𝐌𝐲 𝐆𝐨𝐨𝐝 𝐋𝐨𝐯𝐞 | 𝐌𝐞𝐱𝐩𝐞𝐫

Sinopsis

Omegaverse Mafia Mexper NO SE BUSCA ROMANTIZAR NADA CON ALGÚN TEMA FUERTE. NO APTO PARA PERSONAS SENSIBLES. SI NO TE GUSTA ÉSTE CONTENIDO, PORFAVOR NO LO LEAS.

Genero:
Other
Autor/a:
JOVANA EVELING
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1

El perfume del pecado se mezclaba con el incienso caro y los tragos derramados. La mansión de China no dormía nunca, y mucho menos esa noche.

Perú estaba en el cuarto de espera, observando su reflejo en el enorme espejo dorado. Tenía el cuello adornado con una delgada cadena de oro, el pecho descubierto bajo la camisa entreabierta y el cabello oscuro peinado hacia atrás como a su jefe le gustaba.

Tenía dieciocho años, pero ya se sentía muerto desde los quince.

Fue a esa edad cuando China lo compró. No con afecto, ni con promesas falsas, sino con dinero. Dinero sucio, lo tomó, lo marcó como suyo y lo convirtió en lo que hoy era: Una herramienta.

Un cuerpo que servía para complacer, para sellar tratos, para endulzar alianzas.

—Hoy no tienes que acostarte con nadie —dijo una voz desde la puerta interrumpiendo sus pensamientos— solo quédate cerca del jefe. Quiere que te vean, que recuerden que te tiene.

Era uno de los hombres de seguridad, Perú asintió sin emoción. Ya no preguntaba nada, ni siquiera por qué.

A veces lo usaban en fiestas cuando los socios extranjeros visitaban. Otras simplemente lo mantenían como una amenaza silenciosa, una advertencia de lo que era capaz de hacer China si alguien desobedecía.

No podía decir que no. No podía amar. No podía huir.

Y sinceramente ¿A quién podría amar alguien como él? Su cuerpo tenía huellas invisibles de manos extrañas. Su alma estaba tan rota que ya ni siquiera dolía, solo ardía de vez en cuando, en noches como esa cuando recordaba lo que era vivir sin cadenas.

Los tacones de una secretaria resonaban en el pasillo, música de jazz se filtraba desde el gran salón, la fiesta había empezado.

—Vamos muñeco —le dijo otro de los guardias con media sonrisa— China quiere que todos recuerden que sigues siendo suyo.

Perú caminó con calma sin mirar atrás. Entró al salón iluminado como una joya sucia. Hombres y mujeres importantes reían, brindaban, negociaban y en el centro de todo, en un trono de cuero estaba él.

China, su dueño, su carcelero. Fumando en silencio con los ojos rasgados posados solo en él.

Perú se colocó a su lado como siempre.

Y sin saberlo aún, esa noche no sería como las otras.

Porque entre la multitud, un alfa lo miraba con una intensidad diferente, uno que no conocía, uno que no pertenecía a ese círculo, uno que no se rió ni bebió, solo lo miró y por primera vez en años, el corazón de Perú…

Se sintió vivo.

.

.

.

El sol apenas se asomaba entre las cortinas de la mansión cuando Perú despertó.

El lugar estaba en completo silencio, algo poco común. No había música, ni pasos, ni voces en los pasillos. Solo la calma tensa que anunciaba algo importante.

Minutos después, la puerta de su habitación se abrió.

Era China.

—Hoy no tienes que bajar si no quieres —dijo sin mirarlo— viene una visita... Importante.

Perú alzó la vista desde la cama sorprendido. China nunca le decía “No es necesario” Siempre había una orden, una indicación precisa, incluso cuando no hablaban mucho. Esta vez sin embargo no lo miraba con la usual frialdad de siempre, lo dijo y se fue, eso viniendo de él, era casi... Amable.

Sospechoso.

No bajó, se quedó en el balcón que daba al jardín interno observando desde arriba.

No pasó mucho tiempo antes de que los autos negros entraran por la reja principal. La seguridad se activó, los hombres de traje y gafas oscuras se movilizaron como un enjambre entrenado.

Y entonces apareció España.

Alto, de porte elegante y una sonrisa ladina que contrastaba con la expresión severa de China que lo esperaba en las escaleras. España era todo lo que un alfa debía ser. Seguro, dominante, pero con un aire de calidez que incomodaba a Perú. Porque no parecía tener la necesidad de aplastar a nadie para hacerse respetar.

