ÚNICA PARTE
Jungkook siempre pensó que el cuerpo era una casa. Algunas personas nacían en mansiones pulidas, con paredes blancas y ventanas intactas. Otros, como él, nacían en casas antiguas, con grietas visibles, con marcas que contaban historias que nadie había pedido escuchar.
Las estrías estaban ahí desde que tenía memoria. Líneas suaves, plateadas y rosadas, dibujadas en su vientre y en sus caderas como mapas secretos. Los doctores hablaron de genética, de cambios hormonales extraños, de un cuerpo que se estiró sin razón aparente. Jungkook solo escuchó una palabra que se le quedó clavada en el pecho: anormal.
Aprendió a vestirse con capas. Camisetas largas, sudaderas incluso en verano, duchas rápidas sin mirarse demasiado al espejo. Aprendió a no preguntar, a no mostrar, a no esperar que alguien pudiera entender.
Hasta que apareció Jimin.
Jimin llegó a su vida como llegan las canciones buenas: sin aviso y quedándose para siempre. Tenía una risa fácil, una manera de tocarlo que no pedía permiso pero tampoco invadía. Con él, Jungkook aprendió a respirar distinto. A veces incluso se olvidaba de esconderse.
Pero hay secretos que no se disuelven con besos.
—Creo que estoy listo —dijo Jimin una noche, acostado a su lado, jugando con los dedos de Jungkook—. Listo para dar el siguiente paso.
Jungkook sintió cómo el mundo se le inclinaba un poco.
—¿El siguiente paso? —repitió, haciéndose el distraído.
Jimin se giró para mirarlo, serio pero con esa ternura que siempre parecía envolverlo todo.
—Vivir juntos. Construir algo real. No solo fines de semana y despedidas en la puerta.
El silencio cayó pesado.
Jungkook quiso decir que sí. Quiso sonreír, besarlo, prometerle futuros con plantas en la ventana y tazas compartidas. Pero el miedo se le subió por la garganta como un incendio lento.
Porque vivir juntos significaba duchas compartidas.
Significaba luz de mañana cayendo sobre su piel.
Significaba no poder esconder las marcas.
—Jimin… —empezó, pero se detuvo.
—Hey —susurró él—. ¿Qué pasa?
Jungkook se sentó en la cama, abrazándose a sí mismo.
—Tengo algo que decirte. Y no sé cómo.
Jimin no lo interrumpió. Nunca lo hacía.
—Mi cuerpo… —tragó saliva—. No es como crees.
—¿Cómo creo que es?
—Normal. Limpio. Sin… cosas raras.
Jimin frunció el ceño.
—Jungkook, todos tenemos cosas raras.
Él negó con la cabeza.
—No hablo de cicatrices normales. Tengo estrías. Muchas. Desde siempre. La gente piensa que parecen marcas de embarazo. Y yo… —su voz se quebró—. Yo no quiero que me mires y veas eso.
El aire se volvió espeso.
Jimin se levantó despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper algo invisible.
—¿Eso es lo que te da miedo?
—No es solo miedo —respondió Jungkook—. Es vergüenza. Es sentir que mi cuerpo mintió antes de que yo pudiera decidir quién era.
Jimin se acercó, pero no lo tocó aún.
—¿Puedo verlo?
Jungkook lo miró, sorprendido.
—¿Qué?
—Tu cuerpo. No las estrías. Tú.
Jungkook dudó. Luego, con manos temblorosas, levantó la camiseta.
La habitación se llenó de piel real. No perfecta. No escondida.
Jimin no reaccionó como Jungkook había imaginado durante años. No hubo silencio incómodo, ni sorpresa mal disimulada.
Solo ojos suaves.
Jimin se arrodilló frente a él.
—Son hermosas.
—No me mientas —susurró Jungkook.
—No lo hago —respondió Jimin—. Parecen constelaciones. Como si tu cuerpo hubiera intentado crecer más grande de lo que el mundo esperaba.
Las lágrimas cayeron antes de que Jungkook pudiera detenerlas.
—Pensé que te daría asco.
Jimin negó, apoyando su frente en el vientre de Jungkook, sin besarlo aún, como pidiendo permiso incluso a la piel.
—Me daría asco que no confiaras en mí para mostrármelas.
Jungkook cerró los ojos.
—Siempre pensé que cuando alguien me viera desnudo se iría.
—Yo me quedo —dijo Jimin con firmeza—. Y si quieres, me quedo todos los días.
El siguiente paso no fue una cama compartida ni una mudanza inmediata.
Fue algo más pequeño y más grande al mismo tiempo.
Fue Jungkook mirándose al espejo con Jimin detrás, abrazándolo por la cintura.
Fue aprender que el amor no borra las marcas, pero las convierte en historias que ya no duelen tanto.
Semanas después, Jungkook fue quien lo dijo primero.
—Quiero intentarlo.
—¿Vivir juntos?
—Sí. Y que me veas todos los días. Incluso cuando no me sienta valiente.
Jimin sonrió, ese tipo de sonrisa que no promete perfección, pero sí presencia.
—Entonces demos el siguiente paso. Sin esconder nada.
Jungkook entendió algo esa noche: su cuerpo nunca estuvo roto.
Solo estaba esperando a alguien que supiera leerlo.
Y Jimin, con manos suaves y amor sin prisa, aprendió cada línea de memoria.
No como defectos.
Sino como pruebas de que Jungkook siempre fue más fuerte de lo que creyó.
Fin