Capítulo 1: El ultimo legado de los uchiha
El año era 1979. El mundo mágico británico contenía el aliento, sofocado bajo el peso de una sombra que crecía sin descanso. Lord Voldemort no era ya un simple agitador político ni un mago oscuro más; se había convertido en una fuerza de la naturaleza, un cataclismo inevitable que barría con Aurores y familias enteras como si fueran hojas secas. Sin embargo, en la cima de su poder, una inquietud carcomía a Tom Riddle. Sus espías, ratas y sombras dispersas por el continente, le habían traído rumores que desafiaban su comprensión de la magia.
Hablaban de una bruja sin varita. Hablaban de ojos que sangraban y veían el futuro. Hablaban de un poder que no recitaba latín, sino que moldeaba la realidad con la pura voluntad de las manos. Decían que su magia era tan antigua que hacía parecer a la fundación de Hogwarts un evento reciente. Para Voldemort, quien había dedicado su vida a desenterrar los secretos más oscuros de la inmortalidad y el poder, esto no era una amenaza, sino una ofensa. Y una tentación.
Viajó solo. Rechazó a sus mortífagos, pues donde él iba, la debilidad de otros era un estorbo. Su destino era un rincón olvidado de los mapas mágicos: un bosque silente en las montañas malditas de Albania, un lugar donde la vegetación crecía torcida, envenenada por siglos de magia residual, y donde incluso las bestias salvajes caminaban con sigilo, temerosas de despertar a lo que dormía bajo la tierra.
La niebla era un sudario denso y frío que se pegaba a la piel pálida de Voldemort. No había sonido de pájaros, ni viento. Solo el crujido de sus botas de piel de dragón sobre la hojarasca podrida. Y entonces, la sintió. No era una presencia mágica como la de Dumbledore, radiante y ordenada; esto era denso, pesado, como estar bajo el agua a gran profundidad.
En un claro circular, donde la luz de la luna apenas lograba penetrar la copa de los árboles, la vio.
Estaba de pie sobre una roca cubierta de musgo negro, dándole la espalda. Llevaba un kimono de un rojo tan oscuro que parecía sangre coagulada, bordado en la espalda con un abanico de papel blanco y rojo, un símbolo que Voldemort había visto en textos polvorientos sobre dinastías guerreras extintas en el Lejano Oriente. Su cabello, una cascada de tinta negra, caía lacio hasta su cintura, inmóvil a pesar de la brisa que comenzaba a levantarse.
Voldemort no necesitó hablar para anunciar su presencia; el aire a su alrededor se enfriaba naturalmente. Ella giró la cabeza lentamente, mostrándole un perfil afilado y elegante.
—Has tardado —dijo ella. Su voz no tenía el acento de ninguna región conocida; sonaba antigua, cansada.
Voldemort alzó la barbilla, su varita de tejo ya en la mano, perezosa pero letal. —¿Me esperabas? Arrogante para alguien que se esconde en el fin del mundo.
La mujer se giró por completo. Sus ojos eran negros como pozos sin fondo. —No me escondo, mago. Espero. Eres tú, ¿verdad? El que busca trascender la muerte rompiendo su propia alma. Una técnica vulgar, si me preguntas.
La ira brilló en los ojos rojos de Voldemort. Nadie le hablaba así. —Tú no eres una bruja común —siseó, dando un paso adelante, la presión de su magia haciendo vibrar el aire—. Pero tu conocimiento es peligroso. Y lo que es peligroso, debe ser sometido o destruido.
El silencio que siguió fue más pesado que el plomo. La mujer cerró los ojos y soltó un suspiro largo, como quien se resigna a una tarea desagradable. —Mi nombre es Tsunami. Y has venido a morir, Tom Riddle.
Cuando abrió los ojos, el bosque pareció contener la respiración. El negro de sus pupilas se disolvió en un rojo carmesí brillante. Tres aspas negras aparecieron, girando lentamente alrededor de la pupila como las manecillas de un reloj maldito. —Sharingan.
Voldemort sintió un escalofrío que no pudo reprimir. Había leído sobre esto. Pergaminos prohibidos en la biblioteca de los Black hablaban de guerreros oculares del Este. —El Clan Uchiha... —murmuró, su mente trabajando a mil por hora—. Se extinguieron antes de que Merlín levantara su primera piedra. Se mataron entre ellos por sed de poder.