Y a su lado bajando del segundo auto...

México.

No tendría más de 21 años. Vestía de forma sencilla, pero cada paso suyo transmitía fuerza. Sus ojos eran duros, oscuros, pero no vacíos. Observaban todo con atención, como si midiera riesgos incluso en la brisa.

—¿Quién es ese...? —murmuró Perú desde arriba—.

Había algo en ese alfa que lo hizo incorporarse un poco más, sosteniéndose de la baranda. No por miedo… Sino por una sensación extraña.

Curiosidad.

—Él es México —le dijo una de las mucamas que pasaba por detrás— España lo recogió de la calle cuando era un crío, lo ha criado como si fuera su hijo. Ahora es su mano derecha.

—¿Hijo...? —repitió Perú intrigado—.

—No de sangre, pero sí de lealtad. Se mataría por España.

Perú no respondió. Observó cómo México caminaba detrás de su jefe, cómo intercambiaba una mirada rápida con China y luego recorría con la vista todo el lugar como un soldado entrenado.

Y sin previo aviso, México levantó la cabeza hacia el balcón.

Y lo vio.

Sus miradas se cruzaron.

No hubo palabras. No hubo gestos, solo una chispa leve, un contacto fugaz, pero lo suficientemente fuerte como para que Perú se apartara de inmediato, con el corazón acelerado sin razón aparente.

—Tsk... Maldita sea —murmuró apoyándose contra la pared—.

¿Por qué le temblaban los dedos?

Él no amaba, él no sentía, él no miraba a los alfas. Mucho menos a uno con esa mirada... Tan distinta a la de todos los demás.

.

.

Perú no tenía intención de bajar. Se quedó en el segundo piso, entre las sombras del balcón interno, asomado con indiferencia, como si la reunión que se desarrollaba abajo no tuviera nada que ver con él.

Vestía un polo blanco holgado, tan liviano que el aire lo hacía pegarse a su piel mojada. Acababa de salir de la ducha. Su cabello negro aún goteaba en ondas suaves sobre su frente y nuca. Llevaba puestos unos shorts de licra negros, cortos apenas cubriéndole los muslos. Estaba descalzo con los pies pequeños, suaves, limpios… Bonitos.

Era una imagen doméstica, casi tierna. Pero también peligrosa.

Desde abajo, México lo notó de inmediato.

Mientras España hablaba con China, él escaneaba el lugar como siempre lo hacía. Estaba entrenado para detectar riesgos, patrones, movimientos fuera de lugar. Lo que no esperaba era ver algo o alguien que le hiciera detenerse por completo.

Allí estaba.

Ese omega.

En el balcón, ajeno al mundo con la luz del sol filtrándose entre las cortinas. No estaba maquillado ni provocando… Pero era imposible no mirarlo.

El blanco del polo resaltaba su piel trigueña, el cabello mojado le daba un aire rebelde y esa expresión serena, como si nada pudiera tocarlo, lo hacía aún más llamativo.

Levantó la vista, sus ojos se encontraron.

México no desvió la mirada.

Tampoco sonrió, no era ese tipo de alfa.

Solo lo miró como si estuviera calculando algo o si viera más allá del cuerpo bonito y los pies descalzos. Como si pudiera oír lo que callaba y eso fue lo que incomodó a Perú.

Se giró de inmediato regresando a su habitación sin una palabra. El corazón como la primera vez latía de forma desordenada. Se odió por eso.

—No es nada —se dijo en voz baja, cerrando la puerta tras de sí— solo es otro maldito alfa.

Pero aún podía sentir esa mirada en su piel. Como una promesa que no entendía, como una amenaza disfrazada de interés.

.

.

Perú pensó que ya se habrían ido.

El silencio en la casa le daba esa impresión, solo se escuchaban algunas puertas lejanas cerrándose, el eco del piso reluciente bajo sus pies descalzos y su propio aliento tranquilo mientras bajaba las escaleras con paso lento.

Tenía hambre o al menos sed y antojo.

Papaya. Necesitaba algo fresco, dulce, algo que no supiera a esta casa.

Entró a la cocina sin apuro, su polo blanco aún colgaba amplio sobre sus hombros. El short de licra seguía adherido a su piel como una segunda capa, el cabello mojado ya empezaba a secarse en ondas dejándole mechones suaves sobre el rostro, se pasó una mano por el cuello y abrió la refrigeradora.

