Prólogo
Reeve
El olor a hierro y sudor rancio siempre me ha perseguido. Dicen que el dolor es solo información que el cuerpo te envía para que sepas que sigues vivo, pero para mí, el dolor es el único hogar que conozco.
Golpeo el saco de boxeo con una fuerza que me hace crujir los nudillos a través de las vendas. Un golpe por cada recuerdo. Un golpe por cada mentira. Un golpe por ella.
Habían pasado mil noventa y cinco días desde la última vez que vi el color lavanda de su cabello y sentí el desprecio en sus ojos miel. Me fui de esta ciudad podrida para salvarla de la oscuridad que mi apellido arrastra, pero la sangre llama a la sangre, y el sudor de la jaula no es suficiente para limpiar el pecado de haberla dejado atrás.
Thatcher cree que podemos volver y pretender que nada cambió. Él siempre fue el optimista, el que podía sonreír mientras el mundo se quemaba. Yo soy el que se queda a ver las cenizas.
—Ella no te perdonará, Revi —dice mi hermano desde la sombra del gimnasio, limpiándose la sangre del labio después de su propia sesión.
—No busco su perdón, Tate —respondo, deteniendo el saco con un brazo tembloroso—. Busco que no se hunda por culpa de los errores de su hermano.
Subo a mi camioneta Ford Raptor negra, sintiendo el rugir del motor bajo mis pies. El asfalto de Chicago me da la bienvenida con frío y neblina. Sé que ella está ahí fuera, lidiando con problemas que no le corresponden, cargando al joven de su hermano sobre los hombros. Ella no sabe que los Vossen hemos vuelto. Y cuando lo sepa, el impacto será más fuerte que cualquier golpe que haya recibido en el octágono.
Porque Zaira Lysander es mía. Aunque me odie. Aunque prefiera la amabilidad de mi hermano. Yo soy el único capaz de ensuciarme las manos para que ella mantenga las suyas limpias.