1 ¿Quién es ella?
Parte 1 ¿Quién es ella?
Delhi, 8 p. m.
La ciudad estaba refugiada en sus casas por el intenso frío. Además, los problemas de contaminación hacían que la gente no saliera. Por eso, la capital parecía desierta y no se veía a nadie en las calles.
Se le recomendó a todo el mundo trabajar desde casa. Casi todos cumplieron. Pero Arnav Singh Raizada no era de los que se quedan sentados dando excusas. Era un empresario muy ocupado y de buen parecer. Acababa de salir de la oficina tras terminar sus pendientes y se dirigía a su hogar. No podía conducir rápido por la neblina. Debido a la bruma, no se veía nada ni a tres metros de distancia.
En ese momento recibió una llamada. Al ver el nombre «BUDDY» en la pantalla, contestó.
—Dime, Aman...
—ASR, ¿dónde estás? ¿Ya llegaste a casa? —preguntó él con nerviosismo.
—Voy de camino...
—¿Todavía?
—¿Qué quieres que haga? Con esta niebla no puedo correr. Pero, ¿por qué suenas tan alterado?
—Mi informante me avisó que tu vida corre peligro. Por favor, no salgas de casa por unos días y mantente a salvo hasta que yo te diga...
—¿Quién es?
—Hablaremos de eso luego. Hazme caso. Deja el coche y escóndete en algún lado hasta que yo llegue...
—Pero qué...
Sin hacer caso a su queja, Aman le dijo:
—Pásame tu ubicación en tiempo real...
—¿Ahora mismo?
—Sí... No hay que confiarse. Voy para allá con nuestra gente...
—Mmm...
Arnav entendió la gravedad del asunto. Cortó la llamada y compartió su ubicación. Parecía que alguien lo tenía en la mira y podían atacarlo en cualquier momento. Arnav manejaba observando todo a su alrededor con cautela. Se preparó para enfrentarlos. Al mismo tiempo, no quería ser descuidado porque sabía que Aman no le avisaría sin motivo. Vio un parque. Detuvo el auto y se quitó el saco, la corbata y el reloj. No quería que sus enemigos lo reconocieran por su ropa. Dejó el reloj en el tablero y se puso una máscara. Se remangó la camisa, se despeinó un poco y salió del vehículo.
Afuera el frío calaba hasta los huesos. Entró al parque y vigiló su auto escondido tras un árbol cerca de la entrada. Quería ver quién quería atacarlo. Estaba dispuesto a pelear. Pero, cuando llegaron, ¡se dio cuenta de lo tonto que fue al pensar en enfrentarlos! Eran más de diez tipos, grandes como rinocerontes y con cuchillos de carnicero. Vieron el coche de Arnav.
—Este es SU coche...
Revisaron el auto y miraron por las ventanillas.
Arnav aguantó la respiración. Si uno solo de ellos lo veía, no saldría vivo. Lo harían pedazos.
—No está en el coche...
—¿A dónde se fue?
—¿Seguro que el dato era bueno?
—La información no falla. Tiene que estar por aquí.
—Pero, ¿a dónde va a ir con este frío?
—A lo mejor se fue a mear...
—Yo pensaba que se iba a mear del miedo, pero después de vernos...
Todos se rieron.
Arnav cerró los ojos y apretó la mandíbula. Si no fuera por el clima, no le importaría pelear con ellos. Pero ahora, ni siquiera sabía cuántos eran exactamente. No era inteligente salirles al paso. Así que se quedó quieto, controlándose.
—Tiene que estar cerca. No puede ir muy lejos con esta niebla. Búsquenlo... —ordenó alguien.
Los matones obedecieron y empezaron a buscar a Arnav. Vio que uno se acercaba al parque. Arnav comprendió que no tenía más remedio que salir. Sabía que Aman seguía su ubicación y llegaría pronto. Hasta entonces, tenía que lidiar con los maleantes.
Arnav se preparó. El matón vio a alguien detrás del árbol. Iba a gritar, pero antes recibió un fuerte puñetazo de Arnav. Le rompió el tabique y empezó a sangrar. Arnav no se quedó ahí y echó a correr. Los otros lo vieron.
—¡Ahí está!...
—¡Está corriendo!...
—¡Atrápenlo!...
