¡Haré un Desastre!

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Sinopsis

Advertencia: Lenguaje malsonante, inapropiado y escenas de violencia/bullying escolar. Cuando me insertaron en la sociedad, y comencé las clases...Muchos solo se dejan llevar, fieles corderos, mientras que los que imponen sus propias leyes, son aquellos que son glorificados y admirados. Pero eso es aburrido, no se atreven por el miedo al fracaso. Y cuando ingresé. Lo entendí. Como funciona la sociedad, entre esa gente y el resto. Me decidí a hacer un cambio, un cambio, algo que destruya todo esto. Solo existe un problema, el presidente de mi clase, quien se dio cuenta de mis actitudes. Sé que él es peor. Entonces, ¿Por qué me citó después de la escuela?

Genero:
Thriller
Autor/a:
Cat Iluna
Estado:
En proceso
Capítulos:
9
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1 - Parte 1

El instituto Daglar me había advertido en una carta, que me estaban esperando el año que viene. En ese momento, solo tenía once años, y no entendía por qué estaba empacando todas mis cosas para mudarme a un lugar perdido en el mundo. Lo único que podía hacer, era buscar en internet lo que sucedía; casi me atraganto cuando descubrí que el instituto Daglar, era una escuela prestigiosa cuya lema es: “Si columna societas non es, nihil es”, que significa literalmente “Si no eres un pilar de la sociedad, no eres nada”. Precisamente no soy alguien que entraría ahí, ni por esfuerzo propio, ni por influencia, es más, no se entendería por qué iría ahí, en primer lugar.

El objetivo de este instituto es educar, por seis años, a ciertos adolescentes para que realicen grandes aportes a la humanidad, su método de selección es un misterio y, al mismo tiempo, el más certero del mundo. Su plan de estudio explica que cuentan con los primeros tres años de cultura general, y los otros tres restantes, eran orientados a cosas específicas. Pero eso no era todo, también tiene sus propias viviendas, en donde las familias de los alumnos se alojan, como si fuera una pequeña ciudad amurallada, lejos del mundo, aunque en los años orientados los alumnos vivían en la escuela, para ayudarlos a independizarse lo más rápido posible.

Cuando llegamos a la casa, que sería mi hogar por los siguientes tres años, me sorprendió que era diferente, había imaginado un lugar con casas iguales, pero esto escapaba de mi pensamiento. En mi habitación, cuidadosamente seleccionada por las autoridades, estaban varios paquetes de bienvenida, dentro de ellos, estaba mi uniforme, la versión estándar, de verano y de invierno, incluso la ropa de deportes, junto con mi credencial de estudiante; la siguiente caja, estaba llena de libros con pequeños separadores con el año y la materia en el cual se utiliza. En otra, mucho más pequeña, estaba una corbata formal y una tarjeta negra con detalles plateados, que servirá para abrir mi nuevo casillero en el instituto.

Por último, había un sobre negro con mi nombre escrito en dorado, en donde se encontraba una hoja con instrucciones muy específicas; desde la aplicación que debo descargar en mi teléfono para poder comunicarme con el resto de mis compañeros y profesores, hasta los números que debo registrar que pertenecen a las autoridades del colegio, también una larga lista de horarios detallados, y por último, un mapa poco detallado sobre los diferentes lugares en el terreno del instituto.

Todas esas cosas eran un buen inicio para el verano, me llenaba de curiosidad todo lo que viviría en el instituto, pero en contra de todo lo que creía, el tiempo pasó volando cuando enfermé. Estuve de hospital en hospital, me hicieron una cirugía, y a pesar de todo, lo único que recordaba de todo ese tiempo, fueron los gritos de los doctores a sus ayudantes, e incluso algunas sutiles humillaciones, cosas que había presenciado desde hace mucho tiempo, prácticamente desde que nací. Supongo que en ese momento fue cuando decidí aceptar la realidad, la única que nunca había querido analizar.

