medio de un partido salvaje.

Esos sonidos lo destrozaban por dentro. Le rompían el poco corazón noble que aún le quedaba. Pero sabía que no podía hacer nada. Decir algo sería firmar su propia sentencia. Lo llamarían cobarde, débil, lo que quisieran… pero el miedo lo consumía entero. Además, alguien tan frágil como él no sería de ninguna ayuda real.

En su cabeza no dejaba de repetirse la misma idea aterradora: En cualquier momento me va a tocar a mí. Solo pensarlo le erizaba la piel y le temblaba su cuerpo delgado.

Intentaba borrar esos pensamientos, pero era imposible. Si algún día llegaba…

Una vez que todos terminaban de asearse, los devolvían a sus celdas.

Como siempre, Jimin se acostó en la cama de abajo de la litera. Desde que lo encerraron, no dejaba de agradecer en silencio que lo hubieran dejado solo. Sin compañero de celda. Sin nadie que lo acosara en la oscuridad.

Todo iba… soportable. Hasta esa noche.

—Preso 951013, despierta.

Un policía lo removía con el palo, golpeándole las costillas con enojo.

—¿Qué pasa? —preguntó Jimin, con la voz quebrada por el susto.

—Ven conmigo.

El hombre ni esperó respuesta. Lo tomó del brazo y empezó a arrastrarlo sin ninguna consideración.

—P-pero… ¿a dónde me lleva? Yo no hice nada… lo juro…

Si ya estaba asustado desde el primer día, ahora la palabra correcta era aterrado. Y si ese policía también era uno de ellos… Jimin rompió en sollozos silenciosos, ahogados.

—Cierra la boca, muchacho, y camina.

Los presos de las celdas cercanas escucharon el alboroto. Se levantaron de golpe y comenzaron a gritar, a silbar, a reír como si fuera el espectáculo más divertido que habían visto en meses.

Cuando llegaron al final del pasillo, a Jimin se le congeló la sangre en las venas.

Frente a él había una puerta metálica enorme, gris, con una pequeña ventana cuadrada en el centro.

El policía sacó las llaves que colgaban de su cinturón, abrió la cerradura con un chirrido oxidado y, sin mediar palabra, empujó a Jimin hacia el interior con fuerza.

La puerta se cerró de golpe detrás de él.

Todo se volvió negro al instante, y el miedo fue lo último que sintió antes de perder el conocimiento.


Abrió sus lindos ojos verdes en un lugar completamente desconocido. Su mente estaba confundida; no entendía nada. Volvió a cerrarlos al sentir un leve mareo.

—¡Al fin despiertas!

Una voz grave lo sobresaltó. Asustado, abrió los ojos de nuevo y buscó con la mirada al dueño de aquellas palabras.

Se encontró con la silueta de un hombre alto y corpulento. Musculoso, pero sin exageración; su cuerpo se veía perfectamente proporcionado a su estatura. El desconocido lo observaba fijamente, sin pestañear.

—¿Quién es usted? —preguntó, curioso y tembloroso.

No obtuvo respuesta. Una brisa helada recorrió su piel desnuda y, de pronto, se dio cuenta de algo que no encajaba.

Bajó la mirada con cautela y descubrió que estaba completamente desnudo.

Asustado, miró al sujeto, quien ahora sonreía de lado y se lamía los labios con lentitud.

—¿Qué me hizo? —se observó el cuerpo temblando, empezando a sollozar—. ¡¿Qué me hizo?! —gritó, aterrado.

La risa del desconocido retumbó entre las cuatro paredes. Era una risa enferma, aterradora.

Cuando por fin dejó de reír, lo miró con seriedad.

—¿Te trataron bien estas semanas? ¿Nadie te ha tocado ni un pelo, verdad?

—Usted… ¿quién es?

—¿Nadie te ha tocado, verdad? —ignoró la pregunta y dio un paso más cerca, haciendo que Jimin temblara aún más—. ¡¿Nadie?! —exigió, furioso.

