La Avispa

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

La vida se mueve en escala de grises desde que Luana no está. Las patrullas por la selva se volvieron una rutina mecánica, el refugio de un hombre que prefiere el silencio del monte al ruido de los vivos. Pero la calma se rompe cuando el equilibrio de la selva empieza a sangrar. Hay algo allá afuera dañando lo que él juró proteger.

Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Día 1

La luz del sol se filtraba por las cortinas de tela fina, una gasa casi transparente que desintegraba los rayos en siete rayos más pequeños, cada uno de distinto tamaño del anterior. El aire en la habitación parecía suspendido, frío pero agradable, cargado de un polvillo que flotaba en el silencio de una mañana de invierno. Luana dormía de costado, boca arriba, con el perfil izquierdo recortado hasta la mitad de la oreja por la mullida almohada. Tenía esa paz interior que no solo se ve, sino que se siente en el pecho, una tranquilidad que lograba contagiarte el ritmo de su respiración. Él permanecía inmóvil, contemplando y respirando su paz, compartiendo el mismo aire que ella. Con lentitud, extendió la mano para rozar su mejilla, buscando esa calidez suave que recordaba de memoria. Su mano flotaba camino a sentir la suavidad de su mejilla, pero el trayecto solamente se hacía cada vez más lejano, hasta que en el momento del contacto, sus dedos no encontraron piel, sino la rugosidad de un mueble de quebracho colorado. El ruido del mueble y ese pequeño dolor lo sobresaltó y lo trajeron a la realidad.

El dormitorio estaba sumergido en oscuridad, solo interrumpida por el resplandor tenue y rojo de la zapatilla donde está enchufada la base VHF y un par de cargadores. Afuera, la lluvia caía con fuerza, golpeando el techo con un repiqueteo constante que asemejaba a granizo. Faltaban diez minutos exactos para que la alarma sonara. Se quedó quieto, con la mano todavía extendida en el aire, sintiendo cómo el vacío se le ensanchaba en el pecho. No dijo una palabra; no había nadie para escucharlo. Simplemente aceptó la realidad. La felicidad de aquel sueño se le escurrió entre los dedos como arena, y por un segundo deseó con la poca luz que quedaba en su corazón, volver a dormir, para volver a verla y quedarse allí con ella. Bajó la mirada hasta que ese viejo amigo llamado deber, como mecanismo de relojería, le recordó que no podía permitirse el lujo de perserse en pensamientos.

Se levantó de la cama, cansado, dolorido. En la penumbra, comenzó su ritual de hace años. Colocó sus nudillos endurecidos por tantos años realizando artes marciales contra el suelo y comenzó a empujar. Las primeras 10 flexiones de brazos, sintiendo cómo los pectorales se tensaban y entumecían, y la sangre empezaba a bombear con fuerza hacia sus extremidades, las 40 siguientes las completó casi sin sentir nada, y las últimas 10, usando más la fuerza de su mente que de sus músculos. Inmediatamente después, se posicionó boca arriba y realizó 60 abdominales en menos cuarenta y ocho segundos, con la mirada fija en un punto inexistente del techo, con una expresión digna de cualquier jugador de truco. Cuando el corazón alcanzó el ritmo de trabajo adecuado, se sentó en el suelo, cruzó las piernas y cerró los ojos para “bajar unos decibeles”. Respiró hondo y repitió en voz baja: “El pasado no existe; aquí y ahora, por ella, a seguir por ella y nuestro sueño”.

Se cambió mecánicamente, poniéndose ropa cómoda mientras su gata vieja y de movimientos lentos, se restregaba contra sus tobillos. Le acarició la cabeza y el animal repondió quedándose quieto y cerrando los ojos, un gesto breve antes de ir a la cocina. Mientras a lluvia seguía golpeando contra la ventana, preparó el mate cual maestro que todos los días practica su arte: acomodó la yerba, cebó el primer chorro de agua tibia y esperó a que santo Tomás diera el primer sorbo . El calor en su mano y el primer gusto amargo, ahumado y profundo, fueron el plus que activó sus sentidos. Eran las 5:59 AM. Estiró el brazo y desactivó la alarma segundos antes de que sonara. Al hacerlo, sintió el pinchazo agudo en su muñeca derecha, esa vieja lesión crónica de sus años de artes marciales que nunca terminó de sanar.