Existían personas que siguen sus propias leyes, que son de alguna manera libres, pero hay otros que solo viven para seguir a un líder, como decía aquel libro, cuyo nombre ya olvidé, “Son borregos que siguen al mundo allí donde les lleve: les resulta más fácil morir que pensar”. Y realmente me daba asco, me molestaba que sean tan patéticos y lo único que quería era ver una pelea, alguien que les enfrentará, no obstante jamás pasó. Por eso mismo, cuando me sumergía en una profunda fosa de dudas sobre mi existencia, y la de los otros, me llegó un mensaje, uno especial, dirigido únicamente a mi, o al menos eso creía. No tenía palabras, solo un archivo adjunto, encriptado, el tiempo que me quede internado, me dediqué a desencriptar ese documento, solo era una hoja, nada más y menos, y lo que descubrí era dentro de todo…curioso.

Cuando me recuperé, y pude volver a casa, ya había perdido dos meses de clases. Aunque mis padres no estaban seguros, ya no podía seguir faltando, así que preparé todas mis cosas para ir a clases el lunes. Cuando llego el día, ya vestía los pantalones negros, la camisa blanca y la chaqueta negra con el flamante escudo del colegio en un tono plateado muy llamativo, arregle los cordones de mis zapatos negros y baje a la primera planta, con mi mochila en la mano.

—¿Estás seguro de que puedes ir? —preguntó mi padre mientras intentaba en vano arreglar mi cabello.

—Tranquilo, papá, estoy perfecto —aseguré con una sonrisa—. Ya deja mi cabello, ambos sabemos que no tiene solución —de pronto, sentí los brazos de mi mamá rodeándome, y sin dudarlo me beso en la mejilla.

—Mi bebé, estás tan grande, estoy tan orgullosa de ti —decía mientras me quitaba los restos de su pintura de labios que había quedado en el rostro.

—Mamá, voy a llegar tarde —advertí, mientras sentí un abrazo de ambos. Después de eso, mi papá me sirvió el desayuno, y ambos se despidieron desde la entrada, mientras iba caminando hasta el centro de la ciudad, donde estaba mi instituto.

Me pareció intimidante, desde el momento en que estuve frente al portón negro. Aunque no quisiera, estaba nervioso porque sabía que debía estar frente a un montón de ilusos, raros y extraños sujetos, que simplemente seguirán a cualquiera con una actitud ganadora y medianamente carismática. Lo primero que debía hacer, era buscar mi casillero, arreglar mis cosas y recordar mis horarios, y por último, ir a clases.

La primera clase era Literatura General, y el salón doscientos treinta y dos era donde se dictaba, casualmente estaba en el cuarto piso, lo que significaba que debía usar las tormentosas escaleras. Pero, lo malo no era el ejercicio extra, sino la idea de cruzarme con más persona, ya había soportado a dos que no eran capaces de disimular su mirada curiosa. Cuando llegué, solté un suspiro agotado, toque la puerta y una joven señorita morocha de cabello rapado me atendió, me miró de arriba hacia abajo, y luego sonrió con un poco de condescendencia.

—Tú debes ser el nuevo alumno, te estaba esperando, por favor pasa y preséntate —pidió con un tono suave, cosa que me sorprendió. Cuando entre, ella llamó la atención de todos los alumnos, tome aire y hable para presentarme.

—Bueno, em, hola. Mi nombre es Matthew Brann, díganme Matt, y nada. Soy su nuevo compañero —intente que no sintieran mis nervios, y termine mi presentación hundiéndome de hombros, cuando iba a caminar para sentarme, en el único lugar vacío, alguien habló.

—Oye, niño nuevo, ¿nadie te avisó que las clases comenzaron hace dos meses? —preguntó con ironía, un chico de cabello castaño corto, sintiéndose don comedia, y provocando algunas risas. Pero, antes de poder decir cualquier cosa, un chico que estaba al frente mío se levantó.

—Hola, mi nombre es Darian Borya, soy el presidente de la clase, si tienes algún problema puedes tener la confianza de decírmelo —aseguró. Fruncí el ceño ligeramente por las risas ahogadas que aún se podían escuchar.

—Silencio —la profesora intentó, en vano, recuperar el control de la clase.

