Pecados y Pecadores

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Sinopsis

"El padre de la iglesia y orfanato de Almera a muerto, lo encontraron sin vida en su silla dónde daba las misas de cada domingo". Era un anciano y ahora enviaron a un joven sacerdote traído de europa para revelar los misterios que rondaban su muerte. Sebastián no esperaba ser la figura de autoridad más joven del lugar y tampoco esperaba estar rodeado de mujeres jóvenes avidaz de curiosidad. Ahora el buscará revelar los secretos del orfanato mientras intenta pecar lo menos posible.

Estado:
En proceso
Capítulos:
13
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1: El enviado de fuera.

Capítulo 1: El enviado de fuera.

El sonido del campanario marcó el mediodía, aunque alegre y sereno no era un día para celebrar. El sacerdote principal del pueblo Almera había muerto, desplomado en su silla, dónde daba las misas de cada domingo.

Cómo su reemplazo, Sebastián observaba con atención el pueblo algo pequeño y apartado de la ciudad. No sé explicaba como un sitio así podía estar tan tranquilo un viernes al mediodía.

Almera parecía no ser tan devoto como esperaba, o quizás ese día, siniestrado por la ausencia de una figura tan importante, mantenía a todo el mundo tan callado como podía estarlo el cementerio local.

Era interesante de ver, además, no pasó ni un solo día cuando la iglesia ya lo había pasado al deber. Directo a trabajar en el orfanato de Almera, la iglesia del sagrado corazón de Almera.

Cómo graduado iniciado, Sebastián Morán no esperaba que tuviera a su responsabilidad algo tan serio así de pronto. Aunque aceptó de inmediato solo para apartarse de sus labores oficiales, pues no había lidiado con cosas peores y quería aprender a hacer algo más agradable.

El ya se imaginaba atendiendo a los niños del orfanato, jugando a la pelota o ayudándolos con sus tareas.

— Dios obra de formas misteriosas — Pronunció con un gran suspiro relajado, el taxista que conducía desde el aeropuerto de paras al pueblo Almera río desde su asiento.

El hombre ajustó el retrovisor para ver a su pasajero sin apartar la vista del camino, durante un instante, Sebastián se vió reflejado denotando solo su cabello rubio corto y después el rostro del chófer. Tenía una cara de pocos amigos con un semblante sombrío, aún así sonrió con amabilidad suavizando sus duras facciones.

— Me lo dice a mi, Padre. ¿Sabía que yo iba a ser abogado? Pero resulta que pagan más como taxista. — añadió en tono campechano y alegre. — Yo quería un traje, pero me sofocaba la corbata.

Soltó una leve risa, una igual a la de alguien que habla demasiado y se le ha dicho.

— Ya, siempre hay que ir a dónde a uno le va mejor. — respondió Sebastián asintiendo con la cabeza y una mano en la sien— Puede que ser taxista sea cansado, pero a su vez es un trabajo honrado.

El hombre asintió pesadamente, antes de beber un trago de una botella de agua y mirar a su pasajero con interés.

— Hablando de trabajo, dígame una cosa. — Se apresuró a decir llevándose una mano al mentón sin despegar la otra del volante.

Parecía curioso mirándolo e inspeccionando sus ropas de sacerdocio. Supuso que había estado pensando en preguntarle algo desde que subió, pero se lo había guardado hasta que el sacerdote entabló conversación.

— ¿Hmn?— Masculló el padre, acercándose al centro del asiento para escucharlo mejor.

— Bueno, vera… — Pensó un momento de como hacer la pregunta, carraspeó y se armó de valor. — ¿No es muy joven para ser padre? Además, mire, yo he estado en las calles y sé…

— No, no soy muy joven. — Le interrumpió volviendo su vista a la ventana— Te sorprendería lo que uno puede hacer si se lo propone.

El hombre soltó un resoplido y luego metió una mano a la guantera, Sebastián arqueó una ceja mirando con atención sus movimientos. Quizás se había molestado y era una persona peligrosa, o quizás él solo estaba muy tenso. Pese a sus instintos exagerados, el chófer sacó una tarjeta de presentación blanca medio doblada, extendiéndola amablemente.