Las aspas en los ojos de Tsunami se fusionaron, transformándose en un diseño complejo, una espiral geométrica que parecía succionar la luz. —Mangekyō Sharingan. No todos murieron, Riddle. Algunos cargamos con el peso de la supervivencia.
Voldemort no esperó más. La curiosidad había dado paso al instinto de depredador. Con un movimiento fluido de muñeca, lanzó el primer ataque. —¡Avada Kedavra!
El rayo verde cruzó el claro iluminando la noche con el color de la muerte. Era imparable. Inbloqueable. Pero Tsunami no intentó bloquearlo. Ni siquiera se movió. Simplemente, dejó de estar allí. Su cuerpo pareció distorsionarse, girando sobre sí mismo hacia un vórtice invisible en su ojo derecho, y el rayo de muerte atravesó el aire vacío donde ella había estado un milisegundo antes, impactando contra un roble centenario que explotó en astillas.
—¿Desaparición sin sonido? —Voldemort giró sobre sus talones, buscando su rastro.
—Kamui —susurró una voz detrás de él.
Voldemort se giró y lanzó un escudo no verbal, un Protego tan denso que parecía cristal sólido. Justo a tiempo. Una bola de fuego, no mágica, sino física y abrasadora, de un tamaño descomunal, impactó contra su defensa. —¡Katon: Gōkakyū no Jutsu!
El impacto fue brutal. El calor no era normal; era un fuego alimentado por chakra, una energía vital densa. El escudo de Voldemort aguantó, pero el calor le quemó las pestañas. El Señor Tenebroso rugió, disipando el humo con un movimiento de su varita y contraatacando. —¡Confringo! ¡Sectumsempra! ¡Expulso!
Voldemort era un duelista maestro. Sus hechizos no iban uno por uno; eran cadenas, combinaciones diseñadas para acorralar. Las maldiciones volaban como metralla. Tsunami corría sobre la verticalidad de los troncos de los árboles sin usar las manos, sus pies adheridos por energía, esquivando los cortes invisibles del Sectumsempra con una agilidad que ningún humano debería poseer. Sus ojos rojos leían los movimientos musculares de Voldemort antes de que este pudiera conjurar.
—Eres rápido —admitió ella desde la rama alta de un pino, sus manos moviéndose a una velocidad borrosa, formando sellos complejos—. Pero tus hechizos son lineales.
Ella inhaló profundamente, su pecho expandiéndose. —¡Katon: Hōsenka no Jutsu!
Escupió docenas de bolas de fuego pequeñas, cada una escondiendo shurikens de acero afilado en su interior. Voldemort se vio obligado a transfigurarse en una nube de humo negro, volando en espiral para esquivar la lluvia de fuego y metal. Al materializarse de nuevo en el suelo, apuntó al cielo. —¡Basta de juegos! ¡Fiendfyre!
Una corriente de fuego maldito brotó de la punta de su varita. No era fuego normal; estaba vivo. Se transformó en una quimera gigante, una serpiente de llamas rugientes que buscaba devorar todo lo que tuviera alma. El calor era tan intenso que la corteza de los árboles comenzó a arder espontáneamente.
Tsunami saltó al suelo, mirando a la bestia de fuego que se le venía encima. La sangre comenzó a brotar de su ojo izquierdo, trazando una línea roja sobre su mejilla pálida. —Amaterasu.
El mundo se oscureció. Donde su mirada se posó, un fuego negro como el vacío estalló. No eran llamas que quemaban; eran llamas que consumían la existencia. El fuego negro chocó contra el Fiendfyre de Voldemort.
Fue un espectáculo dantesco. El fuego maldito de la magia occidental luchaba, gritaba y se retorcía, pero el Amaterasu, las llamas del infierno sintoísta, no se apagaban. Comenzaron a devorar al propio fuego mágico. Voldemort, por primera vez en décadas, sintió un pinchazo de miedo genuino. Tuvo que cortar el flujo de su magia y amputar a su propia bestia de fuego antes de que las llamas negras alcanzaran su varita.
—Impresionante... —jadeó Voldemort, con la túnica chamuscada—. Magia que consume magia.
—No es magia —dijo Tsunami, su respiración agitada. El uso de esos ojos le estaba costando caro; su visión se nublaba—. Es castigo divino.
Voldemort aprovechó la pausa. —Crucio.
