LA DOCTRINA DE LO IMPURO

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Sinopsis

En distintos rincones, algo observa. Un pueblo donde los errores se enmiendan con la aguja. Un campo de ataúdes lleno de revelaciones. Una mujer marcada por el escándalo que comienza a sentir que la vigilan incluso dentro de su propia casa. Un presagio con precedentes. Las desapariciones no son coincidencia. Las construcciones no son humanas. Y el arrepentimiento... no es redención. Lo que parece locura es observación. Lo que parece castigo es experimento. Detrás de una doctrina que promete pureza, se oculta una verdad más antigua que la culpa y más fría que la fe. Porque cuando la mirada de los antiguos se posa sobre alguien, el destino deja de ser una elección. Y entonces se comprende que esta no es una historia sobre el mal... sino sobre aquello que lo estudia.

Genero:
Horror/Thriller
Autor/a:
David H.
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

CAPITULO I: LA MAESTRA DE LA AGUJA

En una noche embestida desde el cielo por una torrencial lluvia, un joven llamado Samuel conducía solitario rumbo a Medellín; debía llegar pronto para empezar su nueva vida en la ciudad de la eterna primavera. La visibilidad era cada vez menor y la niebla comenzó a hacer su aparición, haciendo imposible continuar en esas condiciones.

Siendo cerca de la medianoche, se fijó en un letrero que anunciaba la entrada al pueblo de San Gabriel, así que decidió desviarse y entrar para buscar un refugio donde pasar el resto de la noche. El camino estaba muy maltratado; muchas ramas habían caído al suelo, complicando más el paso, y los huecos estremecían el carro.

Al llegar al interior del pueblo, su asombro no se hizo esperar al notar el pésimo estado de las casas, la mayoría construidas con barro o madera, y no se observaba ni un solo vehículo motorizado. “Vaya porquería de lugar”, pensó Samuel; le era desagradable si quisiera imaginar el tipo de personas que vivían allí.

Se detuvo al encontrar un viejo motel llamado “El hilo”, que por la oscuridad apenas se notaba el nombre. Tomó su paraguas y, al bajarse del carro, un hedor a podrido le aturdió el olfato, provocándole una tos inmediata. Fastidiado, entró rápidamente, mientras una misteriosa persona bajaba muy despacio por las escaleras.

No había electricidad y, a pesar de que este extraño traía una vela en sus manos, su rostro no era visible. Sin decir una sola palabra, le entregó unas llaves a Samuel con el número de su habitación, 204. Muy intrigado, el joven chasqueó sus dientes como desaprobación para lo que consideraba un absurdo comportamiento del recepcionista. Luego, subió hasta su cuarto, el cual solo contaba con una cama, una mesa de noche, una vela y un espejo, pero a partir de ese momento, Samuel conocería el infierno en primera fila.

Un golpe en la ventana de su habitación lo despertó cerca de las dos de la madrugada; era un estruendoso aleteo de un ave, así que, motivado por la curiosidad, se acercó para investigar. La lluvia había cedido y, aunque no halló lo que se estrelló con el vidrio, su respiración se comenzó a agitar levemente al darse cuenta de la presencia de varias personas paradas en frente del motel, todos mirando hacia su cuarto.

Sus cuerpos parecían remendados, con cicatrices en diferentes partes, como si alguien los hubiese cosido para repararlos; aunque no había electricidad en aquel arcaico pueblo, Samuel sentía que la luna y las estrellas tenían la obligación de iluminar esa sombría escena.

El sudor que exudaba su frente se convirtió en la consecuencia directa del frío que recorría sus huesos, provocado por el miedo. Se quedó completamente inmóvil, así que cerró sus ojos, convenciéndose a sí mismo de que solo se trataba de un sueño. Sin embargo, de su mente no se alejaba la imagen de todas esas personas, de sus miradas amenazantes que penetraban cada poro de su piel.

De forma inesperada sus oídos son invadidos por tenues susurros: “¿Qué has hecho?”, “Lo sabemos todo”, “Maldito abusador”, causando su desesperación. Muy asustado, retrocedió hasta su cama, abrió los ojos y se sentó mirando hacia el espejo. La vela se apagó y el silencio se apoderó del lugar, uno tan absoluto que el palpito de su corazón se transformó en un ruido molesto que lo angustiaba con el pasar de los minutos.

