Jefe antes que sentimientos

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Sinopsis

Sharon nunca planeó enamorarse. Ella era callada, trabajadora e invisible; una empleada junior más intentando sobrevivir en un mundo que exigía una fortaleza que aún no había aprendido a tener. Kelvin era todo lo que se suponía que no debía desear: poderoso, controlado, emocionalmente distante… y su jefe. Había reglas. Nada de coqueteos. Nada de sentimientos. Nada de cruzar límites. Pero los sentimientos no siempre piden permiso. A medida que las barreras se desdibujan y el silencio se vuelve más ensordecedor que las palabras, Sharon se ve arrastrada a un mundo que no comprende, donde la atención se siente peligrosa, la distancia duele más que la cercanía y el amor tiene un precio que quizás no esté lista para pagar. Porque a veces, la elección más difícil no es el amor en sí mismo, sino decidir si los sentimientos deben ir antes que todo lo demás. Un slow-burn office romance sobre la inocencia, el poder, la contención y el costo de desear lo prohibido.

Genero:
Romance
Autor/a:
Nensha Jennifer
Estado:
Completado
Capítulos:
18
Rating
4.4 8 reseñas
Clasificación por edades:
16+

Apex Stratagem Group

Kelvin Mark es el dueño y estratega principal de la multimillonaria potencia Apex Stratagem Group (ASG). Se trata de una firma de estrategia corporativa, análisis de negocios y gestión conocida por operar tras bambalinas en las empresas más influyentes del mercado. ASG no busca ser el centro de atención; ellos diseñan el éxito desde las sombras. Desde pequeñas empresas a punto de quebrar hasta grandes corporaciones que buscan ser más competitivas, ASG ofrece análisis profundos y dirección estratégica a largo plazo. En muchas juntas directivas, las decisiones visibles son de los directores generales, pero el pensamiento detrás de ellas suele venir de Kelvin y su firma.

Kelvin es un multimillonario con una fortuna de miles de millones de dólares que vive en la ciudad de Nueva York, aunque sus raíces están en Nueva Jersey. Nació en una familia rica y creció con comodidades, pero nunca con excesos. En su casa, el dinero era una responsabilidad, no un colchón para descansar. La disciplina, el orden y la responsabilidad se imponían con firmeza. Tener privilegios no lo libraba de las consecuencias, y el respeto no se le regalaba; tenía que ganárselo cada día. Esos principios lo formaron desde niño y lo acompañaron hasta ser adulto, siendo la base de su carácter y de su forma de mandar.

En el trabajo, Kelvin es preciso, controlado y muy claro con los límites. Él sabe bien que es guapo: es alto, de buen físico y llama la atención de forma natural. Sin embargo, nunca ha usado su encanto para imponer autoridad. La admiración le llega sola, pero él se mantiene distante. Desde que empezó ASG, puso una regla muy estricta contra cualquier empleado que intentara mezclar lo profesional con lo personal o buscar ventajas mediante el coqueteo o la seducción. Para él, ese comportamiento no es un halago; es una falta de respeto. En el pasado ha despedido gente sin pensarlo dos veces por cruzar esa línea, sin importar qué tan talentosos fueran o cuánto tiempo llevaran en la empresa.

La vida personal de Kelvin es igual de reservada. Tiene una relación seria con su novia, Sarah, desde hace cinco años. Es una relación basada en el respeto mutuo, la discreción y la estabilidad. Él no mezcla el trabajo con los placeres personales. Cualquiera que espere encontrar una debilidad en su armadura se equivoca por completo.

Como jefe, Kelvin va directo al grano. Valora los resultados, la integridad, la disciplina y la capacidad por encima de todo. El encanto no lo impresiona. Los contactos no lo convencen. El favoritismo no existe en su vocabulario. El trabajo duro se gana su respeto y la constancia hace que se mantenga. Se fija en el esfuerzo en silencio, a menudo sin dar elogios al momento, pero cuando premia el mérito, lo hace con decisión. Los ascensos, los bonos y las oportunidades en ASG nunca son decisiones emocionales; son cosas que se ganan.

Kelvin tiene poca paciencia para los atajos, las excusas o las distracciones. Exige excelencia no porque sea cruel, sino porque cree que las personas se superan cuando se les ponen metas altas. Bajo su mando, ASG no es solo una empresa; es una prueba de fuego. Cualquiera que sobreviva al mando de Kelvin Mark sale más astuto, más fuerte y, sin duda alguna, mucho más capaz.

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No hay ninguna red de seguridad debajo de ella. Solo tiene su coraje, su determinación y una oración silenciosa para que el mañana sea mejor que hoy.

Sharon Daniel aprendió pronto que la vida no se detiene por el dolor. A los seis años, se convirtió en una especie de adulto en una casa golpeada por la pérdida. Mientras otros niños se preocupaban por juguetes y dibujos animados, ella se preocupaba por hervir agua antes de que sus hermanos despertaran. Se encargaba de estirar la comida, de que los uniformes estuvieran limpios y de que las tareas se hicieran. Su madre hacía lo que podía, Dios lo sabe, pero la enfermedad y el cansancio eran constantes. Sharon se hizo cargo de todo sin quejarse. Su infancia se le escapó de las manos poco a poco, sin que nadie se diera cuenta.