—¡Háganlo picadillo!...
Los tipos lo persiguieron gritándose entre ellos. Uno que venía por la izquierda saltó sobre Arnav y le cortó la espalda con un cuchillo. Arnav sintió un dolor agudo, pero siguió corriendo. No podía detenerse. Correría mientras tuviera fuerzas. Sabía que perdía sangre y eso lo debilitaría. Tenía que protegerse antes de perder el conocimiento. Si tenía suerte, Aman llegaría a tiempo. Pero Aman también pasaba apuros para conducir rápido por la niebla.
Los matones, que eran más ágiles que él, lo alcanzaron y lo rodearon. Arnav no tuvo más opción que pelear. Hizo lo que pudo, pero no era rival para hombres armados. Le cortaron varias partes del cuerpo y uno le clavó un cuchillo en el estómago. Lo sujetaron con fuerza. Otro levantó su cuchillo de carnicero con intención de rematarlo, pero se detuvo al oír una sirena de policía.
—¡La policía! —dijeron.
—¡Vámonos!...
—Hay que terminar con él...
—Si no nos largamos ya, los terminados seremos nosotros... De todas formas, se va a morir en unos minutos. ¡Vengan!...
Tiraron a Arnav al suelo y corrieron hacia su jeep. Se largaron mientras el sonido de la sirena se acercaba. A Arnav le faltaba el aire, como si alguien le pisara el cuello. Sentía un dolor insoportable. Intentó levantarse, pero no pudo. Ni siquiera podía abrir los ojos.
En ese momento escuchó pasos. Pensó que Aman había llegado y suspiró aliviado. Pero entonces oyó una voz.
—¡Dios mío! ¡Qué crueles son! Mira cómo lo dejaron, pobre hombre...
Era la voz de una mujer.
—Hermana, ya lo salvaste haciendo el ruido de la sirena y los tipos se fueron. Ya es suficiente. Vámonos, por favor...
—Bhai, no digas eso. Míralo. ¿Cómo vamos a dejarlo en este charco de sangre? Se va a morir. Vamos a llevarlo al hospital más cercano...
—¿Quéee? Ni hablar. ¿No tienes nada que hacer? Vas para la estación de tren. Vas a perder el tren por andar de samaritana. Vete a lo tuyo. Ya lo salvamos. Si su destino es fuerte, vivirá...
—Podemos ayudar a su destino, bhai. ¿De qué sirve salvarlo de los matones si lo dejamos aquí tirado? Se va a morir por la sangre o por el frío.
—Hermana, escúchame. Esto es cosa de la policía. Yo solo soy un taxista. No puedo perder tiempo ni dinero andando en juzgados y delegaciones. Yo me voy...
—Bhai, por favor, te lo ruego, sálvalo. Te daré cinco mil rupias...
—¿Cinco mil? —El hombre se lo pensó.
—Sí...
—¿Por qué me pones en estos aprietos? —dijo él, rascándose la cabeza.
—Por favor, bhai, sálvalo. Si se vuelve un caso policial, yo me encargo. No dejaré que te involucren. Su vida vale tanto como la nuestra —suplicó ella.
—Está bien, pero lo dejamos en la puerta del hospital. Tenemos que irnos antes de que alguien nos vea. ¿Te parece?
—Sí, sí, con eso basta. Por favor, ayúdame a levantarlo.
El conductor ayudó a la joven a subir a Arnav al auto. Arrancó el vehículo y pronto vieron un hospital de especialidades. El hombre se cubrió la cara con un pañuelo.
—Tápate la cara tú también... —le dijo a la chica.
Ella asintió y se cubrió hasta los ojos con la capucha de su sudadera.
—¡Una camilla! —gritó ella.
El personal del hospital salió corriendo con una camilla. La joven ayudó a los enfermeros a subir a Arnav. Al ver el estado del hombre, se lo llevaron rápido hacia adentro.
La chica iba a seguirlos, pero el conductor la agarró del brazo y tiró de ella.
—¿Qué haces? Vámonos... —La arrastró.
—Espera... —La joven se quitó la sudadera y limpió la sangre del asiento. Luego tiró la prenda en un basurero del hospital.
El conductor puso en marcha el auto. La joven se fue del hospital con el corazón en un hilo.
Continuará...