Prólogo
He vivido siglos creyendo que los monstruos éramos nosotros.
He visto imperios caer, lenguas morir, cielos cambiar de dioses. Pero nada me preparó para la forma en que una sola Cazadora de vampiros me enseñó a temerle al amor más que a la estaca… y al deseo más que a la muerte.
Si estás leyendo esto, Belladona de la Cruz, significa que no fui lo bastante fuerte para huir de la mano que temblaba al alzar el arma. Tampoco lo fui para apartarme cuando tus dedos rozaron mi piel y me recordaron que aún podía sentir algo más que hambre.
No me llores.
Reza por ti.
Porque amar a un inmortal no es solo desafiar a la muerte.
Es aprender a sostener la estaca entre tus dedos mientras tu cuerpo traiciona la fe que te enseñaron, mientras tu respiración se mezcla con la mía y descubres que hay heridas que no sangran… pero arden.
Y dejarla caer sobre mi corazón.
Es mirarme a los ojos mientras lo haces, buscar en ellos al monstruo que te juraron destruir y encontrar, en su lugar, al hombre que te deseaba lo bastante como para suplicarte en silencio que corrieras, que vivieras, que no te perdieras conmigo en la oscuridad.
Es sentir cómo mi eternidad se apaga en tus manos mientras la tuya, tan breve, se quiebra en el mismo instante en que mi nombre se queda atrapado entre tus labios.
Es saber que, en ese golpe, no solo me matas a mí, sino también a la parte de ti que aprendió a temblar cuando mi voz te rozaba la piel y mi presencia se convertía en una promesa que no debías querer cumplir.
Después vendrá el silencio.
Vendrá el peso de mi recuerdo en tu pecho, la costumbre de buscar mi sombra en cada rincón, la herida de pronunciar mi nombre en sueños y despertar con la boca vacía y el cuerpo aún marcado por lo que casi fuiste conmigo.
Caminarás entre los tuyos con la estaca limpia y las manos manchadas, con la fe intacta ante sus ojos y el corazón ardiendo bajo las costillas.
Y cada noche, cuando reces como te enseñaron, sabrás que tus palabras no buscan perdón para mí.
Las buscas para ti.
Porque no me mataste por dejar de desearme.
Me mataste porque te obligaron a recordar quién eras antes de quererme.
Y aun así, Belladona, si el mundo me diera otra eternidad, volvería a caminar hacia tu estaca solo para que, por un instante más, me mires como lo hiciste aquella vez en la que casi me dejaste ser tu perdición… y tú, la mía.