—Sabía que la clase comenzó hace dos meses —hable llamando la atención de todos—. Solo que tenía una operación pendiente, que evito que pueda asistir, idiota —murmuré esto último mientras caminaba hasta mi sitio.

Podía sentir la tensión en el ambiente, nadie sabía qué hacer, sin embargo, la profesora logró romper con toda la incomodidad, y empezó a dar su clase. Aún cuando intentaba tomar nota, había pasado tiempo desde que tomaba un lápiz o un bolígrafo, sentía mi mano ajena y por ende, apenas podía escribir dos letras bien legibles, sin mencionar que los ojos chismosos me estaba taladrando la nuca y no me dejaban concentrarme.

Solté un suspiro cuando la clase terminó, y la profesora anunció el descanso. Mientras guardaba mi libro alguien se acercó, no tuve que levantar la vista para saber que era una rubia presuntamente molesta.

—Hola —saludó ella con una sonrisa confiada. Por sus brazaletes de oro y esa cadena con el dije de plata, podía deducir que era una niña mimada—. Me llamo Erika, con K, tú eres el niño nuevo, ¿no? —preguntó.

—No contesto preguntas estúpidas —contesté de forma antipática y ella no se lo esperaba, y se fue enojada. Pero de forma inmediata apareció alguien más—. ¿Ahora qué? —pregunté en un suspiro, mientras levantaba la mirada, para encontrarme con ese extraño pelirrojo, que parecía que brilla por esa extraña aura amable que transmite.

—Veo que tienes un mal humor hoy —comentó mientras se sentaba frente a mí—. Sé cómo te sientes —continuó con una falsa empatía, que se sentía a kilómetros—, venir a un nuevo instituto, con nuevas personas, sin mencionar que estás atrasado, debe ser difícil buscar cómo encajar aquí —levanté mi mano para poder interrumpirlo.

—No te ofendas, sin embargo, me aburre tu discurso ensayado—aclaré—. Así que seré claro, sé quien soy, y también sé lo que quiero hacer aquí, no quiero tu ayuda, ni la necesito —expliqué—. En conclusión, deja de utilizarme para quedar bien frente a este montón de idiotas que nos miran, señor presidente —concluí en un susurró. Él se quedó completamente serio—. Nadie te dará una estrellita dorada por tu actitud, así que ahórratelo —aclaré. Supongo que esperaba verlo enojado, aunque me desconcertó su sonrisa.

—Así que sabes quien eres, y lo que quieres hacer, ¿no? —preguntó levantándose—. ¿Qué se supone que piensas hacer aquí? —volvió a hablar, mientras su mirada desafiante se volvía más filosa.

—Voy a prender fuego todo —conteste y el sonido de la campana no lo dejo contestar—. Adiós, señor presidente —saludé de forma sarcástica, mientras él iba a su lugar al frente, en la segunda línea del centro.

«Prender fuego todo»

Ese pensamiento me seguía después de algunas semanas. No estaba seguro de cómo hacer eso, ni siquiera sabía si tenía que enfrentarme a alguien primero, sin embargo, lo que sí sabía con certeza, eran dos cosas; lo primero, debía verme seguro y desinteresado para el presidente, que estaba vigilándome. Y lo segundo, era que debía conseguir un club al cual unirme, y la tutora del curso me estaba esperando, pero ya me había advertido que tenía hasta el fin del mes, que era dentro de dos días, para darle una respuesta.

Sentía que no encajaba en esta escuela, y me fascina sentirme así, aunque a mi tutora no le daba gracia, sin mencionar que a la hora de los clubs, solo me ponía a vagar por todo el instituto como alma en pena. Hasta que encontré a una verdadera alma en pena.

En uno de mis recorridos, un ruido metálico me llamó la atención. Cuando me asomé a una esquina, pude presenciar una escena que me hizo sonreír de forma inconsciente. En uno de los pasillos más desolados, un chico estaba siendo golpeado y pisoteado por un grupo de idiotas más grande, liderado por Alessandro Greco, un idiota suplente de un club, del deporte más raro del mundo. Cuando se fueron, caminé hasta la pobre víctima, que estaba intentando ordenar todas las cosas que estaban tiradas y sucias, sin mencionar, que se habían mezclado con la basura.