— Ya, bueno si es así me alegró. — comentó centrando su vista en el camino y extendió la tarjeta donde el sacerdote pudo ver su nombre— Almera es pequeño por lo que generalmente trabajo en ciudad Parás, pero si necesita un chofer a la ciudad puede llamarme.

— Señor Arciva. Un gusto conocerlo. — dijo al mismo tiempo que guardaba su número en un bolsillo frontal de su clériga de color negro.

— ¿Cuál es su nombre, Padre? — preguntó sonriendo por el retrovisor una vez más, a Sebastián no le parecía una mala persona.

— Soy Sebastián Morán. Soy el nuevo encargado de cuidar a los niños del orfanato.

Al llegar a la iglesia del Sagrado Corazón, el padre se quedó atónito por la imponente estructura. Plantado en la banqueta su mirada se elevó desde el piso hasta el campanario.

«¿Es lo que escuche antes?» pensó al ver la enorme campana, era color cobre y era tan grande como el taxi. .

— Por eso la escuché desde la carretera… — murmuró Sebastián con las manos en la cintura.

La iglesia parecía construida solo son piedra maciza, una roca sobre otra. Lucía figuras de ángeles tallados en los bordes de sus ventanales y un color marrón envejecido por el sol y la lluvia le daba una apariencia medio corroída.

Parecía un palacio olvidado por fuera, que si bien no dejaba de ser impresionante se le notaba la falta de cariño.

Un jardín de piedra daba la bienvenida a los feligreses, Sebastián se percató que en la entrada junto a la gran puerta de madera — gruesa y de una madera ostentosa— había una finca policial de “no pasar” cubriendo la entrada de lado a lado.

El aire fresco del pueblo le dió un escalofrío al ver esa cinta, como si entre el descubierto sol de la tarde el frío invernal se metiera en sus huesos.

«¿Qué asunto tiene la policía aún?» se preguntó con cautela.

Una figura se movió por el rabillo de su ojo y él se giró para verla. Ina hermana vistiendo una túnica amplia y un velo blanco a juego le dió una amplia sonrisa justo cuando hicieron contacto visual. Sebastian le sonrió también.

Escuchó una puerta cerrarse detrás de él, Sebastián dió un respingo y se giró con Arciva. Bajó las maletas a la acera y se disponía a volver a su asiento. El padre no se dió cuenta de que tanto se quedó absorto en sus pensamientos, solo espero no haberle hecho una grosería.

— ¿Cuánto te debo Arciva? — preguntó apresurandose a la ventana del copiloto.

— ¡No es nada, no sé preocupe! ¡Bienvenido a Parás y al Pueblo Almera! — gritó desde el asiento del conductor mientras arrancaba. — ¡Es mi regalo de bienvenida!

Sebastian hizo una media sonrisa y se despidió de él, dándole un par de palmadas al bolsillo donde tenía su número de teléfono.

El padre no alcanzó a despedirse, un bullicio llamó su atención detrás suyo en la entrada de la iglesia. Un grupo de tres mujeres salieron a darle la bienvenida, todas vestidas con el mismo uniforme. Solo parecían de diferente edad y por muy poco.

— ¿Es usted el padre Sebastián? — preguntó una voz suave pero muy resonante.

El recién llegado no supo de quién había salido, así que hablo al viento

— Si. Soy yo… un honor estar por aquí. — contestó tratando de ubicar bien a la hermana que supiera orientarlo. — ¿Hermana Frida?

Cuando le dijeron que fuera al pueblo Almera, el único nombre que recibió fue ese y el del padre fallecido.

Las hermanas hicieron una línea frontal frente al padre, sin responder, comenzaron a inspeccionarlo con la mirada. Visto más de cerca, pareciera que el padre era apenas un poco más grande que la más joven de ellas. Esperaba que eso no supusiera un problema.

— ¿Hay algún problema? — No sabía si era idea suya, pero parecían bastante desconfiadas.

Se miraron entre ellas y la de enmedio quién era la que tenía edad más avanzada tomó la delantera.

— ¿No es muy joven para ser padre? — preguntó con un rostro de extraña y genuina incredulidad. Ladeando su cabeza como un felino curioso.