Cuando llegó a la escuela secundaria, la responsabilidad ya era parte de ella. Vendía bocadillos, daba clases a sus compañeros, limpiaba casas y hacía mandados. Hacía cualquier cosa que le diera dinero, por poco que fuera. Cada dólar ya tenía un destino antes de que ella lo tocara. Primero las mensualidades de la escuela. Luego la comida. Después el alquiler. Los sueños iban al último, si es que sobraba algo. Pero de alguna manera, ella se aferró a ellos con terquedad.

La universidad fue una batalla diaria. Hubo noches en las que estudió con la luz de focos que apenas alumbraban y mañanas en las que fue a clase con el estómago vacío. Tuvo trabajos que la dejaban agotada y donde nadie la notaba. Aguantó jefes que le hablaban mal y se tragó el orgullo más veces de las que puede contar. Rendirse nunca fue una opción; tenía bocas que alimentar y el futuro de otros dependía del suyo. Si ella fallaba, no fallaba sola.

Cuando finalmente se graduó, el alivio duró poco. Un título no borraba sus responsabilidades, solo les cambiaba la forma. Conseguir el puesto de analista de datos junior no se sintió como una victoria, sino como un salvavidas. El sueldo no era mucho y el cargo era sencillo, pero era estable. Durante dos años, llegó temprano, se fue tarde, aprendió rápido y pidió poco. Mantuvo la cabeza baja, hizo bien su trabajo y guardó sus emociones bajo llave. En una empresa llena de gente que hablaba fuerte y con personalidades imponentes, Sharon se hizo notar poco. No era por falta de confianza, sino porque la vida le enseñó que para sobrevivir a veces hay que ser invisible.

Con su estatura de metro y medio, era fácil pasarla por alto. Era menudita, de voz suave y sencilla. Pero bajo esa apariencia tranquila vivía una mujer forjada por la responsabilidad y el sacrificio, movida por un sentido del deber inquebrantable. Cada hoja de cálculo que analizaba y cada reporte que entregaba era más que trabajo. Era el alquiler pagado, las medicinas compradas y los gastos de la escuela resueltos. Era la prueba de que seguía de pie.

Sharon no tenía sueños exagerados. Sus sueños eran prácticos: una madre con mejor salud, hermanos que no tuvieran que crecer tan rápido y un futuro donde pudiera respirar sin contar cada centavo. Aunque el mundo nunca fue tierno con ella, Sharon lo enfrentaba cada día con una fuerza que ningún puesto de trabajo podría definir por completo.

Recién salida de la universidad, Sharon se sintió muy afortunada cuando consiguió un puesto en la famosa Apex Stratagem Group (ASG). La oportunidad llegó gracias a su mejor amiga, Esther Williams, que ya trabajaba en la empresa. Habían crecido juntas, fueron a las mismas escuelas y vivieron en la misma calle casi toda la vida. Durante veinte años, Esther fue más que una amiga; fue su apoyo constante. Ayudó a Sharon en los años más difíciles de estudio y estuvo ahí cuando la vida se ponía pesada.

Incluso con la recomendación de Esther, Sharon sabía que la entrevista lo decidiría todo. ASG no era un lugar que regalara puestos por amistad. Cuando la llamaron, casi se le sale el corazón, pero entró a la entrevista preparada, tranquila y decidida. Respondió cada pregunta con claridad, defendió sus análisis con seguridad y demostró una inteligencia que hasta a ella misma la sorprendió. No solo pasó la entrevista; le fue excelente.

Conseguir el trabajo fue como un sueño hecho realidad. ASG era el tipo de empresa que ella admiraba desde lejos, el tipo de lugar donde creía que solo entraba gente con familias perfectas y muchas ventajas. Para Sharon, no era solo un empleo; era una validación. Era la prueba de que los años de sacrificio, cansancio y aguante no habían sido en vano.

La asignaron a un equipo de análisis de datos de cinco personas, donde se esperaba mucho de ellos y no se perdonaban los errores. Desde el primer día, Sharon se entregó por completo. Llegaba temprano, tomaba notas detalladas, revisaba su trabajo dos veces y aceptaba las críticas sin ponerse a la defensiva. Escuchaba más de lo que hablaba, aprendía rápido y nunca esperaba que le regalaran nada.

Fiel a su forma de ser, Sharon evitaba los problemas con la misma entrega con la que buscaba la excelencia. Los chismes de oficina y llamar la atención no le interesaban para nada. Se concentraba en sus tareas, respetaba los límites y mantenía un perfil bajo. Para ella, este trabajo era más que un peldaño en su carrera; era su sustento. Y lo cuidaba con el mismo esmero con el que cuidaba cada responsabilidad que cargaba sobre sus hombros.