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Sinopsis

ACTUALIZACIONES: martes/jueves/sábado (hora de Australia/Nueva Zelanda) Paige, la intrépida capitana de su equipo de natación, creía tener su vida resuelta. Sin embargo, cuando asiste a un retiro de liderazgo, su mundo da un vuelco. De repente, su pasado, su presente y su futuro chocan con cuatro cautivadores capitanes deportivos, cada uno desafiándola de formas carnales. Luka, el capitán de fútbol, es su complicado ex, quien aún enciende una chispa innegable entre ellos. Luego está Nixon, el capitán de hockey sobre hielo, su enemigo de ingenio afilado, que esconde una pasión abrasadora tras su desdén. Owen, el capitán de baloncesto, quien siempre ha sido su incondicional mejor amigo, quiere arruinar la amistad cediendo a la creciente tensión entre ambos. Y, por último, Micah, el carismático líder del retiro y campeón de snowboard, quien se ve atrapado en un juego de corazones de alto riesgo, un juego que está decidido a ganar. Cuando la presión de desear a los cuatro capitanes interfiere con su éxito en el retiro, Paige debe decidir si terminar en sus camas vale la pena como para perder todo por lo que ha trabajado, o si debe renunciar a ellos para salvarlo todo.

Estado:
Completado
Capítulos:
30
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5.0 6 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1- Paige

Tenía los dedos de los pies congelados dentro de mis zapatos. Las piernas me temblaban tanto como mis manos entumecidas.

Abrigada con mi ropa deportiva, sudadera, chaqueta y gorro, corrí hacia mi coche a través del oscuro y helado aparcamiento del estadio de natación. Me castañeteaban los dientes y las llaves me tintineaban en la mano.

La piscina municipal estaba tan descuidada como el resto de mi aislado pueblo en las montañas, pero la prefería antes que la de la universidad. Nadie más venía a esta.

La de la universidad solía estar llena de pirañas, colorante o alguna otra broma de mierda que a mi acosador le gustaba hacerme. Esta era segura.

Forcejeé con las llaves entre mis dedos helados. Todavía me castañeteaban los dientes cuando por fin abrí mi pequeño coche y tiré de la puerta. Me metí dentro, me eché hacia atrás los mechones de pelo naranja y soplé sobre mis manos, tratando de entrar en calor en la oscuridad.

No funcionó, así que encendí el coche y puse la calefacción a tope. El motor retumbó como si quisiera morir, pero recé a la luna llena para que aguantara. No tenía dinero para arreglarlo. Mi beca en la Alpine Academy no incluía gastos de coche.

El motor se estabilizó y sonreí. —Buena chica —le di unos golpecitos al tablero y encendí las luces.

Di un respingo al ver otro coche en el aparcamiento oscuro. Nunca había nadie más aquí.

Estaba escondido en las sombras, bajo el árbol marchito del último estacionamiento.

Fruncí el ceño y entrecerré los ojos hacia él.

No había nadie más en el estadio y el coche tenía las luces apagadas. Un escalofrío me recorrió la espalda, y no tenía nada que ver con el frío. Decidí que no quería tener nada que ver con lo que fuera que estuviera pasando.

Salí a toda prisa del aparcamiento y me dirigí hacia mi casa, la Alpine Academy. Me encantaba estar allí, en las montañas, en un lugar donde me dejaban aprender y nadar, incluso lo fomentaban.

Pero ahí terminaba mi amor por ese sitio. La gente de allí, especialmente una persona, se podía ir a dormir con los peces si por mí fuera. Y esa persona era la razón por la que apreté el volante con fuerza.

Él hacía que odiara vivir en el campus.

Mientras conducía, me preguntaba qué nuevo horror me esperaba esta noche en mi dormitorio. Probablemente otro pez muerto; era su favorito. Uno que me llevaba días encontrar.

Apreté la mandíbula y pensé en irme a un hotel, cuando de pronto oí un movimiento en el asiento de atrás.

Se me puso la piel de gallina. Me disponía a girarme para ver qué era, pero antes de que pudiera hacerlo, una mano me rodeó la garganta y apretó.

Grité, y aquella mano cálida apretó mis cuerdas vocales con más fuerza mientras una presencia se acercaba por detrás.

El pánico se apoderó de mí. Miré hacia el retrovisor, pero lo habían movido. Ni siquiera me había fijado en que estaba orientado hacia otro lado.

La mano en mi garganta apretó más.

Di un volantazo y la mano aflojó un poco el agarre.

Pero el dueño de la mano no dijo nada.

En cuanto enderecé el coche en la carretera oscura y nevada hacia el pueblo, la mano volvió a cerrarse con fuerza y solté un jadeo.