— Además su cabello, ¿Es de extranjero? ¿No? — preguntó otra más señalando con su dedo la cabeza del padre.

— Si si, los ojos grises tampoco son de aquí… ¿O si? — dijo la última encogiéndose de hombros, como si no le quedará otra opción más que unirse a sus hermanas en su evaluación.

— Bueno bueno. Veamos. — respondió Sebastián alzando las manos como si estuviera siendo asaltado. — tendremos tiempo de sobra para conocernos, la mitad de mi es del mismo país que todas ustedes, eso es seguro.

Una de las hermanas se percató de cómo se abalanzaron sobre él y saltó en su auxilio.

— Bueno, chicas, dejen que entre, vamos entre por favor, sígame. — dijo al fin abriendo aún más el portón para que pasaran sus maletas.

Sebas las empezó a seguir mirando con detalle la cinta que también bloqueaba una puerta lateral al templo. Parecía que la policía había clausurado todo lo que estaba relacionado al templo, esperaba que le devolvieran la iglesia pronto, era viernes tendría la primera misa en dos días.

Los ojos grises del hombre se clavaron en la palabra “No pasar”, como si fuera una frase indescriptible. Tenía un mal presentimiento solo por esa cinta.

— Ah, la cinta es muy vistosa, ¿verdad? — dijo la hermana visiblemente más joven— La policía dice que la quitará mañana, en cuanto se aseguren que ya tomaron todas las pruebas o que no les falte nada.

Sebastian asintió, morir en el templo era algo extraño hasta para un padre, esperaba que esa muerte fuera más pacífica al estar en la casa de dios. Oraba incómodo por su compañero de profesión en silencio.

— Ya se, ¿Por qué no me cuentan un poco del lugar? Esto me pone bastante tenso. — comentó fingiendo toser para aclarar su garganta.

Las dos mujeres más grandes pusieron su atención en la más joven de todas, parecía tener apenas unos veintiocho años, de semblante triste y cabello café claro.

— Veamos… — murmuró poniendo en orden sus pensamientos — Si tuviera que decir algo de la historia del lugar sería irme muy atrás, verá, La iglesia se fundó en el 1840, el orfanato detrás se fundó al mismo tiempo que la ciudad Parás en 1851, en realidad el lugar tuvo un ampliamiento durante la revolución. Hoy en día el orfanato tiene en su mayoría mujeres, hay una casa hogar para varones en Parás.

— De ahí que ahora parezca una finca enorme… — dijo Sebastián sorprendido por el tamaño y la historia de aquel sitio— ¿Cómo te llamas, hermana?

— Ah discúlpame, Yo soy Frida, no sé dónde tengo la cabeza. — respondió con una sonrisa lastimada.

La iglesia por un lado tenía un camino amplio de terracería que daba al patio trasero, pero en lugar de toparse con un jardín, Sebastián se encontró con una finca de varios edificios hechos de adobe y piedra, salones y hasta una enfermería. Había un aroma ahumado en el aire, seguido de una calidez extraña por el sol de la tarde.

Tomó una fuerte bocanada de aire y contempló la inmensidad del sitio.

— Esto es impresionante… — Su voz titubeó además, se detuvo en seco pero las hermanas no se detuvieron así que apretó el paso. Le pareció que ellas estaban tan acostumbradas al sitio que quizás no lo veían igual de maravilloso que él.

— Si, se usó como hospital, como escuela y ahora solo es un orfanato para mujeres— respondió Frida sin mirar atrás, acostumbrada al recinto en el que había pasado toda su vida.

— Sabe mucho de este sitio… — Al decir eso, ella se giró para ver al padre sin dejar de caminar.

— Me encargo de la administración desde que el padre no podía ver los papeles. — respondió Frida, se cruzó de brazos sujetando sus codos, tomó aire muy despacio y devolvió su vista al frente— Era normal que supiera estás cosas.

El recién llegado frunció el ceño, no había forma de que fuera bien recibido de principio a fin en esas circunstancias. El ambiente se volvió muy serio, la muerte del padre tenía muy poco, el tormento de su ausencia apenas había empezado. Quiso maldecir al necio sin corazón que lo había mandado a Almera tan pronto.