Sacó su móvil, pero desafortunadamente para él, se había quedado sin señal y, por lo tanto, no podía llamar a nadie. Entonces, una voz muy grave se escuchó resonar en la habitación diciendo: “Es hora de pagar”. Miró hacia su reflejo y se dio cuenta de que lo miraba a su voluntad, sin espabilar y con una sonrisa macabra, de oreja a oreja; se burlaba de él.

Samuel estaba horrorizado al ver su propio rostro en una versión maquiavélica de él, que le ponía los pelos de punta. Pronto la situación empeoró de golpe al darse cuenta de cómo aquel espeluznante reflejo salía muy despacio del espejo. Su cuerpo se retorcía y, mientras cruzaba a través del marco, sus extremidades, dedos y dientes se alargaron inexplicablemente.

Desplazándose a gatas hacia Samuel, sus huesos comenzaron a crujir, como si se quebraran al mismo tiempo que se movía. Luego, giró completamente su cabeza, quedando como si estuviera al revés, y abrió su boca dejando salir un resuello gutural casi animal desde lo más hondo de su garganta. Samuel, nervioso y temblando, decidió estrujar la puerta para salir en busca de ayuda, pero solo cuando la monstruosidad estaba muy cerca, la puerta cedió ante su frustración.

Logró salir, pero todo estaba demasiado oscuro, así que apeló a su percepción sensorial del espacio para encontrar casi que a ciegas las escaleras; sin embargo, se llevó una desmotivante sorpresa: todo era una pared que se estiraba aún más a medida que corría. De pronto pudo escuchar cómo la criatura que salió del espejo trepaba las paredes como si fuese un insecto, continuando la escalofriante persecución.

Sin más opciones, Samuel siguió huyendo hasta que en el fondo de tan impecable oscuridad una puerta se abrió para revelar de su interior una luz al final del camino o quizá una esperanza para escapar.

Con mucha prisa, logró entrar y cerrar la puerta, mientras que los pasos de su perseguidor dejaron de escucharse. De repente, a sus espaldas, el sonido rechinante de una mecedora lo pone en alerta. Una vela iluminaba parte de la habitación y frente a él, se encontró con una persona sentada cosiendo el cuello de un gélido cadáver de un hombre que con sus ojos grisáceos y bien abiertos parecía juzgarlo sin necesidad de pronunciar una sola palabra.

La oscuridad no permitía ver el rostro de aquella persona acomodada en la silla; sin embargo, la poca luz exhibía su habilidad con la aguja, clavándosela una y otra vez, con aterradora sutileza y destreza, al cuerpo que tenía en sus brazos. Cada puntada era fina y atravesaba la piel como si fuese mantequilla.

En ese instante a Samuel se le hizo familiar el rostro del cadáver; entonces recordó: un mes antes, mientras inhalaba cocaína y jugaba a ser un sicario con un revólver en sus manos para impresionar a su manchado círculo social, en las noticias mostraron la imagen del asesino de dos niños, por el cual se ofrecía una gran recompensa. “Es él”, pensó con mucha seguridad.

Al percatarse de que había reconocido el cuerpo, la misteriosa presencia enseñó su sonrisa, una que brillaba como un diamante, pero estaba recubierta de asquerosas larvas que se deslizaban y retorcían por sus encías. Tal escena desagradable le causó náuseas a Samuel, quien no pudo contener el vómito que subía por su garganta. Justo en ese momento, la persona frente a él dejó escapar una siniestra risa ronca y afilada, revelando que se trataba de una muy anciana mujer.

Samuel, incrédulo con todo lo que le estaba pasando, tenía la sensación de que solo estaba atrapado en una pesadilla; se llenó de valor y le preguntó:

—¿Quién carajos es usted, señora?

La anciana comenzó a balancearse en su mecedora y de forma muy jocosa le contestó:

—Ahora mismo, tu nueva madre.

Su voz era nasal y delgada, pero emitía un eco profundo y grave, como si dos entidades habitaran el mismo cuerpo. Rápidamente la silla se detuvo y del otro rincón oscuro de la habitación emergió otra mujer, una pelirroja de cabello rizado vestida de blanco, con un rostro pulido y hermoso.