Sacó la papaya madura que había dejado escondida días antes. Sabía que nadie más la tocaría, a nadie le interesaba lo que Perú comía.

Mientras la cortaba con calma encendió la licuadora. Añadió agua y un poco de azúcar, el sonido del motor rompió el silencio.

Y cuando lo apagó… Sintió la presencia.

—Sabe bien eso —dijo una voz masculina, profunda al otro lado de la cocina—.

Perú se tensó.

Giró lentamente. México estaba apoyado en el marco de la puerta, los brazos cruzados, observándolo con una mezcla de curiosidad y algo que Perú no supo descifrar.

—¿No se habían ido? —preguntó Perú sin ocultar su molestia—.

—No, España sigue conversando con tu jefe. Me aburrí y vine a explorar.

México no se movió, pero su mirada bajó lentamente por el cuerpo de Perú. No de forma vulgar, sino como si analizara cada detalle sin apurarse. Sus pies descalzos, la piel húmeda del cuello, el jugo aún espeso dentro de la licuadora.

—No deberías caminar así por la casa —comentó él con tono neutro— te vas a resfriar.

—Esta casa es mía más que tuya —replicó Perú sirviéndose el jugo en un vaso alto— aunque eso no signifique nada.

México arqueó una ceja, no esperaba que hablara así. Estaba acostumbrado a omegas tímidos, dóciles… No a uno que lo mirara directo a los ojos aún vestido como si acabara de salir de la cama.

—¿Quieres? —preguntó Perú, levantando el vaso un poco— no te ves muy alfa si te mueres de calor y no tomas nada.

México sonrió por primera vez, una sonrisa corta, casi imperceptible. Se acercó.

—Solo si lo sirves tú.

Perú sirvió otro vaso sin decir nada y se lo extendió, cuando México lo tomó, sus dedos rozaron los de Perú. Un simple contacto y apenas un segundo.

Pero para Perú, fue como si le hubieran encendido la piel.

—Gracias —murmuró México bebiendo despacio—.

Silencio, jos cruzados, cuerpos cerca, jugos en mano y de fondo, el aire denso de una mansión donde nada era casua y la música l.

—No está mal —dijo México probando otro sorbo del jugo— no pensé que supieras hacer esto.

—¿Creías que los omegas solo sabemos estar calladitos y en posición? —respondió Perú con una sonrisa irónica mientras se apoyaba en la barra—.

México soltó una risa baja, auténtica.

—Lo pensé por un segundo —admitió— pero ya veo que hablas y muerdes.

—Solo si me provocan —dijo Perú con una ceja levantada aunque había un brillo juguetón en sus ojos—

No recordaba la última vez que había bromeado así con alguien. Tal vez… Nunca.

México dejó el vaso a un lado y se apoyó también en la barra frente a él. Ya no lo miraba como al omega del jefe. Lo miraba como a alguien… Curioso. Interesante, vivo.

—¿Y siempre estás así? ¿Tan malhumorado? —preguntó—.

—No estoy malhumorado, estoy funcional. Hay una diferencia —respondió Perú, encogiéndose de hombros— pero bueno… Tú eres el hijo adoptado de España ¿No? Qué suerte tienes.

—Suerte nada. Me encontró a los 9 años robando una cartera, me rompió la cara y luego me llevó a su casa.

Perú soltó una risa suave tapándose la boca.

—¿Te rompió la cara? ¿Así empezó su paternidad?

—Sí. Me dijo que si quería vivir con él tenía que ganarme el pan con los dientes y que no volviera a correr como idiota si no sabía a quién le estaba robando.

—Dios, suena como mi abuela.

Ambos rieron, la tensión que los envolvía minutos atrás desapareció poco a poco, reemplazada por algo cálido y ligero. Una especie de burbuja fuera del mundo mafioso que los rodeaba.

—¿Y tú? —preguntó México después— ¿Siempre has estado aquí?

Perú bajó un poco la mirada y se quedó en silencio. El jugo se acababa, la risa también.

—Desde los quince. —su voz fue más baja— me "Compraron" Como si fuera una propiedad.

México no dijo nada al inicio, pero su expresión cambió. Ya no era curiosidad. Era comprensión y algo parecido a rabia, muy bien disimulada.

—No es justo —murmuró—.

