Capítulo 1: La mascara de la libertad.

Todo comenzó en una imponente mansión ubicada en las afueras de The Great Sun, un lugar que se extendía bajo el sol de la tarde como un gigante dormido. El pueblo no era una agrupación pequeña de casas, sino un territorio vasto dividido por tres clases sociales tan estrictas como cuestionables, cada una marcada por un emblema que definía su destino. Estaba la Clase alta, que gobernaba desde la Cumbre de Cristal bajo el símbolo del León Rampante; la Clase media, que movía los hilos del Comercio en el valle protegida por el signo del Roble de plata; y, por último y no menos importante, la clase baja, que subsistía entre la Sal y el lodo de las Marismas, identificada apenas por el hierro de las Anclas Cruzadas.
En aquella mansión de piedra habitaba una familia multimillonaria a la que todos temían. Los Winsport eran una sombra constante sobre el pueblo, y el escudo del Cisne Negro que lucían en sus anillos de oro era señalado en susurros como los responsables de casi cada habitante que moría o desaparecía sin dejar rastro.
Sin embargo, lejos de los muros fríos de su hogar, el heredero de esa fortuna buscaba un refugio diferente. Sebastián, un joven de dieciocho años con el cabello negro como el azabache y ojos color almendra, salía en ese instante de la biblioteca pública del Valle del Comercio. A pesar de su belleza casi insultante y su porte apuesto, que despertaba suspiros y adoración en todas las mujeres del pueblo, Sebastián mantenía siempre una actitud inexpresiva, fría y alejada de los demás. En la solapa de su abrigo, el pequeño broche con el escudo de los Winsport brillaba con una elegancia que lo separaba del resto como un muro invisible.
La dueña de la biblioteca, una mujer de cabellos grises salió a la puerta para despedirlo con una sonrisa amable, viendo en él a un joven que parecía más interesado en el saber que en la sangre. Sebastián, sin decir una sola palabra, se detuvo y le dedicó una reverencia elegante y silenciosa antes de dar media vuelta. Al hacerlo, el sol de la tarde arranco un destello metálico de su insignia, un recordatorio de que, aunque amara los libros, seguía siendo el dueño de la cumbre que vigilaba el valle.
Él era amante de la lectura, todo lo que tuviera que ver con ella era una fascinación para él, todos los viernes iba y salía de la librería con un libro nuevo para después verlo entrar devuelva a entregarlo, siempre era su rutina, se podría decir que todo su tiempo estuvo rodeado de libros, sin embargo, sus conocidos lo llamaban con un apodo algo particular...Rata de biblioteca era su apodo, gracias a su baja estatura cuando era pequeño, pero, aunque ya tenga la altura de un joven normal de su edad, el apodo se quedó con el de ahora en adelante.
Su mirada se fijó en unas lindas chicas, una tenía el cabello castaño y la otro de negro, sus ojos tenían el mismo color verde como la esmeralda. Se veían emocionadas, solo escucho como una de ellas decía con un antifaz en las manos —¡¡Mira, me invitaron, a mí, puedes creerlo!! —a su lado estaba un pequeño pergamino con el sello de la familia Winsport marcado en será de vela, pero no le dio más importancia.
Sin perder más tiempo, Sebastián tomo suavemente la portada del libro con sus delicadas manos, con la palma, acarició la primera hoja suavemente y comenzó a leer de una manera atenta como si fuera un niño con un dulce, caminaba por el corazón del valle, ese laberinto de calles empedradas que fluyen como ríos hacia la plaza central. Mientras sus botas marcaban un ritmo constante en el camino, sino perdidos en las páginas de un libro de lomo desgastado, no despegaba la mirada del pequeño libro, su caminar era lento y elegante, a pesar de no poner atención al frente, podía caminar recto sin chocar con algo en su camino.
El valle del comercio era demasiado grande, un organismo vivo que nunca dejaba de exhalar. Protegido por murallas de piedra gris que lo resguardaban de los vientos salinos de las marismas, el distrito era una sinfonía de actividad. Allí, bajo la sombra de los entandares del Roble de Plata, los hombres de leyes y los maestros artesanos caminaban con prisa, sus botas marcando un ritmo constante sobre el suelo de granito. Era un lugar de orden y esfuerzo, donde cada centavo se ganaba con sudor y cada palabra era un contrato. Para Sebastián, el Valle era el rincón del mundo que se sentía real; un intermedio necesario entre la opulencia asfixiante de su hogar y la miseria olvidada de la costa.
