Fuego y mentiras
La sala de estrategia olía a cera derretida, sudor y tensión. Como si pudiera predecir los hechos que se desencadenarían.
El mapa de los reinos estaba extendido sobre la gran mesa de madera de cedro. Pequeñas figuras marcaban las posiciones militares conocidas: las tropas de Kaelor eran muchas... y el monarca era un guerrero experimentado. Lo cual preocupaba sobremanera a Dhalia, aunque no fuera capaz de admitirlo en voz alta.
Valenor apoyó los nudillos sobre el mapa.
— No podemos mover a los ejércitos sin pruebas oficiales. Sin ellas, parecería una provocación. La cual, no sería bien recibida en los demás reinos.
— ¿Y qué propones? – Dara cruzó los brazos. — ¿Esperar a que Kaelor crucé la frontera con Casius como estandarte?
— ¡Cálmate! – intervino Dhalia, con voz firme. — No nos dejaremos arrastrar por su juego. Aún tenemos el control. Y lo vamos a usar.
Horas después, la reina convocó al consejo completo. Incluso a Lady Izaela, a quien apenas dirigió la palabra. Seguía sin superar su atrevida propuesta de casarla con el vil rey.
Dara los observaba con atención, como si intentara ver a través de sus máscaras. Algo difícil de conseguir, debido a la maestría con la que se ocultaban. Entre ellos había un traidor.
Lady Izaela, serena y afilada, habló sin ser invitada:
— No podemos apresurarnos. El rey Kaelor no es estúpido. Si ha capturado a Casius, lo mantendrá como fuente de información. Declararle la guerra ahora, sería entregarle un motivo para unir a los reinos contra nosotros.
— ¿Y tú cómo sabes tanto sobre sus posibles movimientos? – preguntó Dara sin titubear.
La sala se volvió hielo. Los rostros permanecían congelados, como si un frío invernal los hubiera atrapado a todos. Izaela parpadeó, fingiendo sorpresa.
— Sois jóvenes. Os falta perspectiva. Yo he servido a dos generaciones de vuestra familia y si mi experiencia se ha convertido ahora en una sombra de sospecha... – hizo una pausa dramática. — Entonces tal vez deba considerar si este consejo aún valora mi presencia.
— No dramatices, Izaela. – intervino Valenor. — Nadie está destituyéndote. Pero Dara tiene derecho a levantar preguntas. Estamos rodeados de enemigos y necesitamos certezas.
Izaela no respondió. Se levantó lentamente, su vestido carmesí arrastrando como una marea de sangre oscura por el suelo de piedra.
— Entonces buscad vuestras certezas y rezad para que no os destruyan en el camino.
Se marchó de la sala sin mirar atrás. El eco de sus pasos resonó como una amenaza velada. Por un momento, reinó el silencio. Luego, Dhalia se volvió hacia su hermana, con la duda tamborileando en su pecho.
— ¿Crees que es ella?
— Creo que si no lo es, al menos está jugando a demasiados juegos al mismo tiempo. – dijo Dara, con los ojos clavados en la puerta cerrada. — Y en este tablero, un solo error, puede costarnos todo.
Valenor asintió lentamente.
— Entonces será mejor que no lo cometamos.
Esa noche, Dhalia, Dara y Valenor se reunieron en privado en la biblioteca real. Bajo la tenue luz de las velas y la privacidad que le otorgaba el silencio entre los libros, tuvieron una conversación privada. Ocultándose de oídos y miradas indiscretas. O al menos, eso creían.
— Nos están vigilando desde dentro. – susurró Dhalia, abriendo un compartimiento oculto detrás de una estantería. — Vernon encontró esto hoy.
Era un pequeño colgante, con el emblema de Tharnor, escondido entre los documentos del archivo de logística.
— Una señal. Un descuido, o una advertencia. – murmuró Valenor, analizándolo. — No estamos solos en este castillo.
Dara se acercó al ventanal. Observaba el horizonte recordando mentalmente las pistas que tenían. Por más vueltas que le diera, no conseguía encontrar un objetivo claro.
— No importa cuánto intenten enterrarlo. El traidor se delatará tarde o temprano. Y cuando lo haga...
— ¿Lo matarás? - preguntó Dhalia, sin rodeos.
— No. – dijo Dara, con una sonrisa amarga. — Lo dejaré vivir... para que sepa lo que viene.
Esa misma noche, alguien dejó una carta en la puerta del dormitorio de Dara. Sin firma. Solo dos frases escritas con una caligrafía impecable:
"No todos en Tharnor apoyan a Kaelor. Si quieres respuestas, busca el sello del león."
