Capítulo 1
Pecatto di Padre, Pena di Figlia
El humo del cigarro Cohiba se enroscaba en el aire de la ciudad de Lugano ubicada al Sur de Suiza, atrapado bajo la luz amarillenta de la lámpara de cristal que colgaba sobre la mesa de caoba. En el salón privado del club, THE VIEW Lugano. el tiempo parecía haberse detenido. Fuera, la tormenta de nieve golpeaba con fuerza las ventanas, pero dentro, solo se escuchaba el murmullo del fuego en la chimenea y el sonido seco de las fichas de marfil chocando entre sí.
Dimitri Volkov, el Pakhan de la Bratva, sostenía un vaso de cristal tallado con vodka. Sus dedos, marcados con las cicatrices de las prisiones siberianas y tatuajes de anillos que contaban décadas de crímenes, no temblaban. Frente a él, Don Alessandro Moretti se recostaba en su silla de cuero; la seda de su traje italiano brillaba con una elegancia que escondía la misma oscuridad que la del ruso.
Eran amigos. Hermanos de sangre derramada. Pero en esa mesa, la amistad era solo el combustible para la ambición.
—Mikhail es un hombre Senza sangue Dimitri—Dijo Alessandro, rompiendo el silencio con su voz de barítono, mientras jugueteaba con una ficha de oro—.Lo miro a los ojos y veo un abismo. No hay pasión, no hay odio... solo un vacío que me pone los pelos de punta.
Dimitri dejó el vaso con un golpe sordo. Su rostro era una máscara de piedra que su hijo había perfeccionado hasta convertirla en algo aterrador.
—No le pido al lobo que entienda el dolor de la oveja, solo le pido que muerda el cuello. —respondió Dimitri en un susurro gélido—. Mikhail no siente porque es un sádico por naturaleza, por logica, no por placer. Él no busca el calor de un hogar, solo el resultado de ver a sus enemigos caer y ser él quien dispare el arma.
Alessandro soltó una carcajada ronca y se inclinó hacia adelante, sus ojos oscuros brillando con una luz peligrosa bajo sus cejas pobladas.
—Mi Giovanna lo volvería loco en una semana. Esa mujer es puro fuego, es cínica, si tuviera la posibilidad se reiría del diablo en su propia cara. Sabes que el mundo se está volviendo pequeño para nosotros dos, viejo amigo. Los jóvenes lobos están aullando en nuestras fronteras y huelen nuestra vejez.
Dimitri entornó los ojos. La alianza era necesaria, pero ambos eran demasiado orgullosos para simplemente pedirla. Necesitaban que el destino tomara la decisión por ellos, para no tener que culparse si todo terminaba en cenizas.
— ¿Qué propones, Alessandro?—preguntó Dimitri, dejando que el humo saliera lentamente de sus pulmones. Alessandro extendió las manos sobre la mesa, como si fuera a bendecirla o a maldecirla.
—Hagamos la apuesta definitiva. Una apuesta para la eternidad. Si la próxima carta que revele el mazo es el Rey de Corazones... Mikhail y Giovanna se unen en matrimonio. Sangre rusa y sangre italiana en un solo trono. El mundo se arrodillará ante la corona de los Volkov-Moretti.
Dimitri guardó un silencio sepulcral. Mikhail, probablemente aceptaría el matrimonio como una transacción comercial más, pero Giovanna... ella sería el elemento del caos que Mikhail no podría prever.
— ¿Y si el Rey no aparece? —Preguntó Dimitri con voz plana—. Chto togda?.
—Si no sale—dijo Alessandro, su tono volviéndose serio y empresarial—, te entrego mis rutas de transporte exclusivas del Mediterráneo. El paso total. Mis barcos, mis capitanes, mi puerto de Gioia Tauro. Todo tuyo por cuatro años. Sin cuotas, sin preguntas de la policía, sin rastros.
