ÚNICA PARTE
Jimin se miraba al espejo como quien enfrenta a un juez invisible.
No era vanidad. Era costumbre. Una heredada a golpes de frases dulces envenenadas, de sonrisas familiares que cortaban más que cuchillas.
—Debes mantenerte bien delgada —decía la voz de su madre, incrustada en su cabeza como un eco viejo—. Tienes un marido de infarto, Jimin. No lo olvides.
Jimin apretó el borde del lavabo. Sus dedos temblaron apenas. Estaba en pijama, una camiseta ancha de Jungkook que le llegaba a mitad del muslo. Antes le encantaba usarla porque olía a hogar. Últimamente, la sentía como una excusa para esconderse.
Su vientre ya no era plano. No era grande, tampoco. Solo… distinto. Redondo de una forma nueva, suave, viva. Pero su familia no veía vida: veía medidas, números, expectativas.
—¿Te estás dejando? —había dicho su tía la última vez—. Jungkook trabaja duro, deberías verte impecable.
Impecable.
Como si el amor se midiera en centímetros.
Jimin suspiró, bajó la camiseta y evitó mirarse más. Sentía culpa por sentirse así. Porque Jungkook jamás, ni una sola vez, le había dado razones para odiar su cuerpo. Todo lo contrario.
Jungkook lo adoraba.
El problema no era Jungkook.
Nunca lo había sido.
Esa noche, Jimin se sentó en el sofá con una manta sobre las piernas. Jungkook estaba en la cocina, tarareando algo mientras cocinaba. Siempre hacía eso cuando estaba feliz. Y últimamente, estaba radiante. Desde que supieron del bebé, Jungkook caminaba por la casa como si el mundo fuera un milagro constante.
—Amor —llamó Jimin, bajito.
Jungkook apareció de inmediato, como si su nombre fuera un imán.
—¿Sí? ¿Te duele algo? ¿El bebé pateó? ¿Quieres agua? ¿Chocolate? ¿Mi vida entera? —dijo rápido, exagerado, con esa sonrisa que desarmaba guerras.
Jimin sonrió sin querer.
—Quería hablar contigo.
Jungkook frunció apenas el ceño, se sentó frente a él y tomó sus manos.
—Eso sonó serio.
Jimin tragó saliva.
Era ahora o nunca.
—Estaba pensando… en inscribirme al gimnasio.
Silencio.
Jungkook parpadeó dos veces.
—¿Al gimnasio? —repitió—. ¿Tipo… yoga prenatal? ¿Pilates suave? ¿Caminar en cinta escuchando podcasts dramáticos?
Jimin soltó una risa nerviosa.
—No exactamente.
Miró al suelo.
—Es que… siento que estoy subiendo de peso muy rápido. Y mi familia no deja de decir cosas. Que debo cuidarme más, que no puedo descuidarme ahora que estoy casado contigo, que tú eres… —dudó—. Demasiado para mí.
Jungkook no sonrió.
Tampoco se enojó.
Se levantó.
Jimin sintió un nudo en el pecho.
Pero Jungkook no se fue lejos. Se arrodilló frente a él, apoyó la frente en su vientre y respiró hondo.
—Hey —dijo suave—. ¿Puedo decir algo sin que suene a sermón?
Jimin asintió.
Jungkook levantó la mirada. Sus ojos brillaban, no de rabia, sino de amor puro, de ese que pesa más que cualquier opinión ajena.
—Primero: tu familia no vive en este cuerpo. Tú sí.
Segundo: yo no me enamoré de ti por tu talla. Me enamoré de tu risa fea cuando te da hipo, de cómo te emocionas con cosas mínimas, de tu forma de cuidar hasta las plantas que ya están muertas.
Y tercero… —sonrió— estás comiendo por dos.
Jimin abrió la boca, sorprendido.
—Eso no significa que…
—Significa que no voy a permitir —interrumpió Jungkook, firme pero dulce— que te castigues por crear vida. Nuestro bebé no necesita un padre delgado. Necesita un padre sano, feliz, que coma bien y se quiera un poquito más.
Jimin sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Pero tengo miedo —confesó—. Miedo de dejar de gustarte.
Jungkook soltó una risa suave, incrédula.
—Jimin —dijo, como quien revela un secreto obvio—. Subas o bajes de peso, con o sin ojeras, en pijama o arreglado… tú ya eres mi hogar. Y no pienso mudarme.
Jimin lloró. Sin drama. Sin vergüenza. Lloró como se llora cuando algo duele demasiado tiempo y por fin alguien lo nombra.
Jungkook lo abrazó con cuidado, besó su sien, su mejilla, su vientre.
—Si quieres ir al gimnasio, vamos juntos —añadió—. Pero no para castigarte. Para moverte, para sentirte fuerte, para que sepas que este cuerpo es increíble porque está haciendo algo épico.
Jimin rió entre lágrimas.
—¿Sabes que voy a llorar cada vez que me digas algo así?
—Perfecto —respondió Jungkook—. Yo voy a estar aquí para secarte las lágrimas y recordarte que eres precioso.
Esa noche comieron juntos. Jungkook sirvió un plato grande, balanceado, delicioso. No comentó cantidades. No miró relojes. Solo sonrió cuando Jimin comió sin culpa.
Más tarde, en la cama, Jungkook apoyó la mano sobre el vientre de Jimin.
—Hola, pequeño —susurró—. Tu papá es el amor de mi vida. Cuídalo, ¿sí?
Jimin cerró los ojos.
Por primera vez en mucho tiempo, no pensó en su peso.
Pensó en el futuro.
Y no le dio miedo.
Porque el amor —el de verdad— no exige cuerpos perfectos.
Exige presencia.
Y Jungkook estaba ahí. Siempre.
Como un abrazo que no juzga.
Como un hogar que no se rompe.
FIN