Jadeé, forzando la entrada de aire por mi garganta. —¡Vete a la mierda! —gruñí, intentando liberarme mientras mi corazón retumbaba en el pecho.

Entonces, una risita entrecortada al lado de mi oreja me dejó helada. Dejé de entrar en pánico al reconocer quién era.

—Déjame ir —espeté, con la voz ronca, mientras intentaba lanzar mi cuerpo hacia adelante.

La mano me inmovilizó contra el asiento. La presencia se acercó hasta que sentí su aliento en mi oreja, lo que me hizo estremecer.

Me costaba respirar. Intenté concentrarme en la carretera, pero sus labios se presionaron contra mi oreja.

—Sabes lo que me provoca tu cuerpo cuando llevas ese bañador, Paige —dijo con voz grave. Sus palabras hicieron que el chispazo de reconocimiento se convirtiera en un incendio.

Su acento me golpeó primero y tragué saliva con fuerza bajo su agarre. Era un acento cubano que me volvía loca cuando susurraba guarradas. Lo recordaba perfectamente, y todo mi cuerpo se tensó.

Apreté los muslos.

Luka Romero.

Su mano jugueteaba con mi garganta; le encantaba jugar con la respiración. Lamió el borde de mi oreja y su aliento cálido hizo que mi estómago se encogiera. No podía estar aquí. Estaba soñando. Tenía que ser eso.

—Has olvidado mis caricias, princesa —susurró con voz ronca mientras acariciaba mi cuello.

Mi coño se contrajo, suplicando que se lo recordara. Lo echaba de menos. Joder, le echaba de menos. Durante años habíamos sido él y yo. Novios desde el instituto, follando como animales, con desesperación y deseo. Y entonces la realidad nos golpeó fuerte.

Yo solo podía ir a la universidad con una beca, y la única en la que fui aceptada fue Alpine.

Él había sido aceptado en la universidad de sus sueños en Londres, además de otras, incluida Alpine.

Él eligió su sueño, y yo también.

Así que terminamos, negándonos a renunciar a nuestros sueños por el otro. Nos rompió a los dos, pero no podíamos sacrificar nuestro futuro. Yo era nadadora de corazón, y él tenía el fútbol en las venas.

Por eso no había forma de que estuviera aquí.

Pero entonces bajé la mirada hacia lo único que confirmaría lo real que era.

Un tatuaje en su mano de una cruz invertida, cuya línea seguía la cicatriz que le hice la primera vez que usó su mano en mi garganta y me folló.

Eso me hizo aferrarme a él, clavándole las uñas en la mano mientras me corría. Así que se tatuó la marca de mis uñas allí.

Miré brevemente la cruz invertida junto a mi garganta y todo en mi interior se tensó de nuevo.

Respiraba con dificultad, casi jadeando al darme cuenta de que realmente estaba aquí.

Y de las ganas que tenía de golpearlo por ello.

No me había mandado mensajes. No había llamado.

Se había ido y actuó como si no hubiéramos sido mejores amigos durante años.

Me había abandonado.

Le había enviado mensajes, cartas, e incluso intenté contactar por redes sociales. Pero silencio.

¿Y ahora estaba en mi coche, con la mano en mi garganta, pensando que simplemente le dejaría volver?

—Creo que necesito recordártelo —dijo, mientras su otra mano bajaba por mi chaqueta, recorriendo la curva de mis pechos sobre la camisa hasta llegar a la banda de mi sudadera.

Se me cortó la respiración y él gimió en mi oreja, apretando más mi garganta.

—Podrías haberme dicho quién eras, Luka. Pensé que me estabas secuestrando —espeté jadeando.

—Apuesto a que eso te ha puesto más húmeda —se rio Luka con la misma voz entrecortada, metiendo la mano en mis pantalones. No lo detuve; mis dos manos seguían aferradas al volante.

Joder, todavía me conocía demasiado bien.

Intenté apretar más los muslos, intenté decirle a mi cuerpo que dejara de ser tan desesperado. Ya no era nuestro amigo. Habían pasado dos años sin él; podíamos sobrevivir otros tantos.

Pero mi coño no estaba de acuerdo con esa narrativa.

Sus dedos se metieron bajo mis bragas y contuve el aliento mientras acariciaba mi clítoris.

Su respiración también se entrecortó mientras sujetaba mi mandíbula con la mano abierta, sintiendo la cicatriz en mi barbilla. —Mmm, así me gusta —jadeó, metiendo los dedos dentro de mi empapado y traicionero coño.

Gimí y elevé mis caderas hacia su mano.