—Si sigues así, terminaras besando el lodo de las Marismas antes de llegar a la Cumbre —Una mano rápida y familiar le arrebato el libro de un tirón.
Sebastián se detuvo en seco, algo molesto ya que le habían interrumpido su lectura, parpadeo para salir de su trance literario. El solo ignoro al joven y siguió su camino sin el libro, cómo si ya no tuviera importancia, él siempre decía “cuando a un lector lo interrumpen en su lectura, ya no tiene sentido seguir leyendo”.
—¡¡Oye espera!! solo intento hablar contigo —Dijo el joven, quien colocó su brazo al rededor del cuello de Sebastián, sostenía el libro abierto en lo alto con una sonrisa juguetona, no por maldad, sino como una advertencia necesaria —No pones atención, solo quiero que despabiles un poco... y que es esto de Viajes y Abismos, ¿sigues buscando una salida de esta ciudad? ¿o es que planeas convertirte en sirena? —Continúo burlándose mientras cerraba el libro con un golpe seco. Se ve impecable, como siempre. Su traje de lino blanco brilla bajo el sol de la tarde y su cabello está perfectamente peinado, él es la viva imagen de los Winsport. Sin embargo, cuando le devuelve el libro y sus manos se rozan, Sebastián baja la vista y el corazón se le detiene por un segundo.
El joven al estirar el brazo, el puño de la camisa blanca se asoma bajo de la chaqueta. Allí, justo cerca del gemelo de oro, hay una pequeña mancha rojiza, casi del tamaño de una moneda, que todavía parece húmeda. El, al ver la mirada de Sebastián, retrae el brazo con una rapidez felina y se ajusta la manga con total naturalidad.
—Me he manchado ayudando a uno de los carniceros del mercado a levantar una res que se cayó del gancho —Sus ojos se vuelven fríos un milisegundo, mientras dice restándole importancia con un gesto elegante —Ya sabes que soy demasiado amable para mi propio bien.
Sebastián lo mira algo confuso, se supone que él había salido de una reunión de negocios bastante importante, entonces, ¿Por qué menciona al carnicero si esta al otro lado del valle del comercio?
Solo suspiro, no quería darle más mente a algo que probablemente si paso o que no le importaba en realidad —Estas aquí por mi madre verdad —Tomo el libro mientras se daba la vuelta para ver a Alexander.
Alexander era notablemente más alto que su hermano, una figura robusta y atlética que proyectaba una sombra alargada sobre el empedrado del valle. Su cabello, de un tono rubio beige, caía con un descuido elegante sobre su frente, su rostro tenía unas facciones más marcadas y maduras que las de Sebastián. Tenía una mandíbula fuerte y unos hombros anchos que llenaban su abrigo de lana fina, dándole el porte de alguien que no solo pertenece a la cumbre, sino que está hecho para dominarla.
—No es por mi madre... o bueno... un poco sí, pero eso no es lo que te quiero decir —El joven le golpeaba suavemente en el pecho — Últimamente has estado algo alejado de toda la familia, o bueno, no es como que siempre estés cerca de nosotros, pero antes estabas todo el día en la mansión y ahora te la pasas más en el valle —sus brazos se cruzaron y volteo la cara hacia un lado.
—Es simplemente que escucharlos a todos hablar me estresa, así que prefiero alejarme de la mansión e irme a un lugar más tranquilo, además, los libros que había en la biblioteca de la mansión ya no son interesantes... los terminé de leer y ahora quiero otros nuevos —El, algo molesto ignoro la expresión de su hermano para seguir caminando.
—Tu y tus libros, por lo que veo, tú nunca cambiaste esos gustos por unas insignificantes hojas de papel, ¿verdad? —Alexander le seguía el paso con las manos en los bolsillos.
—La biblioteca de nuestra familia es un mausoleo de sabiduría olvidada. Polvo sobre tomos de cuero, historias de hombres que jamás conocí. Por eso, en secreto, he buscado refugio en el Valle del Comercio y tú eres el único que sabe de esto. Allí, entre el bullicio de los mercaderes y el olor a tinta fresca, la biblioteca pública es mi verdadero santuario. Los libros van y vienen como las mareas, trayendo nuevos mundos a mis manos. Hoy estaba leyendo sobre rutas marítimas olvidadas, sobre monstruos marinos y sobre culturas lejanas, claro, eso antes de que me interrumpieras —Tomo un pequeño suspiro de enojo para después seguir diciendo —Quizás por eso mi madre me llama ’soñador”. Pero un capitán debe conocer no solo el viento, sino también las historias que el viento ha traído de otros mares. Y pronto, muy pronto, yo mismo seré una de esas historias.