Jimin asintió con rapidez, aterrado.

—Más les vale. Todos saben que toda carne fresca pasa por mí primero… bueno, solo si son hermosuras como tú.

Una vez lo suficientemente cerca, comenzó a acariciar su cuerpo de forma obscena. Jimin sintió un asco inmediato y apartó aquella mano áspera con brusquedad, retrocediendo sobre la cama de metal que solo tenía un colchón de espuma casi inexistente y una sábana fina y rota.

—¿Por qué todos hacen lo mismo? —apretó el puño, sonriendo con rabia contenida.

—No me gusta que me toquen, señor. Quiero irme a mi celda —exigió con los ojos aguados.

El hombre lo miró cabreado por su insolencia.

—Tú no estás en posición de exigir nada, pequeño —sonrió con malicia—. Desde que entraste aquí, me perteneces. Yo soy la ley dentro de estas paredes.

Se acercó aún más. Jimin, aterrado, se levantó de la cama y corrió hacia la gran puerta de metal, golpeándola con desesperación.

—¡¡Abran!! ¡¡Abran la puerta, por favor!! ¡No quiero estar aquí! —gritaba entre sollozos.

—Abran, abran la puerta… —repitió el hombre con burla y sarcasmo.

De pronto lo agarró del brazo sin ninguna delicadeza y lo lanzó con fuerza sobre la dura cama.

—Nadie te va a abrir. ¿Sabes por qué? Porque yo se lo ordené. Así de simple —frunció el ceño.

—Usted no es nadie para dar órdenes, señor. Es solo un preso más —respondió Jimin entre sollozos.

—Tienes razón, muñequito… pero yo no soy cualquier preso. Soy Jeon Jungkook.

Al escuchar ese nombre, Jimin tembló aún más fuerte. “Jeon Jungkook”. Lo repitió en su mente. Claro que lo conocía. Todo Corea lo conocía. Era un asesino sin remordimientos. Decenas de videos circulaban en redes: decapitaciones, cuerpos cortados en pedazos mientras las víctimas suplicaban. Él disfrutaba torturar. El dolor ajeno le era indiferente. Era un auténtico sanguinario.

—Veo que sí me conoces, Park Jimin.

El rubio abrió los ojos de golpe. Aquel asesino sabía su nombre.

—¿C… cómo conoce mi nombre? —preguntó, aterrado.

Jungkook sonrió, incrédulo.

—No hay nada que yo no sepa en este lugar —respondió con frialdad.

—¿Pero por qué me tiene aquí? —volvió a preguntar entre sollozos.

—Serás mi nueva puta.

La respuesta fue tan simple como aterradora.

—P… puta… yo no soy eso, señor. Yo… yo soy un hombre. No quiero.

Intentó cubrirse con la fina sábana.

—Eso tú no lo decides.

Jungkook le arrancó la sábana de las manos con violencia y lo atrajo hacia él. El colchón se deslizó junto con el cuerpo del rubio. Abrió sus delgadas piernas de forma obscena y se colocó encima.

—¡¡No, por favor!! ¡¡No quiero!!

Gritaba y suplicaba una y otra vez, perdiendo la voz poco a poco.

Jungkook comenzó a quitarse la ropa sin importarle las súplicas. Le costó un poco por los forcejeos, pero lo logró.

—¡¡Eso!! Grita. No sabes cómo me excitan tus súplicas.

Empezó a morder con fuerza los hombros ajenos, luego atacó la clavícula. La piel de Jimin era tan delicada que los moretones aparecieron casi al instante.

—¡¡Por favor, señor, no quiero!!

Sollozaba con fuerza. Ahora Jungkook chupaba con rudeza sus pezones.

Jimin gemía de dolor. Su cuerpo ardía por los mordiscos brutales.