Tsunami no pudo esquivarlo a tiempo. El hechizo la golpeó en el hombro. Cayó de rodillas, un grito ahogado escapando de su garganta mientras cada nervio de su cuerpo ardía con dolor blanco. Pero su mente, entrenada en las guerras shinobi, resistió. —Tsukuyomi —susurró, mirando directamente a los ojos de Voldemort.
El Señor Tenebroso cometió el error de sostenerle la mirada. El bosque desapareció. El dolor desapareció. Voldemort se encontró atado a una cruz en un mundo de cielo rojo y luna negra. El aire olía a sangre vieja. —Bienvenido a mi mundo, Tom —dijo la voz de Tsunami, multiplicada por mil.
Frente a él, aparecieron copias de Tsunami, todas armadas con katanas. —Aquí, el espacio, el tiempo y la masa están bajo mi control. Te quedan 72 horas de tortura. La primera espada atravesó el pecho de Voldemort. Él gritó, un sonido inhumano. Pero era Lord Voldemort. Su mente era un laberinto de Oclumancia, fragmentada y protegida por horrocruxes. A pesar del dolor insoportable, encontró una grieta en la ilusión. Su alma, aunque rota, era inmensamente poderosa. —¡YO... SOY... INMORTAL! —rugió dentro de su propia mente.
Con una explosión de magia bruta, una onda expansiva de odio puro, rompió el Tsukuyomi. En el mundo real, apenas había pasado un segundo. Tsunami retrocedió, sujetándose la cabeza, la sangre manando abundantemente de ambos ojos. Voldemort cayó sobre una rodilla, jadeando, sudando frío, su mente temblando por el trauma psicológico de tres días de tortura comprimidos en un instante.
—Nadie... nadie había roto mi ilusión... —murmuró ella, exhausta.
Voldemort se puso de pie, temblando de furia. —Me has hecho sangrar. Me has hecho gritar. Pagarás por ello.
Levantó la varita hacia el cielo oscuro. —Morsmordre. La Marca Tenebrosa se dibujó en las estrellas, una calavera verde con una serpiente saliendo de la boca. Pero no llamó a nadie. Era una declaración. Iba a usar todo.
El suelo comenzó a temblar. Voldemort animó las estatuas de piedra de unas ruinas cercanas, gigantes de granito que cargaron contra la pequeña figura de la Uchiha. Al mismo tiempo, lanzó maldiciones explosivas que levantaban la tierra.
Tsunami sabía que estaba al límite. Su chakra se agotaba. Pero el orgullo Uchiha no le permitía morir de rodillas. —Si quieres ver un monstruo, te mostraré uno.
Un aura de color púrpura espectral estalló alrededor de ella. Primero fue una caja torácica, huesos de energía pura que desviaron los hechizos de Voldemort como si fueran guijarros. Luego, creció un cráneo, brazos, músculos de luz etérea. El Susanoo se alzó sobre el bosque, un guerrero espectral de veinte metros de altura, blindado como un samurái demoníaco.
Voldemort tuvo que levitar para mirarlo a la cara. —Magnífico —susurró, con una codicia enfermiza en sus ojos.
El Susanoo desenvainó una espada de chakra y barrió el bosque. Árboles centenarios fueron cortados como hierba. Voldemort volaba como una mosca negra, esquivando los tajos gigantescos, lanzando Avada Kedavras que rebotaban inútilmente contra la armadura espiritual. Pero Tsunami estaba muriendo. Mantener esa forma consumía su vida. Tosió sangre, manchando su kimono. La luz púrpura parpadeó.
Voldemort, astuto como una serpiente, vio la debilidad. No atacó al gigante. Atacó a la base. Se transformó en una sombra, deslizándose por el suelo, esquivando la espada, y se coló dentro de la defensa del Susanoo justo cuando este parpadeaba por el agotamiento de su dueña.
Apareció frente a ella, dentro de la caja torácica de energía que se desvanecía. —Se acabó.
Apuntó su varita al corazón de Tsunami. Ella intentó levantar una mano, pero sus dedos no respondieron. Sus ojos volvieron a ser negros, apagados, ciegos temporalmente por el sobreesfuerzo. Cayó de espaldas sobre la hierba.
Voldemort tenía la muerte en la punta de su varita. Podía acabar con la amenaza allí mismo. Pero miró el caos a su alrededor. El bosque destruido, el fuego negro que aún ardía en la distancia, la marca en el cielo. Ella lo había llevado al límite. Ella había visto dentro de su mente y sobrevivido. Ella era... igual a él. Solitaria. Poderosa. Maldita por un linaje de sangre y muerte.