Dimitri sintió el pulso de la ambición en sus sienes. Era una oferta que ningún líder sensato rechazaría. Si ganaba las rutas, la Bratva sería imparable comercialmente. Si salía el Rey... Mikhail tendría una esposa que era una joya de inteligencia y sarcasmo, y el imperio sería eterno.
—De acuerdo —sentenció Dimitri, su voz retumbando en el salón—. Que el destino decida si seremos socios o familia. Daval!.
El crupier, cuya cara era una máscara de neutralidad absoluta, quemó la carta superior. El aire en la habitación pareció agotarse. Alessandro apretó el rosario de plata que llevaba en el bolsillo; Dimitri simplemente fijó su mirada de depredador en el mazo.
El movimiento fue rápido. Una mancha roja sobre el fieltro verde.
El Rey de Corazones.
El monarca que sostiene la espada sobre su cabeza, el símbolo del sacrificio y el poder, los miraba desafiante desde la mesa.
Alessandro soltó un suspiro que fue mitad risa, mitad alivio.
—Incredibile... Il destino a parlato, Dimitri. Mikhail tendrá que aprender a lidiar con una mujer de sangre Italiana.
Dimitri se levantó con una lentitud amenante, abrochando el botón de su saco oscuro. Miró la carta una última vez antes de beberse el resto del vodka de un trago.
—Ya lo veremos —dijo el ruso con una sonrisa gélida—. Dile a tu hija que prepare sus maletas. Mi hijo no será un esposo fácil, Alessandro.
.Alessandro se levantó también, extendiendo su mano para cerrar el pacto.
—Y mi hija no será una esposa dócil. Será un matrimonio inolvidable.
Los dos hombres estrecharon sus manos, sellando el destino de sus herederos en un pacto de sangre, cartas y ambición.
La suerte estaba echada.
Dos años después...
Giovanna
El cielo de Calabria lloraba; como si hubiera perdido a alguien importante la llovizna era sutil una caricia al tacto. El aire es pesado, cargado con el olor dulce y nauseabundo de miles de coronas de flores que flanquean el camino hacia el mausoleo de los Moretti. Estoy de pie, bajo un paraguas negro que apenas me protege del viento cortante de Calabria, sintiendo cómo el frío se me mete en los huesos. envuelta en un vestido de seda negra que se siente, por primera vez a mis veintiún años, como una armadura de victoria.
El peso de la tierra cayendo sobre la madera de nogal es el sonido más satisfactorio del mundo. Cada palada es un clavo más al ataúd de la perra que se hacía llamar mi madre.
A mi lado, mi padre, Alessandro Moretti el hombre más temido y respetado de Calabria y de toda Italia, permanece rígido. Su perfil es de piedra, pero una sola lágrima, traicionera y lenta, resbala por su mejilla curtida. Verlo así, vulnerable por ella, me provoca una náusea que apenas logro ocultar tras mi velo.
—Guarda quanta gente, Giovanna —susurra Vincenzo a mi otro costado—. Tu madre era una Donna respetada.
—No, Vincenzo. Questa è paura travestita da rispetto —respondo, y me cuesta reprimir una sonrisa cínica—. Muchos de los que están aquí vinieron solo por temor y respeto a la familia, no porque le tuvieran respeto a la que tú llamas Donna respetada, ya que todos los que estamos aquí sabemos a cuántos les entregó su coño.
Miro las filas de hombres que bajan la cabeza. Siento una ligereza en el pecho que no conocía. Ella se ha ido por fin; Dios había escuchado mis plegarias y había eliminado a un monstruo de este mundo.
—Ten un poco de respeto por tu madre, Giovanna. Estamos en su funeral; sé que la odiabas, pero no podemos mostrar nuestras debilidades en público.
—¿Debilidad dices? Ella nunca fue ni va a ser mi debilidad. No confundas odio y desprecio por felicidad y gratitud —sigo mirando al frente, escuchando las últimas palabras del padre. De reojo, observé cómo Vincenzo sacudía la cabeza sutilmente.
