Mi Pequeña Luz (Merlina Addams x Male Reader)

Sinopsis

Merlina Addams juro nunca sentir amor y compasión, hasta que llegó el. Tn, un joven con un pasado realmente doloroso y una vida hecha pedazos, es acogido por la familia Addams en su imponente y siniestra mansión, al principio la joven gótica actúa como si no existiera y trata de seguir con su vida normal, enfocándose en su novela. Hasta que aquel chico logra romper el escudo que la rodeaba, provocando sentimientos nuevos para ella, compasión, empatía y... Amor.

Estado:
Completado
Capítulos:
28
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo

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Tn nació en un callejón detrás del cine viejo de Jericó, envuelto en una bolsa de basura negra y con el cordón umbilical todavía alrededor del cuello. La madre, una sombra que nadie volvió a ver, lo dejó allí como quien desecha un papel arrugado. La lluvia de noviembre cayó sobre él durante horas hasta que una mujer que buscaba botellas lo encontró y lo llevó al orfanato municipal.

En el Hogar San Judas nadie usaba su nombre completo. Para los cuidadores era “el mudo”, “el que no llora” o simplemente “tú, ven”. Para los otros niños era el saco de boxeo perfecto: flaco, callado y con la mirada siempre baja. Los golpes llegaban por diversión, por aburrimiento o porque alguien había tenido un mal día. Cuando cumplió once años intentó ahorcarse con una sábana; la cuerda se rompió y la directora lo castigó tres días sin comer por “ensuciar la ropa de cama”. A los catorce se cortó las venas en la ducha; el agua se llevó la sangre antes de que perdiera el conocimiento y nadie se dio cuenta. Sobrevivió, como siempre, porque ni siquiera la muerte parecía quererlo.

Los años se volvieron un mismo día repetido: despertar con moretones nuevos, comer la sopa agria si había suerte, acostarse escuchando los llantos de los más pequeños y los gritos de los mayores. Aprendió a desaparecer dentro de sí mismo, a hacerse tan pequeño que casi no ocupara espacio.

Una mañana de octubre, la directora no apareció a repartir los castigos habituales. La encontraron dos días después en el sótano, colgando de una viga con la lengua morada y los ojos abiertos como platos. En su escritorio había una nota escrita con letra infantil: “Ya no volverá a tocar a nadie”.

Nadie investigó demasiado; en Jericó, a veces la gente simplemente desaparecía.

Esa misma tarde, un coche fúnebre negro se detuvo frente al orfanato. De él bajaron un hombre mediano de bigote extravagante, una mujer pálida envuelta en terciopelo negro y una joven de trenzas perfectas que parecía tallada en hielo. Homero Addams sonreía como si acabara de ganar un premio. Morticia apoyaba una mano enguantada en su brazo con la elegancia de una viuda eterna. Merlina, de pie un paso atrás, observaba el edificio con la misma expresión que dedicaría a una cucaracha: indiferencia absoluta.

-Ese es -dijo la directora suplente, señalando con dedo tembloroso al chico delgado que esperaba en el vestíbulo con una mochila rota en la mano.

Merlina alzó la mirada apenas un segundo. Sus ojos negros recorrieron la figura de Tn de arriba abajo: el cabello sucio, los hombros caídos, las cicatrices mal curadas en los antebrazos. No sintió curiosidad, ni lástima, ni interés. Solo registró que existía, como quien registra una grieta nueva en la pared.

-Vámonos -dijo con voz seca, dando media vuelta hacia el coche.

Homero abrió los brazos teatralmente. -¡Bienvenido a la familia, muchacho!

Tn no respondió. Subió al asiento trasero del coche fúnebre sin mirar atrás. El orfanato se hizo pequeño en el retrovisor hasta desaparecer por completo.

La puerta de la mansión Addams se cerró a su espalda con un chasquido que sonó, por primera vez en su vida, a definitivo.