Capítulo 1 - La tienda a las 3AM
Moscú en invierno no perdona. El frío se te mete por las costuras de la chaqueta como si quisiera recordarte que estás vivo, aunque Nikolai ya no estaba tan seguro de querer recordarlo. Diecinueve años, estudiante de economía en la universidad estatal, notas mediocres, apartamento compartido con un roommate que nunca llegaba antes de las seis, y un trabajo de medio tiempo en una tienda de conveniencia en las afueras del distrito de Maryino. Turno nocturno. De once a siete. El sueldo apenas cubría el metro y algo de vodka barato los fines de semana.
Esa noche 3 de enero.
La tienda estaba en silencio salvo por el zumbido del refrigerador y el tic-tac del reloj digital: 03:08. Nikolai limpiaba el mostrador con movimientos automáticos, pensando en nada concreto.
La campanilla sonó. Entró ella.
Lena. La había visto tres o cuatro veces esa semana. Siempre lo mismo: un paquete de cigarrillos Parliament, una botella de vodka barato Stolichnaya de 0.5, y a veces una barra de Snickers si tenía hambre. Veintitantos años, pelo negro teñido mal, ojeras que parecían tatuadas, labios agrietados por el frío y algo más. Vestía una chaqueta de cuero gastada, jeans rotos en las rodillas y botas militares. No hablaba mucho. Pagaba en efectivo, siempre billetes arrugados. Nikolai le había sonreído una vez por cortesía; ella lo miró como si estuviera midiendo cuánto tardaría en romperle el cuello.
Esa noche traía algo diferente. Entró rápido, miró hacia atrás por la puerta de vidrio empañada, y se acercó al mostrador sin decir nada. Sacó el dinero.
—Parliament y el vodka —murmuró, voz ronca por el tabaco.
Luego del rato sonó la campanilla de la tienda de nuevo
Era ella. Entro con un cigarrillo ya encendido entre los labios, ignorando el cartel de prohibido fumar. Dio una calada larga, exhaló el humo gris hacia el techo y se apoyó en el mostrador.
—Voy al fondo un rato —murmuró, apagando el cigarrillo en el suelo con la bota—. No te muevas. Y no veas el auto negro.
Desapareció por la puerta trasera que daba al callejón de carga.
Nikolai se quedó quieto. Afuera, un auto negro se detuvo frente a la tienda con las luces apagadas. No bajó nadie. Aún.
La campanilla explotó. Entraron cuatro. Chaquetas oscuras, caras duras, uno con cicatriz cruzándole la mejilla. El más grande se acercó directo al mostrador.
—¿Dónde está la perra? Lena. La vimos entrar.
Nikolai tragó. El pulso le martilleaba en los oídos.
—No… se fue. No sé.
El grandote lo agarró por la sudadera y lo levantó del suelo como si fuera un niño.
—No mientas, cabrón. ¿Dónde?
Los otros empezaron a registrar: tirando latas, rompiendo paquetes. Uno se quedó vigilando la puerta.
La puerta trasera se abrió de golpe.
Lena entró. En una mano un cuchillo de cocina grande (el de cortar salchichas, hoja ancha y oxidada), en la otra dos jeringas llenas de líquido oscuro.
—Aquí estoy hijos de puta ,me buscaban?—dijo tranquila.
El grandote soltó a Nikolai y se giró. Lena fue directa contra él. Le clavó el cuchillo en el abdomen bajo las costillas, profundo, y tiró la hoja hacia arriba con fuerza. Carne y músculo se abrieron como tela rasgada. Sangre caliente brotó en chorro, salpicando el mostrador y la cara de Nikolai. El tipo rugió, se tambaleó hacia atrás agarrándose el vientre, intestinos asomando entre los dedos.
El segundo tipo, un flaco con tatuajes en el cuello, se lanzó sobre Nikolai desde atrás. Le pasó el brazo por la garganta y apretó, asfixiándolo. Nikolai pataleó, veía puntos negros, el aire se le acababa.
Lena no dudó. Lanzó una jeringa como dardo. Le dio al flaco en el ojo izquierdo. La aguja se hundió hasta el fondo. El tipo soltó a Nikolai con un grito ahogado, se llevó las manos a la cara, sangre y líquido mezclados chorreando por la mejilla. Cayó de rodillas convulsionando.
—No mires —le dijo Lena a Nikolai, voz baja y fría.
Nikolai se dobló tosiendo, pero no pudo evitar mirar.
Lena ya estaba moviéndose. El tercero intentaba rodear el mostrador. Ella corrió hacia él, saltó por encima del mostrador como un felino. El tipo sacó un cuchillo, pero Lena fue más rápida: le agarró la muñeca con la pistola que había recogido del suelo (la del segundo), la torció y mordió. Mordió fuerte. Dientes hundiéndose en carne, tendones, hasta que sintió el crujido del hueso bajo la mandíbula. El tipo gritó como animal, soltó el arma. Lena escupió un trozo de piel y músculo, la boca llena de sangre fresca que le corría por la barbilla y el cuello.
El cuarto, el de la puerta, levantó su pistola. Lena se agachó, rodó, agarró la jeringa que quedaba y se la clavó en el muslo. El tipo disparó al aire (pffft sordo del silenciador), pero ya se tambaleaba. Cayó de espaldas, convulsionando.
Silencio pesado. Solo jadeos y el olor metálico de la sangre.
Nikolai se levantó despacio, apoyándose en el mostrador. Miró a Lena. Ella estaba parada en medio del desastre: cuchillo goteando en una mano, boca y mentón cubiertos de sangre ajena, ojos brillantes bajo las luces fluorescentes.
—¿Estás… bien? —preguntó él, voz temblorosa.
Lena se limpió la boca con el dorso de la mano, esparciendo más sangre.
—Nunca mejor —dijo, y escupió al suelo un resto rojo—. Te vieron la cara. Volteaste a ver el auto cuando te dije que no miraras.
Nikolai recordó: el auto negro afuera, las luces apagadas. Había mirado por instinto cuando entraron los cuatro.
—Ahora te buscan a ti también —continuó ella, guardando el cuchillo ensangrentado en la cintura
—No solo a mí. A ti por testigo. Y por idiota.
Nikolai miró los cuerpos. Sangre por todos lados. Sus manos temblaban.
—¿Qué hacemos?
Lena lo agarró del brazo, fuerte.
—Nos vamos. Por atrás. Y si vuelves a desobedecerme, te mato yo antes que ellos.
Lo arrastró hacia la puerta trasera. Afuera, nieve sucia y el auto negro aún encendido. Nikolai no miró atrás. Ya no era solo un estudiante nocturno.
La noche acababa de empezar.
—. No solo a mí. A ti por testigo. Y por idiota.
Nikolai miró los cuerpos. Sangre por todos lados. Sus manos temblaban.
—¿Qué hacemos?
Lena lo agarró del brazo, fuerte.
—Nos vamos. Por atrás. Y si vuelves a desobedecerme, te mato yo antes que ellos.
Lo arrastró hacia la puerta trasera. Afuera, nieve sucia y el auto negro aún encendido. Nikolai no miró atrás. Ya no era solo un estudiante nocturno.
La noche acababa de empezar.