Capítulo 1
«Valeria»
El sonido de mis tacones resonaba en el pasillo del tribunal, un eco firme y decidido que anunciaba mi presencia antes de que cualquier persona pudiera verme. La carpeta de cuero negro que llevaba bajo el brazo contenía los documentos que acababan de sellar mi victoria. Otra más. No era sorpresa, claro. Nunca entraba en una sala de juicio sin la certeza de que saldría victoriosa. La preparación era mi religión, y el derecho, mi campo de batalla. Cada caso era una guerra, y yo no perdía guerras.
—Disfrútalo mientras dure, Montenegro.
La voz de Dante Moretti me detuvo en seco. Profunda, serena, pero con ese tono de provocación que siempre lograba sacarme de quicio. Me di la vuelta lentamente, encontrándome con esos ojos oscuros que parecían ver más allá de lo que yo estaba dispuesta a mostrar. Él estaba apoyado contra una de las columnas del tribunal, con la chaqueta de su traje perfectamente ajustada a sus hombros anchos y la corbata ligeramente aflojada, como si el esfuerzo de derrotarme lo hubiera dejado sin aliento. Dante Moretti. Mi némesis desde la universidad. Mi sombra en cada caso importante. Mi mayor dolor de cabeza.
—¿Te refieres a mi racha de victorias o al placer de verte perder otra vez? —respondí, con una sonrisa que sabía lo suficientemente cortante como para hacerle daño.
Los labios de Dante se curvaron en una media sonrisa, ese gesto que siempre me hacía preguntarme si estaba a punto de lanzar un dardo envenenado o simplemente disfrutando del espectáculo. Conocía esa expresión demasiado bien. Era el preludio de una batalla que ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.
—Supongo que tarde o temprano alguien tiene que recordarte que no eres invencible —dijo, cruzando los brazos sobre el pecho.
—No será hoy —repliqué, pasando junto a él sin perder el porte. Pero antes de que pudiera alejarme, su voz me detuvo de nuevo.
—Valeria.
Me volví, arqueando una ceja en señal de desafío. Dante se acercó un paso, lo suficiente para que pudiera sentir el calor de su presencia. Su aroma, una mezcla de madera y algo más intenso, me envolvió por un instante.
—No subestimes este caso —dijo en un tono más bajo, casi íntimo—. No será como los demás.
—Ningún caso lo es cuando estás tú del otro lado —respondí, manteniendo la mirada fija en la suya—. Pero no te preocupes, Moretti. Siempre estoy preparada.
Él sonrió, esa sonrisa que me hacía querer golpearlo y besarlo al mismo tiempo. Pero antes de que pudiera decir algo más, mi asistente, Clara, apareció en la puerta del tribunal, agitando mi teléfono con una expresión entre emocionada y preocupada.
—Valeria, la firma necesita verte ahora. Es urgente.
El despacho de Montenegro & Asociados estaba bañado por la luz dorada de la tarde que se filtraba a través de los ventanales. Entré en la sala de juntas con paso seguro, donde ya me esperaban mi socio principal, Gabriel Montenegro —mi hermano mayor y el fundador de la firma—, y un hombre con un traje impecable que no reconocí de inmediato. A su lado, un asistente sostenía una carpeta que parecía pesar toneladas.
—Señorita Montenegro, gracias por su tiempo —dijo el hombre, extendiéndome la mano con una sonrisa profesional—. Mi nombre es Javier Cárdenas, abogado representante de la familia Lombardi.
Arqueé una ceja. La familia Lombardi era una de las más poderosas del país, dueña de una cadena hotelera internacional y conocida por sus escándalos que llenaban las portadas de los tabloides. Este caso prometía ser interesante.
—¿En qué puedo ayudarles? —pregunté, tomando asiento frente a ellos.
El asistente de Cárdenas deslizó la carpeta hacia mí. La abrí, escaneando rápidamente los documentos que contenía. Era un caso de divorcio, pero no uno cualquiera. Carla Lombardi, la esposa del magnate hotelero Alexander Lombardi, estaba dispuesta a luchar por cada centavo de su fortuna. Y quería que yo fuera su representante.
—Queremos que represente a Carla Lombardi en su divorcio —confirmó Cárdenas, como si pudiera leer mis pensamientos.
Contuve una sonrisa. No solo era un caso multimillonario, sino que era el tipo de batalla en la que yo brillaba. Sin embargo, mi entusiasmo se vio opacado por las siguientes palabras de Cárdenas.
—La firma que representará a su esposo será Moretti & Partners.
El nombre cayó como un peso en la habitación. Exhalé despacio y me recargué en mi asiento, sin apartar la vista del documento frente a mí. Claro. Porque si había alguien que podía convertir este caso en una guerra sin tregua, era Dante Moretti.
—Díganle a la señora Lombardi que acaba de contratar a la mejor —dije finalmente, cerrando la carpeta con un golpe sutil.
Porque si Dante iba a estar del otro lado, no solo era una pelea legal. Era personal.
«Dante»
El despacho de Moretti & Partners estaba bañado por la luz dorada de la tarde que se filtraba a través de los ventanales. Entré en la sala de juntas con paso seguro, donde ya me esperaban mi socio principal, Javier Moretti —mi hermano menor y el cofundador de la firma—, y un hombre con un traje impecable que no reconocí de inmediato. A su lado, un asistente sostenía una carpeta que parecía pesar toneladas.