—Ja... que inspirador, Como sea, la verdad no me importa lo que hagas, pero haré una pequeña excepción por hoy... —acaricio su anillo con el escudo de los Winsport mientras tragaba saliva algo pensativo —Mi padre me dijo que te llevara a la mansión, y antes que digas algo, si... ya sé lo que piensas, estás ya grande y puedes ir por tu cuenta, pero nuestro padre pensó que como eres tan terco, no llegarías solo a la mansión, así que me ¡¡OBLIGÓ!! a buscarte y llevarte a ella.
Aunque Sebastián ya había cumplido dieciocho años hace dos semanas atrás, la familia no quería desaprovechar la oportunidad de conseguir una esposa para él.
Su padre quería que el estuviera en una fiesta preparada especialmente y estratégicamente para conocer a una mujer y hacerla su esposa, sin embargo, a la supuesta fiesta asistirían familias de clases alta, lo cual hacía que a Sebastián le molestara, pero ya estaba algo acostumbrado. Su madre se encargaría de conseguirle una esposa para él, claro, cumpliendo los estándares de su padre y los caprichos de su madre.
—Quien lo diría, Alexander, el hermano mayor preocupándose por su hermano menor —Dijo Sebastián con un tono algo carismático y burlón de brazos cruzados.
—¡¿Yo Preocuparme por ti?!, claro que no estúpido, no me preocuparía por una rata de biblioteca como tú, ahora déjate de idioteces y vamos a la mansión, el sol se está escondiendo y debemos estar ahí antes que los invitados —Alexander lo tomaba por el hombro con algo de fuerza en su agarre.
Al dejar atrás el Valle del Comercio, el aire comenzó a perder el aroma a papel viejo y especias del mercado para volverse más frío y cortante. Los hermanos comenzaron el ascenso por el Sendero de Plata, la impecable vía de mármol que separaba el caos del valle de la paz artificial de las alturas.
Desde los recodos del camino, podía ver las Marismas de Sal a lo lejos, sumergidas en una bruma perpetua donde las luces de las casas de madera titilaban como velas a punto de apagarse; allí, el escudo de las Anclas no era un adorno, sino un recordatorio de una vida anclada al lodo. A medio camino, el Valle del Comercio se extendía con sus tejados de teja roja y los estandartes del Roble de Plata ondeando en las plazas de los gremios, un hervidero de gente que Sebastián observaba con una mezcla de envidia y distancia.
El recorrido fue silencioso, los dos jóvenes compartían las mismas mañas uno de otro, Alexander caminaba con los brazos en sus bolsillos y Sebastián enterrado en el libro.
Finalmente, al cruzar los grandes arcos de piedra que daban entrada a la Cumbre de Cristal, el mundo se volvió silencioso. Aquí, las aldeas de los nobles no tenían mercados ruidosos, sino jardines geométricos y estatuas que portaban los escudos de sus familias, como la es la mansión Winsport con el Cisne Negro, vigilando cada rincón con una elegancia depredadora.
Alexander entro antes que su hermano, empujando la pesada puerta de roble con una autoridad que hizo retumbar un eco seco en el gran salón. Antes de hablar, se froto las sienes con un gesto fugaz de cansancio que desapareció en cuanto se dio la vuelta.
—Sebastián ve a cambiarte —Le ordeno, recuperando esa voz fría y carente de emoción.
—Se nota que te tomas muy en serio el papel de cabeza de familia ¿no? —Replico Sebastián con un rasgó de amargura.
Alexander estaba destinado a heredar el titulo y la fortuna cuando su padre falleciera. Aquella idea siempre había irritado a Sebastián, aunque en ese preciso instante, con la sal del mar aun en la piel, no era su mayor preocupación. Alexander no respondió; simplemente apretó el anillo hasta que sus nudillos se pusieron blancos, pero mantuvo la mirada fija en su hermano.
—Gracias al cielo que están aquí —Exclamo Robert su padre, irrumpiendo en la creciente tensión.
El hombre salió de una de las habitaciones de la planta baja y envolvió a ambos en un abrazo. Robert era un sujeto alegre, algo corpulento y de baja estatura, pero siempre impecable en sus trajes a medida, los más costosos que las sastrerías de la ciudad podían ofrecer. Sebastián se limitó a darle unas palmaditas en la espalda, incapaz de corresponder la muestra de afecto con la misma calidez.