Mis manos se apretaron sobre el volante mientras el placer surgía de lo profundo de mi núcleo, empapado en la gasolina de mis recuerdos.

Joder.

Di un volantazo y metí el coche en un estacionamiento en la calle oscura y vacía del centro, agradecida de que no hubiera nadie a esas horas. Apagué el motor y me giré hacia él.

Su rostro me impactó con la misma fuerza que hace años: guapo, de piel aceitunada con una barba sexy de varios días y esa mandíbula definida, además de esos malditos ojos color avellana que sonreían por sí solos. Llevaba un gorro, pero sabía que debajo tenía un suave pelo castaño, y necesitaba hundir mis dedos en él.

Él me sonrió con suficiencia y se reclinó hacia atrás.

Me tenía, y ambos lo sabíamos. Así que, en lugar de decirle que se fuera, como debería haber hecho, me arrastré hacia el asiento trasero y me senté sobre su regazo.

En cuanto estuve sobre él, sus labios se estrellaron contra los míos.

El calor recorrió mi cuerpo mientras él me arrancaba la chaqueta. Lo había echado de menos. Joder, muchísimo. Él me había roto el corazón, yo había roto el suyo, no nos habíamos seguido el uno al otro, pero no me importaba. No cuando su cuerpo estaba bajo el mío.

Me besó con rudeza, sus manos quitándome la ropa con movimientos bruscos y torpes en mi pequeño coche.

Se había puesto más grande de lo que recordaba. Estaba lleno de músculos definidos que ondulaban bajo mis dedos cuando logré quitarle la camisa también.

Me agarró el pelo con dedos salvajes, tirando de él mientras giraba mi boca para empujar su lengua dentro de la mía.

Gimí y deslicé mis manos por su impresionante cuerpo tatuado; sus piernas estaban firmes y cargadas de unos músculos que antes no tenía.

Claro, siempre había estado en forma, pero no así.

Él gimió y me besó como si intentara absorberme, como si tratara de borrar nuestros años de separación.

Me agarró del culo y me levantó antes de girarme y presionarme contra el asiento trasero. Sus labios se movían con los míos mientras yo tiraba desesperadamente de los mechones de pelo de su cabeza, tirando el gorro en algún lugar del coche.

Mi cerebro dejó de pensar y se sumergió en las sensaciones que él me provocaba. La calidez y el consuelo regresaron, nuestros años de aprender a conocer nuestros cuerpos, presentes en cada caricia.

Gimí arqueándome mientras él se deshacía de mi sujetador, liberando mis pechos.

Los sujetó con las manos, bajando la boca para rodear mis pezones antes de empezar a besar mi estómago. Jadeando, le observé, con el cuerpo palpitando de calor y tensión.

Luka se deshizo de mis zapatos y luego de mis vaqueros. Intenté ayudarle, quitándomelos mientras me reía porque se me quedaba un pie atrapado.

Dejó los vaqueros colgando de un pie y cubrió mi cuerpo con el suyo. Se sostuvo apoyándose en la puerta, sobre mí, mientras yo me lamía los labios hinchados. Sus ojos avellana me miraban tan fijamente como la primera vez que nos besamos.

No era lo suficientemente fuerte como para resistirme a él, aunque sabía que era una mala idea.

Se inclinó y volvió a besarme con suavidad. Su mano bajó por mi cuerpo, sobre mi muslo, antes de que sus dedos se deslizaran entre mis piernas.

Jadeé cuando metió dos dedos. Los movió dentro de mí y me folló con ellos. Grité ante la presión instantánea en mi núcleo.

Joder, todavía conocía mi cuerpo a la perfección. Le clave las uñas en sus gruesos brazos, dejando marcas rojas sobre sus tatuajes.

Él gimió y me besó más profundo, su lengua entrelazándose con la mía tal y como solían hacer nuestros cuerpos.

Abrí más las piernas, con mi cuerpo corriendo hacia la meta. Jadeaba, lista para derrumbarme cuando se sacó su impresionante y gruesa polla de los calzoncillos y separó mis muslos.

Temblé al recordar lo bien que se sentía estirarme para recibirle. Era grueso en todas partes, y eso hacía que el polvo fuera de otro mundo.

Se acercó, con la punta contra mi entrada. Me sujetó la cara, besándome bajo el ojo, con la frente apoyada contra la mía mientras su cuerpo se hundía en el mío.

—Sigues siendo mía —jadeó tan bajito que no estaba segura de si debía haberlo escuchado. Luego besó la comisura de mis labios—. Quiero follarte al natural, princesa, por favor, dime que estamos a salvo.