—Por fav… mmagh… —su rostro se enrojeció de puro sufrimiento—. ¡¡AH!!

Pegó un grito desgarrador. Jungkook apretaba su miembro con tanta fuerza que parecía que iba a arrancárselo.

—Te gusta —dijo, apretando aún más.

Las lágrimas corrían por las mejillas de Jimin.

—P… pa… ah… ra…

Jungkook sonrió con maldad y finalmente lo soltó.

—Eres una perra muy sabrosa.

Atacó sus labios gruesos con rudeza, sin darle tiempo a recuperarse del dolor en su entrepierna. Entre mordiscos y chupones alineó su pene en la entrada del rubio, presionó y, sin importarle el sufrimiento ajeno, se introdujo entero de un solo movimiento.

Gimió de puro placer al ver el rostro desencajado de Jimin. Retrocedió las caderas y volvió a embestir con fuerza, repitiendo el movimiento varias veces hasta convertirlo en un ritmo brutal. El cuerpo del rubio se sacudía como un muñeco de trapo con cada estocada.

Jimin sentía que se desmayaría en cualquier momento, pero no tuvo esa suerte. Jungkook era frío; solo le importaba su propio placer.

El rubio dejó de gritar hacía rato. Era inútil. Aquel hombre no tenía intención de escucharlo.

De su boca solo escapaban quejidos lastimeros por el ardor y el desgarro que sentía. Mientras tanto, Jungkook gemía alto, fascinado con aquel cuerpo blanco, cremoso y suave. Era como poseer a un ángel.

Cinco últimas embestidas brutales fueron suficientes. Se corrió dentro de él con un gemido gutural.

—Delicioso… —lamía sus labios mientras descansaba su cuerpo pesado sobre el de Jimin—. Eres muy delicioso.

Se incorporó para mirarlo. Jimin era un desastre: rostro lleno de lágrimas, labios hinchados y rotos, moretones por todo el cuerpo y su semen mezclado con sangre entre las piernas.

Una imagen hermosa, según él.

—M… me quiero ir a mi celda… —susurró Jimin con la poca voz que le quedaba.

Jungkook rió y se levantó, saliendo de su interior sin cuidado. Recogió su ropa de preso y empezó a vestirse mientras lo observaba.

—Pues no te irás —respondió tras unos segundos, sonriendo con malicia—. Eres mi puta, ya te lo dije. Te dejaré libre cuando salga de este calabozo. Solo me falta un mes para terminar este castigo de dos años por dejar casi muerto a un estúpido —frunció el ceño al recordarlo—. Y tú serás mi entretenimiento mientras esté aquí.

Se quedó en silencio un instante, recorriendo con la mirada el cuerpo atado frente a él, y luego soltó una risa baja y oscura mientras se inclinaba más cerca.

—Tuve que esperar tres malditas semanas para partirte en dos, muñequito. Hice toda esa mierda de portarme bien, estuve casi un mes sin correrme como debía. Las manos no son de mucha ayuda, ¿sabes? —hablaba como un auténtico lunático—. Pero la espera valió la pena. ¿No te gustó? —sonrió con morbo, lamiéndose los labios otra vez—. Así que estarás conmigo todo este tiempo… o hasta que me aburra de ti y deje que los demás se diviertan contigo.

Se acercó de nuevo, tomó la fina mandíbula de Jimin y lo obligó a mirarlo a los ojos.

—Tu estadía aquí no será grata, Park Jimin.


Las violaciones en prisión rara vez se consideran un acto sexual. Más bien eran un acto de violencia pura, una forma brutal y estúpida de establecer roles de poder.

El más débil se convierte en “la mujer” y debe cumplir ese rol sin opción alguna. Jimin lo había entendido desde el primer día: no era deseo lo que lo esperaba, sino dominación disfrazada de lujuria.

Durante ese mes interminable en el calabozo, su cuerpo se había convertido en moneda de cambio, en trofeo, en advertencia. Cada marca nueva en su piel era un recordatorio de que la resistencia solo alargaba el sufrimiento.