—No lo es —asintió Perú— pero uno aprende a no pensar mucho. Comer, dormir, hacer lo que te dicen y no esperar nada. Así duele menos.

México lo miró por unos segundos más, en silencio.

—Deberías hablar más, me agrada cómo suenas cuando no estás a la defensiva.

Perú parpadeó, no supo qué responder de inmediato, nadie le decía ese tipo de cosas. Nadie se tomaba el tiempo de decirle que les agradaba algo de él sin esperar algo a cambio.

—Pues... Si haces más jugo, quizá hable más seguido —bromeó México retomando el tono relajado—.

—Oh, entonces ni lo sueñes —respondió Perú con una sonrisa pequeña— esto era una excepción, no pienses que te vas a acostumbrar.

Pero en el fondo, ya algo había cambiado.

Y aunque él no quería admitirlo por primera vez en mucho tiempo no le molestaba que un alfa estuviera cerca.

China apareció en la puerta de la cocina con un vaso de licor en la mano y esa sonrisa ladeada que siempre ponía cuando estaba de buen humor.

—Oh, Perú… —musitó con voz arrastrada— veo que ya conociste a México...

Se acercó tranquilamente y pasó un brazo por los hombros del mexicano dándole un par de palmadas.

—Ellos se van a quedar por un tiempo, espero y hagas sentir cómodo al mexicano como lo sabes hacer siempre ¿Eh?

Luego se apartó, tomó la botella de vino que reposaba sobre la mesa y se giró hacia la salida.

—Ya sabes, Perú… Haz bien tu trabajo como lo sueles hacer —soltó una risa seca antes de salir del ambiente con el sonido de sus pasos alejándose entre eco y madera—.

El silencio volvió con fuerza a la cocina,

Perú bajó la mirada y dejó el vaso vacío sobre la mesa. Su rostro antes animado se tensó al mirar hacia un lado, con un dejo de disgusto pintado en sus gestos.

No dijo nada.

Mientras miraba a un lado, sus ojos comenzaron a cristalizarse. No quería llorar, no ahí, no frente a nadie. Tragó saliva y parpadeó varias veces intentando contenerse. Fue entonces cuando sintió unos brazos rodearlo por detrás envolviéndolo con cuidado.

Su cuerpo se tensó al instante, alarmado, pero al girar ligeramente el rostro, lo vio.

México lo abrazaba por la espalda, con los ojos cerrados, tranquilo como si no hubiese nada más que hacer en ese momento que sostenerlo así.

—Tranquilo… —susurró el mexicano con voz baja— no voy a hacerte nada.

Su tono no tenía intención alguna más que calmarlo, como si entendiera sin necesidad de preguntas. Como si no quisiera respuestas, solo darle un momento de pausa.

Perú sintió el calor de los brazos que lo envolvían y por primera vez en mucho tiempo, permitió que su cuerpo se relajara. Cerró los ojos con suavidad y dejó que la presión del abrazo lo sostuviera.

Un suspiro profundo escapó de sus labios, como si cargara años de cansancio y dolor.

No necesitaba palabras. Solo ese contacto silencioso que decía:

“No estás solo.”

México mantuvo los ojos cerrados, sin mover ni un músculo, ofreciendo su presencia como un refugio seguro.

El corazón de Perú latía con fuerza, pero no era el latido de miedo o de angustia habitual. Era un latido que poco a poco aprendía a confiar.

Y así, abrazados en aquella cocina iluminada por la tenue luz de la tarde, ambos encontraron un respiro entre la tormenta que los rodeaba.

—Lo odio —dijo Perú con la voz entrecortada— lo odio... No me gusta hacer esto... —su voz tembló—.

—Entonces dile que no quieres hacerlo más...

—No puedo... No puedo, México. No puedo negarme a nada, siempre tengo que dormir con un cuchillo o un arma bajo mi almohada por si se le ocurre matarme por algo que no hice bien. Tengo que acostarme con cada tipo que me dice, si no lo hago me mata o me deja sin comer

El cuerpo de México se tensó apenas. No por miedo, sino por la rabia contenida que se le clavó como un hierro ardiendo en el pecho. Apretó con suavidad el abrazo, como si con eso pudiera proteger a Perú de todo lo que ya le habían hecho.

—Perú... —susurró, pero no sabía qué decir. No existía palabra que calmara ese tipo de dolor—.