—¿La recuerdas? —le preguntó la anciana.

Muy sorprendido el joven comenzó a recordar el terrible pecado que cargaba en su interior y por el cual su oscuridad había manifestado su verdadera naturaleza.

Hace dos años, luego de salir de una fiesta, Samuel perseguía a Andrea, la hija de dos humildes campesinos que había llegado a la ciudad buscando su sueño de convertirse en una excelente ingeniera graduada de una de las mejores universidades del país. El joven se había obsesionado con su belleza y ser rechazado por ella le atraía aún más.

En un callejón cerca del metro de la ciudad, aprovechó para empujarla y someterla a su voluntad, arrancando su ropa y golpeándola hasta dejarla inconsciente, para abusar de su inocencia, vulnerando su cuerpo sin derecho alguno. Andrea despertó en medio de aquel atroz acto; sin embargo, Samuel era más fuerte y, con un pedazo de ladrillo que tenía cerca, rompió la cabeza de ella, sin piedad, arrebatando la vida de una chica sencilla que solo buscaba una oportunidad mejor para su futuro.

Los padres de Samuel contaban con los recursos suficientes para pagar un buen abogado y entorpecer los procesos judiciales que se llevaban en su contra; de esta forma lograron demostrar la falsa inocencia de su hijo. Él nunca sintió remordimiento alguno, continuó su vida sin mirar atrás, bebiendo, drogándose y rodeado de malas influencias.

De nuevo en la habitación, la fantasmal aparición de Andrea comenzó a acercarse a él muy despacio; con cada pisada, la mente de Samuel se fragmentaba pensando en lo que había hecho. Recostado en la puerta, comenzó a deslizarse hasta sentarse en el suelo, llevándose las manos a la cabeza.

De manera muy intimidante, la anciana le dijo:

—Destruiste un alma inocente, es hora de que vengas a mí.

Con lágrimas en los ojos y con la voz entrecortada, Samuel solo dijo:

—Lo siento mucho, de verdad lo siento.

A lo que la anciana contestó:

—No es arrepentimiento lo que sientes, es miedo.

El joven alzó la cabeza y, sin predecirlo, el fantasma de Andrea se situó a escasos centímetros de él, casi rozando sus rostros, abrió su boca tan grande que podía tragarse por completo a Samuel, pero soltó un grito retumbante y aturdidor por varios segundos, para luego desaparecer.

Pronto el suelo se comenzó a romper, causando que cayera en una montaña de cráneos habitados por larvas, cucarachas, gusanos y todo tipo de insecto grotesco que se metían en su boca, oídos o nariz, ruñendo o escarbando en lo más profundo de su cuerpo y, aunque intentaba levantarse para salir, estaba siendo succionado lentamente. Luego de luchar y forcejear en vano, decidió rendirse; no paraba de llorar y gritar “auxilio”, “por favor, alguien”.

Ya decaído, sin fuerzas para siquiera expulsar su último aliento, volteó a mirar hacia su lado izquierdo, donde observó encima de uno de los cráneos una paloma muerta, la misma que cuando tenía diez años de edad mató sin lástima, demostrando que su instinto violento lo ha caracterizado desde su niñez.

El joven Samuel reconoció quién era en realidad, aceptó su maldad y por primera vez se culpó a sí mismo; algo en su interior anheló su muerte para expiar sus pecados. En ese momento miró hacia arriba, en donde se hallaba el hueco por el que había caído y en el que reapareció, asomado, la criatura nacida de su reflejo. Esta saltó hacia él y, faltando poco para que Samuel se terminara de hundir, comenzó a comerse su cabeza, bocado tras bocado, desfigurando su rostro, hasta que no quedase nada de su existencia.

En San Gabriel el sol comenzó a salir, la niebla se dispersó y, mientras el pueblo se desvanecía, la anciana sostenía la cabeza de Samuel, remendando sus partes y enhebrando un hilo hecho con muchas historias inocentes, dejando en el viento sus últimas palabras:

—Ahora eres uno de mis hijos, estás roto y solo yo puedo reconstruirte con el filo de mi aguja. Te quedarás con nosotros aquí por siempre, donde tu oscuridad servirá para atraer la de otros.