De repente, una voz femenina y autoritaria restallo como un látigo desde lo alto de la escalera. Melissa bajaba los peldaños con una agitación contenida que no lograba despeinar su cabello perfectamente recogido, firme como un panal de abejas.
—¡¡SEBASTIÁN!! —Melissa era una mujer estirada, la viva imagen de la rigidez de la Cumbre de Cristal. De sus orejas colgaban unas perlas enormes que brillaban bajo la superioridad. Sebastián contrajo la mandíbula; la sola presencia de su madre era suficiente para dejarlo exhausto.
—¡¿Dónde te habías metido?! —Exclamo ella, aferrándose por su impecable chaleco — Se supone que me acompañarías a recoger tu traje para esta noche. Te descuido por un segundo y ya no estas a mi lado.
De repente, y de forma brusca, Melissa le tiro del cabello.
—No sabía que era para esta noche —Respondió Sebastián, apretando los dientes por el dolor del agarre —aunque, de haberlo sabido, tampoco te habría acompañado.
—Cariño, solo fue un mal entendido. Ya sabes cómo es el, no le gusta estar siempre en el mismo lugar por mucho tiempo —intervino Robert, tomando la mano de Melissa con suavidad para intentar aflojar la presión sobre su hijo.
—Ustedes dan vergüenza —sentencio Alexander, cubriéndose el rostro con una mano en un gesto de absoluta decepción —Son madre e hijo y no pueden tratarse con respeto ni por un minuto.
Para fortuna de todos, el timbre de la mansión soltó su típica melodía característica, indicando que alguien llamaba afuera. Melissa soltó el cabello de Sebastián de inmediato, pero antes de apartarse, le susurro al oído con un tono amenazante —Ve a cambiarte. No quiero que nos dejes en ridículo está noche... y arréglate ese cabello; te ves desastroso con esa apariencia
Melissa corrió hacia la entrada, alisando los pliegues de su vestido y acomodando su peinado para cambiar su semblante por uno mucho más amable y hospitalario. Sebastián, furioso, se dirigió a su habitación. Al entrar, tomó el lujoso traje de color azul rey que tantos problemas le había causado y lo lanzó con desprecio sobre el lecho. Después, salió al balcón, dejando que el aire fresco intentara despejar su mente tras el amargo encuentro.
Soltó un largo suspiro mientras pasaba los dedos por su cabello alborotado, intentando poner algo de orden en aquel desastre. La vista desde el balcón era hermosa; desde allí se podía apreciar la luna emergiendo sobre el horizonte, acompañada por el brillo plateado del mar que bañaba las costas de The Great Sun.
De pronto, alguien llamó a su puerta. Algo confundido, respondió con voz relajada e inexpresiva —Adelante, puedes pasar.
Era Alexander. Entró sosteniendo algo entre las manos, con un semblante que Sebastián no lograba descifrar. El mayor se sentó en el borde del lecho e invitó a su hermano a que hiciera lo mismo a su lado. Sebastián, sin decir palabra, obedeció y clavó la mirada en las manos de su hermano.
—Se supone que todo esto de la cena y la fiesta era un secreto, pero no podía cargar con el peso de ocultarte algo como esto —dijo Alexander con tono grave, manteniendo la cabeza abajo, evitando el contacto visual.
—Sí, no te preocupes... —respondió Sebastián, sintiendo que la curiosidad y la duda le oprimían el pecho —¿Qué es eso tan grave de lo que hablas?
Alexander guardó silencio un segundo ante de continuar —Ya sabes que nuestra madre siempre quiere hacer las cosas a su manera. Hace unos días los escuché hablando en la oficina de nuestro padre... Ella tiene planeado entregar tu mano en compromiso esta misma noche. Por eso te querían temprano en la mansión —Tomo un gran suspiro, se veía algo preocupado —Sabes que madre siempre tiene sus espectáculos “fabulosos” en este tipo de fiestas verdad.
—Si... si no mal recuerdo, la vez pasada obligo a dos hombres a hacer malabares en la punta de la colina, dicen que sus cuerpos aún no se han encontrado después de la caída hacia el mar.
—Ja eso es verdad... también me acuerdo de que cuando tenía tu misma edad, ella encerró a tres hombres y una mujer en una sala de cristal, era como una especie de jaula como un laberinto, también emergía un veneno para ratas en el aire, tenían que encontrar la llave de la salida en medio de todo ese humo verde... al final no había ninguna llave y terminaron muriendo uno encima de otro —dijo esto último con algo de dolor en su voz, con la mirada abajo como si le doliera la cabeza de recordar.