—Señor Moretti, un gusto conocerlo —dijo el hombre, extendiéndome la mano con una sonrisa profesional—. Mi nombre es Jack Miller, abogado representante de la familia Lombardi.
Arqueé una ceja. La familia Lombardi era una de las más poderosas del país, dueña de una cadena hotelera internacional y conocida por sus escándalos que llenaban las portadas de los tabloides. Este caso prometía ser interesante.
—¿Qué necesita? —pregunté, tomando asiento frente a ellos.
—Queremos que nos ayude a ganar el juicio y que represente a Alexander Lombardi en su divorcio —confirmó Cárdenas, como si pudiera leer mis pensamientos.
Contuve una sonrisa. No solo era un caso multimillonario, sino que era el tipo de batalla en la que yo brillaba. Sin embargo, mi entusiasmo se vio opacado por las siguientes palabras de Cárdenas.
—La firma que representará a su esposa será Montenegro & Asociados.
—Cuente conmigo —dije finalmente.
Iba a aceptar este caso solo por ver la cara de Valeria cuando pierda.
Esa noche, mientras revisaba los documentos del caso en mi apartamento, no podía evitar pensar en Valeria. En cómo sus ojos claros parecían perforarme cada vez que nos cruzábamos en el tribunal. En cómo su voz resonaba en mi mente, incluso cuando no estaba cerca. Era una distracción, lo sabía, pero una que no podía evitar.
Desde el primer día que vi a Valeria en la universidad, supe que era diferente. No solo era físicamente atractiva—algo que, admito, siempre ha sido lo primero que me llama la atención en una mujer—, sino que también tenía una presencia que no pasaba desapercibida. Su cabello oscuro, su sonrisa fácil y esa forma de moverse con seguridad por los pasillos hacían que fuera imposible no fijarse en ella. Pero lo que realmente me sorprendió fue su inteligencia. No era solo una cara bonita; era brillante, participativa en clase y siempre parecía estar un paso adelante de los demás. Eso, para mí, la hacía aún más interesante.
Siempre he sido un tipo que sabe lo que quiere, y en ese entonces, lo que quería era acercarme a ella. No me voy a engañar: mi interés inicial era puramente físico. Me imaginaba cómo sería tenerla en mi cama, cómo sería sentir esa conexión carnal que tanto me gusta explorar con las mujeres. No soy de esos hombres que se complican la vida con sentimientos profundos o relaciones serias. Prefiero la libertad, el juego, la diversión. Y Valeria, con su mezcla de belleza y cerebro, parecía el desafío perfecto.
Así que me acerqué a ella un par de veces, con esa confianza que me caracteriza. Le solté algún comentario ingenioso, la miré con esa mirada que sé que funciona, y esperé a ver si surgía algo. Pero entonces apareció él: Alejandro. Su novio. Un tipo que, desde mi punto de vista, no le llegaba ni a los talones. Era de esos hombres que se conforman con lo básico, que no tienen esa chispa, esa ambición que yo sí tengo. Un panoli, en toda regla. Si hubiera querido, estoy seguro de que habría podido quitársela de encima en cuestión de semanas. Pero, aunque no lo parezca, tengo mis principios. No me gusta meterme en relaciones ajenas, no por respeto a él, sino por respeto a mí mismo. No necesito complicarme la vida con dramas innecesarios.
Así que decidí dar un paso atrás. Valeria seguía siendo un deseo latente, una fantasía que de vez en cuando cruzaba mi mente, pero no iba a perder el tiempo persiguiendo a alguien que no estaba disponible. Además, la universidad estaba llena de chicas interesantes, y yo no soy de los que se quedan estancados en una sola idea. Durante los años de carrera, conocí a varias mujeres—algunas más atractivas que otras, algunas más inteligentes, otras más divertidas—. Salí con unas cuantas, pasé buenos momentos, pero nunca llegó a surgir nada serio. No es lo mío. Prefiero la emoción del primer encuentro, la tensión sexual, la conquista. El enamoramiento no va conmigo.
Aún así, Valeria siempre ocupó un lugar especial en mi mente. No porque estuviera enamorado de ella—nunca lo estuve—, sino porque representaba algo que no pude tener. Era como un trofeo que se me escapó de las manos, y eso, para alguien como yo, es difícil de olvidar. Pero la vida sigue, y hay muchas mujeres en el mundo.
Volviendo al caso que me habían propuesto esta mañana y que había aceptado, sabía que el caso Lombardi no sería fácil. Carla Lombardi era una mujer inteligente, con recursos ilimitados y una reputación que proteger a toda costa. Pero Alexander Lombardi no se quedaría atrás. Él tenía secretos, y yo estaba seguro de que Carla también los tenía. Este caso sería una guerra, y yo estaba listo para luchar.
Pero mientras me preparaba para la batalla legal que se avecinaba, no podía ignorar la tensión que había entre Valeria y yo. Esa atracción que ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir, pero que siempre estaba ahí, latente, esperando el momento adecuado para estallar.
Y cuando ese momento llegara, no estaba seguro de quién saldría victorioso.