CAPÍTULO 1 / Despertar en Milán
La luz del sol entraba a través de los ventanales del ático como si alguien hubiera dejado caer un reflector gigante sobre la ciudad. Gael se despertó antes de que el despertador sonara, como siempre. El silencio era casi opresivo: solo el zumbido lejano del tráfico en Via Montenapoleone y el tic-tac discreto del reloj de pared que su padre había traído de Ginebra años atrás. Él se quedó mirando el techo blanco impecable, contando las molduras hasta que el número llego al diez.
Gael tenía diecinueve años y ya sentía que el tiempo le pesaba como un traje mal cortado.
Se levantó de la cama king size sin hacer ruido. El suelo de parquet de roble francés no crujía bajo sus pies descalzos. Cruzó el pasillo hacia el baño principal, donde el mármol Carrara reflejaba su silueta en tres direcciones. Se miró en el espejo mientras se lavaba la cara con agua fría. Los ojos verdes heredados de su madre, la mandíbula marcada que su padre siempre decía que era “de abogado”, y esa cicatriz fina en la ceja izquierda que nadie mencionaba nunca. Tres centímetros de piel más clara que el resto. Un recordatorio que no necesitaba.
Se vistió con lo que su madre había dejado preparado la noche anterior sobre la silla Eames: camisa blanca de algodón egipcio, pantalones negros de lana ligera, chaqueta slim fit del mismo tono carbón. Nada de logos grandes. Su madre odiaba los logos grandes. “La elegancia no grita, Gael. Susurra”. Él se puso los zapatos de cuero negro, los mismos que usaba para las reuniones familiares y para las carreras que ya no debería hacer. Se miró una última vez. Perfecto. Demasiado perfecto.
Bajó en el ascensor privado hasta la planta baja del edificio. El portero lo saludó con un “buongiorno, signor Gael” que sonaba ensayado.
Afuera, el chófer ya esperaba con el Mercedes negro mate. No era ostentoso, pero tampoco discreto. Su madre lo había elegido porque “combinaba con la colección otoño-invierno”. Gael se sentó atrás sin decir nada. El chófer arrancó hacia el estudio en Brera.
El tráfico de las nueve de la mañana era el habitual caos elegante: scooters zigzagueando entre taxis, ejecutivos con maletines de cuero, turistas con cámaras apuntando al Duomo como si fuera a desaparecer. Gael miró por la ventana sin ver realmente. Pensaba en la llamada de su padre la noche anterior. “No llegues tarde. Tu madre necesita que estés impecable hoy. Es importante”. Siempre era importante.
Llegaron al estudio en quince minutos. El edificio era un antiguo palacio restaurado, fachada ocre con balcones de hierro forjado y una puerta de madera maciza que pesaba más que él. Dentro, el caos controlado de una sesión de fotos para la nueva colección de Giulia Moretti. Su madre. Modelos altas y delgadas esperando maquillaje, asistentes corriendo con perchas de ropa, fotógrafos ajustando luces, el olor a café recién hecho mezclado con laca para el pelo y tela nueva.
Gael entró y el ruido bajó un volumen. Todos lo miraron un segundo más de lo necesario. Siempre pasaba. Era el hijo de la diseñadora, el que salía en las revistas de sociedad cuando era más pequeño, el que ahora aparecía en las campañas cuando hacía falta un rostro masculino joven y reconocible. “El legado”, decían algunos.
“El problema”, pensaban otros.
Gael, tesoro. Su madre apareció desde atrás de un biombo, con los tacones resonando sobre el suelo de cemento pulido. Puntual. Perfecto.
Llevaba un traje sastre gris perla, el pelo recogido en un moño bajo, pendientes de oro blanco que brillaban bajo las luces. A sus cuarenta y ocho años seguía siendo la mujer que llenaba cualquier habitación sin esfuerzo. Lo abrazó con cuidado para no arrugar sus prendas.
Estás guapísimo, dijo, mirándolo de arriba abajo. Pero quítate esa expresión de funeral. Hoy sonreímos.
Él forzó una media sonrisa.
¿Dónde me cambio?
En el camerino dos. Ya tienes todo preparado. Empezamos en veinte minutos.
Gael asintió y se dirigió al fondo del estudio. El camerino era pequeño pero impecable: espejo iluminado, perchero con tres looks de la colección, una silla y una mesa con agua mineral y un espresso ya servido. Se quitó la chaqueta y la camisa con movimientos precisos. En el espejo vio las cicatrices pequeñas en el torso: una línea fina en las costillas derechas, otra más irregular en el hombro izquierdo. Recuerdos de la noche en que todo cambió. A los quince años, en un coche que no era suyo, en una carretera que no debería haber tomado.
El recuerdo regresó de golpe, nítido y desordenado, como si el tiempo no hubiera pasado. Lo recordó todo, pero trató de quitarlo de su cabeza. Ahora tenía que estar concentrado.