El peruano se aferró a los brazos que lo rodeaban, por fin cediendo, como si su cuerpo por fin aceptara que podía descansar un poco.

—Yo no quiero esto... No quiero... —sus labios temblaban— yo solo quería tener una vida tranquila... Una donde no tuviera que ofrecer mi cuerpo para sobrevivir. Pero nunca la tuve. Nunca.

México cerró los ojo, sintió un nudo en la garganta.

—No tienes que volver a hacerlo —dijo con firmeza— ya no, no mientras yo esté aquí.

—No digas eso, porque todos lo dicen y luego se van... O peor —su voz se quebró aún más— se quedan solo para usarme también.

—No soy todos, Perú —le susurró con una dulzura grave— no soy ese cabrón que te hizo dormir con miedo. No soy nadie que quiera tocarte si tú no lo quieres. Yo solo... Solo quiero que estés bien.

Perú giró apenas su rostro hacia él, con los ojos rojos y húmedos, como si aún no creyera que esas palabras pudieran ser reales.

—¿Y por qué harías eso por alguien como yo?

México lo miró de frente sin apartar la vista.

—Porque tú vales más de lo que te hicieron creer y si nadie te lo ha demostrado, entonces déjame ser el primero.

Perú tragó saliva. Su corazón latía como una estampida. No dijo nada, solo bajó la cabeza y por primera vez en mucho tiempo, permitió que las lágrimas cayeran, sintiéndose... A salvo. Aunque fuera por un instante.

—Mierda que vergüenza... —dijo el peruano pasando sus manos por su rostro— solo finje que ésto no pasó jamás

México lo miró sin soltarlo del todo, pero aflojando el abrazo con respeto, sonrió con un poco de ternura, pero sin burlarse.

—Nah... No voy a fingir que no vi nada. Te abriste, lloraste, dijiste la verdad... ¿Y sabes qué? No hay vergüenza en eso.

—Claro que la hay... —Perú se tapó más el rostro, hundiendo los dedos en su cabello— me quebré como un idiota. Encima contigo...

—¿Encima conmigo qué? ¿Crees que me voy a reír o usarlo en tu contra?

—No lo sé —dijo el peruano bajito— estoy acostumbrado a que todos lo hagan...

México suspiró, se agachó un poco para quedar a su altura y le apartó suavemente las manos del rostro, sin forzar, solo tocándolo con la yema de los dedos.

—Mírame, no lo haré jamás.

Perú lo miró dudando, sus ojos seguían húmedos, pero también tenían algo nuevo. Una pizca de esperanza.

México sonrió leve, intentando aligerar el ambiente sin minimizar lo vivido.

—Además... Lloras bonito, cabrón.

—¡México! —Perú lo empujó con suavidad en el hombro, rojo de vergüenza— qué idiota eres...

—Lo sé —dijo riendo— pero ya te hice reír un poco ¿No?

Perú bajó la cabeza, sonriendo débil pero genuino.

—Solo prométeme que no le vas a decir esto a nadie —murmuró—.

—Lo juro —dijo México alzando la mano como si firmara un pacto sagrado— esto queda entre nosotros. Tu corazón está a salvo conmigo, carnal.

Y por primera vez, Perú creyó que tal vez no estaba tan solo como pensaba.

—¿Sabes qué? —México lo miró, con una chispa en los ojos— vístete, te llevo a pasear.

Perú frunció el ceño, parpadeando confundido.

—Yara... —dijo con su jerga, arqueando una ceja— ¿Tú...? —señaló con incredulidad a México que asintió sin perder la sonrisa— ¿A mí?

—Sí, a ti pe’ —repitió México en tono burlón imitándole el acento a propósito— ¿Qué crees? ¿Que no sé sacar a pasear a alguien o qué?

—¿Y a dónde vas a llevarme? —Perú lo miró con los ojos entrecerrados— no me vayas a salir con que es a un lugar para hacerme reír con tus chistes idiotas...

—¡Claro que no! —respondió México, cruzándose de brazos con fingida indignación— bueno, tal vez un poquito. Pero es en serio, te quiero sacar de aquí. Aunque sea por unas hora, no para olvidar... Pero para respirar.

Perú guardó silencio. Miró sus propias manos por un momento, luego lo miró a él. La propuesta parecía simple, pero se sentía como un respiro después de años de ahogo.

—¿Y qué gano yo?