Caminaron hasta un edificio cuyo techo les daba sombra junto al jardín, el largo corredor donde empezó a ver algunas de las niñas y jóvenes que charlaban entre ellas rodeaba todo el patio de juegos.

— ¿Cuántas hay? — preguntó al aire cuando empezó a escuchar el bullicio de risas y juegos, los sonidos de las niñas apartaron lentamente la tristeza de las hermanas.

— Son cien aunque el orfanato tiene capacidad para doscientas— contestó una de las hermanas que había guardado silencio hasta entonces, justo a un lado de Frida.

— Bastantes… disculpe ¿Cuál es su nombre? — preguntó aprovechando para tratar de memorizar al menos sus nombres.

Ella se giró para verme, tenía unos pómulos marcados, de sonrisa fácil y admito a mí pesar que no se veía más descansada que Frida.

— Soy Ángela, Padre. — respondió la mujer, era mayor que Sebastián, con una mirada pesada, que denotaba que era una mujer estricta. Parecía de al menos treinta años— soy la encargada de las niñas menores de 13 años.

— Angela, un honor trabajar con usted. — añadió el padre sonriendo, una persona como ella debía tener una gran carga de trabajo en ese momento y ahora le estaba dando la bienvenida. Sebastían admiraba por dentro su convicción de seguir funcionando a pesar de la tristeza.

Sebastían deslizó la mirada hacia la más joven de las hermanas, parecía casi de su edad, de unos 20 años. Tenía unos grandes ojos negros y un cabello corto en tono rubio opaco. La piel de su rostro estaba ligeramente quemada.

— ¿Y usted? — preguntó él de pronto llamando su atención.

La chica se giró a verlo con sus ojos brillantes, no tenía maquillaje, no ocultaba unas grandes ojeras de cansancio.

— ¿Yo? — masculló con timidez a lo que Sebastián asintió acercándose a ella.

— La hermana Elena es la encargada del deporte, es la más rápida de todas y creo que siempre le a gustado eso. — intervino Frida con un aire maternal, como quien presenta a su protegida. — Ella es quien nos ayuda a cansar a las niñas.

Sebastian sonrió satisfecho, pues sabía que los niños podían tener más energía de la que les convenía.

— Una salvavidas entonces, no quisiera tener a un grupo de niñas frente a mi que no hayan pasado por sus capaces manos. — Halagó el padre con cortesía. — Mucho gusto Elena.

La mujer asintió con la cabeza, como si las palabras fueran difíciles para ella.

— No le haga caso Padre, ella es muy mala para hablar con los hombres jóvenes. Solo hablaba con el padre y con las niñas. — añadió Angela con una media sonrisa lastimada.

En su mente ella recordó los momentos en que bebían té en el comedor del orfanato. Ahí solían estar las tres y cuatro hermanas más charlando con el padre, quien ya era un anciano, de sus anécdotas.

— No le caería mal comenzar a acostumbrarse a usted. — agregó Angela mirando a Elena con una expresión apagada y plácida, como si su cara fuera derretida por el calor y la pena.

— Para mí será todo un honor. — aseguró Sebastián — Llevemonos bien Elena.

— S-si, padre. — contestó ella con un titubeó divertido a oidos del recién llegado — Solo tenga paciencia.

Sebastian se sintió más tranquilo, estaban en un estado muy tenso, pero eran buenas personas. Decidió darles su espacio para el luto y no presionar su amistad con ellas.

Al cabo de un rato, fue guiado a un cuarto dentro del edificio del orfanato, era viejo pero tenía la apariencia de haber recibido más mantenimiento que el resto de la iglesia, era buena señal pero aún así las reparaciones parecían caseras.

El edificio tenía un piso de madera, las paredes hechas igual a la iglesia, antiguas y de piedra con techos muy altos, el camino a su habitación estaba todo recto desde la entrada subiendo unas escaleras.

Tenía un balcón con vista al patio donde podía ver a las chiquillas jugando con una pelota algo demacrada y también tenía vista a la entrada de iglesia. A pesar de lo reciente, la iglesia era encantadora y alegre, con un día tan luminoso como aquel todo parecía prometedor.