No entiendo qué le sorprende o disgusta. Sabe todo lo que Francesca Moretti me hizo. ¿Qué esperaba? ¿Que estuviera rogando que despierte, llorando a mocos por volver a ver sus ojos verdes esmeralda? Iguales a los míos, pero que solo me miraban con severidad y repudio cuando estábamos solas. Lo siento, pero no lo siento; la hipocresía no está y nunca estará en mi vocabulario. Está muerta porque se lo buscó, porque se lo merece. Todo el mundo piensa que fue un infarto... Ilusos todos los que lo crean. La verdad era más cruel: el hombre que estaba a mi derecha, el hombre que hace unos minutos soltaba una lágrima y que ahora está posando una flor roja sobre el ataúd de mi madre, fue el que la mató después de presenciar con sus propios ojos cómo el amor de su vida estaba cabalgando la polla de uno de sus socios. Es, sin lugar a duda, un golpe en el orgullo para Alessandro.
Me acerco al féretro y coloco una rosa de plata sobre la madera. Mis dedos rozan la superficie pulida, pero no hay tristeza en mi tacto, solo una despedida silenciosa a mi carcelera.
—Addio, madre —susurro para que solo ella me oiga—. Te amo, pero espero que te pudras en el infierno.
Me giro hacia mi padre. Él me mira con una mezcla entre derrotado y cansado; abrió sus brazos envolviéndome en un abrazo. Su calor me invadió junto con su colonia Acqua di Parma. Me dejé fundir en su calor por pocos segundos antes de que él rompiera el abrazo para acariciarme la mejilla con cariño y posar un beso en mi frente, antes de cagar el momento con uno de sus comentarios más crueles, aunque él no lo supiera:
—Te pareces tanto a tu madre.
Los golpes rítmicos y los lamentos cargados de agonía con súplicas eran como música en la villa Moretti. Ver a mi padre cómo golpeaba a Pietro Scalia era, sin lugar a duda, tan excitante como ver una película porno. Pietro estaba amarrado de manos por una cuerda que estaba sostenida al techo, quedando colgado como un cerdo. Después de quitarle la piel y mutilarlo.
Era divertido en un sentido retorcido ver a Alessandro cómo desgastaba sus energías torturando a aquella persona. Sí, hace más de cuatro años los rumores de que Francesca le estaba siendo infiel corrían, la cuestión es que él no sabía quién era esa persona. Pero solo bastó con que yo moviera unos hilos por aquí y otros por allá para que mi padre supiera que el gran Pietro Scalia, CEO y dueño de la empresa Meccanica di Precisione Nord, se estaba cogiendo a su esposa.
Solo bastó cuestión de una hora antes de que él estuviera siendo secuestrado y llevado a las mazmorras. Dos horas después, mi padre le hizo el amor a mi madre antes de partirle el cuello; un acto muy bondadoso, debo decir. Lamentablemente, la peor parte se la está llevando Pietro.
Alessandro no se andaba con rodeos. No había sutileza en su método, solo fuerza bruta y una rabia fría y contenida.Utilizaba un puño americano de acero, cada impacto resonaba como un trueno en la pequeña habitación.Verlo desgastar sus energías en ese hombre me provocaba una mezcla extraña de asco y fascinación. Era como ver una película de terror, pero con la posibilidad de detenerla.
Pietro estaba irreconocible. Su rostro era un mapa de hematomas y cortes, sus ojos hinchados apenas se abrían.Mi padre, sudando copiosamente, se detuvo un momento para recuperar el aliento. Se acercó a Pietro, su rostro a centímetros del suyo.
—¿Te divertiste con ella, Pietro? — preguntó, su voz un susurro mortal—. ¿Disfrutaste cada momento?