—Mi compañía que es invaluable —respondió México con una sonrisa socarrona— además... No tienes nada que perder ¿No?

Perú se quedó unos segundos en silencio. Finalmente suspiró, se levantó despacio de la cama.

—Ya, ya... Dame diez minutos, no más...

—Diez minutos peruanos o diez minutos reales, porque si son peruanos, ya sé que es media hora.

—¡Cállate! —le lanzó una tela, sin mucha fuerza— tú espera nomás.

México atrapó la tela con una risa. Lo observó caminar hacia las escaleras con pasos algo cansados pero decididos y no pudo evitar pensar que sí, tal vez esa salida no iba a cambiar el mundo... Pero podría cambiarle el día.

Minutos después, Perú salió del baño con el cabello aún húmedo, una casaca delgada y su típica mirada a medio camino entre la desconfianza y el fastidio.

—Ya estoy —dijo secamente— pero que conste que si me aburro, me regreso.

—Ya, ya, señorito —dijo México mientras se ponía de pie y tomaba las llaves— te prometo que no es una cita romántica… A menos que tú quieras, claro.

—Sigue hablando y me voy solo —gruñó Perú pero una pequeña curva en la comisura de sus labios lo delataba—.

Ambos salieron al exterior. El sol ya caía, tiñendo el cielo de un naranja tibio. México lo guió sin decir mucho, solo con una sonrisa. Caminaron por unas calles tranquilas y alejadas del bullicio de la ciudad, hasta que se detuvieron frente a un mirador que daba a un valle profundo con un río serpenteando entre las montañas. No había nadie más.

—Aquí —dijo México— este es mi lugar cuando no quiero que el mundo me joda.

Perú se quedó mirando el paisaje en silencio, el viento suave le revolvía el cabello, no dijo nada durante un buen rato. México no lo interrumpió.

—Hace años que no veía algo así —murmuró Perú finalmente— siempre estoy encerrado o vigilado o huyendo.

—Lo sé —respondió México en voz baja— no lo mereces.

Perú lo miró de reojo, con la mandíbula apretada.

—No digas eso si no sabes todo lo que hice.

—No importa lo que hayas hecho —dijo México ahora más serio— nadie merece vivir con miedo cada vez que respira, nadie merece vivir con un cuchillo debajo de la almohada.

El peruano bajó la mirada, sintió que algo se le atoraba en la garganta.

—Yo solo… Aguanté porque pensé que así debía ser, que si me mataban, al menos moriría habiendo hecho lo que me ordenaron. Porque no valía nada ¿Entiendes?

México se acercó un poco más sin tocarlo.

—Eso no es verdad, tú vales mucho y si no puedes verlo todavía, yo te lo voy a recordar cada maldito día que sea necesario.

Perú apretó los puños, el viento soplaba más fuerte ahora. Tragó saliva y cuando habló, su voz fue apenas un susurro.

—Tengo miedo.

—Lo sé.

—No sé vivir sin miedo.

—Entonces aprende de a pocos. Empieza hoy.

Perú lo miró, por primera vez en mucho tiempo sus ojos se llenaron de lágrimas sin contenerlas. México no dijo nada más, solo le ofreció su silencio y su presencia y en medio de aquel atardecer, por un instante el miedo se sintió un poco menos grande.

—Yyy... Cuándo es tu cumpleaños —pregunto Perú tirándose al suelo por el pasto—.

—¿Mi cumpleaños? —repitió México mirándolo desde arriba mientras Perú se acomodaba en el pasto— el 16 de septiembre ¿Por qué?

—Mmm... —el peruano alzó una ceja, entrecerrando los ojos mientras apoyaba las manos tras la nuca— ¿Virgo y fiestas a lo grande no?

—Así es —respondió México con una media sonrisa bajando al suelo también— fiesta nacional, mariachis, fuegos artificiales… ¿Y tú? ¿Cuándo es el tuyo?

—28 de julio.

—¿Leo y fiestas verdad?

—Ajá —asintió Perú— aunque no tan escandalosa como la tuya.

—¿Y por qué no me lo habías dicho antes?

—Yara... ¿Pa' qué? Ni lo celebré —respondió encogiéndose de hombros— pasó como cualquier día.

México lo miró con una expresión que cruzaba entre fastidio y ternura.

—Pues no debió pasar como cualquier día, es tu cumpleaños, carajo.

—¿Y qué ibas a hacer tú? ¿Mandarme un pan con vela desde tu país?

