CAPÍTULO 1: El suicida que sabía puntuar
ARCO UNO: EL LENGUAJE DEL CRIMEN
La paciencia del Dr. Lucas Dante tiene la misma vida útil que un cubito de hielo en el desierto de Atacama. Y el Subprefecto Rivas, de la Brigada de Homicidios de Concepción, estaba decidido a derretirla por completo antes de que la neblina matutina se levantara del río Biobío.
Estábamos en un departamento exclusivo en el sector de Pedro de Valdivia, con una vista privilegiada hacia la ribera. El lugar olía a pólvora, a café caro y a esa humedad penetrante típica de la zona. En el suelo, desplomado sobre una alfombra que costaba más que mi arriendo de un año, yacía el cuerpo sin vida de Roberto Villar, un joven académico de la Universidad de Concepción.
Pero Lucas no estaba mirando el cadáver. Ni siquiera lo había mirado al entrar. Lucas estaba mirando el formulario de procedimiento que el detective sostenía con impaciencia.
—Vamos otra vez, doctor —dijo Rivas. Llevaba la placa de la PDI colgada al cuello y esa mirada cansada de quien ha visto demasiadas escenas del crimen en una semana—. Nombre para el acta.
—Lucas —respondió mi jefe, ajustándose los puños de su camisa. Llevaba un chaleco de lana gris bajo el saco, algo excesivamente formal para el clima cambiante del sur de Chile, pero Lucas insistía en que la elegancia era una forma de disciplina.
—Bien. Apellido paterno.
—Dante.
Rivas esperó, con el bolígrafo suspendido sobre el papel.
—¿Y bien?
Lucas se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz, un gesto que yo había aprendido a interpretar como la señal de tormenta inminente.
—¿Y bien qué, Subprefecto?
—El apellido, doctor. Dante es un nombre. Necesito el apellido para el informe de Fiscalía.
—Dante es el apellido —dijo Lucas con una calma gélida—. No hay segundo nombre. No hay apellido materno compuesto. Mi madre era una mujer de una pragmática brutal; practicaba la economía lingüística. Si quiere llenar esa casilla, ponga una línea. Pero si me vuelve a preguntar por mi apellido, me temo que tendré que llamar al Fiscal Regional para explicarle por qué su asesor externo está perdiendo el tiempo en semántica en lugar de balística.
Yo seguí tomando fotos desde la esquina. Click. Click.
Esa es mi ventaja: me llamo Juan Pérez. En un país donde el apellido es una tarjeta de presentación, yo soy invisible. Soy parte del mobiliario. Mientras Rivas y Dante discutían, yo ya había fotografiado tres cosas que no encajaban en la escena. Pero dejé que Lucas tuviera su momento; él odia que lo interrumpan cuando está educando a la autoridad.
—Como quiera —gruñó Rivas, anotando en la libreta—. Caso cerrado de todos modos. Suicidio de libro. Puerta cerrada, arma en la mano, nota de despedida en el espejo. El chico no aguantó la presión académica.
Lucas se giró bruscamente hacia el espejo de cuerpo entero. Allí, escrito con un marcador rojo, se leía:
"El arte ha muerto; por lo tanto, yo sobro"
—¿Suicidio de libro? —Lucas soltó una risa seca—. Dígame, Rivas, ¿cuándo fue la última vez que sintió una desesperación tan profunda que quiso quitarse la vida?
Rivas parpadeó.
—Bueno, el invierno pasado, con las lluvias interminables, supongo.
—¿Y en ese momento, se preocupó usted por la estructura gramatical de sus pensamientos? —Lucas señaló el espejo—. "El arte ha muerto; por lo tanto, yo sobro". Punto y coma, Subprefecto. Un punto y coma perfectamente ejecutado antes de un conector consecutivo.
—El chico era académico de letras. Escribía bien.
—Nadie escribe tan bien cuando se va a disparar —sentenció Lucas—. El suicidio es caos. El punto y coma es un acto de orden, de pausa reflexiva. Quien escribió esto no estaba llorando; estaba editando. Esto no es una nota de suicidio, es un ejercicio de vanidad gramatical.
Rivas miró el espejo y luego al cadáver.
—Oiga, Dante... le pagamos como consultor por su experiencia en perfiles, no para dar clases de lenguaje. El arma está en su mano. Las huellas coincidirán. No voy a movilizar al Laboratorio de Criminalística por un signo de puntuación.
Lucas iba a responder, probablemente con una cita histórica sobre la incompetencia, pero decidí intervenir. Mi cámara colgaba de mi cuello, pesada y honesta.
—Jefe —dije en voz baja.
Lucas se giró.
—Ah, Juan. Dile al Subprefecto lo que sus ojos no ven.
Me acerqué al cuerpo.
—Miren las fotos de la repisa —dije, mostrando mi celular—. Roberto firmando libros, comiendo, tocando guitarra. En todas usa la izquierda.
Miré el cadáver.
—Pero se disparó con la derecha.
El silencio en la habitación fue absoluto. Solo se escuchaba el tráfico lejano cruzando los puentes sobre el Biobío. Lucas sonrió; esa sonrisa de depredador que le sale cuando la lógica triunfa.
—Gracias, Juan. Siempre tan visual. —Se volvió hacia Rivas—. El asesino es diestro, culto y arrogante. Creyó que la gramática ocultaría la realidad física.
Lucas se sacudió una mota de polvo invisible.
—Ahora, si me disculpa, tengo que volver a Hualpén. El tráfico en el puente Llacolén se pone imposible a esta hora y "Lucas Dante" detesta llegar tarde.
Salimos del edificio. El aire fresco de Concepción nos golpeó en la cara. Justo antes de subir a su auto, el teléfono de Lucas vibró.
Lo leyó y se detuvo. Su rostro se tensó.
—¿Jefe? —pregunté.
Me mostró la pantalla. Un mensaje de un número desconocido:
"Bien visto, Dr. Dante. Hablemos."
—¿Quién es? —pregunté.
—Alguien que sabe usar la mayúscula después del punto —murmuró Lucas, mirando hacia los cerros—. Y alguien que conoce mi apellido.