El desayuno fue una coreografía de precisión. Rompió tres huevos en una taza grande, añadió una pizca de nuez moscada, queso crema y preparó unas tostadas de pan casero mientras batía el contenido de la taza. El aroma era reconfortante, y por un momento, la vida pareció tener algo de sentido. “Qué tranquilidad”, pensó, pero inmediatamente su mente le devolvió el golpe: “Con ella todo era más lindo”. El contraste se apagó de nuevo, el brillo volvió a estar en cero. Desde que ella no estaba, el mundo se movía en una escala de grises.

Se puso el uniforme de guardaparque, se colocó su sombrero, el cual portaba con un orgullo y se dirigió a su lugar de trabajo. Ese día le tocaba atención al público en el centro de visitantes, así que se aseguró de que su equipo impermeable estuviera listo para que la lluvia no manchara su impecable uniforme.

Cruzó el portal de bienvenida: “Bienvenidos al Parque Nacional Iguazú“. Al entrar a la sala de guardaparques, el silencio se rompió por el murmullo de la bisagra chirriando. Él fue el primero en llegar, como siempre. No le gustaba la gente, le agotaba el esfuerzo social de saludar y fingir interés, pero su naturaleza era servicial. Puso agua suficiente para varios termos y preparó dos mates para cuando el resto llegara.

Poco después, el lugar se llenó de voces. Entró Guillermina, su mejor amiga, la única persona capaz de arrancarle un comentario genuino; ella lo conocía, respetaba sus silencios y conocía profundamente su duelo. Luego entró el resto del grupo, incluyendo a Ignacio, el único que entró con su habitual aire de superioridad, sonriendo falsamente, quitándose sus lentes de sol (que usaba siempre en todo momento, aunque fuera de noche o estuviera nublado)

-Que onda? Todo bien? Buen día, gente!- habló en un tono elevado. evitando saludar uno por uno de los que ya habían llegado.

Ignacio o “Nacho”, como todos lo conocían, era el típico modelo de ser humano detestable, violento en sus maneras de hablar y expresarse justificando todo como “su opinión” y que “no tenia pelos en la lengua” para faltar el respeto cuando tuviera la oportunidad y con esos aires de superioridad de alguien nunca ha tenido que luchar por nada.

El día inició, como siempre, mates con compañeros, galletas, panes recién horneados, algunas que otras sonrisas, chistes y planificación del día. Nada fuera de lo normal. Solo otro día en el paraíso.

El día transcurría bajo la rutina monótona de los tickets y las preguntas frecuentes de registro de visitantes, este es un parque muy concurrido, pero al menos en esa época del año va la menor cantidad de turistas. “Al menos paró de llover” pensó, mientras registraba a una familia de 4, una madre, la abuela y dos niños que no paraban de discutir sobre si el logo del parque tenia un águila o un halcón. “Chicos, cuanto les apuesto a que es un vencejo” pensó en decirles, dejando que su vocación de educador ambiental saliera. Pero no, algo se lo impidió, solo siguió con su trabajo. Registrar y esperar a que el día termine.

Hasta que el ambiente cambió de golpe con el grito de un turista, un hombre de mediana edad con una camisa verde impecable y shorts blancos, soltó un alarido a unos 5 metros de donde se encontraba EL GP. Una avispa amarilla, grande y pesada, lo estaba picando en el cuello. El hombre, en un ataque de furia desmedida, golpeó al insecto y lo arrojó al suelo. No se conformó con eso: comenzó a pisotearlo con un odio visceral, arrastrando la suela de su bota pesada sobre el asfalto, triturando el cuerpo del animal una, dos, tres veces. El guardaparque observó la escena atónito. No importó para nada el dolor del hombre, solo el repudio interno hacia ese nivel de odio contra un ser vivo que solo había actuado por instinto.

Pero la realidad se impuso de inmediato. El rostro del turista empezó a hincharse, a ponerse rojo y su respiración se volvió un silbido agudo y agónico.

—¡Se está ahogando! —gritó una señora.