—¡No! —rió México— te habría ido a buscar, te llevo pastel, te canto, te doy tu abrazo con piñata si quieres.

—Me da risa tu voz en modo serenata —dijo Perú cubriéndose la cara con un brazo para ocultar una sonrisa— pero no me molestaría que me cantes.

—Entonces lo haré ya verás, te pienso celebrar aunque sea con dos meses de atraso ¿Te gustan los tamales?

—Claro ¿Quién le dice que no a un tamal?

México lo observó un rato en silencio con una sonrisa más suave.

—Pues prepárate, peruano. Para el próximo 28 de julio no vas a quedarte sin fiesta. Aunque me toque irte a buscar descalzo por la sierra.

Perú dejó escapar una pequeña risa aún con los ojos cerrados, como si por fin se sintiera tranquilo.

—Sería la primera vez que alguien se acuerda sin que yo lo diga.

—Ahora ya somos dos...Y yo no me olvido.

México lo miró con atención sin interrumpirlo, la forma en que Perú giraba esa pequeña flor entre los dedos con la vista perdida en el cielo, lo conmovía.

—Mi gente es la que celebra mi cumpleaños… —dijo el peruano en voz baja— Yo no tanto…

Hubo un momento de silencio entre ambos. El viento movía las hojas de los árboles y una que otra nube pasaba lentamente por encima, México se acomodó de lado apoyando el peso en un codo con la mirada clavada en él.

—¿Y por qué tú no? —preguntó sin tono de juicio, solo con curiosidad sincera—.

Perú se encogió un poco de hombros todavía sin mirarlo directamente.

—No sé… Supongo que porque a veces siento que no hay mucho que celebrar. Estoy vivo, sí… Pero no sé si siempre lo estoy viviendo bien.

México tragó saliva con dificultad, sus dedos se tensaron contra el pasto queriendo decir muchas cosas pero cuidando cada palabra.

—Estás aquí, Perú. Eso ya es un montón y si tú no celebras que existes, al menos déjame hacerlo yo.

Perú soltó una risa suave sin burla como si no lo creyera del todo pero le gustara escucharlo.

—Te estás volviendo bien cursi últimamente.

—Tú me estás volviendo así —respondió México con una sonrisa cansada— y no me molesta.

Entonces sin pedir permiso, México estiró el brazo y le quitó con cuidado la flor que tenía entre los dedos. La colocó detrás de su oreja como si fuera algo importante.

—Ya estás decorado, ahora sí parece que estás de cumpleaños.

—Tonto… —murmuró Perú, con una sonrisa que intentaba ocultar pero no podía evitar—.

—Pero un tonto que va a seguir apareciendo, aunque tú no celebres nada te aviso por si te quieres ir preparando.

Perú cerró los ojos como si ese momento de paz fuera suficiente por ahora y quizá lo era.

Perú abrió los ojos de golpe y miró a México.

—¡Tu cumpleaños!

—¿Que tiene mi cumpleaños? —Mexico lo miró confundido—.

Peru empezó a emocionarse y zamaquear a México de los hombros emocionado.

—¡Ya wey! Me estás asustado

Perú no dijo nada, simplemente sonreía y soltaba gritos ahogados dejándose caer de nuevo en el pasto.

México se quedó mirándolo con las cejas fruncidas aún sacudiéndose el efecto del zamarreo.

—¿Qué te pasa? ¿Te dio el sol muy fuerte o qué? —preguntó mientras se incorporaba un poco más para observarlo mejor—.

Perú tenía las mejillas levemente sonrojadas por la emoción y una risa contenida que apenas podía disimular.

—¡Tu cumpleaños, idiota! —dijo al fin como si fuera la revelación del siglo—.

—Ajá... ¿Y qué con mi cumpleaños? —repitió México, sin entender a qué iba todo esto— no me digas que también tú me vas a hacer una fiesta sorpresa y ya la arruinaste...

—¡No, huevon! —Perú se cubrió el rostro con ambas manos, luego se las quitó y lo miró como si acabara de tener una epifanía— es que... No sé. Me di cuenta de que es en dos semanas.

México parpadeo.

—¿Eso es lo que te tenía como loco?

Perú asintió con entusiasmo.

—Sí, porque tú sí vas a celebrar cada cosa mía... Hasta cuando me da hambre y se me antoja algo, pero yo...