Bajó la varita lentamente. Tsunami, respirando con dificultad, con la visión borrosa, susurró: —¿Por qué... no lo haces? Es lo que viniste a buscar.
Voldemort se arrodilló junto a ella, algo que nunca hacía ante nadie. Limpió una gota de sangre de la mejilla de la mujer con un dedo largo y pálido, examinándola como si fuera un ingrediente de poción extremadamente raro. —Porque matar es fácil, Uchiha. Pero encontrar a alguien que entienda lo que significa ser un dios entre insectos... eso es raro.
—No soy un dios —escupió ella débilmente—. Soy una superviviente de una masacre.
—Lo mismo da —respondió Voldemort con una frialdad suave—. Tienes poder. Un poder que consume, que exige un precio. Como el mío. Quiero saber cómo funciona. Quiero esos ojos. Pero no muertos. Los quiero vivos y contándome sus secretos.
Tsunami intentó replicar, pero la oscuridad la reclamó. Sus párpados se cerraron y su respiración se volvió superficial. —Tsunami Uchiha... —dijo Voldemort, saboreando el nombre—. La última de su clan.
Tom Riddle se levantó. Con un movimiento de su varita, hizo levitar el cuerpo inconsciente de la bruja extranjera. No la llevaría a una celda. La llevaría a su santuario.
Meses después, la dinámica había cambiado. Lo que comenzó como un cautiverio curioso se transformó en una alianza intelectual extraña y peligrosa. En una mansión oculta, lejos de los ojos de Dumbledore y de los Mortífagos, Voldemort pasaba noches enteras sentado frente a Tsunami.
Ella le hablaba del Chakra, de la energía espiritual y física combinada, un concepto que fascinaba a Riddle, quien siempre había visto la magia como algo externo. Él le enseñaba sobre la naturaleza de las almas y la magia oscura occidental.
—Me llamas Tom —dijo él una noche, observando el fuego de la chimenea. Nadie más tenía permiso para usar ese nombre sin morir instantáneamente.
Tsunami, que recuperaba su vista lentamente gracias a las pociones que él mismo preparaba (con una dedicación inusual), bebió un sorbo de té. —Es quien eres. Voldemort es una máscara. Una armadura, como mi Susanoo. Pero debajo, solo hay un huérfano con miedo a la muerte.
Cualquier otro habría muerto por esa frase. Voldemort solo sonrió, una mueca fina y carente de humor, pero carente de ira. —Y tú eres una mujer que busca redención por los pecados de una familia que ya no existe.
No era amor. No en el sentido humano, cálido y suave de la palabra. Eran dos depredadores alfa compartiendo una cueva, reconociendo en el otro la misma soledad abismal, la misma capacidad para la destrucción. Era un respeto frío, afilado como un kunai y duro como el diamante.
La relación entre Lord Voldemort y Tsunami Uchiha no floreció en campos de flores ni bajo la luz del sol. Creció en la oscuridad, en las profundidades de una mansión protegida por encantamientos Fidelius y sellos de barrera Fuinjutsu. No fue un romance de corazones palpitantes, sino un reconocimiento mutuo entre dos depredadores solitarios que, por primera vez, no sentían la necesidad de devorarse el uno al otro.
Voldemort, o Tom, como ella insistía en llamarlo en la privacidad de sus aposentos, se sintió atraído no por bondad, sino por obsesión. Tsunami era un enigma que su intelecto superior ansiaba resolver. Ella poseía un poder que no dependía de varitas, una energía interna —el chakra— que fluía con la violencia de un río desbordado. Él, que siempre había buscado ser único, encontró en ella a alguien que estaba, tal vez, incluso más rota que él.
Para Voldemort, el amor siempre había sido una debilidad patética, un error de los mortales comunes. Pero lo que sentía por Tsunami no lo catalogaba como “amor”. Lo veía como posesión y admiración. Ella era suya. Su igual. Su arma secreta. Y, curiosamente, ella aceptaba su oscuridad sin pestañear.