Se puso la primera prenda: camisa de seda negra con cuello mao, pantalones de corte recto en lana virgen, chaqueta entallada con solapas estrechas. Todo negro. Su madre decía que el negro era “el color de la confianza cuando no tienes nada más que ofrecer”. Se miró al espejo. Parecía alguien que nunca había tenido miedo. Aunque eso era mentira.
Salió al set. Las luces ya estaban listas. El fotógrafo, un francés de unos cincuenta años que siempre olía a tabaco caro, le indicó la posición.
Gael, cara al oeste. Mentón bajo. Ojos directos a la cámara. Como si supiera un secreto que nadie más sabía.
Él sabía varios secretos. Pero ninguno que pudiera contar.
Las fotos empezaron. Cambio de pose cada treinta segundos. Cambio de look cada quince minutos. Cámara, flash, “perfecto”, “más intensidad”, “relaja los hombros”, “sonríe con los ojos”.
Él obedecía. Siempre obedecía en el estudio. Era el precio de ser el hijo de Giulia Moretti.
Entre toma y toma, su madre se acercaba, ajustaba una solapa, un botón, un mechón de pelo. Tocaba su cara con dedos fríos.
Estás tenso, murmuró en una pausa. ¿Qué pasa?
Nada.
No me mientas, Gael. Te conozco.
Él miró hacia la ventana. Milán se extendía allá abajo, gris y dorada al mismo tiempo.
Solo estoy cansado.
Ella suspiró.
Después de la sesión hablamos. Tu padre quiere verte esta noche. Cena en casa. Nada formal.
Gael asintió. Cena en casa significaba mesa larga, copas de cristal, conversación que nunca llegaba a ser conversación. Su padre preguntaría por los estudios (aunque apenas asistía), su madre hablaría de la próxima colección, y él diría “que todo estaba bien” hasta que se acabara el vino.
La sesión duró cuatro horas. Al final, cuando el fotógrafo dijo “finito”, Gael sintió que podía respirar de nuevo. Se cambió en el camerino, devolvió la ropa a las perchas, se puso su propia camisa y chaqueta. Salió al pasillo. Mientras su madre lo esperaba con una sonrisa cansada.
Gracias por hoy. Eres el mejor rostro que tengo.
Él se encogió de hombros.
Es solo una cara.
No es solo una cara. Es la mía también.
Luego se miraron un segundo. Habían palabras que nunca decían. Palabras sobre la noche en que dos hombres con pasamontañas lo sacaron de un coche en las afueras de Milán. Palabras sobre el maletero oscuro, el viaje de horas, el olor a gasolina y miedo. Palabras sobre el rescate que pagaron en efectivo, sobre las semanas que su madre no salió de la habitación, sobre el año que su padre durmió en el despacho. Palabras sobre cómo, desde entonces, todo en esa familia estaba a un paso de romperse.
Gael se inclinó y la besó en la mejilla.
Nos vemos en la cena.
Salió del estudio. El chófer lo esperaba, pero él negó con la cabeza.
Voy caminando.
Caminó por Brera. Las calles estrechas olían a pan recién horneado y a perfume caro. Pasó por delante de galerías de arte, boutiques con escaparates minimalistas, cafés donde la gente hablaba en voz baja. Se detuvo en una plaza pequeña, Piazza del Carmine. Se sentó en un banco. Sacó el móvil. Mensaje de su padre: “No llegues tarde. Tenemos que hablar”.
Siempre tenían que hablar.
Miró el cielo gris de Milán. Pensó en la carretera hacia el sur. En la frontera. En Sevilla. En el Erasmus que sus padres habían organizado como excusa para sacarlo de allí. En las motos que había visto en fotos, en las pistas improvisadas que le habían contado amigos. En la sensación de velocidad que borraba todo lo demás.
Se levantó. Caminó hasta el Duomo. La catedral se alzaba como siempre, inmensa y fría. Turistas por todas partes. Se quedó mirando la fachada gótica. Pensó en lo fácil que sería subir a una moto y no parar. No volver.
Pero ahora no es el momento.
Volvió a casa. El ático estaba vacío. Su madre seguía en el estudio. Su padre en el despacho. Se duchó. Se cambió. Bajó al garaje subterráneo. Allí estaba ella: la Ducati Panigale negra mate que había comprado con dinero ahorrado de sesiones y regalos de cumpleaños que nunca gastaba. La había escondido en un rincón, cubierta con una lona. La destapó. Pasó la mano por el depósito. Frío.
Se puso el casco, respiró hondo y arrancó.
El rugido llenó el garaje. Salió a la calle. Milán se abrió ante él como una pista infinita.
No sabía que, a miles de kilómetros, en Sevilla, una chica de diecisiete años estaba terminando un trabajo de fin de curso con una cámara en la mano, buscando algo que no sabía nombrar. Algo real.