Estaba aterrado. El simple sonido de pasos en el pasillo le erizaba la piel. Tenía miedo de salir de ese agujero oscuro y ser reclamado por varios a la vez, de convertirse en el juguete colectivo de un patio lleno de lobos hambrientos.

Se acurrucaba en la esquina más alejada, abrazándose las rodillas, mirando la nada con ojos vacíos. Le temía a todo; al roce inesperado de Jungkook, a su voz grave cuando le hablaba, a las caricias que a veces parecían casi tiernas y que lo confundían aún más.

Aunque el castaño lo había lastimado, lo había marcado, lo había usado… prefería mil veces ese mal conocido que el terror de manos desconocidas. Al menos con Jungkook había una promesa silenciosa, un “eres mío” que, en ese infierno, sonaba a salvación retorcida.

Pero, como siempre, todo parecía conspirar en su contra.

—Preso 970901 y 951013, ¡es hora de salir!

—¡Al fin! Te estabas demorando demasiado —respondió Jungkook con evidente alegría mientras se incorporaba con pereza de la cama.

—Lo siento, señor. Si lo sacaba antes, los superiores iban a sospechar.

—Qué más da. Solo fue un día de demora comparado con los dos años de mierda que pasé aquí —dijo, colocándose las manos en la nuca mientras empezaba a caminar hacia la salida.

—Oye, tú… ¿no vas a salir? —El oficial se dirigió esta vez al pequeño rubio, golpeando con fuerza la puerta metálica con su palo para hacer ruido.

Jimin no contestó. Solo se hizo más pequeño en la esquina, temblando violentamente, el corazón latiéndole tan fuerte que le dolía el pecho.

—¿Eres sordo o qué?

El oficial se acercó y lo tomó bruscamente del brazo. Horrorizado, Jimin se soltó con un movimiento desesperado, arañando el aire.

—¡¡J… Jungkook!! —gritó entre sollozos mientras corría hacia el más alto y se aferraba a él, escondiendo su rostro demacrado y hermoso en su pecho. El olor a sudor, tabaco y metal oxidado de la prisión lo invadió, pero en ese momento le pareció el único refugio posible.

En prisión, las víctimas a veces desarrollaban un miedo profundo al contacto humano, incluso hacia sus propios victimarios. Pero cuando eran conscientes de que el horror se repetiría inevitablemente, preferían mil veces ser tocados por la misma persona que por muchos más. Era su forma retorcida de sentirse “protegidos”, sobre todo si esa persona les había hecho una promesa susurrada entre jadeos y sangre: “Mientras estés conmigo, nadie más te toca”.

—¿Se enamoró de usted, señor? —preguntó el oficial con sorna.

No obtuvo respuesta. Jungkook simplemente comenzó a caminar, con Jimin pegado a él como un chicle, los dedos del rubio aferrados a su camiseta como si soltarlo significara caer al vacío.

Al verlo aparecer después de tanto tiempo, algunos presos vitorearon; otros se escondieron con temor. Esa era la reacción que siempre provocaba su sola presencia. Para los que se creían los dueños del lugar, valía más tragarse el orgullo y el miedo, y ponerse de su lado, que convertirse en la burla de todos.

—Hasta que por fin salió el gran Jeon Jungkook. Este ha sido el castigo más largo que has tenido, hermano —dijo uno de los presos con aires de superioridad, el único que se había atrevido a hablarle directamente.

—Ya nos dejará disfrutar de esa belleza que traes detrás. Desde que entró tengo unas ganas inmensas de enterrarle la verga hasta el fondo —sonrió con malicia, devorando con la mirada al rubio, quien bajó la cabeza aterrado, sintiendo cómo el estómago se le revolvía.

Jungkook curvó el labio en una mueca peligrosa, tronó el cuello y, sin previo aviso, agarró al atrevido por el pescuezo.