A Tsunami no le importaban las torturas a los muggles, ni la purga de los sangres sucia, ni la guerra que él orquestaba afuera. Ella venía de un mundo donde los niños eran soldados a los seis años y donde los clanes se exterminaban por honor. Para ella, Voldemort no era un monstruo; era simplemente un señor de la guerra, un Daimyō ambicioso haciendo lo que los líderes hacen: conquistar. Esa indiferencia moral fue lo que terminó de cautivar al Señor Tenebroso. Ella no intentaba “salvarlo” ni “redimirlo”. Ella simplemente estaba allí, a su lado, en la oscuridad.
El embarazo llegó como una sorpresa calculada. Para Voldemort, la idea de un heredero siempre había sido innecesaria porque él planeaba vivir para siempre. Pero cuando Tsunami le reveló que llevaba una vida en su vientre, la paranoia de Tom se transformó en una protección feroz. No era cariño paternal tradicional; era el instinto de un dragón protegiendo su oro más valioso. Si ese niño heredaba la magia de Salazar Slytherin y el Dōjutsu de los Uchiha, sería la criatura más poderosa que jamás hubiera pisado la tierra. Sería su legado perfecto.
El 17 de agosto, en una noche de tormenta eléctrica que parecía celebrar el evento, nació el niño.
Era pequeño, pálido, con un cabello negro azabache que ya apuntaba en todas direcciones, idéntico al de su madre. —Izuna —susurró Tsunami, agotada, sosteniéndolo. El nombre era un homenaje a su tío, el hermano de Madara su padre, aquel que dio sus ojos por el clan.
—Y Ominis... —añadió Voldemort, mirando al bebé con una fascinación clínica. Ominis Gaunt, uno de sus antepasados que, aunque ciego, veía más que cualquiera. —Izuna Ominis Riddle Uchiha —sentenció Tom.
Pasó un año. El niño se mantuvo en el secreto más absoluto. Voldemort prohibió terminantemente que sus Mortífagos se acercaran al ala oeste de la mansión. Nadie debía saber de su existencia. Bellatrix Lestrange sospechaba, olfateando el aire como un sabueso celoso, pero ni siquiera ella se atrevía a preguntar.
El pequeño Izuna creció rápido. Era un niño silencioso, observador, con ojos negros que a veces, solo por un segundo, parecían brillar con un matiz rojizo cuando se enfadaba. Ya caminaba con paso firme y balbuceaba palabras en dos idiomas. —Kaa-san... Mamá... —decía, tirando del kimono de Tsunami. Pero su relación con su padre era peculiar. Voldemort, cuyo rostro ya se había deformado por los Horrocruxes hasta parecerse al de una serpiente, a veces cargaba al niño con rigidez. —otosan... —dijo Izuna un día, tocando la nariz plana de Voldemort—. Otosan feo.
Tsunami soltó una carcajada cristalina, un sonido raro en esa casa lúgubre. Voldemort no se rió. Miró al niño con una mezcla de ofensa y curiosidad, como si el concepto de belleza fuera irrelevante para un dios. —La belleza es una distracción, Izuna —le siseó suavemente al bebé—. El poder es lo único que importa. Y tú serás hermoso porque serás terrible.
Pero la calma, como siempre en la vida de los Uchiha y los Riddle, era la antesala de la tragedia.
Fue una noche fría de otoño cuando Severus Snape, pálido y tembloroso, llegó con la noticia. Había escuchado una profecía en la Cabeza de Puerco. “El único con poder para derrotar al Señor Tenebroso se acerca... nacido de los que lo han desafiado tres veces, vendrá al mundo al concluir el séptimo mes...”
Voldemort se obsesionó. La paranoia, su vieja compañera, tomó el control. Analizó las posibilidades y su dedo huesudo señaló a los Potter. Un bebé nacido a finales de julio. Harry Potter. Tsunami intentó razonar con él desde una perspectiva estratégica. —Las profecías son trampas del destino, Tom. Al actuar sobre ellas, las haces reales. Si lo ignoras, pierde su poder. —No puedo correr el riesgo —respondió él, preparando su túnica negra—. Un dios no deja cabos sueltos. Peter Pettigrew ya me ha dado la ubicación. Están en el Valle de Godric.
Era el 31 de octubre. La noche de Samhain. Voldemort estaba en la puerta. Tsunami, con Izuna en brazos, lo miró. Ella tenía un mal presentimiento, una punzada en su vientre que no era física. Sus ojos, expertos en ver la muerte, veían una sombra gris sobre Tom. —No tienes que ir —dijo ella, sabiendo que era inútil. —Volveré antes del amanecer. El mundo será nuestro para cuando este niño despierte. —No huyas —le advirtió ella—. Si te enfrentas a la muerte, hazlo de frente. Él no respondió con palabras. Se inclinó y besó a Tsunami con una intensidad fría y posesiva, luego tocó la frente de su hijo con un dedo. —Avada Kedavra no será nada comparado con lo que tú harás, mi heredero.