— Bien padre, lo dejamos para que desempaque y descanse de su vuelo. — dijo Frida sonriente mientras le extendía una llave. — para su cuarto, recomendamos ponerle llave, las niñas son muy curiosas y hacen cada cosa que no me sorprendería que le molestaran hoy.

Eso sonó más como un divertido reproche que como una molestia, había escuchado de parte de otros padres que a menudo los más pequeños de los orfanatos veían a los Padres de forma literal como figuras paternas. Después de lo que pasó para llegar a Almera, no sería ninguna molestia.

— Lo tomaré en cuenta. — respondió contemplando la habitación, de olor a encerrado y a sábanas viejas.

Las hermanas salieron y él se quedó ahí un momento, mirando por la ventana. Ahora era un padre y tenía mucho que hacer, pero la emoción lo sobrepasaba.

— Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con alabanza; alabarle, bendecir su nombre…— murmuró aquel salmo con una sonrisa que de ser posible sería de oreja a oreja.

Después de lo que había pasado para llegar a un sitio como Almera, había merecido la pena. Estiró los brazos como si quisiera alcanzar el cielo frente a él y terminó de rezar aquel salmo.

Una vez agradecido, comenzó a desempacar las maletas. No tenía muchas cosas, ropa sencilla y algunos recuerdos de sus amigos del orfanato donde creció. Si le faltase algo podría encargarse con lo que se pudiera asignar como salario.

Pensar en eso, le hizo sonreír, era normal que nunca se les diera un salario a un padre, pero conocía muchos que tenían coches de lujo y algunas propiedades extras. En cambio, Sebastián solo quería una camisa y un par de pantalones.

«También debería ver qué todos tengan prendas suficientes»pensó mientras terminaba de acomodar la ropa en un ropero viejo cercano junto a la cama.

Pasó un momento acomodando y una vez todo estaba en su sitio, miró la habitación con más cuidado por lo que pareció ser más de una hora, era muy poco, pero ahora era suyo y mientras pudiera alejar su mente de las cosas terribles, entonces no esperaba nada más.

Suspiró y caminó hacia la ventana mirando lo alto de la campana de la iglesia, desde la parte de atrás, al bajar la vista notó como las hermanas que seguían en el jardín se dirigían a la entrada a toda prisa.

Extrañado, quiso ver la salida, pero el tumulto creciente no le dejaba ver claramente que sucedía.

Llegó un coche negro, de él bajo un hombre robusto que le dió un golpe al cristal con el puño cerrado. Al no obtener respuesta, abrió la puerta y en ese momento, Sebastián consiguió ver qué pasaba.

El hombre corpulento sujetó a una mujer joven del brazo, retirándola con violencia del interior del vehículo. Estiró con tanta fuerza que la chica cayó en la tierra levantando polvo.

Sebastian sintió una presión en su pecho aparecer de golpe, seguida de una inyección de energía que le recorrió cada fibra muscular de su cuerpo. Llenando su pecho de una cólera casi ciega.

El padre salió de su habitación corriendo a toda velocidad, aunque no era una imagen muy digna para presenciar, no le importó. Cuando llegó al portón de entrada, un grupo de señoritas, niñas, hermanas y madres rodeaba la escena en gritos impotentes y furiosos hacia aquel hombre.

— ¡Déjenme pasar, Disculpen! — gritó angustiado tratando de no empujarlas al escabullirse entre ellas.

Las hermanas se apartaron un poco y pudo ver a la chica, tenía un vestido blanco que se había llenado de tierra, el hombre aún la sujetaba del brazo y ambos se gritaban entre sí como dos animales salvajes tratando de morderse hasta matarse.

Las hermanas guardaron silencio al ver al nuevo padre, Sebastián arremetió contra el hombre y lo sujetó del brazo del mismo modo en que él tenía a la chica. Quería que lo notara y con eso lo consiguió.

— ¡Ya basta! ¿¡Qué está pasando aquí!? — gritó estirando al hombre hacia él.

El hombre soltó a la chica y en su cólera soltó un puñetazo hacia él rostro del padre. Sebastian lo soltó, y se cubrió con sus brazos. Golpeó su hombro con fuerza, provocando un sonido seco.