—Solo te lo voy a decir una vez, idiota, y no quiero tener que repetirlo —su agarre era tan fuerte que los ojos del otro parecían a punto de salirse—. No me importaría romperte el cuello aquí mismo y volver a pasar veinte años en el calabozo si vuelves a hablarme así. Y respecto a la belleza que está detrás de mí… —giró la cabeza para mirar al rubio, que lo observaba como un animalito perdido y asustado— es mío. Solo mío.

Apretó aún más, disfrutando cómo el rostro del sujeto pasaba a un rojo intenso y sus ojos se inyectaban de sangre.

—Es suficiente, Jungkook. Lo vas a matar.

Una mano pálida tocó la suya, consiguiendo que aflojara un poco el agarre.

—¡Aish! Yoongi, te he dicho mil veces que no te metas en cosas importantes, y menos cuando se trata de matar a una escoria —masculló con fastidio mientras soltaba por completo al tipo y lo empujaba contra un grupo de curiosos.

El otro jadeó, intentando llenar los pulmones de aire desesperadamente.

—Espero no volverte a ver, porque la próxima vez no habrá ninguna Cenicienta que venga a rescatarte —sentenció Jungkook con voz helada.

Esas palabras terminaron de enfurecer al pálido amigo del castaño, que bufó con molestia.

—Idiota… haciendo escenitas tontas y apenas sales de un castigo de dos años.

El pequeño pálido suspiró aliviado al sentir unos brazos rodeándole la cintura.

—Tranquilo, bebé. Sabes cómo es este idiota… nunca escucha.

Jungkook puso los ojos en blanco y, girando sobre sus talones, tomó por la fina cintura al rubio. Comenzó a mordisquearle el cuello sin importarle quién mirara, marcándolo de nuevo frente a todos como advertencia silenciosa. Jimin, asustado, se dejó hacer, temblando entre sus brazos. No quería que Jungkook se arrepintiera de protegerlo. No ahora que el patio entero los observaba, esperando el menor signo de debilidad para saltar.

—Idiota, si quieres comer ya va a ser hora de la merienda —le espetó Yoongi.

Esas palabras no detuvieron al castaño. Y tal vez nunca lo harían.


— ¿Te gusta así?

Sus caderas se meneaban de manera desenfrenada y tosca sobre el miembro de su acompañante. Eran movimientos en verdad bruscos que sabía que le lastimarían al tal punto de sangrar, pero sabía que era lo que le gustaba a su protector.

Ver sangre cuando terminaba con las rondas de sexo duro era algo de lo que había aprendido en los últimos cinco años encerrado injustamente.

Era algo que le excitaba y no entendía el porqué.

Aunque al parecer sí lo entendía: Jungkook era una persona con problemas mentales.

Y peligro era lo que desbordaba su aura.

— Ahggg... sí... Justo así —soltó con morbo el castaño, apresando el trasero del chico entre sus manos y restregándolo aún más contra su miembro al sentir sus movimientos circulares—. T... tú, pequeño, sí sabes lo que me gusta —halagó, soltando las nalgas ajenas para esta vez apresar sus caderas, impulsando las suyas propias hacia arriba al instante, arremetiendo sin piedad en aquel exquisito agujero que lo volvía loco.

Los gemidos de ambos eran brutales, dando a entender que tenían sexo. Las palabras obscenas que soltaba Jungkook no pasaban desapercibidas; todos los de su contorno escuchaban atentos a cada grito de placer que soltaban ambos. No era para menos: unas cuantas jaladas a sus necesitados penes no les vendrían mal.

Jimin cayó extasiado sobre el amplio pecho del castaño después del orgasmo. Su respiración estaba muy acelerada; era mucho para él. Jungkook era como una bestia para el sexo, en cambio él, a pesar de los cinco años siendo su esclavo sexual, no se sentía a gusto aún.