Él actuó por puro reflejo entrenado. Corrió hacia el mostrador y tomó su botiquín. Era una pieza única, cosida a mano con una lona resistente y compartimentos diseñados específicamente para ser eficiente en emergencias. El tacto de las costuras le dio una seguridad gélida. Se calzó los guantes de nitrilo con un chasquido que cortó el murmullo de la gente.

—Señor, relajese que eso lo va a ayudar. Está teniendo una reacción alérgica, necesito administrarle esto de manera urgente o se muere, por favor autoríceme con la cabeza ¿Me autoriza? —preguntó con voz profesional.

El turista, con los ojos inyectados en sangre, respiración cada vez mas sibilante y la garganta cerrándose, asintió rápidamente. El guardaparque sacó la jeringa con un movimiento fluido, realizando todo el procedimiento rápidamente para llenar la jeringa con la adrenalina. Al romper la ampolla, un pequeño borde le cortó el dedo, algo insignificante que ni siquiera sangró, pero no importó, una vida corría peligro. Colocó la punta de la jeringa en la ampolla y apenas confirmó que la medida exacta estaba en la jeringa, aplicó rápidamente de un golpe fuerte contra el muslo la carga salvadora.

El hombre se salvó. Los pulmones se abrieron con un silbido agónico que fue recuperando el ritmo natural, y el color púrpura de su cara fue cediendo hasta la normalidad. Él mantuvo la jeringa unos segundos más de lo necesario.

—Respire profundo. Mantenga el ritmo. Ya está, ya pasó —dijo con una voz plana y tranquila, sintiendo esa sensación de realización de que había salvado una vida. Casi pudo hasta esbozar una sonrisa.

Se quedó a su lado el tiempo necesario junto con los otros guardas, vigilando que los síntomas no regresaran. Mientras el hombre recuperaba el aliento, él comenzó a dictar las recomendaciones de protocolo.

El turista, todavía tembloroso, le tomó la mano con fuerza.

—Gracias... de verdad, gracias. Me salvaste la vida. Sos un héroe —balbuceó el hombre con los ojos llorosos.

-N… Gracias, se lo agradezco- Dijo, aceptando el cumplido que por poco invalida.

Alrededor, la gente que había estado grabando con sus teléfonos empezó a aplaudir. “Qué valiente”, “Menos mal que tenía el botiquín a mano”, se escuchaba en el tumulto. Él no respondió. No sonrió. Se limitó a retirar su mano de forma aséptica y comenzó el proceso administrativo: redactar el acta de constatación del incidente.

Apoyó la planilla sobre una tabla y empezó a escribir. Fue en ese momento cuando su mirada se desvió. Fuera de foco, a unos metros, vio la mancha. Era la avispa. Estaba totalmente destruida, un despojo amarillo y negro que ya no guardaba ningún parecido con un ser vivo. Se perdió en esa imagen. Su mano, que sostenía la lapicera, se detuvo a mitad de la palabra “Picadura”. Miraba la avispa y el mundo alrededor pareció enmudecer. No veía un insecto muerto; veía la prueba física de la crueldad humana.

Las primeras gotas, pesadas y frías, impactaron contra el papel del acta, haciendo que la tinta azul empezara a expandirse en manchas borrosas. La gente, asustada por la lluvia venidera, empezó a correr buscando refugio bajo los techos del centro de visitantes. Los otros guardaparques, incluyendo a Juan Ignacio que soltó un insulto por la humedad, buscaron resguardo lentamente.

Él no se movió. Sabía que era solo una lluvia inofensiva en un clima cálido como el de la selva paranaense. Se quedó allí, de pie en medio del patio, ignorando el agua que empezaba a empapar su uniforme impecable. Se quedó mirando cómo los hilos de agua que corrían en el asfalto empezaban a lavar los restos de la avispa, arrastrando las alas rotas y el abdomen aplastado hacia el olvido.

Sintió el relieve de las puntadas del botiquín artesanal bajo sus dedos mojados. El día terminaba, el acta estaba arruinada, y el bello ruido de la lluvia era lo único que lograba acallar el silbido que empezaba a sonar, otra vez, en su cabeza. “Gracias” susurró en su mente, respirando, disfrutando y agradeciendo cada segundo de haber elegido su profesión, pero de repente, de nuevo, esa voz… “Ella hubiera no se hubiera cortado …”