Pietro no respondió, solo un quejido agónico salió de su garganta.Alessandro sonrió, una sonrisa sin alegría. Se dio la vuelta y se dirigió a una mesa cubierta con instrumentos de metal brillante.
—Espero que tengas buena memoria, Pietro —dijo, eligiendo un par de pinzas largas—. Porque vas a tener mucho tiempo para recordar cada detalle de tu aventura.
—¿En serio lo vas a matar? —Me llevo a la boca un trozo de Torrone di Bagnara. Mi padre deja de moverse para verme de reojo; yo solo me encojo de hombros—. Es que no entiendo por qué gastas tantas energías en algo que ya sabías desde hace tiempo.
—¿Qué quieres decir…?
Yo sabía que esto no iba a terminar bien. La cara que me pone es como si me quisiera matar a mí también, pero no me amedranto; le sostengo la mirada cruzándome de brazos.
—Lo que digo es que, ¿en serio vas a matar a uno de nuestros activos más valiosos? ¿Al hombre que tenía tu confianza para mover la droga hacia América del Norte por un arranque de ce... dolor, padre? —Cambio la palabra rápido, ya que su mirada se intensifica más.
Alessandro soltó las pinzas sobre la mesa de metal con un estruendo que hizo que Pietro soltara un gemido ahogado. Se dio la vuelta lentamente, limpiándose la sangre de los nudillos con un pañuelo de seda que ya estaba inservible. El olor a hierro y a Acqua di Parma se mezclaba en el aire estancado de la mazmorra.
—¿Dolor? — repite él, su voz bajando un octava, volviéndose peligrosamente queda—. No es dolor, Giovanna. Es orden. Es el precio que se paga por morder la mano que te da de comer.
Mastico el torrone con parsimonia, disfrutando de la dulzura mientras observo cómo el pecho de Pietro sube y baja en espasmos erráticos. Mi padre camina hacia mí, deteniéndose a solo unos centímetros. Es una montaña de rabia contenida.
Le sostengo la mirada sin parpadear. El azúcar del dulce todavía baila en mi lengua. Alessandro entrecierra los ojos, evaluándome. Por un segundo, creo que va a levantarme la mano, pero luego suelta una risotada seca, carente de cualquier pizca de humor.
—Eres igual de retorcida que ella —dice, y no sé si es un cumplido o una sentencia de muerte—. Pero tienes razón en algo. Scalia es un activo. Sus rutas en el Norte son impecables.
—Entonces no lo mates —sugiero, señalando con la barbilla al hombre colgado que empieza a perder el conocimiento—Mi padre mira a Pietro y luego vuelve a mirarme a mí. Veo el engranaje de su mente criminal trabajando.
—Alguien tiene que morir, Giovanna —ruge mi padre sin quitarme la vista de encima—. Que sea una de sus hijas.
Vuelve a caminar hacia Pietro; este se balancea al escuchar la orden.
—¿Para cuándo lo quieres? —pregunto.
—Para ayer —dice con un cuchillo en mano—. Dale las gracias a mi hija que te perdonó la vida.
La mano que sostiene el arma blanca se balancea por el aire, tomando impulso antes de impactar con la mano de Pietro. De su bolsillo saca un puro para encenderlo y llevárselo a la boca. El cuerpo del desgraciado yace inconsciente.
— Quiero que sufra, así como yo estoy sufriendo. —me dice, posando sus labios en mi frente.
—Dalo por hecho, padre — Alessandro salió de la habitación —Cúrenle las heridas y déjenlo en donde lo encontraron—demande.
La música del Duel Club resonaba por todas las paredes, el pulso de Mi Fai Impazzire era algo magnético que vibraba en el mármol bajo mis pies. El aire estaba impregnado de una fragancia personalizada de sándalo y bergamota, filtrada por un sistema de ventilación invisible que mantenía el ambiente fresco a pesar de la multitud. Aquí, el lujo no se mostraba, se respiraba. El diseño era minimalista y vanguardista. Paredes de cristal ahumado y detalles en oro cepillado que reflejaban las luces LED suspendidas en el techo como constelaciones en movimiento. Nada de neones estridentes; solo una paleta de tonos champán, grafito y blancos puros.
