Las Llaves del Tiempo Arcano

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Sinopsis

Sinopsis Velia siempre ha sentido que el tiempo no le pertenece. Que avanza a un ritmo distinto cuando ella está cerca, que los relojes parecen observarla más de lo que deberían. Pero nunca imaginó que aquella sensación sería real. En una casa heredada y llena de silencios, Velia despierta un antiguo reloj que no marca la hora y recibe una llave imposible: la primera de las Llaves del Tiempo Arcano, artefactos creados para abrir eras olvidadas y sellar destinos prohibidos. Al tocarla, descubre un mundo suspendido entre instantes, donde el pasado, el presente y el futuro no obedecen las mismas reglas. Pronto comprenderá que no está sola. Otros conocen la existencia de las llaves y están dispuestos a cualquier cosa para obtenerlas. Algunos desean proteger el equilibrio del tiempo; otros, romperlo para reescribir la historia a su favor. Cada uso de una llave exige un precio: recuerdos que se borran, verdades que cambian, futuros que dejan de existir. Mientras el tiempo comienza a fracturarse, Velia deberá decidir si su destino es reparar aquello que fue sellado hace siglos… o convertirse en el error que lo destruya todo. Porque las llaves no solo abren puertas.

Genero:
Mystery
Autor/a:
Paula_98
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

El reloj que no marcaba la hora

Velia siempre había tenido una relación extraña con el tiempo.

No era algo que pudiera explicar con palabras, ni siquiera consigo misma. No se trataba de llegar tarde o temprano, ni de olvidar fechas importantes. Era algo más profundo, más difícil de nombrar. Como si el tiempo no avanzara para ella de la misma manera que para el resto del mundo. Como si, a veces, se quedara atrapada entre un segundo y el siguiente.

Por eso, cuando heredó la casa, no le sorprendió del todo que allí el tiempo pareciera… detenido.

La casa se alzaba al final de una calle poco transitada, con la fachada desgastada por los años y las ventanas altas, siempre cubiertas por una sombra permanente. Había pertenecido a un pariente del que nadie hablaba demasiado. Un nombre mencionado solo cuando era estrictamente necesario, seguido siempre de un silencio incómodo.

Velia no recordaba haberlo conocido bien. Apenas una figura difusa en su infancia, una presencia distante asociada al olor de libros viejos y a relojes que sonaban en habitaciones vacías.

Quizá por eso aceptó la herencia sin hacer preguntas.

La primera vez que entró en la casa, sintió esa presión familiar en el pecho. Esa sensación de haber llegado a un lugar demasiado pronto… o demasiado tarde.

El reloj estaba allí desde el principio.

Colgado en la pared del pasillo central, justo entre la escalera y la puerta del salón. Era grande, antiguo, de madera oscura tallada con símbolos que Velia no reconoció en un primer momento. No tenía números convencionales. En su lugar, el borde del círculo estaba marcado con signos curvos, fragmentados, como si alguien hubiera intentado escribir un idioma imposible.

Las agujas estaban quietas.

Siempre lo habían estado.

Velia no supo decir cuándo empezó a fijarse en él. Tal vez siempre lo había hecho. Tal vez el reloj la estaba observando desde antes de que ella se diera cuenta.

Esa noche, sin embargo, algo era distinto.

La lluvia golpeaba los cristales con una constancia hipnótica, marcando un ritmo que el reloj se negaba a seguir. Velia recorría la casa con una vela en la mano, revisando cajas, cajones y estanterías repletas de objetos olvidados. El polvo flotaba en el aire como si fuera parte de la estructura misma del lugar.

Cada paso resonaba demasiado fuerte.

Cada sombra parecía prolongarse más de lo debido.

Velia se detuvo frente al reloj.

Había pasado por delante de él decenas de veces desde que llegó, pero esa noche sintió algo nuevo. No miedo. Tampoco curiosidad. Era más bien… reconocimiento. Como si una parte de ella supiera que ese momento estaba destinado a ocurrir.

Las agujas marcaban una hora imposible. No señalaban ningún número concreto, sino un punto intermedio, suspendido entre dos símbolos.

—No marcas nada —murmuró Velia—. ¿Verdad?

El reloj no respondió.

Pero el silencio que siguió fue distinto. Más pesado. Más atento.

Velia frunció el ceño. Se dijo a sí misma que estaba cansada, que el viaje, la herencia, la casa vacía… todo eso estaba jugando con su imaginación.

Se dio la vuelta para regresar al salón.

Entonces ocurrió.

Tic.

El sonido fue seco. Metálico. Definitivo.