Dara alzó la vista del papel.
Sus ojos, claros e implacables, brillaban con determinación. Al fin los acontecimientos empezaban a desencadenarse. Todo caería, tarde o temprano, a
Sin pensarlo demasiado se dirigió a la biblioteca. Allí encontraría respuestas. La lluvia golpeaba suavemente contra los ventanales de la biblioteca real. Afuera, la ciudad se sumía en una quietud gris, mientras Draelis dormía bajo el velo húmedo de la madrugada. Dentro, entre los estantes de madera tallada, Dara buscaba los libros necesarios que la ayudaran a descifrar el misterio que tenía entre manos. Llevaba horas allí.
Una capa gruesa de polvo cubría los libros más antiguos, los que rara vez eran consultados. A su alrededo, se apilaban tomos sobre linajes reales, tratados de sucesión y registros diplomáticos del reino de Tharnor. Sabía que la clave para entender a Kaelor no estaba en sus acciones presentes, sino en sus orígenes.
Casi a punto de rendirse, deslizó un volumen desgastado de entre otros dos: “Tratados de Comercio entre los Reinos del Norte y Draelis”.Estaba a punto de dejarlo a un lado, cuando una hoja suelta cayó entre las páginas. Era evidente que no era parte del tratado. La carta era más antigua y estaba plegada en cuatro partes.
Al desplegarla, sus ojos se clavaron en un símbolo apenas visible, dibujado con tinta ya desvaída: un león alado, con una corona sobre la cabeza.
Dara se quedó inmóvil.
— ¿Qué es esto...?
Pasó la yema de los dedos sobre el símbolo. Era inconfundible. Lo había visto antes, grabado en la empuñadura de una espada ceremonial que había pertenecido a la familia real de Tharnor. Abajo, en letras desordenadas, una línea garabateada a mano con torpeza:
“Crónicas de la dinastía Tharn – Versión no oficial”.
El corazón le martilleaba en el pecho. Desconocía la procedencia de aquel documento, pero algo dentro de ella le susurraba que lo cambiaría todo.
Comenzó a leer:
"El rey Elandar murió en su cama tras una breve enfermedad. Así lo proclamaron. Pero los rumores hablaban de la extrañeza de su enfermedad. Sus hijas clamaron justicia, pero fueron silenciadas por la ley, que solo permitía herederos varones. Kaelor, hijo del hermano menor del rey, fue nombrado nuevo monarca.”
Continuó leyendo vorazmente.
“Una de las tres hijas desapareció meses antes de la coronación. Las otras dos se exiliaron. Ninguna fue vista en la ceremonia. El Sello del León, que debía ser entregado al nuevo rey, jamás fue mostrado públicamente.”
— Entonces... Kaelor nunca lo tuvo. – murmuró Dara en voz baja.
Siguió leyendo.
“Según las antiguas tradiciones, solo quien reciba el Sello del León de manos de sangre real, puede gobernar con legitimidad. Sin él, la unidad de Tharnor es frágil. Algunos lo aceptan. Otros lo toleran. Pero muchos lo temen.”
Y entonces, un pasaje la hizo detenerse:
“Mucho se dijo de la madre de Kaelor, la duquesa Ayla. Su esposo no era el verdadero padre de su vástago. Sino, su amante, un general de provincias, no un hombre de sangre real. Estos rumores persiguieron al joven Kaelor desde su niñez, endureciéndolo hasta convertirlo en una persona cruel.”
Dara se recostó en la silla, los ojos clavados en la carta. Todo encajaba.
Kaelor gobernaba un reino dividido. Su autoridad pendía de un hilo y él lo sabía. Por eso su agresividad. Por eso sus alianzas secretas, sus espías, su necesidad de proyectar fuerza constante. Tenía que mantenerse siempre un paso por delante... porque si alguna vez salía a la luz que no tenía sangre real, todo su reinado se desmoronaría.
Y aún más peligroso: si alguien de sangre real encontrara el Sello del León, podría alzarse como heredero legítimo. Debía buscar a las hijas del difunto Elandar. ¿Pero donde debía empezar a buscar?
Dara cerró el libro de golpe.
Ya no bastaba con desenmascararlo. Había que encontrar el sello. Antes que él. Antes que cualquiera. Y con un nudo de resolución en el pecho, supo que la guerra no sería solo por ejércitos o alianzas.
La verdadera batalla sería por la verdad.