Capítulo 1:el día que el cielo se abrio
Enero de 2085. La humanidad ha alcanzado el cenit. Ya no dependemos de reyes, ni de dioses, ni de la fe. Cada hombre es una isla de poder; con un pensamiento podemos crear mundos o reducirlos a cenizas. En nuestra carrera por la independencia absoluta, enterramos el pasado y borramos de la memoria el concepto de la devoción. Nos creímos invencibles porque ya no teníamos a quién rendir cuentas... hasta que el cielo se abrió.
No hubo alarmas. No hubo advertencias. En un mundo donde cada átomo era monitoreado por el pensamiento humano, aquella presencia fue el primer "silencio" en la red. Algo tan inmenso que eclipsó el primer amanecer del año; una estructura que no parecía hecha de metal, sino de una oscuridad sólida. Los ciudadanos de a pie salieron a las calles con curiosidad, pensando que era un nuevo avance tecnológico, pero los que sostenían las riendas del mundo temblaban: sabían que si algo tan grande pudo llegar al corazón de la Tierra sin ser visto, la batalla ya estaba perdida antes de empezar.
Cuando por fin descendió, los civiles fueron a confrontar aquel invento, pues la destrucción que dejó al aterrizar no solo trajo desolación en sí, sino una masacre total. Con arrogancia, arrojaron piedras para que salieran, pues el pueblo quería una explicación. Uno se acercó más de lo normal y, de la nada, su cuerpo estalló sin dejar rastro, nada más que el líquido de su sangre; aquellos a los que roció fueron los primeros en ser conscientes de que este tipo murió. Aunque lo vieron claramente, algunos se hicieron los ciegos.
Acto seguido, una plataforma desciende de la nave al suelo; con ella, una criatura alienígena sale para dar un vistazo con una calma que irrita a los expectantes. Uno de estos le grita:
—¡Tú causaste esta masacre! ¡Nuestras leyes de paz del 2085 no permiten esto! ¡Lo pagarás con cada recurso de tu mundo, te llevaremos a juicio!
A otros, que son más conscientes, no les gusta para nada esta situación, pues su cuerpo, de una manera u otra, enciende su instinto de supervivencia y por primera vez en la vida sienten que todo esto no es normal.
En ese momento se encienden las sirenas. El cielo se inunda de civiles armados, naves tanque y toda una artillería total. Los humanos que estaban allí por fin sintieron que algo no andaba bien. De un momento a otro abren paso a los soldados; algunos ríen, pero aquellos a los que su instinto despertó, simplemente se fueron de aquel lugar.
El oficial gritó: "¡Arriba las manos!". El Rey, con una indiferencia que helaba la sangre, simplemente extendió la palma de su mano hacia el frente. No hubo explosión, ni fuego. De su mano brotó una luz blanca cegadora que envolvió a toda la flota, los tanques y los soldados en un segundo. Cuando el destello se desvaneció, el cielo estaba limpio. El ejército más poderoso de la historia humana había desaparecido por completo, como si nunca hubiera sido dibujado en el mapa de la realidad.
La gente queda pasmada, no saben qué hacer. De un momento a otro el terror los inunda; no corren, no gritan, solo quedan petrificados. Lloran sin estar conscientes. El Rey ríe y, de un momento a otro, dice:
—Arrodíllense.
No se mueven porque quieran; lo hacen porque su cuerpo los obliga. Al instante, aquellos que estaban arrodillados fueron ejecutados por unos disparos de luz. Solo un chico torpe, que por obra del destino no se arrodilló, queda vivo. Acto seguido, el Rey se para al frente y le dice:
Rey: (con calma) ¿Por qué no te arrodillaste?
Dante: Ja... arrodillado o no, me vas a matar. Solo pensé que si este era mi último momento de vida, quería morir con honor.
Dante: (en su mente) ¿Qué estoy diciendo? No sé por qué sigo de pie. La verdad es que me cuesta estarlo; de hecho, mis piernas están temblando.
El Rey: (se ríe) La verdad, me sorprende la terquedad que tienes, chico. Te dejaré vivir.
Dante: Gracia...
Acto seguido: lo golpea.
Rey: Pero te romperé los huesos primero. Quiero dejarte moribundo; de todos modos, tu destino era la muerte. Agradece.
Narrador: Golpeó y golpeó y golpeó hasta romperle casi todo el cuerpo. Acto seguido, el Rey se retira y Dante queda inconsciente.
Escritor:Luis Santiago martinezz