No sabía que, en unos meses, sus caminos se cruzarían en una carretera secundaria bajo el sol andaluz.
No sabía que estaría a un paso de ella.
Y que ese paso cambiaría todo.
Pero por ahora, solo aceleró.
El viento le golpeaba el pecho.
Y por un momento, el peso desapareció.
El rugido de la Ducati se perdía entre los edificios de Brera mientras Gael aceleraba por las calles estrechas. No iba a ninguna parte en concreto. Solo necesitaba movimiento. El viento le golpeaba el pecho a través de la chaqueta abierta, frío y cortante, como si quisiera recordarle que seguía vivo. Giró hacia Via della Spiga, pasó por delante de las boutiques cerradas, luces apagadas pero escaparates iluminados con focos discretos que hacían brillar los vestidos de su madre como joyas en una vitrina. Siguió recto hasta llegar a Porta Nuova, donde los rascacielos modernos se alzaban como dedos acusadores contra el cielo gris.
Redujo velocidad al entrar en el distrito de los edificios altos. Allí, entre el Bosco Verticale y las torres de cristal, la ciudad parecía más artificial que nunca. Aparcó la moto en una calle lateral, apagó el motor y se quitó el casco. El sudor le pegaba el pelo a la frente. Respiró hondo. El olor a asfalto húmedo y a café lejano le llenó los pulmones.
Se apoyó en la pared de un edificio y sacó el móvil. Tenía tres mensajes nuevos.
El primero, de su madre:
“La sesión ha quedado espectacular. Gracias por ser tú. Te quiero. Nos vemos en casa.”
El segundo, de su padre:
“La cena es a las ocho y media. No llegues tarde. Hay cosas que discutir.”
El tercero, de un número que no tenía guardado pero que reconoció al instante: Marco, uno de los chicos que había conocido en las carreras clandestinas de Milán antes de que todo se torciera.
“¿Sigues vivo, italiano? Hay una pista en las afueras este fin de semana. Nada serio. Solo para probar. Si vienes, avisa. Te echo de menos.”
Gael miró la pantalla un rato largo. El pulgar flotó sobre “responder”. Al final, bloqueó el número sin contestar. Guardó el móvil y se pasó la mano por la cara. No. No iba a volver a eso. No después de lo que le había pasado.
Cerró los ojos un segundo. La memoria llegó sin permiso, como siempre.
Era una noche de finales de octubre. Él tenía quince años recién cumplidos. Sus padres habían salido a una gala benéfica en el Teatro alla Scala. Él se había quedado en casa con la niñera que ya no necesitaba pero que seguían contratando por costumbre. A las once de la noche, aburrido y enojado porque no lo dejaban salir con amigos, decidió escaparse. Cogió las llaves del coche del garaje, el Audi A5 de su padre, que nunca usaba, y salió sin pensar demasiado. Solo quería dar una vuelta. Sentir el motor. Sentir algo.
No llegó lejos.
En la autovía hacia Como, un coche negro lo adelantó, luego frenó de golpe delante. Dos hombres bajaron. Pasamontañas. Guantes. Uno abrió la puerta del conductor y lo sacó de un tirón. El otro le puso una pistola en la sien. Todo duró menos de treinta segundos. Lo metieron en el maletero del coche negro. Oscuridad absoluta. El olor a gasolina y a goma quemada. El traqueteo del coche sobre el asfalto. Intentó gritar, pero le taparon la boca con cinta adhesiva. Lloró en silencio. Pensó que iba a morir.
Horas después, o eso le pareció, el coche se detuvo. Lo sacaron a un almacén abandonado en las afueras. Lo ataron a una silla. Uno de los hombres habló por teléfono en voz baja. Pidieron cinco millones de euros. Dijeron que tenían cuarenta y ocho horas. Colgaron. Lo dejaron allí, con una botella de agua y un cubo en el suelo.
Gael no durmió. Contó las grietas en la pared. Pensó en su madre diseñando vestidos en su estudio, en su padre firmando contratos en su despacho. Se preguntó si pagarían. Se preguntó si lo querían lo suficiente como para pagar.
Al tercer día, lo soltaron en un descampado cerca de Varese. Lo dejaron tirado junto a la carretera, con los ojos vendados y las manos atadas. Un camionero lo encontró y llamó a la policía. Sus padres llegaron al hospital antes que la ambulancia. Su madre lloraba sin parar. Su padre no lloraba, pero tenía la mandíbula tan apretada que parecía de piedra.
Después de eso, nada volvió a ser igual.
Su madre dejó de salir de casa durante semanas. Canceló desfiles. Despidió a la mitad del equipo. Cuando volvió al trabajo, lo hizo con más fuerza, como si quisiera demostrar que no la habían roto. Pero Gael veía las ojeras, las manos temblorosas cuando cosía un dobladillo.