México lo miró por un momento largo y una sonrisa lenta y honesta se fue dibujando en su rostro.

—No necesito que me celebres, cabrón. Me basta con que estés conmigo.

—¡Nooo! —se quejó Perú, cubriéndose la cara de nuevo— ¡Eso suena muy triste! Déjame hacerte algo bonito este año, algo que sea solo para ti ¡Me rehúso a no devolverte nada!

—¿Y qué vas a hacer? —bromeó México cruzando los brazos— ¿Vas a hacerme una serenata con zampoñas? ¿Un pastel con ají?

Perú lo miró con intensidad.

—Voy a hacer lo que sea, pero este año... Vas a tener el cumpleaños más bonito de tu vida. Te lo juro por mi tierra.

México abrió la boca para responder, pero luego se quedó callado. Esa promesa dicha con tanta seguridad y con los ojos brillándole le hizo algo en el pecho. Algo bueno.

—Entonces... —dijo al fin fingiendo indiferencia mientras le quitaba un pastito del cabello a Perú— supongo que este año sí voy a querer cumplir años.

Perú simplemente se puso de pie de un salto y comenzó a dar pequeños brincos de alegría con una risa suave que le escapaba entre dientes. Hacía tanto tiempo que no se sentía así… Tan liviano, tan vivo y mucho más tiempo aún desde que se permitía mostrarse feliz delante de alguien.

A él no le interesaba nadie y nunca le interesaba nadie, no sentía curiosidad por las personas, ni por sus vidas, ni por sus mundos. Pero México… México tenía algo, ago que lo hacía sentir especial, visto, querido sin pedirlo, lo trataba con una dulzura que nadie más le había ofrecido y eso lo desarmaba.

México lo observaba en silencio sonriendo. Apenas lo conocía, sí, pero había algo en Perú que se le estaba metiendo muy dentro del pecho, como una llama chiquita que amenazaba con crecer.

Perú se giró de pronto y sin dudarlo, se lanzó a sus brazos. México lo atrapó con torpeza, riendo un poco ante el impulso pero sin soltarlo.

—Pero es en dos semanas —dijo Perú, mirándolo con una sonrisa tranquila y los ojos llenos de brillo— mejor llévame a conocer a tu gente.

México se quedó en silencio, sorprendido. Perú no parecía del tipo curioso, ni mucho menos sociable. Era reservado, algo seco, como si estuviera acostumbrado a guardar todo dentro. Pero ahora estaba ahí en sus brazos pidiéndole eso como si en el fondo sí quisiera pertenecer.

—¿Mi gente, eh? —respondió México con una ceja levantada— ¿Y si no te caen bien?

—No me interesan. Quiero conocerte a ti… —respondió Perú apoyando la frente suavemente contra la suya— y tú vienes con ellos ¿No?

México tragó saliva sintiendo cómo algo se le apretaba bonito en el pecho.

—Está bien —dijo al fin sonriendo— pero prepárate. Mi gente es intensa, escandalosa y te van a querer abrazar apenas te vean.

—Mientras no se enamoren de mí… —bromeó Perú con un tono seco pero juguetón—.

—Muy tarde, ya hay uno que lo hizo —respondió México en voz baja sin pensarlo—.

Perú lo miró en silencio unos segundos, pero no respondió, solo sonrió con esa media sonrisa que a México ya le estaba empezando a encantar.

Esa noche acamparon juntos, bajo un cielo cargado de estrellas. Perú se acurrucó cerca de México, y aunque no dijo nada, el solo hecho de estar tan cerca hablaba por él. México lo cubrió con su manta y lo dejó quedarse dormido sobre su hombro, mientras pensaba en lo mucho que estaba cambiando todo… Y lo rápido que estaba empezando a importarle ese hombre que, hasta hace poco, parecía no querer a nadie.


















Continuará...

Holaaa, lo sé. Se preguntarán algunos "¿Que hace ésta historia acá?" Puesss, por el miedo que Wattpad me lo borre, voy a comenzar a publicar acá también. No sólo está historia, sinó otras historias más que tengo en mente.

Y sobretodo que contendran algunas escenas, ya saben, por eso mejor lo publicó acá.

Y para los que no me conocen. Me pueden encontrar en Wattpad cómo:

@Maxia21

No se olviden de votar o comentar, eso me pondría feliz al saber que les está gustando la historia.

💓 Los amo

(Disculpa por cualquier error ortográfico).