—Tu ese día me dijiste que me encondiera en el armario, recuerdo que me trajiste muchos libros para que no me diera miedo la oscuridad.
—Jaja si, cuando fui a sacarte de ahí, ya estabas dormido, te perdiste la mitad de la fiesta.
—Gracias a Dios por eso.
Los hermanos sonrieron, como si les gustara hablar uno con el otro, pero después el ambiente se volvió incomodo y algo pesado.
Alexander levantó por fin la mirada y le entregó el objeto que traía, era un paquete forrado en lo que parecía ser papel periódico.
—Esta es la temática de la fiesta... Ahora arréglate y baja al salón—sentenció antes de retirarse de la habitación, dejando a Sebastián a solas con el peso de su futuro.
Alexander cerró la puerta de su hermano con suavidad, pero no se alejó de inmediato. Se quedó de pie en el pasillo en sombras, iluminado apenas por el parpadeo de una lámpara de gas cercana. El silencio del corredor parecía asfixiarlo.
Dejó escapar un suspiro entrecortado y apretó los puños, hundiendo las uñas en las palmas de sus manos enguantadas. Miró el anillo de sello de la familia Winsport en su dedo meñique, para Sebastián era un símbolo de poder, pero para él, se sentía como un grillete de hierro fundido.
—Perdóname, hermano —susurró para nadie, con la voz quebrada por una culpa que no se atrevería a mostrarle a sus padres —Al menos uno de los dos debería tener el derecho de elegir su propia jaula.
Se ajustó la rígida chaqueta de gala y se pasó una mano por el rostro, tratando de borrar cualquier rastro de debilidad. Entonces, un pensamiento fugaz y casi culposo cruzó su mente, un pequeño mecanismo de defensa para soportar la noche que venía. «Al menos habrá chicas lindas», se dijo a sí mismo con una ironía amarga. «Si voy a pasar la noche fingiendo sonrisas y estrechando manos, espero que el paisaje valga la pena».
Recuperó su expresión gélida y caminó hacia las escaleras, volviendo a construir el muro de hielo que lo convertía en el heredero perfecto.
Sebastián esperó un par de minutos, mientras pensaba en la charla que tuvo con su hermano hace momentos. Observó el objeto en sus manos durante unos segundos antes de retirar con cuidado el papel periódico, revelando una exquisita máscara de yeso. Tenía delicados detalles en oro y cintas de seda azul en cada extremo, con delicadas rozas de este mismo color.
A su madre siempre le habían gustado las fiestas temáticas; solía decir que el misterio las hacía mucho más interesantes y divertidas. Sebastián se tomó su tiempo para arreglarse: vistió su elegante traje azul rey, peinó su cabello con esmero y, por último, cubrió su rostro con la máscara antes de salir de la habitación.
En el pasillo, el murmullo de los invitados ya retumbaba por todas partes, acompañado por la suave melodía de un vals que flotaba desde el salón principal. Con pasos lentos pero firmes, se apoyó en el barandal de mármol de las escaleras y observó a la multitud. Tal como Alexander le había advertido, todos lucían máscaras o antifaces, ocultando sus identidades bajo sedas y encajes costosos.
El sonido cristalino de un cubierto golpeando una copa de champán hizo que la multitud guardara un silencio sepulcral.
—Damas y caballeros —anunció Melissa desde el centro del salón —aquí tienen a mi hijo. Gracias a él, esta celebración tiene un propósito. Por favor, denle una cálida bienvenida a Sebastián Winsport.
Ella le extendió la mano desde el pie de la escalinata. Sebastián comenzó a descender lentamente; cada uno de sus pasos resonaba en el mármol, bajo la mirada fija de cientos de ojos ocultos tras aquellas tenebrosas máscaras. Al llegar al final, tomó la mano de su madre, sintiendo el frío de sus joyas, y miró a su alrededor con una mezcla de cautela y resignación.
De inmediato, ella lo arrastró hacia el centro del salón como si fuera un trofeo recién ganado en una cacería. El aire en el salón era denso, una mezcla sofocante de cera de cientos de velas, perfumes florales demasiado dulces y el sudor contenido bajo las máscaras de seda.
—Sebastián, querido, debes saludar al Duque de York y a su esposa —le susurró Melissa, apretándole el brazo con una fuerza que advertía que no aceptaría un “no” por respuesta.