Un grito de horror proveniente de las hermanas escapó asustando al hombre, seguramente no habían visto tal despliegue de violencia antes.

— ¡Cálmese de una vez! — Espetó Sebastián, al bajar el brazo escucho un sonido de “crack” cuando su hombro estiró.

El corpulento hombre abrió los ojos como si quisieran salirse de sus cuencas y su mandíbula cayó de forma torpe. Tenía una barba de varios días y un olor extraño a alcohol por lo que al sacerdote no le pareció tan extraño que estuviera borracho o tuviera problemas con la bebida.

—¿Padre? — preguntó tapándose la boca, la pregunta había salido como un grito ahogado en una inhalación fuerte.


— Si, Soy el Padre, me gustaría saber a qué se debe tanto alboroto, no permito violencia en la casa de dios, mucho menos admito peleas entre sus hijos. — dijo cruzando los brazos y negando con la cabeza.

Su brazo comenzó a palpitar de dolor, aunque logró mantenerse firme comenzaba a tentarle la idea de devolver el puñetazo. Apretó el puño y su brazo comenzó a temblar.

— Lo lamento padre, es solo que está, está …. — dijo el hombre entrecortado sus palabras para no maldecir más, trató de decir lo que pensaba de la chica pero se contuvo tragando su propio odio.

— Silencio de una vez, retroceda por favor, ya basta, señorita, ¿está usted bien? — extendió el brazo a la chica y ella lo apartó de un manaso y se puso de pie por si misma, sacudiendo su vestido.

— Estoy bien, él no podría hacerme nada aunque lo intentará. — dijo sin apartar de él una mirada férrea, clavó sus ojos verdes en los de suyos sin ceder.

«Eso es mentira» Meditó Sebastián, tenía una formación muy particular, una formación que le podía decir que ese hombre tenía algo de militar. Bajo la grasa de su barriga y brazos había un cuerpo fuerte que era peligroso para una señorita.

— ¿¡Ah no!? ¿¡Ah no!? — gruñó aquel hombre y se abalanzó de nuevo sobre ella, El padre saltó detrás de él y lo sujetó de ambos brazos y cuello.

— ¡Tranquilo!, ¡Ya basta! — Se apresuró tratando de calmarlo. Comenzaron a forcejear, las hermanas y las niñas comenzaron a gritar.

El hombre suspiró y se soltó agitándose como un perro, era más grande que el padre por lo que en realidad no le fue nada difícil.

— Bien, ¡Bien! escúcheme padre. — dijo girándose hacia él de nuevo. — Abigail está fuera de control, necesita disciplina y ahora que está cerca de ser una adulta es insoportable, si esto sigue así, terminará en la cárcel ¡o peor!

La chica apretó los dientes a aquellas palabras y miró a Sebastián, su vista se tornó cristalina solo del coraje.

— Vamos adentró, tenemos que parar este circo ya. — declaró Sebastián antes de que ella dijera nada. Abigail bajó la vista que se perdió entre su cabello negro. — Frida, llevamos a la oficina, si no tienen quizás de ser posible a un lugar privado, por favor.

La hermana quien había permanecido en silencio soltó un quejido de sorpresa.

— Si, Padre Sebastián… — contestó Frida nerviosa, miró a su alrededor y comenzó a caminar a dentro de la iglesia — síganme por aquí por favor.

— ¡Todas, sigan con sus deberes por favor, retirense, lamento presentarme así pero hablaremos de esto más tarde! — Añadió el padre alzando las manos y la voz, haciendo señas y aplaudiendo para que se fueran, esa era la peor forma de iniciar su día.

Meterse en medio de una pelea y aplicarle una llave a un señor no era algo propio de un sacerdote, aunque tampoco era muy propio de un cura dejar que golpearan a una chica, no se había preparado para eso y no entendía nada la situación.

— Gracias… padre. — dijo Abigail a lo bajó mientras seguía a Frida por el camino de entrada.

Sebastian se sacudió el golpe y caminó detrás de todos, solo llevaba dos horas en Almera, pero parecía que la vida de un Padre era más exigente de lo que había pensado.