PRÓLOGO
EL ÚNICO HECHIZO VERDADERO
Me acusan de brujería.
Dicen que volé sobre el pueblo en una escoba de abedul. Que envenené los cultivos con una canción. Que bailé desnuda con el diablo en el bosque a la luz de la luna llena.
Mienten.
La única magia que he practicado tiene nombre de mujer, huele a tierra mojada y lavanda, y se escondía en el hueco de mi pecho cada vez que ella me sonreía.
Y por eso, precisamente por eso, voy a morir en la hoguera.
Las piedras de esta celda transpiran frío y miedo. Es un frío que se te clava en los huesos, que te recuerda que aquí dentro ya estás medio muerta. Afuera, Salem respira con el ritmo lento y enfermo de estos últimos meses. Un ritmo hecho de susurros en las esquinas, de miradas que se esquivan, de puertas que se cierran al paso de quienes antes llamaban vecinos.
Me dieron este cuaderno. El carcelero, un hombre con ojos de pez muerto y aliento a cerveza rancia, lo dejó caer en el suelo de paja sucia.
—Para que confieses, Elisabeth Porter —dijo, escupiendo mi nombre como si tuviera mal sabor—. Para que escribas tus pecados y los nombres de tus cómplices. Quizás así Dios y el tribunal tengan misericordia.
Lo tomé. No por misericordia. No por Dios.
Lo tomé porque en estas páginas en blanco, manchadas en las esquinas por algo que podría ser barro o sangre seca, puedo dibujar el único testimonio que importa. El que ellos nunca entenderán. El que, si alguna vez llegas a leerlo, Anne, sabrás que es verdad.
No escribiré sobre aquelarres. No dibujaré pentagramas. No nombraré al diablo, porque en toda esta pesadilla, los únicos demonios que he visto visten ropas puritanas y esconden crueldad detrás de citas bíblicas.
Escribiré sobre el arroyo donde te vi llorar.Sobre la manera en que tu llanto no hacía sonido, pero sacudía todo tu cuerpo como una tormenta en un frasco de cristal.Sobre la ramita de lavanda que te ofrecí, y cómo tus dedos, finos y pálidos, la tomaron como si fuera la primera cosa bella que tocabas en años.Sobre el granero que se convirtió en nuestra catedral secreta, donde la luz se filtraba entre las tablas como vidrieras de oro polvoriento, y donde tu risa —apagada, cautelosa, perotuya— era el único salmo que necesitaba.
Eso es lo que ellos quemarán mañana. No a una bruja.A una mujer que amó a otra mujer.A una herborista que eligió escuchar el latido de la tierra antes que los gritos de los predicadores.A la persona que te recordó que tenías voz, Anne, cuando todos a tu alrededor te decían que tu virtud estaba en el silencio.
Oigo pasos en el corredor. Puede ser la comida fría y aguada. Puede ser el pastor Hawthorne, viniendo a ofrecerme una última oportunidad de salvación a cambio de tu nombre en una lista. Puede ser el verdugo, midiendo ya la longitud de mi cuello para la soga, o la resistencia de mi cuerpo al fuego.
Dejo el trozo de carbón. Mis dedos están negros, como si la oscuridad de este lugar ya se me estuviera pegando. Cierro los ojos y, en lugar de la piedra húmeda, huelo a manzanilla seca. En lugar de cadenas, siento el peso ligero de tu cabeza en mi hombro. En lugar de los rezos furibundos del reverendo, escucho tu susurro en mi oído:
“¿No tenemos derecho a ser felices, aunque sea a escondidas?”
Sí, corazón. Lo tuvimos. Lo tenemos. Este amor, este pecado hermoso y terrible, es el único hechizo verdadero que he conjurado. Y es un hechizo que no se rompe con fuego ni con agua bendita.
Se queda. Como la raíz de la consuelda, que sobrevive al invierno más crudo para brotar de nuevo en primavera.
Ellos pueden quemar mi cuerpo. Pueden borrar mi nombre de los registros. Pueden decir que el diablo se llevó mi alma.
Pero lo que sentí por ti, Anne Hawthorne...Lo quesentimos...Eso vivirá.
Antes del fuego, hubo amor.Y después del fuego, aunque sea solo en estas páginas clandestinas, el amor seguirá aquí.
Atada por sus leyes, pero libre en mi verdad,
Elsie.