Pasó casi media hora atrapado en un desfile interminable de reverencias falsas y cumplidos vacíos. Sebastián sentía que la máscara de yeso le quemaba la piel y que el cuello rígido de su traje lo asfixiaba. Para su fortuna la máscara era como un escudo que le servía para no mostrar una sonrisa falsa, mientras su madre lo “presumía” ante socios que lo miraban como si fuera una inversión financiera más que un ser humano.
En un momento de descuido de Melissa, Sebastián intentó retroceder hacia una columna de mármol para tomar aire. Sin embargo, una figura alta y sombría le bloqueó el paso de forma imprevista.
Su hermano mayor lucía un antifaz de terciopelo negro que solo cubría la parte superior de su rostro, dejando al descubierto una mandíbula tensa y una expresión severa. Sostenía una copa de champán sin beber de ella, observando a la multitud con ojos analíticos que brillaban tras las aberturas de la seda oscura.
—Mantén la máscara bien ajustada, Sebastián —le advirtió Alexander en voz baja, sin mirarlo directamente —Los buitres están especialmente hambrientos esta noche y madre ya ha comenzado la subasta.
—Ya me di cuenta —mascó Sebastián con amargura - Sácame de aquí, Alex.
—No puedo. Pero si caminas hacia el pasillo de los espejos y doblas a la izquierda, hay una salida de servicio que lleva al otro jardín trasero. Ve antes de que ella te encuentre de nuevo —sentenció Alexander, ajustándose el anillo de sello con ese gesto de tensión que Sebastián siempre confundía con arrogancia.
El horror apenas comenzaba para él. En el jardín, los invitados se reunían, el siguió a la multitud al lado de su hermano. Todos se colocaban alrededor de "La Sirena” . Una joven, la misma que Sebastián había visto en la tarde junto a la otra, toda ilusionada con la fiesta, golpeaba ahora desesperadamente el cristal de su jaula sumergida. El mecanismo se había detenido, pero la aristocracia, ebria de vino y crueldad, aplaudían con fervor creyendo que la agonía de la chica era actuación magistral. Cuando Sebastián intenta intervenir, Sintió como alguien jalaba de la manga de su traje. La mano de su padre lo detuvo en seco — Espera al final, hijo, el espectáculo apenas comienza.
Sebastián no podía con el pensamiento, cerro los ojos y luego solo dio un paso atrás agachando la cabeza. El más que nadie sabía que no podía hacer nada, ni siquiera sabía en dónde está el punto de control de la jaula, no sabía cuál es la manera de sacar de ahí a la chica, no sabía nada. Finalmente se dio la vuelta, se escabulló entre los invitados, esquivando a los meseros que portaban charolas de plata cargadas de copas de cristal. Estaba dispuesto a salir de ahí, quería llegar lo antes posible al cuarto de los espejos como le indico su hermano. Estaba a punto de alcanzar el pasillo cuando, en su prisa por escapar del calor viciado del salón, chocó bruscamente con una figura que emergía de entre las sombras de una cortina de terciopelo.
Era una joven que lucía un velo denso y oscuro sobre su máscara, ocultando cualquier rastro de su identidad. El impacto fue tal que ella soltó un pequeño jadeo y estuvo a punto de caer al suelo.
—¡Lo lamento mucho, señorita! —exclamó Sebastián, reaccionando por instinto y sujetándola por los hombros para estabilizarla.
Ella no se apartó de inmediato. Al contrario, dejó que sus manos descansaran sobre el pecho de Sebastián un segundo más de lo necesario.
—Muchas gracias, joven Sebastián, aunque no debió molestarse —respondió ella con una voz insistente que denotaba que sabía perfectamente quién era él —Me nombre es Emily Watson. Es un verdadero placer, por fin, tenerlo frente a mí.
La intensidad en la voz de Emily hizo que a Sebastián se le erizara la piel. Ella no parecía sorprendida por el choque, parecía que lo había estado esperando.
—El placer es mío —mintió él, sintiendo que las paredes del salón se cerraban —Lamento el tropiezo, pero tengo un asunto urgente que atender. Con su permiso.
—Pero joven Sebastián, es de muy mala educación dejar a una mujer como yo, sola en una casa que no conoce.
Él se siente acorralado «¡Porque mierda no me dejan en paz solo un maldito minuto!» pensaba con los puños cerrados con fuerza. Su mirada se desvió un poco, Joseph, el único amigo de Sebastián y mejor amigo de su hermano, estaba acompañado de una chica, buscaba privacidad en el interior de la mansión.