Y con un crack sonoro, desapareció.
Horas después, Tsunami lo sintió. No fue un ruido. Fue un silencio repentino en su alma. El vínculo de chakra y magia que había formado con Tom se rompió violentamente, como una cuerda de violín que estalla. Un dolor agudo le atravesó el pecho. Cayó de rodillas, abrazando a Izuna, quien comenzó a llorar desconsoladamente, como si supiera que acababa de quedarse huérfano de padre. —Ha caído... —susurró ella al vacío—. Derrotado... por un bebé.
No lloró por Tom Riddle. Los shinobis no lloran a los caídos en batalla; honran su memoria. Pero lloró por su hijo. Porque sabía lo que seguía.
Tsunami empezó a toser. Al retirar la mano de su boca, vio la sangre espesa y oscura. La enfermedad. La maldición de su linaje que había mantenido a raya con la ayuda de las pociones de Voldemort, ahora regresaba con venganza, alimentada por el estrés y el dolor. Sus pulmones fallaban. Su chakra se disipaba. Le quedaban horas, tal vez días.
Sabía que los Mortífagos vendrían. Sin Voldemort, la mansión sería saqueada. Bellatrix querría al niño, o peor, querría matarlo por considerarlo una abominación mestiza que no merecía el legado de su Señor. Tenía que actuar rápido.
Con manos temblorosas y la vista nublándose, Tsunami se sentó a escribir. No una carta de despedida, sino un manual de supervivencia. Escribió pergaminos densos, llenos de diagramas y kanjis complejos, vertiendo todo su conocimiento en el papel:
El control del Chakra y su diferencia con la magia.
Katon (Estilo de Fuego): Cómo respirar ceniza y exhalar infierno.
Raiton (Estilo de Rayo): Cómo convertir la mano en una espada eléctrica.
El despertar del Sharingan: La maldición del odio.
El Mangekyō Sharingan: Sus poderes y su terrible precio. Al final de este, escribió con sangre: “Solo a través del dolor verdadero se abren los ojos de Dios, pero la luz se pierde con cada uso.”
Guardó los pergaminos en una bolsa de piel de dragón y la ató al pequeño cuerpo de Izuna. Envolvió al niño en una manta gruesa con el emblema de los Uchiha (el abanico) por dentro y una tela negra simple por fuera.
Salió a la noche. Llovía a cántaros. Tsunami no usó magia para aparecerse; su cuerpo estaba demasiado débil para soportar la compresión espacial. Caminó. Caminó hasta que sus pies sangraron, usando lo último de su chakra para potenciar sus pasos y cruzar distancias imposibles. Su destino era el único lugar que Tom había respetado y temido a la vez.
Hogwarts.
Llegó a las rejas de hierro forjado al amanecer. La lluvia caía helada sobre su rostro febril. Izuna dormía, protegido por un sello de calor que ella mantenía activo con su propia fuerza vital. —Vive, Izuna —susurró, besando la frente del niño—. No cometas nuestros errores. Sé más fuerte. Sé mejor.
Dejó el cesto en los escalones de piedra de la entrada principal, oculto en las sombras pero visible para quien abriera la puerta. Tsunami dio un paso atrás. Su visión se oscureció por completo. Sintió que sus piernas cedían. Con su último aliento, activó una técnica de camuflaje en sí misma, desvaneciéndose en la niebla para morir lejos, sola, como una verdadera ninja, sin dejar rastro para que nadie pudiera rastrear al niño a través de su cadáver.
El Niño de la Piedra
Pov: Albus Dumbledore
El director de Hogwarts se despertó con una inquietud en el pecho. Las protecciones del castillo habían vibrado, no con una amenaza, sino con una presencia extraña. Una energía que no era magia, pero que tenía el mismo sabor antiguo.
Ajustándose la túnica y con su varita en mano, Albus abrió las enormes puertas de roble del castillo. El viento soplaba fuerte, y la lluvia persistía. Miró hacia abajo. —¿Un bebé...? —murmuró, la sorpresa elevando sus cejas blancas.