Aquellos cinco años fueron muy duros para él; no se acostumbraba a nada a pesar de los buenos tratos del castaño.

Él solo quería ser bueno para que no lo dañaran más de lo que ya estaba.

Se acostó a un lado en la estrecha cama. Aunque esta lo era, cabían perfectamente los dos, ya que había adelgazado más de lo usual. La comida de aquel lugar era escasa; había tiempos en que comía y otros en que simplemente no. Aunque Jungkook se las arreglaba en algunas ocasiones para que no durmiera con el estómago vacío, las veces eran muy pocas. En un lugar así no había cómo.

Sintió como Jungkook lo apresó entre sus fuertes brazos. Se sentía asqueado, pero había una parte en él que se sentía a gusto; no podía negarlo.

Jungkook comenzó a tocar con sutileza, con su mano libre, el cuerpo del rubio, con el mismo asombro de siempre. No importaba cuántas veces lo tocara; el rubio era tan suave para su propio bien. Su blanca piel se había vuelto su perdición.

Tocó todo al alcance de su mano hasta deslizarla por los glúteos ajenos y, esta vez, utilizando solo su dedo índice, la pasó por la abertura del ano recién utilizado y lo untó, no con el fin de meterlo, no quería lastimarlo más, solo quería recoger un poco de la muestra de lo que acababan de hacer.

— Tu sangre con mi semen —dijo una vez su dedo frente a sus ojos—. Es lo más excitante que puede existir.

— Te excitas lastimarme —susurró Jimin.

— No.

— ¿Entonces, por qué siempre lo haces?

— Yo no lo hago —Jungkook apresó de nuevo la cintura del rubio, besando su cuello.

— Me haces montarte hasta sangrar; eso no es lastimar.

— Es algo que no puedo evitar, Jimin. Por más que no quiera, siempre lo termino haciendo. Tú sabes que yo no estoy bien.

— Pero aún así me haces daño. Yo no quiero que me sigas haciendo daño —sollozó. Por primera vez se atrevió a decirlo.

— No es mi intención.

— Con eso no lo vas a solucionar, pero te perdono... Yo no soy quien para juzgar. Mi mamá me enseñó a perdonar y, aunque duela mucho, me protegiste de todos los que me querían hacer daño y eso lo valoro mucho, aunque me pediste sexo a cambio de ello —dijo dolido—. Pero te perdono... Lo que no te perdono es que te vayas y me dejes solo y desprotegido.

— Yo no te he pedido perdón, Jimin; no necesito tu perdón —fue claro, siempre lo era, y eso destrozaba el noble corazón de Jimin—. Y sobre lo último dicho... irme, ¿irme dónde?

— No lo niegues; escuché a tus amigos diciendo que ya todo estaba listo para su fuga.

El castaño, sorprendido, lo tomó entre sus brazos, volteándolo hasta que este cayera sobre su pecho en forma de plancha.

— Así que lo escuchaste —le vio a sus ojos llorosos.

El rubio asintió.

— Debes aprender a defenderte por ti mismo, Jimin.

— No puedo —volteó su rostro—. No sé cómo hacerlo. Pensé que ibas a estar conmigo para siempre; pensé que tú lo ibas a hacer siempre. Lo prometiste —sollozó.

— Las promesas fueron hechas para romperse, Jimin. Recuérdalo.

Jimin, con un destello de tristeza y decepción en sus verdes ojos, se separó de él. Se levantó con dolor en sus partes bajas de la espalda y comenzó a vestirse con una gran opresión en su pecho.

Jungkook no se sentía mal ni triste por dejarlo; era una persona sin corazón después de todo. Su bienestar era primero que todo.

Pero si era así, ¿por qué estuvo con él, sin querer soltarlo? Dejar de comer casi siempre por él, querer matar a cualquiera que lo viera, estar con él sin querer probar más carne fresca.

Ya que sentía a Jimin tan fresco como el primer día, no se sentía cansado de él.

