Capítulo uno
Llueve de nuevo. Genial. No me gusta la lluvia, la odio. Arruina todo. En especial las cosas que me importan. Pero de cualquier modo debo levantarme; se hace tarde.
Una vez estuve lista, bajé a la cocina. Mamá ya se había ido. Como siempre.
Miro la fotografía en la nevera, pegada con ese viejo imán de cuando fuimos a Disneyland. Los tres estamos riendo; ni siquiera notamos que nuestros ojos salieron cerrados en la foto.
Mamá trabaja más desde que pasó. Supongo que trabajar a deshoras le ayuda con su dolor. Fijo mi mirada en el rostro de papá y me pregunto quién me ayuda a mí con el mío.
Un mensaje me saca de mis pensamientos. Es Ally, mi mejor amiga. —Estoy fuera. Por un momento olvidé que ella iba a recogerme para ir a la escuela. Es la primera vez en dos semanas que iré; se me retuerce el estómago.
Aun así, miro a papá una última vez y salgo de la casa.
Ally me saluda entusiasmada desde su convertible amarillo pastel. No me gusta para nada ese auto, pero ella lo ama a pesar de ser un modelo antiguo.
Sonrío. Ally es tan extrovertida que te obliga a ti a serlo. No puedes tener una zona de confort con ella. Pero supongo que es parte de su encanto. Ella siempre logra que todos se sientan parte de algo.
—¿Cómo está mi reina del cinismo? —dijo Ally, extendiendo sus brazos. Sonreí y le di un pequeño abrazo, aunque ella no me soltó de inmediato. —Estoicismo, Ally. No son lo mismo —la corregí.
Finalmente me soltó, rodando los ojos mientras reía y encendía el motor. —¿Lista para arrasar con la preparatoria Stony Brook? Tengo demasiados chismes que contarte —dijo con entusiasmo, haciendo un particular énfasis en “demasiados”.
Yo solo sonreí. Conozco a Ally desde que entré a la secundaria y desde entonces nunca nos separamos. Aun con nuestras diferencias, creo que ella brilla tanto que logra iluminarme un poco a mí.
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—…y Lisa Cleves está saliendo con Jonathan Dirk, ¿puedes creerlo? Toda la escuela pensaba que se odiaban a muerte —Ally anunciaba cada chisme como si fuera noticia de última hora, y en parte así era. Me parecía increíble y molesto cómo tantas cosas pueden pasar mientras uno no está. Un cruel recordatorio de que la vida sigue aunque tú te vayas.
Me concentré en lo que Ally decía y sacudí ese pensamiento de mi cabeza; sabía que las lágrimas eran lo que seguía si empezaba a pensar demasiado.
Llegamos al estacionamiento de la escuela. Cuando nos dirigimos al edificio principal, Ally me tomó del brazo con una expresión que ya conocía; se le olvidó un chisme jugoso. —¡Casi lo olvido! ¡Hay un chico nuevo en nuestra clase!
Solté una pequeña risa. Ally sabía cómo exagerar de sobremanera las pequeñas cosas. —Vaya, qué notición —dije sarcásticamente.
Ally rodó los ojos y rió al tiempo que tomaba mi brazo para seguir caminando. —No solo es nuevo, es un bombón. Toda la pinta de chico malo que tanto te gusta a ti.
Reí, pero esta vez mi risa fue un poco más apagada, como de cortesía, algo que Ally notó. —Sabes que no tengo interés en chicos ahora…
Ally dejó de caminar y me miró; su expresión, seria pero amable, cálida, me transmitió paz. —Liv, sé que no estás lista para hablar aún, pero cuando lo estés estaré aquí, ¿de acuerdo?
Liv. Papá me apodó así primero.
Mierda.
Puedo sentir el ardor en mis ojos, ese que te anuncia la cascada de lágrimas que definitivamente no se ve como en las películas.
Exhalé profundo y miré al suelo a la vez que asentía. —Aún no —fue lo único que pude decir sin que mi voz se quebrara del todo.
Ally posó su mano en mi hombro, luego tomó mi brazo y seguimos caminando en silencio. Ella no debe tener idea de cuánto agradezco que sea así.