Se agachó con una agilidad sorprendente para su edad. El niño estaba envuelto en mantas de calidad, pero empapadas por fuera. Sin embargo, al tocarlo, el bebé estaba seco y caliente. —Magia sin varita... o algo más —analizó Dumbledore.
Levantó al niño. Vio la bolsa de piel de dragón atada a su cintura. La abrió con cuidado y extrajo uno de los pergaminos. Sus ojos azules recorrieron los caracteres orientales y los diagramas de flujos de energía. —Uchiha —leyó en voz baja, sintiendo un escalofrío. —Creí que eran solo leyendas oscuras de los textos de Mahoutokoro.
Buscó una nota, un nombre, algo. No había nada escrito en el exterior, solo los pergaminos técnicos y el niño. Tsunami, en su prisa y delirio, no había etiquetado al niño, asumiendo quizás que el destino le daría su nombre.
Dumbledore miró al niño. El pequeño tenía los ojos abiertos. Negros, profundos, insondables. Lo miraban con una calma antinatural, una inteligencia que incomodaba. Estaba quieto como una piedra bajo la tormenta. —Te encontré sobre la piedra fría, y eres sólido y silencioso como ella —musitó Dumbledore, su mente divagando mientras buscaba una forma de llamarlo para sus registros mentales hasta descubrir la verdad—. Petros. Pedro. Peter. Te llamaré Peter por ahora, pequeño viajero, hasta que tus secretos sean revelados.
Con el niño en brazos, al que provisionalmente etiquetó como “Peter” en su mente (un nombre común, seguro, lejos de la grandilocuencia de los magos oscuros), entró al castillo.
En el Vestíbulo de Entrada, la profesora Minerva McGonagall bajaba las escaleras, con su bata de tartán y el rostro preocupado. —¿Albus? ¿Qué haces con las puertas abiertas con este clima? —Su mirada cayó en el bulto en sus brazos—. Por Merlín... ¿es eso un bebé? ¿Es... es Lily Potter?
—No, Minerva —dijo Dumbledore gravemente—. Lily está a salvo con sus tíos. Este pequeño apareció en nuestros escalones.
Minerva se acercó, examinando al niño. Izuna (ahora “Peter” para el mundo por el momento) la miró fijamente. —Tiene una mirada... pesada —dijo ella, estremeciéndose—. Albus, no podemos quedarnos con un bebé aquí. Esto es una escuela, no un orfanato. Debemos buscarle un hogar.
—No —interrumpió Dumbledore con firmeza—. Este niño no es un mago común, Minerva. Mira esto. Le mostró el sello del clan Uchiha en los pergaminos. —Su clan está extinto. O eso creíamos. Si lo enviamos al sistema de adopción o con una familia muggle, su poder... podría volverse inestable. Un Obscurus sería una broma comparado con lo que este niño podría desatar si no se le enseña a controlar lo que lleva dentro. Me lo quedaré. Hogwarts será su hogar.
—¿Te has vuelto loco, Albus? —exclamó Minerva, escandalizada—. ¿Criar a un niño en el castillo? ¿Entre fantasmas y armaduras?
Desde las sombras de las mazmorras, una figura emergió. Severus Snape, con los ojos rojos de haber llorado en secreto por Lily Potter, pero con su máscara de indiferencia ya puesta. —El director tiene razón —dijo Snape con voz arrastrada y carente de emoción—. Puedo sentir su magia desde aquí. Es... densa. Agresiva.
Snape se acercó y miró al niño. Por un segundo, vio algo en los ojos negros del bebé que le recordó a su antiguo maestro, una chispa de aquella oscuridad de Tom Riddle, pero mezclada con algo más, algo extranjero. —Si lo sueltas en el mundo, será un desastre —continuó Snape—. Déjalo aquí. Mientras no sea una molestia ruidosa y no interrumpa mis clases de pociones... me es indiferente.
Minerva miró de Snape a Dumbledore, y luego al niño, que soltó un pequeño bostezo mostrando unos dientes demasiado afilados para un bebé. —Bien —suspiró ella, derrotada—. Pero necesitará un nombre adecuado, Albus. No podemos llamarlo “niño” para siempre.
—Por ahora, en mis notas es Peter —dijo Dumbledore, con ese brillo misterioso en los ojos—. Pero sospecho que los pergaminos nos dirán su verdadero nombre cuando llegue el momento de traducirlos. Hasta entonces... bienvenido a Hogwarts.