El abría puerta por puerta, buscando un lugar cómodo y silencioso. El abrió la puerta del sótano, estaba silenciosa y alejada, era un buen lugar para estar a solas con la chica. Al entrar los dos, cerraron la puerta con seguro y bajaron las escaleras con emoción y ya algo ansiosos, pero ahí entre cajas con telarañas y estanterías vacías, encontró a Alexander, con una lampara de gas en una repisa cercana.
—Hermano tú qué haces aquí, no me digas que también viniste a tener pasión con una chica, jaja tu sí que eres rápido, te descuido por un momento ya estas... —el chico paro de hablar, vio que él tenía un delantal de cuero sobre su traje impecable mientras limpiaba una mesa de mármol —Porque te pusiste eso, ¿es parte de la fiesta? ¿teníamos que traer uno?, porque se me olvido en casa — El tono ebrio de Joseph era más que evidente mientras bromeaba.
Alexander no decía ni una sola palabra, parecía encerrado en su mente. La mirada de Joseph finalmente bajo un poco. Al lado de Alexander, tenía un cuaderno de dibujos que estaba abierto en la página que retrataba a la chica del antifaz turquesa. —Es de mala educación interrumpir al artista en medio de su obra — Sentencio el patriarca bajando un poco la intensidad de gas de la lampara y quedando en un siniestro cuarto oscuro.

Para alivio de Sebastián, el banquete finalmente fue servido, uno de los sirvientes del lugar les indica ir a la otra habitación. En el gran comedor, la familia Vane presentaron una bandeja de plata con carne blanca y tierna. El silencio se apodero de Sebastián al ver, adornado el borde de la bandeja, el antifaz turqués de seda.
—No quiero que pruebes esa carne Sebastián, las verduras y frutas te aprovecharan más —Melissa, que estaba sentada a su lado, le acercaba un plato con estas mismas. Mientras que observaba a los invitados comer con deleite y con una sonrisa en su rostro, solo acerco la copa a sus labios.
—¿Y Alexander? —Pregunto a su madre, mientras que metía una uva a su boca con algo de desconfianza.
—Debe estar con una de esas arrastradas que vinieron a la fiesta, maldito niño insolente —Replico ella
—Cariño no le digas así a nuestro hijo, el solo se está divirtiendo con su amigo, ¿no? —Bromeo Robert que estaba sentado al otro lado de Sebastián, pero afortunadamente un asiento vacío se interponía entre ellos dos.
—Lamento la tardanza, padre, madre, - Alexander ofreció una reverencia para los dos y se sentó al lado de su hermano. —Por fin nos podemos quitar estas ridículas máscaras, ¿no? —le dijo con una sonrisa, su respiración era agitada y su cabello estaba ridículamente organizado.
—Donde estabas.
—Con una chica.
—Pero hace unos cuantos minutos estabas en el jardín con esa... esa asquerosa escena que organizo mi madre.
—Ujum si, oye estas frutas están demasiado buenas, ¿no crees?
—Oye esa chica, a la que enjaularon, la vi hoy en la tarde.
—¿Seguro que era ella?
—Claro que sí mierda, hablaba con su amiga sobre esta fiesta... y su amiga traía ese mismo antifaz —el señalo la bandeja.
Alexander se tomó su tiempo para tragar toda la fruta que se había metido a la boca.
—Quizás la chica consiguió otro antifaz y puede que el que tu vez ahí, era solo para la decoración, todos teníamos la cara cubierta, no podríamos saber cuál es cual, tan solo míralos, son todos iguales, mismos vestidos, mismos trajes, mismos cortes de cabello.
Sebastián finalmente se quedó callado, pensando en todo lo que había pasado hoy y en las coincidencias de la situación.
Cuando el banquete acabo, Sebastián prácticamente huyó hacia el cuarto de espejos como tenía planeado hacer hace un par de horas. Al cruzar el umbral, el cambio fue glorioso. El aire frío y salado del mar del océano que estaba cerca golpeó su rostro, limpiando sus pulmones del olor a incienso y falsedad. Se adentró en la oscuridad del jardín, donde las sombras de los árboles eran el único refugio contra las luces cegadoras de la mansión.
Sebastián, aliviado por haber escapado de aquella avalancha de gente, se dejó caer en el borde de la gran fuente de piedra. En el centro, se erguía una imponente figura de Afrodita esculpida en cuarzo fino, brillando bajo la luz de la luna con un jarrón entre las manos y flores a sus pies.