Velia se quedó completamente inmóvil.

El corazón le dio un salto violento, como si hubiera olvidado cómo latir durante un segundo entero. Alzó la vista lentamente, con una mezcla de incredulidad y temor.

El reloj había sonado.

Nunca lo había hecho antes.

Las agujas seguían inmóviles, pero el símbolo grabado en el centro comenzó a emitir una luz tenue, azulada, pulsante. No era un brillo constante, sino algo más orgánico, como si el reloj respirara después de un sueño demasiado largo.

El aire cambió.

Velia lo sintió en la piel, en los pulmones, en la presión súbita dentro de su cabeza. La vela parpadeó con violencia, proyectando sombras distorsionadas que parecían moverse por sí solas.

—Esto no es real —susurró.

El reloj respondió con otro sonido.

No fue un tic.

Fue un giro.

Un sonido interno, profundo, como el de una cerradura que por fin acepta la llave correcta después de siglos de espera.

Velia retrocedió un paso.

El mundo pareció inclinarse.

Los recuerdos llegaron sin permiso.

No eran recuerdos suyos. O al menos, no del todo. Vio fragmentos de lugares que nunca había visitado: una ciudad suspendida bajo un cielo inmóvil, una sala circular llena de relojes rotos, manos desconocidas cerrándose alrededor de llaves brillantes.

Voces pronunciando su nombre.

Velia llevó una mano a la sien, mareada.

—Para —dijo—. Para ya.

Algo cayó al suelo.

El sonido fue claro, nítido, imposible.

Velia bajó la mirada.

Sobre las tablas de madera descansaba una llave.

No había caído desde ningún lugar visible. Simplemente estaba allí, como si el espacio la hubiera escupido. Era pequeña, oscura, pesada. Su forma no correspondía a ninguna cerradura conocida: el extremo se dividía en tres puntas asimétricas, y su superficie estaba cubierta de los mismos símbolos que adornaban el reloj.

Velia se arrodilló lentamente frente a ella.

Durante un largo momento, no se atrevió a tocarla.

—No —murmuró—. No es mía.

Pero cuando estiró la mano, la llave respondió.

El contacto fue inmediato.

El mundo se quebró.

No se rompió. No explotó. Se dobló.

La casa desapareció en un parpadeo eterno. La lluvia se detuvo. El sonido dejó de existir. Velia sintió cómo el suelo se desvanecía bajo sus pies y, durante un instante interminable, no hubo arriba ni abajo.

Luego, apareció el otro lugar.

Un espacio suspendido entre sombras y luces inmóviles. Fragmentos de instantes flotaban a su alrededor: una lágrima detenida en el aire, una hoja cayendo sin llegar nunca al suelo, una espada detenida a centímetros de un corazón palpitante.

Todo estaba quieto.

Todo, excepto ella.

Velia respiró con dificultad.

—¿Dónde estoy? —susurró.

La llave ardía en su mano, no como fuego, sino como memoria. Un recuerdo que aún no había vivido.

Una voz habló.

No venía de ningún punto concreto. No tenía forma ni eco. Simplemente era.

—Has despertado lo que no debía ser despertado.

Velia giró sobre sí misma, intentando localizarla.

—¿Quién eres?

Hubo una pausa. No un silencio vacío, sino uno cargado de siglos.

—Fui guardián del tiempo arcano —respondió la voz—. Fui creador de las llaves. Y fui prisionero de mis propias decisiones.

Las imágenes a su alrededor temblaron, algunas resquebrajándose en polvo luminoso.

—Esa llave —continuó— no abre puertas comunes, Velia. Abre eras. Cada vez que se usa, algo se pierde.

—Yo no la busqué —dijo ella—. No quería esto.

—El tiempo no pregunta —respondió la voz—. El tiempo elige.

El espacio comenzó a contraerse.

—Otros vendrán —añadió—. Algunos para proteger las llaves. Otros para romper lo que queda.

—¿Y yo? —preguntó Velia—. ¿Qué soy yo?

La respuesta llegó como un susurro antiguo:

—Eres el error que el tiempo necesita.

El mundo colapsó.

Velia cayó de rodillas en el pasillo. La vela seguía encendida. La lluvia continuaba golpeando los cristales. El reloj había vuelto a quedar inmóvil, apagado, silencioso.

Como si nada hubiera ocurrido.

Pero la llave seguía en su mano.

Velia cerró los dedos alrededor de ella, temblando.

Sabía, con una certeza absoluta, que nada volvería a ser igual.

El tiempo acababa de empezar a moverse.

Y lo hacía alrededor de ella.