Su forma de hablar fue como un ruego gutural que hizo que mi coño se contrajera, desesperado por la fricción.

Mi corazón dio un vuelco al pensar en la seguridad y lo que significaba, o más bien, dónde había estado él, luego aclaré mi garganta.

—Tú dime —le reté. Él se inclinó sobre mí, su cuerpo mucho más grande. Mucho más fuerte.

Él sonrió y me besó con suavidad. —Si piensas que podría estar con alguien más después de lo que fuimos, es que estás fuera de tu puta mente —dijo, y volvió a cerrar mi mano favorita alrededor de mi garganta.

Jadeé en lo que esperaba fuera mi último aliento por un momento, ocultando lo jodidamente feliz que me hacía oír sus palabras. Mi corazón se elevaba y mi cabeza daba vueltas.

Aunque estaba bastante segura de que era por la falta de oxígeno.

Luka se hundió en mi interior y mis uñas le arañaron la espalda. Intenté gritar, pero él sujetó mi garganta, controlando cada sonido.

Me besó la boca, bajo la mandíbula, vigilando cómo mi cuello se tensaba antes de gemir y follarme más duro, más rápido, profundizando con cada embestida.

Mi cuerpo palpitaba con cada empuje, la sangre me subía a la cabeza hasta que sentí los oídos taponados y el placer inundaba cada poro de mi piel.

—Mi vida —susurró contra mis labios mientras mi vista se desvanecía.

Pero no tenía miedo. Confiaba en cada segundo que me quitaba de aliento. Y con cada parte tensa de mí, desesperada por oxígeno, había un nervio lleno de placer a punto de estallar.

Me retorcí, mis caderas encontrándose con las suyas. Arañé y golpeé la parte trasera de mi cabeza contra el reposabrazos de la puerta.

Luka se dio cuenta y me ajustó, empujándome con más fuerza contra su polla.

Pero mi cuerpo no estaba acostumbrado a la intensidad después de tanto tiempo, mi resistencia era nula. Ya estaba en la meta, a punto de explotar.

Le arañé la mano. Necesitaba que me dejara respirar, que me dejara sentir el estallido de mi orgasmo. Mi coño palpitaba en señal de advertencia, el calor recorrió mi columna vertebral y se extendió por todo mi cuerpo, y justo cuando estaba segura de que me iba a desmayar, Luka soltó mi garganta.

Jadeé, gritando mientras la sangre volvía con el oxígeno con toda su fuerza y me lanzaba a un orgasmo tan feroz que me estremecí y me aferré a él.

Sus labios se cerraron sobre los míos mientras jadeaba contra él, balanceándome sobre su polla, el grosor llenándome hasta el borde, sus caderas embistiendo con tanta fluidez.

Fue una intensidad que nunca olvidaría.

Grité una y otra vez mientras ola tras ola me golpeaba. Mi cuerpo palpitaba, mis pulmones apretados mientras mi núcleo sentía cada punzada de sus embestidas. Era abrumador, y le besé ferozmente.

Los labios de Luka habían perseguido mis pesadillas durante los últimos dos años.

No fui amable, y él gimió contra mi boca antes de embestir con fuerza y estremecerse contra mí.

Se hundió dentro de mí con embestidas que lo cubrían por completo, y suspiré mientras él se corría con brusquedad. Enterró su cara en mi cuello, mordiéndome el hombro. Me atrajo hacia él, vaciando lo último de sí mismo mientras jadeaba tratando de sobrevivir a lo que acabábamos de hacer.

Pasé mis dedos por su suave pelo y mis ojos se cerraron. Podría quedarme allí para siempre, en el momento, fingiendo que esto no era un gran error.

Él estaba aquí, pero no era a mí a quien vino a buscar. No había forma, o me habría enviado un mensaje en algún momento durante los últimos años. Pero no lo hizo.

Me había hecho *ghosting*. Y un pequeño truco de secuestro fue todo lo que hizo falta para que yo cediera.

Él me debilitaba, y yo tenía que ser más fuerte. Pero la próxima vez.

Esta vez, me dejé llevar.

Luka se apartó y me besó suavemente.

Echaba de menos su cara. Estaba jodidamente guapo. Me había ganado el odio de todas las animadoras por estar con él.

Luka parecía que iba a decir algo, pero antes de que pudiera, alguien golpeó la ventana y una linterna nos enfocó desde fuera.

—Ustedes dos, salgan de ahí para que pueda detenerlos con la ropa puesta, ¿sí? —dijo el policía frente a la ventana, con el rostro impasible mientras examinaba nuestros cuerpos desnudos en el coche.

Joder, mi acosador se iba a divertir mucho con esto.