En esa vida asquerosa de prisión, era lo único bueno que le había pasado. Aunque, en realidad, su vida siempre había estado marcada por el sufrimiento.

— Que te vaya bien —susurró Jimin antes de subirse en la parte superior de la litera.


La mañana de aquel viernes llegó como cualquier otra, pero Jimin se sentía completamente desolado. Un vacío inmenso le oprimía el pecho, destrozándolo por dentro y haciéndolo sentir miserable hasta la médula de sus huesos.

No debería tener un ¿por qué?.

Pero lo tenía.

Tenía un millón de ellos.

¿Por qué las personas rompen sus promesas? ¿Por qué las personas que uno estima lo abandonan sin más? ¿Por qué cree tan fácilmente en los demás? ¿Por qué es tan iluso? ¿Por qué su vida tiene que ser tan miserable?

Esas preguntas lo asfixiaban sin descanso.

Jungkook era malo.

Lo odiaba con toda su alma por el daño que le había causado, pero, de alguna manera retorcida, no quería que lo dejara solo. Con él se sentía protegido. Si se iba… ya no lo estaría nunca más.

Después de haber tenido sexo con él esa mañana, Jimin estaba en el patio junto al resto de los asquerosos que tanto detestaba, cumpliendo con su labor diaria.

Esta vez Jungkook no estaba protegiéndolo.

Justo ese día iba a concretar el plan que llevaba años preparando. Todo estaba listo.

Y el sexo que acababan de tener… había sido una despedida.

Nunca más lo volvería a ver.

—Al parecer mi lindura está solito hoy.

Aquella voz viscosa le erizó la piel. Jimin intentó ignorarlo por completo y siguió con sus tareas.

—Así que mi belleza preferida se hizo sordo.

Insistiendo, el hombre se acercó y, con morbo descarado, le rodeó la delgada cintura con las manos.

Los ojos verdes de Jimin reflejaban puro asco y dolor.

—¡No me toques! —gruñó, apartando con violencia aquellas manos sucias—. Si Jungkook se entera, te hará trizas. No olvides lo que dijo hace años.

El sujeto lo miró serio por un instante, pero luego soltó una risa burlona que le deformó aún más el rostro.

—¿En serio? A ver, díselo —susurró desafiante, pegando la boca a su oído—. ¿Dónde está? Ah, espera… en la enfermería, esperando el momento perfecto para largarse sin ti.

Jimin tembló. Se quedó paralizado, el miedo recorriéndole la columna.

—Acerté, ¿verdad? —continuó el hombre—. Ahora no te me hagas el difícil… porque desde este momento me perteneces.

Fue inevitable que los ojos de Jimin se llenaran de lágrimas.

—Pero tranquilo, seré cariñoso —añadió, besándole la pálida mejilla con asco—. Nos vemos en las duchas.

El rubio se dejó caer al suelo. Todo había terminado.

Tres horas después, tras trabajar sin descanso y comer solo un pan tieso con agua, los llevaron a las duchas.

Jimin no quería ir. Luchó con todas sus fuerzas contra los guardias, suplicando entre sollozos que no quería ducharse.

Nadie lo escuchó. Nunca lo habían hecho desde que entró en prisión.

—¡Que entres, maldita sea!

Lo empujaron con brutalidad. Cayó de rodillas sobre el piso mojado. Cuando intentó levantarse, la puerta se cerró frente a su cara.

—¡¡Abran, por favor!! —gritó, golpeando desesperado.

Desde dentro, las risas burlonas de los presos resonaron.

—Llegó mi lindura.

El hombre se acercó sin pudor y lo agarró de las muñecas.

—Mírame, lindura.

—¡Suéltame! —escupió con repulsión.

—Vamos, belleza…

Sin hacerle caso, intentó besarlo. Jimin, asqueado, le mordió el labio con fuerza, arrancándole un pedazo de piel.