La pista de baile era un espacio central abierto, rodeado por niveles elevados donde se ubicaban los reservados. Cada mesa estaba separada por cascadas de agua digital o paneles de seda tensada, garantizando la privacidad de los herederos de fortunas, modelos internacionales y CEOs que venían a dejarse ver, pero no a ser tocados.
Y justo allí, en la pista, estaban ellas: Noemi y Lavinia Scalia, las hijas gemelas de Pietro Scalia; una de ellas sería mi víctima. Las dos bailaban junto con Gaetano Visconti, hijo de Salvatore Visconti, un empresario de telecomunicaciones.
—Ponme otro Negroni.
El bartender coloca el vaso de cristal contra la barra, una pieza monolítica de cuarzo blanco retroiluminado de quince metros de largo. Detrás, los bartenders preparaban cócteles de autor con cristalería tallada a mano y licores de ediciones limitadas que no encontrabas en ninguna tienda del país. De un trago, me empino el vaso de cristal a los labios antes de ponerme de pie.
La música de Cara Italia empezó a sonar. Hice contacto visual con Noemi, haciendo que una sonrisa seductora se posara en sus labios, la cual le correspondí moviendo mis caderas de manera sensual. Me acerqué a ellos; Noemi no apartaba los ojos de mí. La chica de veinticuatro años era, sin lugar a duda, una mujer muy hermosa. Al igual que su hermana
llevaba un vestido corto de satén color esmeralda que parecía haber sido cosido sobre su cuerpo. El cuello era tipo halter, revelando unos hombros perfectamente definidos y una espalda descubierta que robaba el aliento. El corte del vestido se ajustaba a su cintura de avispa antes de caer en pliegues suaves que bailaban con cada movimiento de sus caderas.
Tenía el cabello color chocolate, peinado en ondas sueltas que caían cascada sobre un lado de su rostro, enmarcando una mandíbula afilada y unos pómulos altos que no necesitaban maquillaje para destacar. Sus ojos, del mismo verde intenso que su vestido, estaban delineados con una precisión felina, y sus labios, carnosos y pintados de un rojo mate seductor, estaban entreabiertos en una sonrisa que ya me pertenecía.
Seguí caminando, pasando por su lado y rozando mi hombro con el suyo, dirigiéndome al baño privado de mujeres que se encontraba en el piso de arriba. Sabía que me seguiría; su gusto por su mismo sexo la cegaba de la gran amenaza que yo era.
El eco de mis tacones sobre el mármol del pasillo era lo único que rompía el ritmo de la música que se filtraba, ahora amortiguada, desde la pista. No necesité mirar atrás; el aroma de su perfume, una mezcla embriagadora de jazmín y algo metálico, me confirmó que el anzuelo había funcionado.
Entré en el baño privado. Decorado con espejos ahumados y luz cálida y tenue. Me detuve frente al lavabo, apoyando mis manos sobre el cuarzo frío, y esperé.
La puerta se cerró con un clic casi imperceptible.
A través del espejo, vi cómo Noemi se deslizaba hacia mí con la gracia de una pantera que cree que ha encontrado una presa, sin saber que ella era la que caminaba hacia la jaula. Se detuvo a escasos centímetros de mi espalda. Podía sentir el calor que desprendía su cuerpo, una energía vibrante y joven que estaba a punto de marchitarse.
—Tienes una forma de caminar que detiene el tiempo —susurró su voz, aterciopelada y cargada de una confianza que me dio ganas de reír—. ¿Te he visto antes por aquí? ¿O eres un regalo nuevo de la ciudad?
