El lugar al que se huye
Elara corría sin mirar atrás.
El sonido de las risas la perseguía como un eco cruel, mezclado con el golpe apresurado de sus propios pasos contra el suelo. El aire le quemaba los pulmones, y aun así no se detenía. Sabía que si lo hacía, aunque fuera un segundo, las alcanzarían. Siempre lo hacían.
—¡No corras! —gritó una voz detrás de ella, cargada de burla—. ¿A dónde crees que vas?
Elara apretó los puños y aceleró. El mundo se volvía borroso a los lados, como si todo excepto el miedo dejara de existir. Su mochila golpeaba su espalda con cada zancada, pero no le importaba. Solo quería desaparecer. Solo quería llegar a un lugar donde no la encontraran.
Doblando una esquina que casi nadie usaba, vio algo que nunca antes había notado: una abertura estrecha entre dos muros viejos, como un pasillo olvidado por el tiempo. Sin pensarlo, se metió ahí.
El túnel era largo y oscuro, con paredes húmedas cubiertas de musgo. El olor a tierra mojada la envolvió de inmediato. La luz del otro extremo parecía lejana, pequeña, pero real. Elara siguió corriendo, sintiendo cómo el eco de las voces se debilitaba poco a poco.
Al salir, se detuvo de golpe.
Frente a ella había una cerca rota, oxidada y vencida por los años. Más allá… un bosque.
No era un bosque cualquiera. Los árboles eran altos, antiguos, con troncos gruesos que parecían sostener el cielo. La luz del sol se filtraba entre las hojas como hilos dorados, y el aire era más fresco, más limpio. Elara dudó apenas un segundo antes de cruzar la cerca, rasgándose un poco el pantalón sin siquiera notarlo.
Se internó entre los árboles y se escondió detrás de uno, conteniendo la respiración.
Las chicas llegaron poco después. Sus voces se escuchaban cerca, molestas, confundidas.
—¿A dónde se metió?
—Aquí no está.
—¡Te dije que no podía ir muy lejos!
Elara cerró los ojos, rezando en silencio. Pasaron segundos que parecieron minutos. Finalmente, las voces se alejaron, perdiéndose en la distancia.
Cuando estuvo segura de que ya no estaban, se dejó caer lentamente al suelo. Sus piernas temblaban. Se abrazó a sí misma y respiró hondo.
Entonces miró a su alrededor.
El miedo comenzó a ceder, reemplazado por algo distinto: asombro.
El bosque era hermoso. Demasiado hermoso para ser real. Las hojas susurraban suavemente con el viento, y pequeños rayos de luz iluminaban el suelo cubierto de raíces y flores silvestres. Elara se levantó con cuidado y empezó a caminar, como si temiera romper el silencio con cada paso.
Avanzó hasta llegar a un claro.
En el centro había algo parecido a un altar de piedra, cubierto parcialmente por enredaderas. Frente a él, una pequeña fuente de agua cristalina brotaba sin ruido, como si naciera del mismo corazón de la tierra.
Elara se acercó despacio. Se arrodilló y llevó un poco de agua a sus labios. Estaba fría, fresca, y por alguna razón la hizo sentir en paz. Como si algo dentro de ella se acomodara por primera vez en mucho tiempo.
Rió suavemente. Se levantó y dio un par de vueltas sobre sí misma, dejando que el viento le moviera el cabello. Por un instante, fue solo una chica en un bosque, sin miedo, sin dolor.
Entonces lo sintió.
Una sensación extraña, como si alguien la observara.
Elara se quedó quieta. Miró a su alrededor. Entre los árboles no había nadie. El silencio era el mismo. Aun así, su corazón latía con fuerza.
—¿Hola? —susurró, sintiéndose tonta al instante.
Nadie respondió.
Sacudió la cabeza y sonrió nerviosa. Estoy imaginando cosas, pensó. Miró el cielo a través de las ramas y se sobresaltó. El sol comenzaba a esconderse.
—¡No… no, no!
Salió corriendo del bosque, cruzó la cerca rota y el túnel, sin detenerse hasta llegar a la estación.
El lugar estaba vacío.
El último autobús ya se había ido.
Elara se quedó de pie, mirando la calle en silencio. Sus hombros se hundieron. No le quedaba otra opción que caminar.
Mientras tanto, en el bosque, entre las sombras de los árboles, alguien salió lentamente de su escondite.
Aiden observaba el lugar por donde la chica había desaparecido. Su figura se recortaba entre la luz y la sombra. Hacía mucho, muchísimo tiempo que no veía a nadie cruzar ese lugar. Y nunca alguien como ella.
Frunció el ceño con curiosidad. Había algo distinto en esa chica. Algo que el bosque había sentido… y él también.
—Así que no fue un sueño —murmuró.
Se quedó ahí, mirando el camino vacío, preguntándose quién era ella… y por qué había llegado justo ahora.
Elara caminaba sola por la calle cuando escuchó risas detrás de ella.
Se giró demasiado tarde.
Las chicas la rodearon. Le arrancaron el dinero de las manos, la empujaron al suelo. Las palabras dolían casi tanto como los golpes.
—Creíste que podías escapar —dijo una de ellas—. Nadie escapa.
Elara cerró los ojos, apretando los dientes, mientras pensaba, sin saber por qué, en un bosque que no debería existir.
Y en la sensación de que, por primera vez, alguien la había visto de verdad.