—¡Maldita sea… perra!

El tipo alzó la pierna y le propinó una patada brutal en el estómago. Jimin se dobló del dolor, retorciéndose en el suelo.

—¡Vamos! ¿Qué miran? ¡Quítenle la ropa! —ordenó furioso—. Esto me lo pagas, putita.

El robusto hombre comenzó a masturbarse mientras observaba cómo los demás desnudaban a la fuerza al rubio, que se resistía a pesar del dolor.

No pudo resistir mucho tiempo.

Lo pusieron de rodillas, desnudo, y empezaron a tocarlo de forma obscena.

—Abre la boca —exigió el hombre, golpeándole el rostro con su erección—. ¡Abre!

Jimin se negó.

—¡Que la abras…!

Un estruendo de disparos lo interrumpió. Gritos, caos, alarmas. Las alarmas solo se activaban en emergencias graves… o cuando había un prófugo.

—¿Escuchaste eso, lindura? —sonrió el hombre con malicia—. Tu protector se largó.

Los sollozos de Jimin rompieron el aire. Le dolía todo. Le dolía como nunca.

—Ahora sí… abre la boca —repitió, triunfante.

Jimin lo miró con asco infinito. Prefería morir antes que ser tocado de nuevo. Pero la presión era insoportable y, al final, cedió.

—Ves que no era tan difícil —dijo el hombre sonriendo de lado, e introdujo su miembro en la boca del chico.

Mala decisión.

Con una furia animal, Jimin cerró los dientes con todas sus fuerzas. Los gritos desgarradores del hombre resonaron en las paredes. No lo soltó. A pesar de los golpes que caían sobre su cuerpo delgado, no soltó.

El sabor metálico de la sangre inundó su boca. Era repugnante… pero ver sufrir al desgraciado era gratificante.

—¡¡Suéltame!!

Los dientes seguían clavados. Si seguía así, se la arrancaría.

Y lo hizo.

Escupió el trozo de carne inservible a un lado mientras el hombre se desangraba frente a él.

—¡¡Infeliz… mátenlo!! —gritó entre alaridos de dolor.

Los demás lo rodearon, dispuestos a matarlo a golpes.

Jimin cerró los ojos. Esperó su final.

Los disparos se escuchaban cada vez más cerca. Imaginó que una bala lo alcanzaría y, por primera vez en mucho tiempo, sintió alivio.

Cuando empezaron a golpearlo, lo agradeció en silencio. Ya no sufriría más. Ese sería el fin.

Golpe tras golpe, su cuerpo dejó de sentir. Las voces se volvieron lejanas. Una luz apareció al fondo.

Juraría que vio una silueta en ella. De pronto, cuerpos empezaron a caer a su alrededor. Alguien estaba acabando con todos.

—Lo hiciste muy bien, pequeño —susurró una voz mientras una mano acariciaba su rostro con inesperada ternura.

Más disparos. Muy cerca.

Entre la niebla de sus ojos nublados, vio cómo la persona que lo había salvado caía abatida… encima de él.

Pudo reconocerlo cuando estuvo lo suficientemente cerca.

Sonrió débilmente.

—Ju… Jungkook… —susurró.

Con las últimas fuerzas que le quedaban, tomó el arma que aún sostenía el castaño y la apuntó directo a su corazón.

Sin dudar… apretó el gatillo.

El aire abandonó sus pulmones poco a poco.

—E… eres hermoso, Jimin —dijo Jungkook agonizando, posando sus labios sobre los del rubio—. P… perdóname.

—T… te pa… parezco excitante así… —susurró Jimin con voz apenas audible. No quería aferrarse más a la vida.

—Mucho…

Un último disparo acabó con Jungkook encima de él.

Y con un último suspiro, la vida de Jimin también se apagó.

                                                                          Fin...




Hola, aquí Deni. Estoy resubiendo esta historia viejita del 2019 🫰