Me giré lentamente, dejando que mis ojos recorrieran cada centímetro de su rostro esmeralda, deteniéndome en sus labios rojos. Una de mis manos subió, casi por instinto, para apartar un mechón de su cabello chocolate de su hombro, rozando su piel con la punta de mis dedos. Estaba fría, pero ella tembló bajo mi tacto.
—Digamos que soy alguien que aprecia las cosas bellas, Noemi —dije, bajando el tono de mi voz hasta que fue poco más que un aliento contra su oído—. Y tú... tú eres una de ellas—Ella sonrió, una sonrisa triunfal, y acortó la distancia que nos separaba. Sus manos buscaron mi cintura, apretando la seda negra de mi vestido.
—Me gusta que sepas mi nombre —murmuró, inclinando la cabeza—. Pero me gustaría más saber qué planeas hacer ahora que me tienes a solas.
Me acerqué más, dejando que nuestras narices se rozaran, atrapándola en mi espacio personal. Mis dedos bajaron por su cuello, trazando la línea de su mandíbula con una delicadeza letal.
—Planeo darte una noche que no olvidarás nunca —le prometí, sosteniéndole la mirada con una intensidad que la hizo jadear—. Una noche que valdrá toda una vida.
La ironía de mis palabras flotaba en el aire entre nosotras, pero ella estaba demasiado perdida en el juego de seducción como para notar el filo del cuchillo que se escondía tras mi sonrisa.
—Pruébame —me desafió ella, pegando su cuerpo al mío.
Ella soltó un suspiro entrecortado cuando mis manos, expertas en el arte de fingir, se posaron en su cintura. Noemi no esperó más; rompió la distancia con una urgencia que delataba cuánto poder creía tener sobre la situación.
Sus labios buscaron los míos con un hambre desesperada. El beso sabía a los restos del cóctel que acababa de tomar y a ese labial rojo que ahora se manchaba contra mi piel. Era un beso suave al principio, pero que rápidamente se tornó profundo, exigente. Sus manos se enredaron en mi cabello, tirando sutilmente para obligarme a profundizar el contacto, mientras mi cuerpo respondía con una cadencia calculada que la hacía temblar.
—Eres... increíble —murmuró ella contra mi boca, buscando mi cuello con besos húmedos que me provocaban una náusea que enterré bajo mi máscara de seductora.
Le correspondí con la misma intensidad, atrapando su labio inferior entre mis dientes antes de volver a reclamar su boca. Mientras nuestras lenguas se entrelazaban en esa danza hipnótica, mis dedos acariciaron la nuca de su cuello, justo donde el pulso le latía con fuerza. Era fascinante sentir la vida corriendo tan deprisa por sus venas, sin saber que yo ya estaba contando los segundos que le quedaban de libertad.
Se separó apenas unos milímetros, con los ojos nublados por la lujuria y las mejillas encendidas.
—Vámonos de aquí —susurró, su aliento caliente rozando mis labios—. Mi coche está fuera. Podemos ir a mi apartamento... no hay nadie allí.
La guié por un pasillo lateral, alejándonos del ruido de la pista hacia la zona de las salas privadas, ni loca me iba a ir con ella a su departamento donde el silencio se pagaba a precio de oro. Al entrar en una de ellas, el cierre electrónico de la puerta selló nuestro aislamiento con un susurro metálico. La habitación estaba sumida en una penumbra roja, con sofás de cuero negro que parecían absorber la poca luz que quedaba.
Me detuve de espaldas a ella, fingiendo observar la ciudad a través del ventanal reforzado. Noemi no tardó ni un segundo en acortar la distancia. Sentí el calor de su cuerpo presionando contra mi espalda, una invasión de mi espacio personal que ella creía bienvenida.
Sus manos, finas y decoradas con esa manicura perfecta, se deslizaron con una confianza felina desde mis hombros hacia abajo. Rodearon mi cintura antes de subir lentamente, trazando la curva de mis costados hasta posarse sobre mis senos. Gemí de forma controlada, un sonido diseñado para alimentarle el ego, mientras sentía sus dedos acariciarme a través de la seda negra de mi vestido.