—Vaya, esa fue una gran paliza —dije mientras me arrodillaba junto a él—, ¿mangas? —pregunte tomando uno de los libros tirados, cuando él se percató de lo que hice, me lo arrebato nervioso.

—Lo siento, debo irme —nervioso y con la mirada clavada en el piso, esa fue mi primera impresión.

—Son muchas cosas —murmuré—. Déjame ayudarte —pedí con una sonrisa suave, y al final decidió alzar la mirada para verme al rostro—. ¿Qué?

—¿Por qué alguien como tú querría ayudarme? —preguntó, desconfiado, mientras pegaba sus cosas a su pecho.

—Me parece injusto lo que te hicieron, por eso quiero ayudarte —explique sin perder la sonrisa.

—¿Te crees un tipo de superhéroe o algo así? —preguntó, con un poco más de confianza, supongo que asume que no soy un chico violento.

—Te contestaré, solo si me dejas ayudarte —ofrecí extendiendo mi mano, como si fuera a cerrar un trato. Él murmuró un “está bien” dudoso y me dio un conjunto de mangas para llevar.

—Sígueme —pidió.

Caminamos hacia el quinto piso, en el salón mil doscientos dos, se reunía el club de comics y mangas. Casualmente, era un salón pequeño, comparado con otros, durante el recorrido, le pregunté algunas cosas que solo los alumnos saben; él me aclaró que los grupos o clubs se dividían por popularidad, y a raíz de eso, tenían privilegios que muchos utilizaban para abusar de los demás alumnos, y obligarlos a unirse a sus clubes. Me parecía bastante emocionante lo que estaba diciendo, y más sobre la idea de clubs aplastando clubs.

—Pero, si tú ya estás en un club, ¿Por qué te estaban molestando? —pregunté, él únicamente bajo la mirada.

—Porque necesitan un aguatero, que sirva al equipo —contestó apenado. «Qué inocente» pensé mientras abría la puerta del club—. Está vacío porque los demás deben estar siendo intimidados en otros lados, normalmente no llegan tarde —me explico nervioso.

—Lo entiendo, no te preocupes —fue lo único que conteste, y empecé a ayudarlos a guardar los tomos en orden.

—Por cierto, me llamo Frederick McLock, me dicen Fred, un gusto, soy de la clase D —me ofreció su mano, y la acepté. Me olvidaba que todos los alumnos aquí, siempre se presentan con la letra de su clase, es muy extraño, aunque supongo que al final uno se acostumbra.

—Dime Matt, soy de la clase M —dije con una sonrisa. Ambos nos quedamos callados por un tiempo, hasta terminar de ordenar todos los tomos en las únicas cinco estanterías. Cuando terminamos, ambos tomamos asientos en un viejo sofá, algo polvoriento—. No quisiera ser molesto, sin embargo, en serio necesitas ayuda —aclaré.

—Eso me recuerda, que no contestaste la pregunta —dijo, lo miré confundido, básicamente mintiendo—. A lo de ser un superhéroe.

—Claro, lo había olvidado —aclaré, con una pequeña sonrisa—. Bueno, realmente soy un villano o un antihéroe, depende de quien esté a mi lado —conteste con burla, aun así, él me miró algo incómodo y dudoso—. Estuve pensando en lo que dijiste, sobre la razón de que la gente te moleste. Y tengo una teoría —comenté—. Ellos no te molestan para que abandones este club —explique—, lo hacen para que la gente tenga miedo. Cualquiera con dos dedos de frente, te golpearía en lugares donde no se vean los moretones, pero ellos te golpean hasta en el rostro. Cualquiera que te viera, seguramente no se uniría a un sitio donde te van a golpear. Es una forma de desprestigiar a alguien —cuando termine de hablar, él me miró sorprendido y de forma inconsciente llevó sus manos a su cuello, en donde tenía varios moretones visibles—. Por eso quiero ayudarte, y también entrar a este club, si me dejan —en ese momento llegaron otros chicos.

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