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Las clases transcurrieron dolorosamente lentas entre miradas curiosas mezcladas con lástima, preguntas incómodas y susurros que algunos creen que no escucho. Al menos Ally me sacaba de esas situaciones, o eso intentaba.
También conocí al nuevo estudiante. Digo “conocí”, pero en realidad solo escuché su nombre de la profesora.
Caleb.
Tal como dijo Ally, su apariencia se ajusta a la del típico chico malo que encuentras en los libros: tatuajes, ropa negra, mirada amenazante.
Ally tiene razón, es totalmente mi tipo. Quizá en otro momento de mi vida hubiera intentado coquetear con él, pero ahora solo puedo pensar en el inmenso esfuerzo que debo hacer para no estar triste frente a los demás.
A la hora de la salida me dirigí al estacionamiento. Allí, Ally estaba hablando con un chico. Estuve a punto de irme cuando ella me vio y me hizo señas para que me acercara.
Al llegar me di cuenta de que el chico que estaba ahí no era otro que Caleb, quien me extendió la mano con una sonrisa tan brillante que solo podría compararla con una supernova. —Hola, soy Caleb.
Tomé su mano, increíblemente cálida. Hasta me hizo sentir vergüenza de la mala circulación que hace que mis manos siempre estén frías. —Olivia —contesté, tratando de devolverle la sonrisa. Por Dios, ¡debo parecer idiota!
—Oye, Liv, ¿te parece si le damos ride a Caleb? Su casa queda de camino a la tuya. —Seguro, sí. Por mí está bien.
—Genial. Gracias, Ally —Caleb se volteó hacia mí una última vez antes de abrirme la puerta del auto—. Liv…
Sonrió, y yo podría haberme desmayado en ese momento, así que me apuré a sentarme en el asiento del copiloto.
Liv.
La forma en la que ese chico usó ese apodo de manera tan natural, como si le perteneciera.
No me di cuenta cuando empecé a rascar mis piernas o cuando mis ojos se aguaron, pero Ally sí. —¿Ponemos música? Taylor Swift sacó nuevo álbum —dijo con voz cantarina mientras conducía.
Reí; no era fan de Taylor Swift y Ally lo sabía, pero más gracia me daba pensar que Caleb, con toda esa pinta, fuera a soportar un minuto de la cantante. —Ally, no creo que Caleb—, pero, para mi sorpresa, Caleb me interrumpió.
—¡Ya salió! ¡Tienes que ponerlo! —dijo con el entusiasmo de un niño, totalmente fuera de su arquetipo de chico malo.
Ally y yo volteamos, ambas con expresiones de sorpresa, aunque Ally dio un grito de alegría y enseguida conectó su celular a los parlantes del auto.
Antes de que yo pudiera decir algo, estábamos escuchando a Taylor a todo volumen. Ally incluso tomó el camino más largo para poner otros álbumes, los cuales Caleb no cantaba: gritaba a todo pulmón.
La escena me sacó más de una risa.
Esta mañana vi a un chico súper rudo, y ahora me encuentro con una versión masculina de Ally.
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Después de muchas canciones de cierta rubia cantautora, Ally se decidió a llevarnos a mí y a Caleb a nuestras respectivas casas.
Al llegar noté que mamá aún no había vuelto. Suspiré, tomé el teléfono y marqué su número.
Después de tres tonos atendió. —Mamá, ¿a qué hora vuelves? —No lo sé, hija. Tienes comida en la nevera.
Su voz era nasal. Estuvo llorando.
—Mamá… —quería preguntarle si estaba bien. Quería decirle que estaríamos bien. Quería decirle que la amaba. Pero, por alguna razón, no pude. Nunca puedo—. …hasta mañana. —Hasta mañan…
Corté sin dejarla terminar.
Me dirigí a la cocina, aunque mi estómago estaba completamente cerrado. Solo quería ver esa fotografía. Solo quería ver a papá.
Las lágrimas empezaron a caer libremente; mi cuerpo entero empezó a temblar. Tuve que sentarme en el suelo.
O quizá solo quería hacerme pequeña. Muy pequeña, hasta desaparecer.