—Estás tan tensa... —susurró contra mi nuca, repartiendo besos húmedos que me erizaron la piel por pura repulsión contenida—. Relájate, tesoro. Aquí nadie nos va a molestar.
Sus caricias se volvieron más atrevidas, más rítmicas, buscando una reacción que yo le entregaba. Noemi pegó sus caderas a las mías, moviéndose con una lentitud sugerente mientras sus manos seguían explorando mi cuerpo con una posesividad casi insultante.
—Tienes un cuerpo increíble—murmuró, su aliento caliente empañando mi cuello—. No puedo creer que seas real.
—Oh, soy muy real, Noemi —respondí, bajando la voz mientras cerraba los ojos para no revelar el desagrado en ellos—. Más de lo que imaginas.
Me giré entre sus brazos con una lentitud letal, atrapando sus muñecas con una firmeza que la hizo jadear, creyendo que era pasión. La empujé suavemente hacia una de las sillas, quedando yo por encima, rodeándola con mi sombra mientras el pulso de la música del club seguía retumbando, como un recordatorio de que, ahí fuera, su mundo seguía girando sin saber que ella acababa de entrar en el mío.
—Ahora —dije, rozando sus labios con los míos una última vez—, vamos a jugar bajo mis reglas.
Me agaché frente a ella, deslizando mis manos por sus muslos hasta llegar a los tobillos. Noemi soltó una risita vibrante, creyendo que el juego estaba subiendo de tono, pero su risa se cortó en seco cuando escuchó el chasquido metálico de las bridas que saqué de mi bolso de mano.
Con rapidez, rodeé sus tobillos a las patas de la silla.
—Oye, eso aprieta un poco... —balbuceó, intentando incorporarse, pero puse una mano firme sobre su pecho, empujándola de nuevo contra el respaldo.
—Shh... —le susurré, acercándome a su oído con una frialdad que la hizo estremecerse, esta vez no por placer—. Te dije que jugaríamos bajo mis reglas, cara. Y mis reglas requieren que te quedes muy quieta.
Pasé a sus muñecas. Noemi empezó a forcejear, la confusión en sus ojos verdes transformándose rápidamente en un rastro de pánico puro al sentir el plástico cortante inmovilizando sus brazos a los reposabrazos de la silla. El contraste era brutal: su vestido esmeralda de alta costura contra la crudeza de las ataduras.
—¿Qué estás haciendo? ¡suéltame! Esto no tiene gracia —exclamó, su voz subiendo de tono mientras intentaba zafarse sin éxito.
Me puse de pie con parsimonia, sacudiendo mi vestido de seda negra y recuperando mi postura. La miré desde arriba, ya sin rastro de la calidez fingida de hace unos minutos. En mis ojos solo quedaba el reflejo de la luz roja de la sala.
—La gracia se acabó hace mucho, Noemi —dije, rodeando la silla con pasos lentos y rítmicos—. Tu padre cometió un error imperdonable. Y tu pagaras sus platos rotos no es nada personal cara.
Me detuve frente a ella y le tomé la barbilla con fuerza, obligándola a mirarme. Sus labios rojos, que hace un momento buscaban los míos, ahora temblaban de puro terror.
—Bienvenida a la realidad, princesa Scalia. Tu noche acaba de empezar, pero me temo que no es la noche que tenías en mente.
La luz roja de la sala privada bañaba su piel, dándole un aspecto irreal, como si ya fuera un cadáver antes de tiempo. Me tomé un momento para observarla, disfrutando del contraste entre su vestido esmeralda de seda y la tosquedad de las bridas que le cortaban la circulación en las muñecas.