Su padre se volvió más frío. Más controlador. Contrató seguridad privada. Instaló cámaras en casa. Empezó a revisar el móvil de Gael cada semana. “Por tu bien”, decía. Pero Gael sabía que era por el suyo propio. Miedo. Puro miedo.
Y él empezó a buscar formas de sentir otra cosa que no fuera vacío. Primero fue el alcohol, en fiestas a las que no debería haber ido. Después llegaron las carreras. La primera vez que se subió a una moto preparada tenía dieciséis años.
Ganó.
La adrenalina le limpió la cabeza durante horas. Por primera vez desde el secuestro, sintió que controlaba algo.
Pero la policía lo pilló una noche. Su padre lo sacó del calabozo con una llamada. “Última vez”, le dijo.
“Si vuelves a hacer esto, te mando a un internado en Suiza y no sales hasta los veinticinco.”
Gael no volvió a correr en Milán. Pero la tentación seguía allí, como una cicatriz que pica cuando llueve.
Abrió los ojos. La plaza estaba vacía. Se puso el casco otra vez. Arrancó la Ducati y condujo despacio de vuelta al ático. Aparcó en el garaje, cubrió la moto con la lona y subió en ascensor.
La casa estaba en silencio. Su madre aún no había llegado. Su padre tampoco. Se sirvió un vaso de agua en la cocina de diseño minimalista y se sentó en el sofá de cuero blanco. Miró el reloj. Las siete y media. La cena era en una hora.
Se levantó y fue a su habitación. Abrió el armario. Allí, en el fondo, guardaba una mochila negra pequeña. Dentro: pasaporte, algo de dinero en efectivo, una muda de ropa, el casco de repuesto. No era un plan. Era solo... una posibilidad.
Se sentó en la cama. Sacó el móvil y abrió la app de la universidad de Sevilla. El Erasmus empezaba en tres semanas. Sus padres lo habían matriculado en Comunicación Audiovisual, como si eso fuera a “enderezarlo”. Él no quería ir. Pero tampoco quería quedarse.
Pensó en Sevilla, España. En el sol que quemaba. En calles que no conocía. En carreteras abiertas donde nadie lo reconocería como “el hijo de Giulia Moretti”.
Pensó en escapar de verdad.
Pero no esa noche.
Se levantó, se cambió la camisa por una negra más sencilla y bajó al comedor. La mesa ya estaba puesta. Velas encendidas. Copas de cristal. Todo perfecto.
Su madre llegó primero. Se había cambiado el traje sastre por un vestido negro largo, sencillo, de corte impecable. Cuando lo vió lo abrazó.
Estás guapo, dijo. Siempre estás guapo.
Él sonrió sin ganas.
Su padre llegó diez minutos después. Traje gris oscuro, corbata azul marino. Besó a su mujer en la mejilla y luego miró a Gael.
Bien. Empecemos.
Se sentaron. El servicio trajo el primer plato: risotto de azafrán con láminas de parmesano. Comieron en silencio al principio. Luego su padre habló.
Hemos decidido que te acompañaremos a Sevilla la próxima semana. Queremos asegurarnos de que todo esté en orden. El apartamento, la universidad, la seguridad.
Gael dejó el tenedor.
¿Seguridad?
Su padre lo miró fijamente.
No vamos a repetir errores. Tendrás un chófer y un apartamento vigilado. Nada de tonterías.
Gael sintió la rabia subirle por la garganta.
No soy un niño.
No, dijo su padre. Pero a los quince tampoco lo eras, y mira lo que pasó.
El silencio cayó como plomo.
Su madre bajó la mirada. Gael apretó los puños bajo la mesa.
No va a pasar nada en Sevilla, dijo al fin. Solo quiero... respirar.
Su padre suspiró.
Respirará. Pero bajo nuestras condiciones.
Gael no contestó. Terminaron de comer en silencio. Después del postre, tiramisú casero, su padre se levantó.
Buenas noches. Mañana hablamos del itinerario.
Luego se fue al despacho.
Su madre se quedó sentada. Miró a Gael.
No es por desconfianza, dijo en voz baja. Es por miedo.
Lo sé, respondió él.
Ella se levantó, se acercó y le besó la frente.
Duerme. Mañana será otro día.
Dijo eso y subió las escaleras.
Gael se quedó solo en el comedor. Apagó las velas una a una. La oscuridad lo envolvió.
Se levantó y salió al balcón. Milán brillaba abajo, luces lejanas y frías. Sacó el móvil. Buscó “Sevilla”. Fotos de calles empedradas, del Guadalquivir al atardecer, de plazas llenas de gente que no lo conocía.
Cerró los ojos.
Estaba a un paso de dejarlo todo atrás.
Y no sabía si ese paso lo salvaría o lo rompería del todo.