Se quedó fascinado por la estatua, aunque no era la primera vez que buscaba consuelo en ella. Con la voz apenas en un susurro, comenzó a recitar...
—Afrodita mía, dime que pasos seguir en esta vida de disgusto y preocupación... Que cada vez que camino, los pies me traicionan y mis piernas y muslos se clavan a mis caderas como si fueran dagas en un corazón maldito. Afrodita mía, eres la luz que alumbra mis noches y las nubes que cubren el sol que profana mi piel blanca como la tuya, ¿algún día seré igual que tú? ¿O es acaso que no he sido bendecido por tus labios rojos y jugosos como cerezas en pastel recién puesto en platos finos y costosos? O quizás tus brazos no me han alcanzado desde acá abajo en la tierra...
Era su refugio habitual, siempre dedicaba poemas hermosos a aquella escultura sin esperar respuesta. Sentía una calma al recitar poemas para la insignificante piedra con la cara de la diosa que tanto amaba como si está en verdad estuviera recibiendo aquellas palabras que con tanto amor él le dedicaba.
Apoyo su cabeza en el borde de la fuente, mojando su mano con el agua fría y extrañamente reconfortante, mientras que con la otra acariciaba con su pulgar la máscara. La observa atentamente, los detalles que tenía en verdad eran admirables, ¿Dónde podría su hermano encontrar aquel objeto tan bonito como lo era esa mascara?
Mientras examinaba la máscara, su mirada se desvió hacia una pequeña puerta de madera, apenas del tamaño de un niño de diez años, era pequeña, estaba oculta entre la maleza, un adulto jamás podría pasar por ella.
Sebastián se acerca un poco, recordando los días de su infancia en los que se escapaba por ella, la ocultaba con algunos arbustos y ramas secas que había cerca, con el pasar del tiempo, dejó de usarla y simplemente salía de la mansión cuando quisiera.
Las voces de los invitados comenzaban a escucharse más carca de él, al voltear, se da cuenta que el jardín comenzaba a llenarse de ellos, la voz de su madre destaco mucho gracias al grito furioso que pego cuando buscaba a Sebastián. El en una decisión desesperada por evitar a Melissa, intenta salir por la pequeña puerta, a pesar de su pequeño tamaño, el hábilmente cruza por ella, su cuerpo era delgado y flexible, lo que hacía que fuera más fácil para él, haciendo que recordase sus años de escapatorias.
Para su fortuna, la puerta lo dirigía a las afueras del camino de lodo del pueblo de las Marismas, el aire cambio de golpe, ya no olía a incienso caro, sino al aroma crudo y penetrante de las Marismas de Sal. El no recordaba como era ese lugar, solo pensaba si tenía las mismas cosas que cuando era un niño o si ya las habían cambiado. Si bien ya habían pasado los años, nunca se le olvidarían cuando las murallas del Valle del Comercio aun no cubrían la vista a las Marismas, los fantásticos libros que leía cuando la biblioteca pública era más chica y con menos libros que ahora, y esa fabulosa banca de madera que estaba afuera de la biblioteca, con una vista fabulosa que daba al mar. Él podía pasar varias horas leyendo aquellos libros que marcaron su infancia en esa incomoda banca.
Siguió los senderos de lodo y sal que conocía desde niño, esos caminos ocultos que serpenteaban lejos de la vigilancia de los guardias de la Cumbre de Cristal. Sus botas de gala, hechas para brillar en salones de baile, comenzaron a cubrirse de ese polvo blanco y cristalino que tanto amaba. A cada paso que daba alejándose de la mansión, sentía que el peso en su pecho se aligeraba. El caminaba por las calles solas y frías mirando a su alrededor, veía las diferentes tiendas que había, alguna era nuevas al parecer, pero las otras seguían siendo igual, solo que, con la pintura nuevamente retocada.
De repente una linda melodía envolvió sus oídos y profano sus tímpanos dulcemente, era suave y romántica. Si las canciones tuvieran aroma, olería a rosas y canela con una pisca de whisky y cigarrillo.
La melodía provenía de un edificio, aunque conservaba una fachada elegante, gritaba una decencia peligrosa, un Burdel.
Sebastián toda su vida había sido muy curioso, el dicho de “La curiosidad mato al gato” le quedaba como anillo al dedo, y más si se trataba de algo que estuviera fuera de su jaula de oro.