Saqué de mi bolso un pequeño estuche de cuero negro. Al abrirlo, el brillo del acero quirúrgico relució bajo la penumbra. No era un equipo de carnicero; era el kit de una artista del dolor. Me acerqué a ella con un bisturí de mango corto. Noemi intentó gritar, pero rápidamente le coloqué un adhesivo en la boca para silenciarla; el pánico se le reflejaba en la mirada.
—Tienes miedo; yo también lo tendría si fuera tú.
Apoyé la punta fría de la hoja justo debajo de su oreja. Con una presión mínima y con calma, descendí por la línea de su mandíbula hasta llegar a su barbilla. No fue un tajo profundo, sino un corte superficial, lo suficientemente fino como para que la sangre tardara unos segundos en brotar, formando pequeñas perlas rojas que mancharon su cuello de porcelana.
—Hace un momento me pedías que te tocara, Noemi —susurré, viendo cómo sus ojos se dilataban hasta volverse casi negros—. Dime, ¿te gusta cómo te toco? Es muy gracioso cómo el ser humano puede pasar del éxtasis al miedo en cuestión de segundos.
Agarré un mechón de su cabello chocolate y tiré de él hacia atrás, obligándola a exponer su garganta. Con la otra mano, tomé una de las rosas de plata que llevaba en el pelo y la calenté con la llama de mi encendedor de oro hasta que el metal empezó a brillar con un matiz azulado.
Sin previo aviso, presioné el metal ardiente contra su hombro descubierto. El sonido de la piel siseando al contacto con el calor llenó la habitación, seguido de un grito desgarrador que quedó ahogado bajo la cinta. El olor a carne quemada se mezcló con su perfume de jazmín, creando una esencia nauseabunda que me hizo sonreír.
—Sabes, hasta pena me da tener que matarte. Siempre son los hijos los que pagan los platos rotos de sus padres; yo lo pagué con mi madre y ahora tú los pagas por tu padre.
Noemi se retorcía en la silla, sus piernas pateando el aire inútilmente mientras las bridas se enterraban más en su carne. Tomé el bisturí de nuevo y me enfoqué en su muslo, justo donde terminaba el dobladillo de su vestido de seda. Empecé a trazar palabras cortas, marcas que le recordarían el pecado de su padre cada vez que se mirara al espejo:
“P-E-C-C-A-T-O”
Cada letra era una incisión lenta y deliberada. La sangre empapó la seda, volviéndola oscura, casi negra. Ella sollozaba detrás de la cinta, sus ojos suplicando una piedad que yo no tenía en mi inventario.
Me alejé unos pasos, limpiando el bisturí en la parte limpia de su vestido con un gesto de desprecio, observando mi obra. Noemi estaba rota; el glamour del Duel Club se había desvanecido, dejando solo a una niña rica aterrorizada y marcada.
—Tu padre está en este momento en las mazmorras de mi villa, perdiendo su dignidad trozo a trozo —le dije, dándole un último trago a mi vaso—. Me pidió que sufrieras como él. Y yo, como buena hija, nunca le niego nada a mi padre.
Me acerqué y le quité la cinta de la boca. Ella tosió, escupiendo saliva y sangre.
—Mátame... por favor... —suplicó en un hilo de voz.
Le acaricié la mejilla con una ternura fingida, dejando un rastro de sangre en su cara.
—Oh, no, principessa. La muerte es un regalo que todavía no te has ganado. Mañana, cuando te encuentren tirada en la puerta de tu casa, el mundo verá lo que sucede cuando los Scalia olvidan quién manda en Calabria.
Me di la vuelta, recogí mis cosas y salí de la sala sin mirar atrás. La música del club seguía retumbando, el ritmo constante e indiferente. Uno de mis hombres me esperaba afuera de la habitación; solo bastó un asentimiento para que terminara el trabajo que yo empecé.
saga omertá Deseos y Apuestas 1
Nueva versión del primer capitulo
Espero que les guste esta nueva versión tengo muchas cosas planeadas para esta historia si te gusto este primer capitulo deja una reacción y comenta